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martes, 21 de enero de 2020

El arte, porque sí

El arte no sirve para nada. En cambio, es imprescindible. Como la religión, el arte ha aparecido de manera independiente en todas las sociedades. No es ninguna coincidencia: los humanos sentimos la urgencia de producir y consumir en el formato que sea. Por lo tanto, debe tener un impacto en nuestra evolución como especie, o no habría sobrevivido tantos milenios.

Hace poco se presentó un estudio en la revista ‘Nature’ que describía la pieza de arte más antigua que se conoce, descubierta en Indonesia: una pintura rupestre que representa los típicos cazadores atacando a un búfalo. Lo más sorprendente es que tiene alrededor de 44.000 años. Los equivalentes europeos, que hasta ahora ostentaban el récord de antigüedad, son de hace "solo" unos 20.000 años. O sea que los humanos hemos tenido arte en nuestras vidas prácticamente desde que existimos. Para ponerlo en perspectiva, cuando el pintor indonesio cogía los pinceles estábamos en pleno paleolítico, en el momento que se considera que aparece el ‘Homo sapiens’ moderno, el que es capaz de planificar actos complejos (como la cacería colectiva de animales peligrosos) y dedicarse al pensamiento abstracto. Parece que una de las primeras cosas que hicimos cuando fuimos suficientemente inteligentes fue decorarnos las cuevas. La necesidad de arte, pues, debería ser imperiosa.

Hay hipótesis que plantean que las religiones son esenciales para que las sociedades crezcan más allá de un tamaño determinado. Mientras que los grupos pequeños pueden funcionar sin el concepto de un ser todopoderoso capaz de castigar a los transgresores, cuando empezamos a hablar de imperios necesitamos este pegamento social para evitar que se desmoronen. Al arte es más difícil buscarle un propósito. Tiene un componente de entretenimiento, pero si fuera un simple pasatiempo no habría habido ningún motivo suficientemente poderoso para hacer que llegara hasta nuestros días. También sirve como la forma más simple de comunicación, ya que no hay que crear códigos rebuscados para entenderlo. Pero si esta fuera su única relevancia, el advenimiento del lenguaje la habría arrinconado.

Hay una teoría, expuesta por el filósofo americano Denis Dutton, que dice que el arte podría ser un accidente provocado por el hecho de tener un cerebro demasiado poderoso. Una vez hemos cubierto las necesidades biológicas básicas (sobrevivir, alimentarnos, reproducirnos), aún nos sobra un montón de capacidad mental y no sabemos qué hacer con ella. El arte sería consecuencia del aburrimiento. Siguiendo con estas teorías, se podría haber mantenido porque proporcionaría una ventaja reproductiva. O sea, los artistas (hombres) triunfaban más porque a las mujeres les atraen estas cosas. Esto no explica, por supuesto, que a los hombres también nos atraigan, ni que las mujeres, una vez liberadas de los yugos sociales que limitaban sus actividades, hayan creado con igual dedicación y habilidad que nosotros.


El arte es a menudo un negocio (fenomenal, en algunos casos), pero esta tampoco debe ser la razón de existir. Si la motivación principal de los artistas fuera solo hacerse ricos y famosos, ya hace tiempo que lo habríamos dejado correr, porque la proporción que lo consigue es infinitesimal. Es más fácil que te toque la lotería. Generar arte no te asegura que podrás poner un plato en la mesa y, por tanto, como elección profesional es poco lógica. Sin embargo, como el impulso de producir y consumir arte sigue existiendo, sigue habiendo artistas. Esto quiere decir que, muy a menudo, lo que hace falta es subvencionar a los creadores de alguna manera para que puedan cumplir su función social sin morir en el intento.

Y aquí es donde quería llegar, perdonad que haya hecho un rodeo hasta la prehistoria para presentar el caso: un país evolucionado no puede permitirse descuidar la cultura. No tiene un rendimiento tan claro e inmediato como la sanidad o la educación, pero es igual de vital para la salud de nuestra sociedad. La solución más rápida para cuadrar unos presupuestos siempre difíciles es aplicar el "que inventen ellos" unamuniano (él lo usaba para la ciencia) y dejar que sean los demás los que se gasten el dinero mientras nosotros aprovechamos los resultados. Como estrategia de Estado, es bastante triste.

Por eso la semana pasada se dio a conocer la plataforma Actua Cultura, que representa gran parte de los profesionales del ramo y pide que se aumenten los fondos que se destinan al sector (de un miserable 0,67% a un más decente 2%, la media de los países de la UE). Me parece una demanda justa porque, al fin y al cabo, somos humanos y tenemos la responsabilidad de contribuir al progreso de la especie. Crear arte porque sí es una de las mejores maneras de hacerlo.

{Publicado en El Periódico, 13/01/20]

miércoles, 30 de octubre de 2019

Este planeta no necesita que lo salven

Parece que por fin empieza a haber una aceptación universal del hecho que nos acercamos a gran velocidad a una catástrofe ecológica y que hay que empezar a actuar seriamente para evitarla. Ya era hora. Gracias a la Cumbre sobre la Acción Climática que hubo en las Naciones Unidas el mes pasado, el tema ha sido portada de todos los medios y me gustaría aprovechar esta ocasión para hacer tres observaciones y un pronóstico.

La primera observación es que no hay que menospreciar nunca el poder de los símbolos. Los científicos llevan años alertando de la gravedad de la situación, tras haber llegado al consenso, primero, de que la Tierra se estaba calentando más rápidamente de la cuenta y, algo más tarde, de que la mayor parte de la culpa era de la actividad humana. Pero las conclusiones de los expertos a menudo se pasan por alto, sobre todo si no nos gusta lo que implican, por eso han tardado tanto en llegar a gran parte de la población. La puntilla no ha venido de la ciencia sino de una persona cualquiera que, por una serie de accidentes y maniobras, se ha convertido en la cara visible del movimiento. Siempre empatizarmos más con una adolescente enfadada acusándonos de haberla dejado sin futuro que con un sabio presentando un 'power point' lleno de datos irrefutables, y los que han sabido explotar esta peculiaridad humana para crear un símbolo que removiera las conciencias se merecen todo el agradecimiento.

La segunda es que, como diría Brossa, la gente no se da cuenta del poder que tiene y, añado yo, por eso no lo sabe usar. Por desgracia, el encuentro en la ONU ha dejado un legado práctico bastante exiguo, como sus predecesoras. Buenas intenciones pero pocas acciones útiles. Por mucho que millones de personas pidan un cambio, si no ejercen una presión real, la utopía siempre acabará chocando con la realidad. También hay que recordar que aunque protesten a la vez todos los menores del mundo no se moverá nada porque, por diseño, el sistema democrático los mantiene al margen: mientras no puedan votar, los políticos no tienen ningún incentivo para hacerles caso.

Los que gobiernan prefieren obedecer el capital, que siempre es el que mueve los hilos. Dos de los principales países contaminadores en este momento, la India y China, se hacen los locos con los compromisos porque están en medio de una revolución industrial que los tiene que llevar donde llegó Occidente hace ya medio siglo, y no creen que sea justo que les obliguen a cortarse las alas. Hay demasiada gente que debe salir beneficiada (y enriquecida). Del tercer gran contaminador, los Estados Unidos, podemos esperar bien poco: han hecho presidente un individuo que tiene como principal objetivo mantener felices a las élites económicas y, por su propio interés, no se alejará ni un milímetro de este programa. Un puñado de dólares siempre pesará más que miles de pancartas.

La última observación es que aunque lo disfrazamos de ecologismo altruista, la lucha contra el cambio climático no deja de ser puramente antropocéntrica. Nos hemos cansado de decir que estamos destruyendo el planeta y que estamos acabando con su riqueza biológica, pero el planeta no tiene ningún problema: lo tenemos nosotros. Si nos miramos la Tierra como una entidad global única, esa especie de gran sistema autorregulado que Lovelock llamó Gaia, lo que está pasando con el clima no tiene ninguna relevancia. Si se funde todo el hielo y los humanos nos ahogamos, Gaia seguirá estando llena de vida. Si antes hacemos desaparecer la mitad de las especies, a la biosfera le será indiferente: ya ha habido cinco extinciones masivas, con pérdidas de entre 75 y 96% de todos los seres vivos cada vez, y siempre se ha rehecho. A menos que consigamos hender la roca que nos sostiene a golpe de bomba atómica, los humanos no somos un verdadero peligro para la Tierra. Pero todo esto que desde el punto de Gaia es insignificante, desde el nuestro es el apocalipsis. Dejemos de pretender que los esfuerzos son para salvar el planeta: somos nosotros los que estamos en peligro. Esto debería ser motivación suficiente.

Termino con el pronóstico. Mientras las generaciones nacidas en la bonanza del siglo XX controlen el poder, la lucha contra el cambio climático avanzará a pasitos de hormiga. Pero cuando los ciudadanos del siglo XXI cojan el timón, las cosas cambiarán de una vez. Tengo la esperanza de que los jóvenes que han sido capaces de salir en masa a la calle a quejarse no se volverán unos cínicos cuando les llegue el momento de escuchar los cantos de sirena del capital. Porque si ellos también caen en la trampa, Gaia seguirá haciendo la suya, sin duda, pero puede que nosotros ya no estemos para tomar nota.

viernes, 26 de julio de 2019

Los debates que realmente deberían importarnos

Últimamente, la política nos monopoliza el interés. El recambio que ha habido en parlamentos, diputaciones y ayuntamientos ha provocado una sobredosis de elecciones que están chupando buena parte de nuestra atención. Es normal que nos preocupe qué pasará durante los próximos años, quién tomará las decisiones importantes y qué impacto tendrá esto en el colectivo al que pertenecemos. Pero este revuelo político tapa otros debates esenciales que deberíamos tener inmediatamente. Hay uno, en concreto, que debería ocupar portadas de todos los diarios pero solo aparece discretamente en las secciones de ciencia. Hablo de que ya podemos manipular genéticamente embriones humanos y que tenemos que decidir si esto es deseable o debe prohibirse.

