martes, 19 de julio de 2016

Dolly, 20 años después

A finales de los años 90, cuando estaba en la recta final de la tesis, me propusieron dar una serie de conferencias en asociaciones de la tercera edad repartidas por toda Catalunya. Fue la primera vez que tuve la oportunidad de hacer divulgación. La experiencia resultó tan satisfactoria que, desde entonces, siempre procuro encontrar alguna manera de hablar de novedades científicas con todo el mundo que me quiera escuchar.

Lo recordaba esta semana porque el pasado martes se cumplió el 20º aniversario del nacimiento de la famosa Dolly, la oveja clonada a partir de una célula adulta. Dolly era una de las estrellas de mis charlas para jubilados porque entonces hacía muy poco que Ian Wilmut y otros científicos del Roslin Institute de Edimburgo la habían presentada al mundo. La gente quería saber quién era exactamente esta bestia con nombre de cantante de country (la habían bautizada así por Dolly Parton) y qué significaba este avance sorprendente que salía en todos los periódicos. Y, sobre todo, me preguntaban si esto implicaba que pronto podríamos 'fotocopiar' humanos. A pesar de que parecía una cuestión fácil de contestar, incluso hoy no hemos sabido encontrar una respuesta.

Dolly no fue el primer animal clonado. Este honor lo tiene una rana creada en 1958 por sir John Gurdon, pionero de las células madre y premio Nobel en el 2012. Tuvieron que pasar casi 40 años para que aquellas técnicas pioneras se pudieran aplicar a los mamíferos. Esta es la razón por la cual Dolly creó un revuelo extraordinario: acercaba peligrosamente a nuestro entorno más cercano la posibilidad de hacer duplicados genéticos. Pocos años después el hito se repetiría con otros mamíferos: ratones, vacas, cabras... Parecía que no tardaríamos mucho en añadir nuestro nombre en la lista.

Pero los experimentos con embriones humanos todavía se resistían, por motivos que no estaban del todo claros. En el año 2004, el coreano Hwang Woo-suk proclamó que había creado células madre clonadas a partir de un donante, el primer paso del proceso, pero al final se descubrió que todo había sido un engaño. No fue hasta nueve años después cuando, al parecer, por fin se había conseguido de verdad. Más allá de la posibilidad de copiarnos (crear un ejército de clones como el de 'Star Wars' no ha sido nunca una prioridad científica), esto podría servir para personalizar células madre que se podrían utilizar para reparar o sustituir órganos que no funcionan, sin que crearan un rechazo al cuerpo porque tendrían nuestro mismo ADN. Ha sido necesario que transcurran dos décadas, pero finalmente lo que avanzaba en mis conferencias sobre qué podía pasar gracias a las puertas que se habían abierto con Dolly comienza a tomar forma.

Gracias a aquel ciclo de charlas conocí a un montón de personas interesantes, personas mayores que no querían que este mundo se les escapara de las manos y que, a pesar de que les parecía que habían caído en un cuento de ciencia ficción y no podrían salir, luchaban por no quedar fuera de juego. Gente de todo tipo (universitarios, agricultores, empresarios, amas de casa...) que tenían una cosa en común: ganas de saber, uno de los impulsos más básicos y antiguos del ser humano.

Solo necesitaba un proyector de diapositivas y una pantalla para enseñarles la cara de Dolly y podía hacerles soñar con un universo fantástico que seguramente no llegarían a conocer nunca. Pero tenían suficiente sabiendo que sus hijos y sus nietos quizá sí que lo podrían disfrutar.

Aquel futuro que nos prometía Dolly ha resultado bastante diferente de cómo nos lo imaginábamos. Ni siquiera ahora nos es posible adivinar qué efecto tendrán estos descubrimientos en la sociedad. Esto siempre será así. Por muchas previsiones que hagamos, y los científicos nos lo piden cada vez que tenemos un micrófono delante, nunca llegaremos a acertar cuándo se harán realidad las maravillas que pronosticamos. Algunas cosas que ahora nos parecen fáciles de conseguir resultarán imposibles y otras que ni se nos habían ocurrido se convertirán en revelaciones imprescindibles. Y, si todo va bien, iremos avanzando poco a poco hacia un lugar mejor gracias a la ciencia.

Veinte años después de Dolly continúo tratando de explicar qué hacemos los investigadores en el laboratorio y cómo intentamos cambiar el mundo. Dedico tiempo porque me gusta, porque creo que es uno de los deberes de los científicos y porque estoy convencido de que la sociedad necesita estar bien informada para poder elegir su destino. Únicamente espero que, dentro de 20 años más, cuando sea yo quien pase las tardes en un club de jubilados, un jovencito me explique ilusionado todas las cosas fabulosas que pronto deberían ser posibles, y que yo lo sepa escuchar con el mismo entusiasmo que demostraba mi primer público.

[Publicado en El Periódico, 11/06/16. Versió en català.] 

lunes, 27 de junio de 2016

Fotografiar el alma

Los humanos somos animales con una habilidad peculiar: ser conscientes de nuestra existencia. Este es un don que nos ha permitido llegar más lejos que ningún otro ser vivo, pero a la vez es también un quebradero de cabeza fenomenal, porque saber que existes implica entender que la vida es finita. Naturalmente, esta obsolescencia programada nos genera una gran ansiedad. A lo largo del tiempo hemos intentado encontrar una solución al problema, o al menos algo que lo hiciera más soportable. Crear las religiones ha sido el principal logro que podemos aducir en este campo, a pesar de que tienen unos efectos secundarios a veces más nocivos que el daño que quieren tratar.

