jueves, 23 de abril de 2020

Inmunidad, inmunidad e inmunidad

El sur de Europa está entrando en una nueva fase de la pandemia, como hace unas semanas lo hicieron los países de Asia que se vieron afectados primero por la covid-19. Tras el temor inicial por la escalada sin control de las infecciones, hemos pasado a una ralentización de la curva de contagios que, a pesar de que el final de la crisis aún está lejos, al menos nos permite encarar el futuro inmediato con esperanzas. Esto, hay que recordarlo, se ha conseguido sobre todo gracias al cortafuegos que es el confinamiento. 

Dejemos de lado por un momento las disquisiciones sobre si debemos mantener la prudencia (el argumento científico) o acelerar la recuperación (el argumento económico), que se han discutido hasta la extenuación estos días, y miremos un poco más allá. ¿Cuál será la clave para poder seguir progresando a partir de ahora? La respuesta es la inmunidad.

Repasemos rápidamente el concepto para poder entender su importancia. Normalmente, cuando un microbio nos infecta por primera vez hace que el cuerpo genere una respuesta que, entre otras estrategias, incluye la producción de unos anticuerpos que sirven para bloquear y destruir al invasor. Las células del sistema de defensa mantienen un recuerdo de cómo producir estos anticuerpos y esto hace que, si el microbio nos ataca una segunda vez, reaccionemos con fuerza y ​​ya no nos pongamos enfermos. Entonces decimos que somos inmunes. Una pandemia termina cuando hay suficiente gente resistente (la famosa 'inmunidad de grupo'), porque el microorganismo no puede propagarse bien.

El problema del SARS-CoV-2 es que es un gran desconocido, y todavía no sabemos qué tipo de inmunidad genera. Los primeros trabajos científicos publicados rápidamente sobre el tema indican que el cuerpo fabrica una buena cantidad de anticuerpos de buena calidad, primero los de la respuesta rápida, del tipo IgM, y un poco más tarde los anticuerpos más duraderos, que reciben el nombre de IgG. (Por cierto, esto es precisamente lo que miden los tests serológicos, más rápidos pero también menos fiables que los tests de PCR, que detectan directamente la presencia del virus).

Por otra parte, parece que el virus es bastante estable, es decir, no cambia (o muta) tan rápido cmo para que los anticuerpos dejen de detectarlo. Esto es lo que hace, por ejemplo, la gripe, por eso de un año a otro perdemos la inmunidad: el virus es demasiado diferente y así burla las defensas previas.

Hasta aquí las buenas noticias: si se confirmaran, querría decir que, una vez pasada la enfermedad, ya no seríamos vulnerables durante meses, o posiblemente años, y así conseguiríamos de manera más rápida la preciada inmunidad de grupo. Pero, insistimos en ello de nuevo, el SARS-CoV-2 es un virus nuevo y, por tanto, con muchas incógnitas. Se han descrito casos de pacientes que, una vez recuperados, habrían vuelto a infectar. Si esto fuera cierto, significaría que la inmunidad que se genera no es tan potente como creíamos, al menos en algunas personas, y el virus persistiría en la población durante más tiempo. De momento parece que son casos aislados y de difícil confirmación (quizás las personas no llegaron a curarse nunca, tal vez el diagnóstico inicial no era correcto...), por tanto no es necesario que nos asustamos, pero sí hemos de estar pendientes a ver qué pasa.

Más motivos de preocupación: el virus tiene especial predilección por unirse a las células de los pulmones (por eso da una sintomatología respiratoria), pero no son las únicas dianas. Como su pariente cercano, el que causa el SARS, el virus de la covid-19 se engancha a una proteína llamada ACE-2 para acceder al interior de las células humanas. Aparte de los pulmones, encontramos ACE-2 en menos cantidad en muchos otros órganos, desde los intestinos a las paredes de los vasos sanguíneos y el cerebro. El virus podría infectar estos otros tejidos con menos fuerza y ​​quedarse dentro 'dormido', esperando un momento para resurgir (es el truco que utiliza el virus del sida, por ejemplo). No hay pruebas concluyentes de que sea así, pero tampoco se puede descartar del todo, por el momento.

Ahora, pues, dependemos de tres cosas: inmunidad, inmunidad e inmunidad. Primero, tenemos que confiar en que la respuesta que genera el virus sea fuerte y duradera. Seamos optimistas. Segundo, tenemos que hacer tests serológicos para saber quién ha pasado ya la enfermedad y es inmune. Es la mejor manera de controlar posibles rebrotes, ahora que se irán relajando progresivamente las condiciones del confinamiento, para evitar sobrecargar los hospitales. Y tercero, la inmunidad de grupo es lo que nos dirá cuando ha terminado la pandemia. Es un proceso lento, pero la vacuna nos permitirá llegar antes.