Cuando a finales del año pasado He Jiankui anunció que habían nacido dos gemelas a las que había eliminado un gen, abrió una caja de Pandora de la que pueden salir todo tipo de monstruos. Aquella noticia provocó un rechazo instantáneo y global porque había sido un experimento irresponsable: no solucionaba necesariamente el problema que quería tratar (la posible transmisión del virus del sida a los hijos), existían otras formas de hacerlo menos invasivas y no había tenido en cuenta los posibles efectos secundarios para aquellas niñas y todos sus descendientes. A pesar de que fue fácil ponerse de acuerdo en que aquello era un error, lo que está pasando ahora es bastante diferente.

Hablaba en mi último artículo de que el biólogo ruso Denis Rebrikov anunció en junio que quería repetir el experimento de He y ya había pedido los permisos a las autoridades. En solo un mes, la cuestión ha dado un giro de 180 grados. Cuando todo el mundo puso el grito en el cielo, Rebrikov propuso una variante: eliminar el gen de la sordera que heredan indefectiblemente los hijos de parejas en las que ambos sufren esta condición. Los parámetros son otros: ahora estamos hablando de una deficiencia que no se puede evitar (ni siquiera seleccionando embriones por fecundación in vitro) y que no tiene cura. ¿Es aceptable la manipulación de embriones en este supuesto? La respuesta no ha sido tan clara.

Por un lado, se puede defender que el beneficio para los afectados lo justifica. Pero la sordera no es una enfermedad mortal: hay millones de sordos viviendo con toda normalidad. De hecho, muchos de ellos no consideran que tengan una deficiencia, sino una peculiaridad física como otra, y querrían que sus descendientes fueran también parte de esta comunidad. Vamos un paso más allá. ¿Deben tomar los padres estas decisiones en nombre de los hijos que todavía no han nacido o se debe tratar como una cuestión de salud pública? ¿Dónde dibujamos la raya que define qué 'defectos' se deberían permitir (o incluso obligar a) eliminar de los embriones? Es cierto que todavía no controlamos bastante la técnica y no sabemos a qué consecuencias indeseables podríamos estar condenando estos niños, lo que debería ser suficiente para aceptar una moratoria. Pero no parece que eso importe mucho a personas como He y Rebrikov. Por eso estos temas deben considerarse con urgencia.

Últimamente hemos visto en la televisión una serie de debates en los que se suponía que los candidatos nos tenían que explicar por qué sus programas eran mejores que los de los demás. En su lugar, acababan dando un triste espectáculo de reproches e insultos con poca utilidad práctica para el votante que ha de escoger al que más se adapte a sus intereses. En lugar de invertir el 'prime time' en ejercicios estériles como estos, los medios deberían tomar conciencia de la responsabilidad que tienen de hacer llegar al gran público las preguntas más importantes en este momento, las que pueden cambiar el futuro de toda la humanidad, aunque que pueda sonar exagerado.

Lo que me gustaría ver después del telediario es una mesa redonda con expertos de todos los ámbitos (medicina, ética, filosofía, economía, sociología...), representando las corrientes ideológicas principales, que discutieran cómo debe ser el humano del siglo XXI. Y, una vez bien informados, el público general podría entonces expresar su opinión. No estamos hablando de la política municipal de los próximos cuatro años, sino de cómo será el 'Homo sapiens' a partir de ahora. Es un tema suficientemente importante como para que nos impliquemos todos. En lugar de centrarnos tanto en el circo de elegir a los próximos líderes, deberíamos reclamar que se hablara también de temas que trascienden el futuro inmediato. Si no, nos encontraremos con que alguien ha aprovechado el vacío legal para hacer lo que ha creído más conveniente. Y entonces ya será demasiado tarde.

[Publicado en El Periódico, 20-7-19. Versió en català]

martes, 2 de julio de 2019

Los límites de los modelos políticos actuales

Estos días hemos tenido asientos de primera fila para ver el espectáculo de la democracia en funcionamiento. Tras participar en diferentes niveles, desde las estructuras locales al proyecto siempre en construcción de Europa, ahora contemplamos las consecuencias de haber ejercido el derecho al sufragio. Cuando uno deposita la papeleta en la urna, lo hace convencido de que servirá para mejorar la sociedad (o al menos para no estropearla más), aunque no sepa cómo se implementará este deseo. Esto es trabajo de los políticos que, como representantes del pueblo, reciben el poder de tomar las decisiones necesarias para cumplir el programa que quieren los votantes.

Y aquí es cuando se empiezan a torcer las cosas, porque a los políticos les gusta su trabajo y no quieren perderlo. Por eso el baile de pactos poselectorales es poco edificante, con gente más preocupada por aferrarse a la silla que en casarse con quienes son ideológicamente más compatibles. Es un problema para las políticas científicas, que requieren una planificación a largo plazo, imposible de llevar a cabo cuando quien está al timón solo piensa en cómo sobrevivirá los próximos cuatro años, qué principios debe vender para obtener el apoyo que le falta y cómo deshará el trabajo del antecesor que le cae mal.

Ninguno de los modelos políticos vigentes es perfecto, ni siquiera la democracia (y menos cuando algunos países la doblegan para justificar acciones dudosas), y es urgente que los pongamos un parche antes de que se nos hunda el barco donde viajamos todos los humanos. Hay decisiones que deberían tomarse de forma consensuada, informada y prolongada, y esto requiere estructuras que trasciendan los formatos de gobierno locales y globales que tenemos actualmente. Me explico con unos ejemplos.

Hace unas semanas, el Gobierno de China aprobó que algunos hospitales ofrecieran terapias generadas a partir de células de los propios pacientes sin tener que pasar por la comisión reguladora nacional. Inmediatamente, expertos en medicina, ciencia y ética de todo el mundo pidieron que lo reconsideraran por el peligro que comportaba: homologar tratamientos que no se puede garantizar que son eficaces ni seguros. Esto ya se está haciendo a escondidas, y ha habido complicaciones graves e incluso muertes tras terapias ilegales con células madre, sin que se haya demostrado ningún resultado exitoso. ¿Quién tiene que tener la última palabra? ¿Quienes entienden más sobre el tema o el político de turno, que tiene el poder pero no los conocimientos adecuados, ni ha recurrido a los asesores pertinentes, ni parece demasiado preocupado por las consecuencias a largo plazo?

Otro caso. Después de que el doctor He Jiankui modificara genéticamente unos embriones humanos, saltándose todas las normas éticas (y algunas leyes), los expertos se le lanzaron encima. La condena fue unánime, incluso antes de que se supiera que cuando He desconectó el gen CCR5 a las gemelas quizás sí las protegió contra el VIH, pero también aumentó las posibilidades de que murieran antes que el resto, como se descubrió hace unos días. Ahora ha salido un biólogo ruso ávido de fama que dice que quiere repetir la jugada, y ya ha pedido los permisos a su gobierno. ¿Se lo darán? Una decisión así no puede estar en manos de funcionarios que crean que es una buena idea mientras todos los que entienden se ponen las manos en la cabeza sin poder hacer nada.

Esto ocurre en países con poca transparencia, pero el problema también lo tienen los más democráticos. Pensemos por ejemplo en cómo han cambiado las políticas científicas con cada presidente de EEUU, el último de ellos silenciando los expertos en cambio climático para favorecer los intereses comerciales de las élites de su país. El calentamiento global no es una cuestión de creérselo o no, y el planeta no puede estar pendiente de qué lobi tiene más influencia sobre los dirigentes en los momentos críticos.

En estos temas, el sistema no funciona. No podemos dejar que los políticos, en representación del pueblo, pasen resoluciones que tendrán un impacto en el futuro de la especie, con el riesgo de que el populismo y los intereses personales inclinen la balanza hacia el lado equivocado. Quizá hay que rescatar parcialmente el concepto de la noocracia platónica: que en ciertos asuntos sean los expertos quienes manden; que basen sus decisiones en hechos, no en suposiciones; que contemplen desde las sensibilidades más conservadoras a las progresistas; que marquen directrices estables respetadas por todos. Porque continuar confiando de los modelos políticos actuales en lo que respecta a la ciencia plantea un panorama no demasiado esperanzador.

[Publicado en El Periódico, 22/06/19. Versió en català.]

lunes, 3 de junio de 2019

Cuestión de vida o muerte

La gran revolución filosófica del siglo XXI está llegando por un lado inesperado: las ciencias biológicas. La genética, la biomedicina y demás disciplinas nos van acercando uno de los sueños de los pensadores clásicos: desnudar al ser humano para que podamos entender de una vez qué somos. Y lo que somos tiene mucha menos mística de lo que nos han estado vendiendo a lo largo de milenios. Descubrir que los humanos ocupábamos la última rama de un árbol familiar poblado de animales ya fue en su momento una cura de humildad. Ahora vamos más allá y estamos entendiendo que lo que nos hace realmente diferentes, la capacidad de pensar, se puede explicar por una serie de reacciones bioquímicas y biofísicas medibles (y, por tanto, manipulables), sin tener que recurrir a ninguna entidad superior que las justifique.

Porque el cerebro, por muy fantástico que sea, no deja de ser un montón de células. Hace unas semanas, la revista 'Nature' anunciaba que unos científicos de la Universidad de Yale habían conseguido restablecer la actividad metabólica básica de un cerebro de cerdo horas después de que hubiera sido separado del cuerpo de su propietario. No es exactamente que lo hayan 'resucitado', que era la palabra que más salía en los titulares de la prensa, porque en ningún momento se hablaba de haber reactivado las funciones cerebrales, pero el experimento demuestra que la diferencia entre estar vivo o muerto es puramente bioquímica. Esto hace pensar que, con la combinación adecuada de factores, podría ser que en el futuro aprendiéramos a 'reiniciar' un organismo después de que haya perdido la capacidad de ser consciente. No habíamos estado tan cerca de convertir en realidad las pesadillas de Mary W. Shelley o las cabezas cortadas dentro de peceras de la serie 'Futurama'.

¿Cuál es la consecuencia inmediata de este conocimiento sobre la vida y la muerte que estamos acumulando, aparte del placer filosófico de entendernos un poco mejor? Sobre todo darnos cuenta de que la vida se puede 'hackear'. Este es un regalo aún más fantástico que nos está haciendo la ciencia. No solo podemos definir qué nos hace como somos, lo que significa estar vivo, sino también empezar a pensar en cambiar las normas del juego. Esto abre la puerta a hablar de los 'posthuman', el posible siguiente escalón de nuestra evolución, y el transhumanismo, la teoría que propone que debemos aprovechar los avances científicos para 'mejorarnos' por todos los medios (genéticos, químicos, biónicos) posibles.

Precisamente, el club de Roma, con la colaboración de la Obra Social la Caixa, organizó el año pasado un ciclo de charlas alrededor del transhumanismo, en las que tuve el honor de participar. La idea era incentivar el debate sobre un tema que cada vez tendrá más impacto en la sociedad. Ahora acaba de publicarse el libro que resume aquellas ponencias. Entre los meses que transcurrieron desde mi conferencia al día que recibí las galeradas para repasar el texto, la situación había cambiado tanto que tuve que reescribir unos cuantos párrafos. Así de rápido estamos avanzando. Lo más interesante de este libro no es que en sus páginas se discuta si debemos promover o evitar el transhumanismo: la mayoría de los participantes admitimos que es inevitable. Por tanto, el debate debería centrarse ahora en cómo logramos controlarlo y llevarlo hacia un lugar seguro. Bien utilizado, el transhumanismo puede llevarnos a un futuro espléndido, pero también tiene el poder de estropearlo todo si no se usan las herramientas con sabiduría.

Cuando doy una charla en un instituto, siempre acabo diciendo a los alumnos que es la mejor época de la historia de la humanidad para dedicarse a la ciencia. Lo creo firmemente: con los recursos que tenemos hoy en día, el único límite es la imaginación. Al ritmo que vamos, en 30 años ellos podrán decir exactamente lo mismo a la siguiente generación. La era de las maravillas apenas está comenzando, y parece que va para largo. Y aún nos puede traer muchas novedades, tanto buenas como malas. Los humanos aprendemos a golpes, y es muy probable que el uso indebido o poco controlado de la nueva biología nos lleve a las puertas de alguna catástrofe, tal vez del estilo de Hiroshima, intencionada, o del de Chernobyl, accidental, por poner dos de los ejemplos más sonados de tragedias científicas del siglo pasado.

Haríamos bien en leer más distopías, un género literario que lleva décadas catalogando los futuros alternativos más oscuros, para prepararnos para todas las posibilidades y evitar así males mayores. Casi nada de lo que las fértiles mentes de los escritores de ciencia ficción han imaginado será imposible. Más vale estar preparados.

[Publciado en El Periódico, 25/5/19]

miércoles, 6 de junio de 2018

10 años!


Celebramos hoy la primera década del blog, diez años desde la publicación de mi primer libro de divulgación. ¡Y esperemos que pueda continuar publicando durante otra década más!

martes, 26 de diciembre de 2017

Los alienígenas entre nosotros

Estos días he estado repasando la reciente trilogía de películas de Star Trek con mi hijo y no he podido evitar envidiar a esta generación que crece entre efectos digitales que fabrican mundos y especies alienígenas de una veracidad incuestionable. Todo lo que se ha perdido del romanticismo de los decorados de cartón piedra y los extras disfrazados con trajes de goma y prótesis de porexpan se ha ganado en espectacularidad y dinamismo. Pero algo que no ha cambiado en todas las décadas que el capitán Kirk y su tripulación han estado explorando el espacio profundo es que la mayoría de extraterrestres que allí se encuentran son antropomórficos. Esto, que al principio se habría podido justificar por la falta de presupuesto y tecnología, ahora hay que verlo como la consecuencia directa de las dificultades que tiene especular sobre la vida en un formato distinto al que encontramos en la Tierra.

Las limitaciones son aún mayores si nos adentramos a nivel microscópico, porque allí desaparece la gran diversidad que hay a simple vista: todos los seres vivos que conocemos, sin excepciones, utilizan el mismo tipo de información, almacenada siempre en moléculas de ADN. No conocemos ninguna otra manera de construir vida, por lo que nos cuesta imaginar alternativas cuando concebimos habitantes de otros sistemas solares y debemos pensar cómo serían a nivel bioquímico. ¿Cómo lo habrían hecho los klingons o los romulanos? ¿Habrían evolucionado a partir de un compuesto con unas propiedades estructurales similares al ADN o habrían utilizado una premisa totalmente distinta?

El azar y una evolución de millones de años han hecho que todos los terrestres nos rijamos por un código forjado a partir de solo cuatro unidades básicas. Así como los ordenadores utilizan un alfabeto binario, formado por unos y ceros, para guardar datos los seres vivos disponemos de cuatro piezas, que tienen más flexibilidad y capacidad que el más poderoso de los discos duros disponibles. Las llamamos A, T, C y G, por las iniciales del nombre que hemos dado a las moléculas que forman el ADN. Las 64 variaciones posibles de grupos de tres de estas unidades representan unas órdenes biológicas que se traducen en 20 aminoácidos, las piezas que permiten a la célula construir millones de proteínas diferentes. Son las proteínas las que hacen todas las funciones esenciales para la vida y definen cómo será cada organismo.

¿Pero y si jugásemos a guionistas de Star Trek y nos preguntáramos qué pasaría si intentásemos saltarnos las rígidas normas combinatorias de nuestro código genético cuaternario? ¿Y si añadiéramos un par de letras? Aumentaría el grado de complejidad: las nuevas combinaciones disponibles nos permitirían usar más de 100 aminoácidos adicionales (muchos de ellos ya existen en la naturaleza) para fabricar nuevas proteínas. Así podríamos diseñar herramientas moleculares nunca vistas, que darían lugar a formas de vida que podrían ser absolutamente diferentes de las habituales. Y todo ello sin tener que salir del planeta.

Este hito ya es posible, al menos en teoría, desde finales del mes pasado. Es el tipo de descubrimientos que se echan en falta en las portadas de los diarios, no porque tengan posibilidad de curar enfermedades en breve, que a veces parece que sea lo único que nos interesa de la ciencia, sino por lo revolucionarios que son, conceptualmente hablando. Es un paso más que la edición genética, una revolución que sí ha cogido mucha popularidad, porque implicaría empezar de cero en lugar de solo cortar y pegar. Los responsables de este avance, un grupo de científicos del Scripps Research Institute, en California, han tardado 15 años en generar una bacteria que utiliza dos unidades más, totalmente nuevas, y así tiene un ADN de seis letras en lugar de cuatro. Encontraron la manera de engañar a la maquinaria celular que copia y repara el ADN y luego enseñar a la célula a leer el nuevo alfabeto para que utilizase la información para fabricar proteínas.

Esta bacteria, pues, no se parece a nada que haya existido. ¿Podemos ir más allá y crear un ser vivo utilizando un código genético completamente nuevo y una serie de aminoácidos diferente de los 20 habituales? Hay barreras técnicas que aún deberían superarse, pero no es impensable. Esto quiere decir que podríamos generar alienígenas de verdad, microbios (y, algún día, organismos complejos) que no tuvieran nada que ver con el resto de los habitantes del planeta, que no hubieran evolucionado a partir de nada conocido y que podrían seguir normas diferente de las que nos gobiernan al resto. Mejor que una película de Hollywood.

[Publicado en El Periódico, 16/12/17. Versió en català.]

lunes, 20 de noviembre de 2017

Luchar contra los prejuicios

A todos nos gusta pensar que tomamos decisiones equitativas y racionales, pero los prejuicios son una parte inextricable de nuestro comportamiento. No deben verse como un mal exclusivo de las sociedades modernas, al contrario. Es probable que surgieran como un mecanismo protector, porque nos permiten emitir juicios más rápidos que si interviene el razonamiento. Esto nos puede dar una ventaja a la hora de evitar un peligro inminente, pero el precio que pagamos es un número elevado de falsos positivos: las generalizaciones que fundamentan los prejuicios resultan equivocadas en muchos casos. Esto, que es perfectamente tolerable en un entorno en el que prima la supervivencia, como el de nuestros antepasados, resulta un inconveniente en los entramados sociales de hoy en día, donde idealmente debería prevalecer la justicia y la igualdad.