[Publicado en El Periódico, 18/04/20. Versió en català.]

viernes, 10 de abril de 2020

Este virus ya no se irá

Mientras vivimos inmersos en esta pandemia, ahora en plena fase de un confinamiento necesario que se nos está haciendo muy largo, el tema que más nos preocupa es cuándo podremos salir de casa y volver a hacer vida normal. Algunos incluso temen que esta normalidad no se recupere nunca. Para responder a estas preguntas y empezar a pensar en cómo será el mundo poscrisis, hay algunas cosas relacionadas con la naturaleza de los virus que hay que tener presentes.

Un brote inicial se convierte en epidemia y, después, en pandemia si la posibilidad de contagio es muy elevada. Esto es más probable que ocurra cuando hablamos de un microbio desconocido, porque todavía nadie es inmune. Cuando un virus nos entra por primera vez en el cuerpo, se genera una respuesta que incluye la producción de anticuerpos para neutralizarlo. A partir de entonces, las células que los fabrican se quedan 'entrenadas' y pueden responder más eficazmente si este virus u otro de similar vuelve a infectarnos, evitando así que nos ponemos enfermos. Esto es lo que llamamos inmunidad. Esta misma respuesta se puede conseguir con una vacuna, y así te ahorras sufrir los síntomas de la infección y los riesgos que conllevan, pero el proceso de obtener una es largo, y difícilmente llegará a tiempo para detener el primer brote de una enfermedad nueva.

Aquí entra en juego el concepto de la inmunidad de grupo. Cuanto más gente inmune al virus hay, más dificultades tiene a la hora de propagarse, hasta que llega un momento que solo puede dar brotes localizados y se termina el riesgo de que continúe la pandemia. Dependiendo de las características de cada virus, puede ser necesario que haya de un 70% a un 90% de la población con anticuerpos para alcanzar esta preciada inmunidad de grupo y lograr que el virus deje de ser un problema global. Esto ha pasado docenas de veces a lo largo de la historia de la humanidad, no es nada nuevo. El sarampión, la polio, la rubeola y la viruela, por poner ejemplos bien conocidos, son enfermedades que también causaron pandemias y que hemos ido controlando gracias a haber desarrollado inmunidad de grupo contra los virus responsables, sobre todo a través de vacunaciones masivas.

¿Qué pasará con la covid-19? Que la causa ya no se irá: seguramente lo tendremos con nosotros para siempre, como aún tenemos el virus del sarampión, la gripe y tantos otros. Mientras no dispongamos de una vacuna, seguirá infectando a gente, cada vez a ritmo más lento porque habrá más personas resistentes. Esto es importante, porque recordemos que uno de los principales problemas es la saturación de los hospitales, que se da cuando hay demasiados casos juntos, lo que impide tratar de la forma adecuada los enfermos graves y de hecho aumentar la mortalidad. Así pues, una vez superamos esta primera ronda de infecciones, que durará unos meses, ya tendremos mucho ganado. Por eso es esencial ahora conseguir que el número de casos se espacien y no lleguen todos a la vez a urgencias, y la única manera que tenemos de hacerlo es a través del confinamiento.

Pero después tampoco podremos bajar la guardia porque, recordémoslo, el virus todavía estará circulando. Tendremos que vigilar los rebrotes y, al menos durante un tiempo, tendremos que limitar ciertas actividades de riesgo, como pueden ser los viajes de larga distancia o los actos multitudinarios. Hay expertos que creen que puede pasar al menos un año hasta que podamos estar tranquilos del todo (dependerá en parte de cuándo tarde la vacuna). Mientras tanto, posiblemente se mantendrá un ritmo más lento de contagios en rondas sucesivas, y así el número de personas inmunes irá aumentando poco a poco. Pero esto, por desgracia, tendrá un precio. Algunas estimaciones calculan que se podría infectar entre un 50% y 70% de la población mundial que, si asumimos que la mortalidad del virus está en torno al 1%, podría causar unos 40 millones de muertos.

¿Qué pasará después? Seguramente en un par de años nos olvidaremos del SARS-CoV-2 porque ya no nos afectará el estilo de vida, pero el virus no estará ni mucho menos erradicado. Parece que no tiene capacidad de variar rápidamente, lo que querría decir que la inmunidad que genera podría durar meses o años, quizá incluso para siempre, porque los anticuerpos seguirán reconociéndolo. Pero esto es difícil de predecir por ahora. Podría convertirse en un virus estacional, como el de la gripe, que vuelve cada temporada y, aunque no solemos hacer mucho caso, mata a alrededor de medio millón de personas al año. Sea como sea, la crisis pasará, pero este coronavirus se quedará con nosotros. Mejor que no lo perdamos de vista.

[Publicado en El Periódico, 06/04/20. Versió en català.]