Pero no es tan sencillo luchar contra esta inercia biológica. Tres psicólogos de la Universidad de Harvard crearon en 1998 un test para medir las conexiones que hacemos de manera automática (www.implicit.harvard.edu). Se trata de clasificar rápidamente palabras de connotaciones positivas o negativas e imágenes de personas de piel clara u oscura. Haciendo esto, quedan al descubierto asociaciones inconscientes entre color de piel y bueno o malo, que el cerebro utiliza porque no requieren la participación de los centros racionales y puede ir más deprisa. El ejercicio mide cómo relacionamos sin querer conceptos malos con ciertos grupos étnicos, pero también se puede mirar por género, edad, orientación sexual o cualquier otro parámetro. Sorprendentemente, personas que consideran que no discriminan muestran un sesgo predeterminado en un 40% de los casos. Es más: cuando se repite el test, los resultados son similares. Es decir, incluso sabiendo que involuntariamente no estamos siendo del todo ecuánimes, el piloto automático continúa desequilibrando la balanza.

Una conclusión de estos trabajos sería que parte de las decisiones que tomamos en la vida están fundamentadas en presunciones erróneas, que solo evitaríamos si dedicáramos suficiente tiempo a pensar en ello. Estas preferencias escondidas, junto con otras que quizá no lo son tanto, serían clave, por ejemplo, en la frecuente discriminación laboral por motivos de género. Para evitarlo, el mundo de la música se han popularizado las audiciones a ciegas, por lo que no se sabe el sexo de quien toca el instrumento.

Un truco tan simple ha hecho que el número de mujeres que se contrata en las orquestas se haya doblado y ya se acerque a la paridad. El problema es más difícil de solucionar en situaciones de estrés, cuando tenemos que tomar una decisión en fracciones de segundo. La prueba es el elevado número de muertes de piel oscura a manos de la policía en Estados Unidos, que todavía tiende a disparar más rápido cuando ven una conducta sospechosa en una persona negra.

Todo ello demuestra que los prejuicios existen y que no sirve de nada creer que nosotros no tenemos. No nos debemos sentir avergonzados: es una respuesta natural de la mente. Lo necesario es reconocerlo y hacer todo lo posible para evitar que nos condicionen el comportamiento. Por ejemplo, desconfiando de las primeras impresiones y haciendo el esfuerzo de recoger toda la información posible antes de decidir. Es importante no quedarnos con la opción fácil, la que nos atrae de una manera más espontánea, porque al ser la que más bebe de los instintos, es más fácil que esté contaminada por un sesgo inconsciente.

Esto es especialmente crítico cuando tenemos que tomar decisiones que afectan el futuro común, como cuando se da voz al pueblo en unas elecciones. La democracia, que parte de la base de que todos estamos capacitados para hacer una elección razonada y libre, no tiene en cuenta que los defectos inherentes de la mente humana, fácilmente manipulables por los más hábiles, pueden llevarnos a opciones del todo ilógicas. Para que la democracia funcione, debemos poder superar las inercias que nuestro entorno social nos ha implantado y elegir lo que es justo.

Es falso que las cosas dependan del color del cristal a través del cual las contemplamos. La realidad es una, lo que varía es nuestra manera de interpretarla. Para poder acercanos a ella al máximo debemos esforzarnos. La realidad no se puede consumir pasivamente, como estamos acostumbrados a hacer, dejando que los líderes nos impongan su versión. La próxima vez que haya votaciones, todo el mundo debería plantearse si el desprecio por unas ideas o unas personas es merecido o nos estamos dejando llevar por prejuicios ocultos, si un anhelo es realmente absurdo o si estamos permitiendo que los instintos hablen por nosotros.

[Publicado en El Periódico, 11/11/17. Versió en català.]

lunes, 25 de septiembre de 2017

¿Aún evolucionamos los humanos?

Un efecto inesperado de esta década convulsa que estamos viviendo ha sido la recuperación de imágenes que deberían estar ya superadas. Una serie de monstruos pretéritos, que suponíamos muertos y enterrados hacía tiempo, van saliendo de sus tumbas y se pasean de nuevo por países supuestamente civilizados. Si miramos a Estados Unidos, por ejemplo, durante cierto tiempo el paradigma de sociedad avanzada que nos servía de referente, volvemos a tener fascistas gritando orgullosos por las calles; libertades recortadas en nombre de la seguridad; la separación de poderes, eslabón fundacional de la democracia, cada vez más diluida; medios de comunicación convertidos en altavoces de la demagogia de quien les paga las facturas, como la cadena Fox, mientras se difama, amenaza o silencia a otras, como la CNN; discriminación sistemática de una parte de la población, sea por sexo, color de piel o ideología; políticos enrocados en ideas obsoletas, empezando por su presidente, que han perdido el miedo a que la mentira sea el fundamento donde edifican su programa; y, en medio de todo ello, una mayoría que se deja manipular sin cuestionarse prácticamente nada. Quienes pensaban que la última revolución ideológica, la de los 60 y 70, había eliminado para siempre estas reliquias históricas han pecado de optimistas.

El hombre no tropieza dos veces en la misma piedra: lo hace constantemente. Y eso ocurre porque ciertos comportamientos están integrados en nuestra especie gracias a la selección natural, gracias a que en algún momento clave de nuestro pasado nos dieron algún tipo de ventaja esencial. El estado basal de los humanos es la xenofobia, el machismo, el totalitarismo y el sistema de castas. A pesar de todos los esfuerzos que hacemos para evitarlo, nunca dejaremos de sentirnos atraídos por eso. No culpen a nadie más que a la biología: es la estructura social que adoptamos espontáneamente en función de lo que nos permitía sobrevivir mejor, como lo han hecho los demás animales del planeta.

Pero nosotros somos diferentes. Nuestro cerebro privilegiado nos ha dado la capacidad de cambiar las cartas que nos venían dadas. Poco a poco, hemos ido encontrando alternativas a este sistema operativo que teníamos instalado por defecto. Nos pasamos buena parte del siglo XX desobedeciendo una serie de instintos que nos coartaban el progreso, para poder construir así un modelo diferente, más acorde con el nuevo formato de justicia que se formaba en el imaginario colectivo. Tenemos que estar orgullosos, pues, de no estar ya a merced de los dictados biológicos, de habernos salido del camino marcado a nivel social. Por eso duele ver que, tras la cortina impoluta de la civilización moderna, seguimos siendo tan bestias como siempre. Se trata de no bajar nunca la guardia, porque, llegados a este punto, evolucionar significa evitar que la evolución nos imponga sus normas.

¿Funciona también la premisa a nivel individual? Parte fundamental de la construcción de esta sociedad más igualitaria que perseguíamos era cargarse la máxima sagrada de la supervivencia de los fuertes. Esto significa favorecer que no solo los más aptos aporten sus genes a la mezcla que define la especie. Esto significa, una vez más, pervertir los principios de la selección natural. Y así lo estamos haciendo. Por ejemplo: la medicina moderna ha permitido que no solo las personas con los mejores sistemas inmunes sobrevivan a la infancia o que un porcentaje inusualmente alto llegue a la vejez.

¿Qué efecto a largo plazo tendrán estas injerencias? Aún es pronto para saber el impacto, porque nuestra unidad de tiempo es el año, mientras que la de la selección natural es el siglo. Pero sabemos que el genoma humano no es estático: a pesar de todo, no hemos frenado la evolución. Un estudio publicado hace un par de semanas en la revista 'PLoS Biology' lo confirmaba. El análisis de más de 200.000 muestras de ADN concluía que, en tan solo un par de generaciones, la humanidad ha incorporado variantes genéticas que favorecen la longevidad. Esto es inaudito. La selección natural solo actúa sobre las características que nos hacen procrear mejor. No tiene ninguna necesidad de alargarnos la existencia, por eso nuestra esperanza de vida media antes de que interviniéramos era de menos de 40 años. ¿Por qué está cambiando la norma? Porque hay algo que relaciona el éxito reproductivo y la longevidad, y todavía no sabemos qué es. Por mucho que pensemos que controlamos la situación, la biología siempre tendrá alguna carta escondida. La ciencia debe continuar ayudándonos a luchar para ser los que elijamos si queremos aceptarla o no. 

[Publciado en El Periódico, 16/9/17. Versió en català.]

martes, 25 de julio de 2017

Tan complicados, tan sencillos

Uno de los momentos clave de la historia fue descubrir que todos los seres vivos están hechos de células, que no somos una sola entidad sin fronteras internas sino un complejo rompecabezas de piezas muy diversas. Lo es claramente desde el punto de vista médico, porque ha permitido entender que un organismo deja de funcionar correctamente porque lo hacen algunas de sus partes microscópicas. Enfermamos porque nuestras células enferman. Esto ha resuelto muchos enigmas abriendo la puerta a la era de la biomedicina, una manera de entender la salud que nos ha llevado a las terapias dirigidas, los tratamientos moleculares o la medicina personalizada. Son formas de admitir que para curar a un individuo tenemos que solucionar los problemas de las unidades que lo forman.

Reconocer que somos como un cúmulo de células también es un punto de inflexión desde el punto de vista filosófico. Darnos cuenta de que el cuerpo se puede fragmentar en millones de pequeños módulos independientes, que tienen un sentido vital por sí solos, nos ha permitido encarar nuestra existencia de forma más humilde. Grandes disquisiciones sobre el pensamiento y la conciencia, que habían ocupado largas horas a los sabios, cambiaron radicalmente cuando supimos que lo que nos hace humanos está definido por unas neuronas perfectamente sincronizadas e interconectadas, regidas por las mismas normas que cualquier otro fragmento de materia.Ya no necesitamos buscar explicaciones sobrenaturales a lo que la bioquímica y la genética pueden justificar por sí solas. El estudio del saber siempre ha sido un ejercicio de antropocentrismo, para el que los humanos ocupamos el vértice de la pirámide intelectual de este planeta, pero la biología tiene esta habilidad de ponernos en el lugar que nos corresponde: nos permite describir de una manera física todas estas habilidades que siempre nos han hecho sentir como unos escogidos.

Más de una vez he discutido con un buen amigo científico si hemos de considerar al ser humano como la máxima meta de la evolución. Todo depende de qué definiciones usamos, claro. Sin duda, el hecho de ser los únicos seres vivos conscientes de nuestra existencia y de nuestra mortalidad nos da una ventaja en muchas de las clasificaciones posibles. Y también se puede argumentar que un ser vivo capaz de crear belleza tan solo por el placer de contemplarla, leerla o escucharla juega a una liga evolutiva diferente. Pero si dejamos de lado nuestro espectacular cerebro y los beneficios que nos reporta, el resto es bastante comparable a tantos otros prodigios que el tiempo y el azar han ido construyendo.

En este sentido, no somos nada especial. Hay muchos organismos multicelulares que son preciosos ejemplos de adaptación a su entorno. Y aún es más espectacular un elemento como un virus, que ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en considerar si está vivo o no, tan simple y tan exquisitamente hábil a la hora de perpetuar su ADN en todas partes. En comparación, nuestra carcasa es demasiado débil para subsistir en la mayoría de entornos sin ayudas artificiales que complementen las carencias. Los virus no tienen estos problemas: ya estaban aquí antes de que apareciéramos y seguirán cuando nos extingamos.

Además, la aparente complejidad de la naturaleza es a veces más simple de lo que parece, y nosotros podríamos servir de modelo para esta paradoja. Nuestro genoma, el libro de instrucciones que nos hace tan poderosos, no es ni mucho menos el más largo conocido. Tiene 3.200 millones de letras, por los 150.000 de la flor 'Paris japonica' o los 22.180 del pino. Son organismos teóricamente más simples, pero con mucha más información en las células. Y aún es más sorprendente que una ameba, hecha de una sola célula, los supere con 670.000. También encontramos el ejemplo contrario: unos hongos pluricelulares funcionan con un genoma del tamaño del de una levadura, mucho más pequeño de lo que les correspondería. La evolución había eliminado lo superfluo.

Esto hace que nos preguntemos cuál es el mínimo necesario de datos para generar un microbio, una planta o un humano. ¿Hasta dónde se puede reducir la información que realmente se necesita para definir nuestra complejidad? Seguramente mucho más de lo que le gustaría a nuestro ego. Nos creemos que somos especiales porque hemos alcanzado un nivel superior de pensamiento, pero al fin y al cabo, construir un humano no requiere nada del otro mundo.

[Publicado en El Periódico, 15/07/17. Versió en català.]

lunes, 26 de junio de 2017

El cielo azul fuera de la caja

Desde fuera, la ciencia puede parecer un bloque homogéneo que aglutina todo el saber que vamos adquiriendo sobre nosotros y nuestro entorno. Tal fue así en los inicios pero, hoy en día, si nos acercamos un poco, veremos que está hecha de un montón de pequeños compartimentos terriblemente especializados. La cantidad de datos que hay que dominar para poder contribuir de una manera significativa a uno de estos campos es ingente y, además, no para de aumentar. Este es el motivo principal por el que los científicos hemos acabado haciéndonos expertos solo en una pequeña parcela, y demasiado a menudo no sabemos muy bien qué pasa en las otras, ni siquiera en las que tenemos más cerca.

Somos conscientes de que esto es un problema que dificulta el progreso. La prueba es que los descubrimientos importantes actualmente los suelen hacer equipos multidisciplinares capaces de integrar habilidades que provienen de campos diversos. Pero no siempre es fácil encontrar la forma de derribar los muros que nosotros mismos hemos tenido que construir para poder procesar mejor el conocimiento que estamos acumulando.

La semana pasada me invitaron al simposio que el Instituto de Bioingeniería de Catalunya, el IBEC, organizaba para celebrar su décimo aniversario. El IBEC es un centro de investigación que, a pesar de su corta vida, ha conseguido aglutinar una masa crítica de talento, mucho de él tan joven y visionario como la misma institución, que genera de forma consistente una producción competitiva a nivel internacional, en áreas tan innovadoras como la nanomedicina. Es un ejemplo a seguir y se debe felicitar a los directores que ha tenido, primero Josep Anton Planell y ahora Josep Samitier, por la buena labor que han hecho.

Una de las conferencias del simposio la dio Thomas Skalak, director de la fundación que Paul Allen montó para promover la investigación. Los estadounidenses nos llevan ventaja en varios temas, no nos debe dar vergüenza admitirlo. Uno de ellos es la ciencia, que está mucho más integrada en el tejido social que en el sur de Europa. La prueba es que las grandes fortunas de Estados Unidos, como el mismo Paul Allen o su compañero en Microsoft, Bill Gates, entienden que la manera más productiva de crear un impacto duradero es invertir una buena cantidad de capital en apoyar la investigación. Algo parecido ocurre en el Reino Unido, donde hay una serie de 'charities' (oenegés) que prácticamente duplican presupuesto estatal.

En cambio, en España, que puede estar orgullosa de ser el país natal del hombre más rico del mundo (actualmente ocupa 'solo' el segundo lugar de la lista), el apoyo privado al sector científico es más bien escaso. Hay algo en la cultura anglosajona que les permite entender la importancia social y económica de la ciencia, mientras que gran parte del Mediterráneo todavía está cómodamente instalado en el "que inventen ellos". Quizá a fuerza de insistir acabaremos rompiendo el círculo vicioso y concienciando un poco las nuevas generaciones.

Otra cosa que hacen bien los americanos es mirar dónde están las fronteras y buscar la mejor manera de cruzarlas. Skalak explicaba que una de las prioridades de su fundación es incentivar el 'blue sky research'. La traducción literal sería la "búsqueda de los cielos azules", y significa apoyar ideas que pueden parecer locas porque se salen de las líneas de pensamiento ortodoxas y aceptadas. También llaman 'thinking outside the box', pensar fuera de la caja. Aunque este enfoque muchas veces no acaba dando ningún fruto útil, un buen número de los grandes avances de la historia se han hecho de esta manera. Es encomiable, pues, que haya personas que quieran jugarsela con inversiones de alto riesgo para cubrir el espacio donde el dinero público no suele llegar.

Pasarme dos días escuchando a los físicos, químicos e ingenieros del IBEC hablando de las nuevas herramientas que están construyendo para la biomedicina me supuso un montón de ideas frescas en la cabeza y me obligó a salir un rato de mi caja para entender cómo trabajan otras disciplinas científicas que persiguen los mismos objetivos.

Es un ejercicio que todos deberíamos hacer de vez en cuando, sea cual sea nuestro trabajo. Fijarse en el cielo azul puede que no te lleve a ninguna parte, pero a veces te puede ayudar a descubrir un universo nuevo. Hasta que no lo pruebes, no lo sabrás. Al fin y al cabo, la humanidad ha llegado hasta donde estamos ahora precisamente porque no nos ha dado miedo lanzarnos de cabeza a lo desconocido. Necesitamos más gente que quiera seguir esta tradición y, sobre todo, que unos cuantos privilegiados tengan la inteligencia de financiar la aventura.

[Publicado en El Periódico, 17/6/17. Versiò en català]

martes, 6 de junio de 2017

9 años


Hoy este blog cumple 9 años. Muchas gracias a todos!

martes, 2 de mayo de 2017

Un día de ciencias y de letras

Como este domingo es Sant Jordi, estos días me han invitado a dar charlas en escuelas e institutos. En algunos me han pedido que fuera como escritor, y en otros como científico, pero en todos he tratado de defender que la diferencia entre letras y ciencias no lleva a ninguna parte. Son dos caras de una moneda, igual de esenciales a la hora de aprender cómo funciona el mundo. Es absurdo que se nos aísle tan pronto de una de las dos disciplinas y hay que luchar por corregir estas carencias que tiene el sistema educativo. Lo he mencionado otras veces, así que no me extenderé más sobre este tema. Lo que sí haré es aprovechar para repasar ejemplos de científicos que escriben, personas que no se han creído la impermeabilidad entre letras y ciencias, y que han publicado novedades interesantes. Que sirva de paso como sugerencia para los que aún no tienen claro qué libro deben regalar o para quienes buscan algo más que los autores que coparán el top ten.

Siddhartha Mukherjee, autor de un libro sobre el cáncer que se convirtió en un éxito, vuelve ahora con 'El gen, una historia íntima', un volumen exhaustivo que acerca el fabuloso mundo de la genética a todos los lectores. Mukherjee ha conseguido crear una hábil mezcla de autobiografía, divulgación y libro histórico, que funciona muy bien a la hora de repasar algunos de los descubrimientos más importantes del último siglo. La genética es lo que define a todos los seres vivos y, por tanto, es esencial que entendamos cómo funciona. Este libro es un cursillo acelerado que nos pone al día de manera entretenida y accesible.

Manel Esteller, uno de los líderes mundiales de la investigación epignética, es un excelente divulgador que sabe transmitir ideas de forma clara y directa Pero hay vida más allá de la genética, y eso es lo que nos explica Manel Esteller, uno de los líderes mundiales en la investigación epigenética, en 'No soy mi ADN. El origen de las enfermedades y cómo prevenirlas'. Los lectores de esta sección ya saben que el doctor Esteller es un excelente divulgador que sabe transmitir ideas complejas de forma clara y directa. En su nuevo libro utiliza casos reales para explicarnos con un lenguaje fácil de entender cómo la epigenética influye en nuestra salud y qué podemos hacer para minimizar el riesgo a enfermar. Muy recomendable.

David Bueno, otro reconocido científico-divulgador, acaba de publicar 'Neurociència per educadors', un ensayo que contiene «todo lo que siempre han querido saber del cerebro de sus alumnos y nunca nadie se ha atrevido a explicar de manera comprensible y útil». A pesar del título, es un libro útil no solo para los que se dedican a la enseñanza, sino para todos los que quieran conocer un poco mejor cómo funciona el cerebro humano, todavía hoy uno de los misterios más grandes que podemos encontrar en este planeta.

En países como Gran Bretaña se ha normalizado la relación entre la ciencia y el gran público y un libro de divulgación es habitual que sea un 'best-seller' 'Pa ciència, la nostra' es el nombre de guerra de Màrius Belles y Daniel Arbós, un dúo de científicos que hace divulgación con mucho humor. Pueden escucharlos en la radio, y también han editado un libro con el mismo nombre, subtitulado 'Curiositats científiques del dia a dia'. Es especialmente indicado para quienes creen que la ciencia es algo pesada y aburrida. Aparte de provocar sonrisas, sirve para darnos cuenta de que, aunque queramos ignorarla, la ciencia está en todas partes.

Hace unas semanas, antes de la llegada masiva de novedades de Sant Jordi, a las listas de los más vendidos se asomaron varios libros científicos, hecho bastante inusual. Entre ellos estaba el de David Bueno, y también 'Cuántica' escrito por José Ignacio Latorre, profesor de física teórica de la Universitat de Barcelona. Que un ensayo sobre un tema tan difícil como la física cuántica haya tenido buena aceptación demuestra dos cosas importantes. Por un lado, que hay interés en saber más sobre la ciencia. Y por el otro, que tenemos gente capaz de explicar las ideas más avanzadas de forma que cualquiera pueda captarlas sin conocimientos previos.

En ciertos países es habitual que, de vez en cuando, un libro de divulgación se convierta en un superventas. Son lugares donde se ha normalizado la relación entre la ciencia y el gran público. En el Reino Unido, por ejemplo, tienen figuras mediáticas como Brian Cox o David Attenborough, científicos capaces de ofrecer conferencias multitudinarias, vender cientos de miles de libros o dominar el prime time televisivo con sus documentales. En nuestro país aún queda un poco para llegar a este punto, pero si nos esforzáramos todos algo estoy seguro de que lo conseguiríamos. Para empezar, ¿por qué no regalan mañana un poco de ciencia?

[Publicado en El Periódico, 22/4/17. Versión original en catalan.]

lunes, 3 de abril de 2017

El verdadero peligro es la mentira

Internet figura prácticamente en todas las listas de grandes inventos de la humanidad, junto con la rueda, la electricidad o los antibióticos. Algunos incluso lo consideran el avance más decisivo de la historia por cómo está cambiando las sociedades. No hay que decir que tiene virtudes inmensas, pero también se ha tener presente que parte de su gran impacto se debe a las cosas negativas que arrastra. Una de las principales es que está redefiniendo la manera que tenemos de entender y recordar los hechos.

Se ha dicho que internet se está convirtiendo en una nueva forma de memoria, colectiva en lugar de individual, y no necesariamente fiel a los hechos. Los usuarios compartimos nuestras experiencias, que se convierten rápidamente en permanentes y comunitarias gracias a las redes sociales. El problema es que no hay ningún filtro que separe la realidad de la ficción. Así, el buen trabajo de internet a la hora de facilitar la difusión de datos se pierde por culpa de la gran capacidad de generar desinformación que ello conlleva.

Internet ya es una forma de memoria colectiva, y no necesariamente fiel a los hechos
Este es el gran peligro del siglo XXI. Cualquier cima que hayamos conquistado se puede derribar rápidamente bajo el peso de falsedades magnificadas. El tema de las vacunas es el mejor ejemplo de cómo promover la ignorancia y obviar la realidad puede costar vidas. Pero sin tener que ir a estos extremos, hemos visto a un eurodiputado polaco que nos quería convencer de la inferioridad biológica de las mujeres o una publicidad móvil que pretendía negar la existencia de ciertas variantes de la sexualidad humana. Estas campañas discriminatorias usan datos falsos para recubrirse de una pátina de credibilidad que, una vez en la memoria colectiva de internet, son difíciles de eliminar. Cinco minutos consultando las fuentes adecuadas desmontarían todas las falacias pero, por desgracia, una gran parte de la población no parece capacitada para hacer este pequeño esfuerzo.

Los científicos estamos acostumbrados a tener que demostrar todo lo que decimos. Escribir un artículo explicando nuestros descubrimientos, la principal forma de comunicación científica, es un ejercicio de humildad que debería enseñarse en las escuelas. Cada frase tiene que estar apoyada por algún dato, ya sea publicado por otros grupos u obtenido por nosotros, y tenemos que poner referencias a trabajos anteriores (no vale recurrir al «dicen que...») o presentar nuevos resultados. Si alguna conclusión no está cimentada en un dato bastante sólido, un tribunal de expertos nos pedirá que la cambiemos o borremos. Solo en la parte final del artículo, la discusión, se nos permite proponer hipótesis que incluyan algo de especulación, pero a pesar de ello se espera que la lógica y la contención sigan imperando. Pese a que en la ciencia también hay engaños, estas normas hacen que estén más controlados y se acaben descubriendo.

En la vida real estas medidas de seguridad no existen. Antes de internet, el daño que podían hacer los mentirosos estaba limitado a su entorno inmediato. Ahora su alcance es global. La demostración de que la falsedad gana la partida es que se ha elegido a un mentiroso compulsivo para la posición política de más poder en el mundo. Trump nos recuerda constantemente que la desinformación lleva a la victoria, un incentivo que puede abocarnos al oscurantismo más absoluto.

Nos cuesta aceptar que el mundo saldría ganando si adaptásemoslos principios básicos de la ciencia a nuestra actividad social. Los cortos de miras lo ven como un signo de prepotencia o de querer convertir la ciencia en una nueva religión. Es mucho más sencillo: regirse por el sentido común y seguir un método que a lo largo de los siglos se ha comprobado que funciona. La prueba son los conocimientos que nos ha proporcionado la ciencia, incluso los que, si no se usan con cuidado, podrían acabar con la civilización, como la energía atómica o el propio internet.

Instalar estos principios durante la educación primaria quizá reduciría la credulidad humana a unos niveles menos peligrosos que los que vemos actualmente y frenaría el auge de personajes tóxicos como Trump y otros populistas que basan su capacidad de atracción en hechos alternativos, 'posverdades' o, como siempre se han llamado, mentiras. Que ahora dispongan de un poderoso altavoz para amplificar sus patrañas requiere que contrataquemos con armas igual de poderosas, y nada nos puede proporcionar una protección mejor que abrazar el razonamiento científico en todos los ámbitos de la vida.

[Publicado en El Periódico, 25/3/17. Versió en català.]

martes, 7 de marzo de 2017

De beneficios y responsabilidades

El mes pasado se anunció una iniciativa para desarrollar vacunas contra algunas de las infecciones peligrosas que aún no lo tienen (como el SARS, el Zika o el Ébola) y después acumular suficientes dosis para hacer frente a un brote y evitar que se convierta en una epidemia. Ha comenzado con un presupuesto de 500 millones de dólares, que se espera doblar, proporcionado por gobiernos y fundaciones.

La idea es tan buena como necesaria, pero el tema de las vacunas, un fármaco que se da a personas sanas, siempre despierta recelos. La prueba es que algunos comentarios a esta noticia ponen el grito en el cielo porque creen que es una estratagema de las multinacionales para poder vender de golpe miles de dosis de sus productos. Este tipo de posturas demuestra una visión simplista de cómo funciona la sanidad pero también refleja uno de los problemas de tener que depender de las farmacéuticas para la producción de medicinas: cómo regular su retribución.

La semana pasada se resolvió una agria disputa que mantenían el MIT y la Universidad de Harvard, por un lado, y la Universidad de California por el otra, relacionada con la propiedad intelectual del CRISPR / CAS9, el revolucionario sistema de edición genética que ya ha cambiado la forma de hacer investigación y que no debería tardar mucho en entrar en los hospitales. El resultado es que Harvard puede mantener las patentes que California, la sede de los primeros descubridores, quería declarar nulas.

Los detalles legales del caso son complejos y debemos asumir que la decisión debe ser la más justa de acuerdo con la normativa vigente, pero lo que esto significa, en la práctica, es que todo el que quiera usar el CRISPR / CAS9 médicamente deberá pagar dos veces, una a los que desarrollaron el sistema genérico (en California) y la otra a los que protegieron su uso en células humanas (en Harvard). El resultado es que el producto se encarecerá y el usuario asumirá el coste. Y todo por un tecnicismo. Esto puede ser tolerable cuando hablamos de artículos de lujo, pero no cuando lo que está en juego es la salud.

Las patentes son importantes para incentivar la investigación y el desarrollo, y también para premiar el valor de las ideas. Son necesarias para proteger una inversión arriesgada, pero no deben servir de excusa para el enriquecimiento excesivo de unos pocos en detrimento de la calidad de vida de muchos.

El ejemplo más extremo es el precio desorbitadamente alto de muchos tratamientos para el cáncer, al menos en los primeros años, varios órdenes de magnitud sobre el coste real. Aunque es comprensible que una empresa farmacéutica quiera rentabilizar cuanto antes los fondos invertidos en el desarrollo de un producto (que suele superar fácilmente los mil millones de dólares, no lo olvidemos), la ética tiene unos límites que no deberían cruzar nunca.

Es importante entender qué papel juegan y deben jugar las iniciativas privadas en el tejido social para poder recompensarles y controlarlas de la manera adecuada. Y no solo en el campo médico. Es infantil echarle la culpa de todos los males a los bancos, sin los cuales no podría existir el sistema económico que es la base de las sociedades democráticas, pero es irresponsable darles a cambio un cheque en blanco, porque han demostrado más de una vez que abusan.

El desastroso rescate derivado de la última crisis, que ha vaciado las arcas públicas cuando más las necesitamos mientras algunos aseguraban jubilaciones holgadas, no se debería repetir más. Igualmente, las farmacéuticas son parte indispensable del mundo sanitario, pero se les debe hacer encontrar cómo equilibrar objetivos financieros con la responsabilidad que tienen por el hecho de que la salud de su negocio dependa de la salud los demás.

Evitemos caer en maniqueísmos innecesarios, pero también en una complacencia peligrosa. El sistema funciona si se vigila bien. Que una compañía farmacéutica se haga de oro con la venta de unas vacunas no significa necesariamente que nos time. La medicina avanza porque los estados y las empresas invierten, unos a fondo perdido, los otros buscando beneficios.

Los gobiernos no pueden desatender los presupuestos de investigación, como las farmacéuticas no pueden abusar de la situación de poder. Ambas cosas aún pasan, por desgracia, y seguirán ocurriendo. En un país con tendencia endémica a las puertas giratorias y la ignorancia científica, debemos estar alerta. Y eso es trabajo de todos.

[Publicado en El Periódico, 25/2/17. Versió en català.]

martes, 7 de febrero de 2017

El gobierno de la ignorancia

La semana pasada el mundo fue testigo, con cierta perplejidad, de la llegada al poder de Donald Trump, el 45º presidente de EEUU. Digo perplejidad porque poca gente creía que un ególatra machista, racista, arrogante, ignorante, mentiroso, grosero, maleducado y sin ningún tipo de preparación política (todo esto son hechos contrastables, no opiniones mías) consiguiera el apoyo necesario para liderar el país más poderoso del planeta. Pero la democracia, por diseño, no tiene ninguna protección contra este tipo de giros inesperados del guion. Como lo que se vota es sobre todo la fachada del candidato, no su currículum, en momentos especiales como los que estamos viviendo ahora no es de extrañar que los despachos se llenen de personajes curiosos con la intención de sacudir el sistema desde dentro.

Esto es lo que esperan que hagan quienes los han elegido, por supuesto, pero también algunos de los que más se oponen. Por ejemplo, ciertos pensadores progresistas opinaban estos días que tener a Trump mandando puede ser un revulsivo para, gracias al efecto rebote, sacar lo mejor de cada persona. De momento lo que ha conseguido es llenar las calles estadounidenses de pancartas que proclaman: «Este no es mi presidente». Si nos paramos a pensar, es un eslogan muy antidemocrático, ya que no cuestiona la validez de la persona sino del procedimiento para elegirla. Si esto es una muestra de lo que con Trump puede aflorar, no hay muchos motivos para ser optimista.

Pero no es necesario que nos entretengamos a predecir si su mandato será tan nefasto como su personalidad anticipa porque ya nos ha dado los primeros avisos. Dan especialmente miedo todas las políticas que tienen que ver con la ciencia. Por ejemplo, Trump se ha apresurado a demostrar su incompetencia resucitando un mito que los datos objetivos habían enterrado hacía años: que las vacunas pueden causar autismo. Solo hay que informarse un poco para descubrir que esta falsedad y el estafador que la promovió han sido ampliamente desacreditados.

Algo parecido ocurre con el cambio climático, que ya no se discute si es real o no, sino solo cuál es su origen. Aunque en este caso el debate aún está vivo, la gran mayoría de expertos coincide en señalar la actividad humana como responsable, lo que significa que podemos hacer algo para evitar que empeore. Pero Trump prefiere hacer pasar los intereses económicos por delante del razonamiento científico y desmontar todo lo que hemos logrado últimamente. El problema es que se necesitarán décadas para revertir el desastre que pueden causar estas directrices durante los próximos cuatro años.

Dan miedo especialmente todas las políticas de Trump que tienen que ver con la ciencia
La ciencia es una de esas áreas, como la sanidad, la educación y la cultura, que debería funcionar al margen de la política. Las decisiones no las debería tomar un partido, sino una comisión independiente donde unos expertos representaran todos los puntos de vista de manera argumentada y abierta a los cambios. Es lo que los americanos llaman ser bipartisan, una palabra que resume muy bien el acuerdo entre dos facciones opuestas. Las decisiones en estos temas deberían ser consensuadas y de larga duración, para evitar hacer y deshacer estrategias tan vitales en cada cambio de ciclo político. Es la mejor manera de avanzar en línea recta y no en zigzag.

Un ejemplo de ello es el fracaso del 'Obamacare', una reforma sanitaria más bien intencionada que implementada. Su desmantelamiento no será culpa de Trump, sino de que no se desarrolló con la colaboración de los republicanos. No se pueden hacer políticas tan integrales de espaldas a la mitad del país. Por desgracia parece que el plan es seguir con esta tónica, pero ahora hacia el otro lado. Y mientras, las víctimas colaterales de estas decisiones alimentadas por el partidismo irán aumentando.

La frase que resume mejor la estupidez de los tiempos que corren la pronunció este verano Michael Gove, que entonces era ministro de Justicia británico, cuando en plena campaña por el 'brexit' afirmó que la gente estaba harta de los expertos. Es una línea de razonamiento peligrosamente parecido al «¡Muera la inteligencia!», el famoso exabrupto que Millán-Astray dedicó a Unamuno en octubre de 1936. Y ya sabemos cómo acabó todo aquello. Tal como están yendo las cosas, cuesta pensar que los humanos seamos organismos capaces de aprender de nuestros errores. Este año, Europa tendrá varias oportunidades de demostrarlo en las urnas y derrotar al gobierno de la ignorancia. Esperamos que no nos falle el pulso.

[Publicado en El Periódico, 28 de enero de 2017. Versió en català.]

lunes, 9 de enero de 2017

Una sociedad "low cost"

“Estamos sufriendo las consecuencias de una economía 'low cost'", me decía un amigo el otro día. "La crisis ha reducido los presupuestos y esperamos conseguir los mismos resultados que antes pero pagando mucho menos". Por desgracia, estos principios se han generalizado. Muchos profesionales no tienen más opción que aceptar el chantaje, mientras que otros intentan buscar alternativas dignas. Sea como sea, la estrategia tiene una víctima: la calidad.

En prensa este impacto es evidente. Otro amigo mío, periodista cultural con más de 20 años en el oficio, ha decidido dejar todas las colaboraciones que hacía porque con lo que le pagaban ya no se sacaba ni un sueldo de mileurista. Las horas que tenía que dedicar para entregar un trabajo con cara y ojos no compensaba los exiguos cheques que recibía a final de mes. Mientras él se dedica a otras cosas, su lugar en los medios la acabarán ocupando personas con menos experiencia o que completan el trabajo invirtiendo menos esfuerzo. Cualquier consumidor atento notará la diferencia.

Junto con la cultura, un ámbito del periodismo que está sufriendo los estragos del modelo 'low cost' es el de la ciencia, y es peligroso. Hemos visto un par de ejemplos últimamente. El primero es el caso de Nadia, la niña con tricodistrofia a la que sus padres utilizaron durante años para engañar a la gente y recaudar fondos para un tratamiento milagroso que, obviamente, no existía. Varios medios contribuyeron inocentemente al engaño sin pararse a pensar que la mayor parte de lo que decían no tenía ningún sentido desde un punto de vista médico.

Cualquiera con conocimientos científicos medios lo hubiera detectado. Lo más triste es que el último diario que cometió el error de amplificar la estafa y que precipitó el descubrimiento de las patrañas, hace pocos años tenía una de las mejores secciones de ciencia de la prensa ibérica. Parece que los recortes le han dejado sin nadie que pueda evitar desastres de este tipo. No es solo un problema de honor: ahora pagarán justos por pecadores porque nos lo pensaremos dos veces antes de dar dinero para ayudar a una persona enferma. Solo hace falta un poco de tiempo y cierta experiencia previa, las dos cosas de las que hoy en día creemos que podemos prescindir.

El segundo caso quizá no es tan evidente. Hace unas semanas algunos medios anunciaban que comer grasas favorecía las metástasis. Esto se basaba en un trabajo espectacular de un grupo del Institut de Recerca Biomèdica de Barcelona, dirigido por Salvador Aznar Benitah, que presentaba una forma de reconocer las células responsables de las metástasis gracias a una proteína que tienen en la membrana, que permite a la célula captar la grasa que hay en la sangre. Lo más importante es que esto proporciona por primera vez una posible diana para diseñar fármacos contra las metástasis, las principales responsables de la muerte a causa del cáncer. El impacto que podría representar para los tratamientos del futuro sería fenomenal. Pero, en lugar de ello, la mayoría de titulares destacaban un posible efecto de la dieta en el pronóstico de los cánceres, que no era lo que decía el artículo original.

El estudio usaba unos ratones transgénicos con tumores orales sometidos a unas dietas y unas condiciones que no son directamente extrapolables a los humanos, por lo tanto, aún es prematuro hablar de los efectos que comer menos grasas tendría en los enfermos. El artículo lo deja claro, pero las noticias se saltaban estas precauciones. Lo más probable es que no tardemos en ver recomendaciones que exhortarán a los que sufren un cáncer a desterrar las grasas, cuando aún no tenemos datos suficientes para concluirlo, y quién sabe si podría ser contraproducente.

Es cierto que los jefes de prensa de las instituciones de investigación embellecen los resultados para hacerlos más atractivos para los medios, pero nadie debería publicar una nota sin invertir unos minutos en ir a la revista que contiene el trabajo que se quiere dar a conocer y comprobar sus conclusiones. Solo hace falta un poco de tiempo y cierta experiencia previa en el campo, pero estas son precisamente las dos cosas de las que hoy en día creemos que podemos prescindir. Al final, la información que difundimos sale distorsionada.

Los anglosajones resumen esta situación con la frase 'you get what you pay for': si pagas una miseria, obtendrás una miseria. De cara al nuevo año deberíamos proponer romper este bucle para dejar de ser una sociedad 'low cost'. Si no, el futuro que nos espera será bastante pobre.

Publicado en El Periódico, 31-12-16. Versió en català

jueves, 8 de diciembre de 2016

Los límites de la manipulación genética

La semana pasada tuve el placer de participar en el debate final del ciclo 'Futur (s)' de este año, organizado por la Obra Social la Caixa y el Ateneu Barcelonès. El tema era qué límites hay que poner a las manipulaciones genéticas, uno de los avances biológicos que pronto se podrían aplicar a humanos, y compartía escenario con Núria Terribas, directora de la Fundació Grífols, y el periodista Lluís Reales. No ocurre muy a menudo que uno tenga la oportunidad de discutir sobre bioética y, en este sentido, se ha de agradecer a los organizadores de los esfuerzos que hacen año tras año para divulgar y difundir el conocimiento científico, sobre todo en relación a cómo las nuevas tecnologías cambiarán la sociedad. También hay que felicitar a la Fundació Grifols por su misión de promover el diálogo entre especialistas para definir los parámetros éticos que deben regir la biomedicina del futuro y, sobre todo, la tarea de acercar las conclusiones al gran público.

El debate era especialmente relevante debido a las recientes novedades en las herramientas de edición genética, concretamente el procedimiento conocido como CRISPR / CAS9, que ha hecho que el concepto de jugar con nuestro genoma pase del reino de la ciencia ficción a ser una posibilidad inminente. De hecho, hace unos días se anunció que en China se había usado el CRISPR por primera vez de forma terapéutica. En un ensayo clínico, un enfermo de cáncer de pulmón recibió una inyección de sus células de la sangre, que previamente se le habían extraído y modificado vía CRISPR para hacerlas más 'fuertes'. Es una forma de inmunoterapia, otra palabra de moda, con tratamientos que buscan reactivar el sistema inmune para ayudarle a vencer enfermedades, en este caso, a destruir células malignas.

Si ya alteramos genes para curar, no tardaremos mucho en poder hacerlo también por 'mejorar', es decir, para hacer cambios en personas teóricamente sanas. Aquí es donde está el peligro de cruzar una posible frontera moral, sobre todo si pensamos que esto se podría aplicar a los embriones para acabar teniendo hijos 'a la carta'. Una de las ideas comentadas fue que los padres tal vez no debemos presuponer este tipo de derecho sobre los hijos, el de poder tomar decisiones que les afectarán toda la vida. Por otra parte, es una prerrogativa que en cierto modo ya tenemos, si pensamos que elegimos para ellos la escuela, el barrio o los hábitos alimenticios, que tendrán un impacto imborrable en su futuro. Cuando la manipulación genética sea una opción real, quizá las diferencias no serán tan claras.

Si ya alteramos genes para curar, no tardaremos en poder hacerlo para 'mejorar'
Aprovechando un público motivado, hicimos un pequeño experimento para ver hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para beneficiar nuestros descendientes usando la manipulación genética. El auditorio no tuvo ningún problema para votar a favor de permitir que los hijos fueran inmunes al cáncer o incluso un poco más inteligentes. Cuando preguntamos si los harían más altos empezaron las dudas, aunque es una característica física que puede dar evidente ventaja social a una persona.

La línea roja la pusimos en modificaciones del aspecto para disimular las raíces étnicas (aclarar el color de piel, corregir una nariz ganchuda...), incluso con el supuesto de vivir en una sociedad xenófoba en la que tendrían problemas para tener los mejores puestos de trabajo. Consideramos que no se debería permitir borrar la identidad cultural, para prevenir corrientes eugénicas o acabar homogeneizando la especie.

Es interesante que este fuera el límite marcado por una muestra de un centenar largo de personas, en su mayoría caucásicas y de clase media, reunidas en un barrio acomodado de una ciudad grande en un país desarrollado. Si hubiéramos hecho la pregunta a los emigrantes europeos que, a inicios del siglo XX, trasladaban su familia a EEUU huyendo de la miseria, la respuesta seguro que habría sido diferente. La pista es que muchos cambiaron sus apellidos precisamente para disimular sus orígenes judíos o de Europa del Este.

Definir los límites éticos de la ciencia es una tarea mucho más compleja de lo que puede parecer. Los principios morales de cada país, sociedad, época e individuo hacen que la cuestión tenga algunos blancos y negros pero, sobre todo, muchos grises. Costará definir una norma universal que todas las culturas puedan suscribir, y mientras esto no ocurra, los riesgos de cometer errores es muy elevado. Por eso es tan importante que el debate no se detenga.

Publicado en El Periódico, 3/12/16. Versió en català.

lunes, 24 de octubre de 2016

Un Nobel caníbal

Esta ha sido la semana de los Nobel científicos (aún quedan por dar el de Literatura y el de Economía), el único momento del año que los investigadores somos tratados como famosos suficientemente dignos para salir en la portada de los periódicos. Esta semana también es el momento más temido por muchos periodistas, que deben esforzarse en hablar de temas terriblemente complejos solo con la ayuda de las muletas que proporcionan las notas de prensa de la Fundación Nobel.

Hay veces que cuesta bastante (explicar el de Física de este año es todo un reto, por ejemplo) y otros que el impacto es fácil de ver incluso por quienes no son expertos. El último Nobel de Fisiología o Medicina es de este último grupo. Se lo ha llevado una persona en solitario, algo poco habitual en esta categoría (solo ha pasado dos veces desde principios de siglo). Se trata del microbiólogo japonés Yoshinori Ohsumi y el motivo ha sido el descubrimiento de la autofagia. Por pocas nociones de griego que tengamos, es fácil deducir que este fenómeno está relacionado con el hecho de "comerse a uno mismo". ¿Qué significa este tipo de canibalismo cuando hablamos de células? Cuando hay una situación estresante, por ejemplo una falta importante de alimentos, cualquier célula reacciona defendiéndose de la mejor manera que sabe. Una opción puede ser 'reciclar' parte de su contenido para transformarlo en los nutrientes que tanto necesita y poder sobrevivir así hasta que las condiciones mejoren. Esto se llama autofagia. Naturalmente, la autofagia llevada al extremo puede llegar a destruir la célula afectada, lo que también puede ser conveniente para el organismo en ciertos momentos. Es pues un arma de doble filo que resulta muy útil para la supervivencia. Por ello, pese a que Ohsumi la estudió en las levaduras, se ha visto que casi todas las células tienen programados estos mecanismos. Si la autofagia falla pueden acelerarse problemas como el cáncer o la enfermedad de Párkinson.

Este año, algunos esperaban que uno de los Nobel fuese a descubridores del CRISPR-CAS9, un método simple y efectivo de manipulación genética que se ha popularizado y que puede llegar a trastocar muchos aspectos de la sociedad (ya ha revolucionado cómo trabajamos en los laboratorios). Curiosamente, este sistema se desarrolló a partir del descubrimiento original que hizo en los años 90 Francis Mojica, un microbiólogo de la Universidad de Alicante. Las esperanzas de que un español ganara un Nobel científico (que sería solo el segundo de la historia, tras Ramón y Cajal) de momento se han desvanecido, pero nunca se sabe qué pasará más adelante.

A diferencia de los Nobel de Literatura y, sobre todo, el de la Paz, que suelen ir rodeados de polémica y regirse por criterios no siempre objetivos, los premios científicos rara vez se pueden discutir. Suelen otorgarse a investigadores que han hecho méritos para recibir la medalla y que están esperando pacientemente. No he visto que nadie haya dudado de la calidad de un descubrimiento premiado en estas disciplinas. Como mucho, a veces ha habido quejas porque alguien que había contribuido de forma importante a un descubrimiento se había quedado fuera de la terna, pero esto es un problema inevitable cuando se han de escoger un máximo de tres nombres de un trabajo siempre multidisciplinar y multitudinario.

Pero, como en todos los premios, los jurados son humanos y susceptibles a presiones de todo tipo, sutiles o no. De la misma forma que los lobis de las productoras son esenciales para decantar los Oscar, también en el caso de los Nobel no es lo mismo si detrás de un científico hay universidades como la de Cambridge o la de Harvard (siempre presentes en el top 10 de todas las clasificaciones y, naturalmente, rellenas de Nobel), la universidad de Tokio (donde Ohsumi hizo sus principales descubrimientos y que está en el top 40) o las de un país, como el nuestro, que no tiene ninguna entre las 150 mejores.

En todo caso, el premio de Medicina de este año nos demuestra que un científico que estudia un organismo tan humilde como la levadura puede llegar a hacer descubrimientos capaces de cambiar la manera que tenemos de entender el mundo. Y, además, es la prueba de que los mecanismos básicos de la vida son transversales y compartidos entre todos los seres vivos de este planeta, desde los microbios más minúsculos los organismos tan complejos como los humanos. Es motivo suficiente para quedarse con la boca abierta un buen rato.

[Publicado en El Periódico, 9/10/16. Versió en català.]