Uno de los principios comunes a la mayoría de las religiones es asignar alguna forma de inmortalidad a esta esencia que nos separa del resto de animales. Así es como nace el concepto de alma, que se podría definir como el impulso que nos hace conscientes de ser quienes somos y, por tanto, únicos en este planeta. A pesar de los conocimientos científicos actuales, aún no hemos conseguido explicar de una manera satisfactoria cómo funciona exactamente esta conciencia. Lo que sí hemos hecho es abandonar la idea de un espíritu incorpóreo que la justifique, como han defendido siempre las mitologías, porque la explicación es más simple (o quizá más compleja): se trata de una función física del cuerpo que reside en el cerebro.

La búsqueda del sustrato de la conciencia ha preocupado a filósofos y científicos durante siglos, pero no ha sido hasta la llegada de las nuevas técnicas de imagen que hemos podido empezar a acotar un poco su estructura biológica. La herramienta principal que usamos es la tomografía por emisión de positrones (conocida como PET, por sus siglas en inglés), una serie de radiografías computerizadas que permiten determinar qué células están trabajando en un momento dado gracias al hecho de medir cuánta glucosa consumen. Esta técnica, que inicialmente se utilizaba sobre todo para detectar células cancerosas, se ha convertido en indispensable para localizar las funciones cerebrales: es precisamente gracias a la PET que hemos cartografiado qué trabajo hace cada área del cerebro.

A finales de mayo se supo que unos científicos de la Universidad de Copenhague habían utilizado la PET para tratar de cuantificar la conciencia. En su estudio, publicado en la revista Current Biology, midieron la actividad de las neuronas de pacientes anestesiados, en coma, en estado vegetativo permanente o con otros trastornos similares, y la compararon con la imagen obtenida de personas sanas y despiertas. El resultado de los análisis es un mapa del metabolismo cerebral perfectamente correlacionado con el grado de conciencia que exhibe un individuo. La principal aplicación de este trabajo es la posibilidad de medir la gravedad de la desconexión de una mente. Esto servirá para predecir si alguien se recuperará de un coma o no, entre otras cosas, y debería permitir una mejora en la atención de estos enfermos, porque reconoceremos cuáles de ellos son capaces de percibir los impulsos del mundo exterior aunque no reaccionen.

Aparte de la utilidad clínica, el trabajo es innovador porque representa el primer intento de fotografiar el alma. En este sentido, la principal conclusión que se puede sacar leyendo el artículo es que no hay ningún área del cerebro que tenga la exclusiva sobre la conciencia. Así como el habla o la visión se localizan en zonas concretas del córtex, la conciencia estaría determinada por la actividad metabólica conjunta de todo el cerebro. Una mente en profunda inconsciencia exhibe solo el 38% de la actividad de una normal, por ejemplo. Dicho de otro modo, esta capacidad de saber que existimos y que formamos parte del mundo que nos rodea es un trabajo de equipo y no está circunscrita a la función de un solo grupo de neuronas específicas.

Hay quien cree que la demostración definitiva de que la conciencia tiene un origen físico y no divino la obtendremos cuando construyamos el primer ordenador que sepa que existe, uno de los objetivos primordiales de quienes trabajan en inteligencia artificial. Si la conciencia está definida por una serie de neurotransmisores e impulsos eléctricos intercambiados entre células, en principio deberíamos ser capaces de copiarla usando circuitos, conexiones y los programas adecuados. Pero los nuevos resultados indican que la complejidad requerida para alcanzar este estado podría ser inalcanzable. A pesar de que hemos conseguido que las máquinas vean, escuchen o hagan cálculos complejos, la fórmula de la conciencia requiere demasiadas neuronas trabajando juntas como para que, de momento, podamos pensar en reproducirla. Al menos nos podemos consolar pensando en cuán especiales nos convierte eso. 

[Publicado en El Periódico, 11/06/16. Versió en català.] 

lunes, 6 de junio de 2016

8 años de Inmortales...



¡Feliz cumpleaños!

lunes, 23 de mayo de 2016

La arrogancia de los científicos

Últimamente ha habido un revuelo mediático en torno a las terapias alternativas, a raíz de la cancelación, hace unos meses, del máster de homeopatía de la Universitat de Barcelona y, poco después, de su homólogo en la Universidad de València. Que la noticia sea esa y no que una universidad haya sido capaz de mantener un curso seudocientífico durante 13 años (o que el Col·legi Oficial de Metges de Barcelona tenga una sección de homeopatía desde hace 25) es una muestra de la gravedad del problema.

Podríamos calificar de bienintencionados los esfuerzos que diferentes medios y organizaciones han hecho estos días para presentar un debate entre las dos partes implicadas en la polémica, pero en realidad es un desacierto de consecuencias nefastas. La principal es que perpetúa la idea nociva de que en este tema existe la posibilidad de una discusión entre iguales que genere diversidad de opiniones.

Si alguien dijera que la Tierra es plana, ¿le haríamos salir en la televisión a discutir a un astrofísico la forma que tiene nuestro planeta? Si eso nos parece absurdo, ¿por qué seguimos proporcionando altavoces a la homeopatía, que no ha podido demostrar nada de lo que defiende? Que los medios no sepan distinguir entre realidad y fantasías solo contribuye a desinformar y a hacer la bola más grande.

El invento más grande de la humanidad, después del lenguaje, es el método científico. No hay nada que nos haya permitido avanzar tanto como el simple esquema de observar, proponer hipótesis, testarlas y refinarlas hasta poder construir una teoría. Es una receta simple que ya usaban egipcios, griegos y árabes con más o menos acierto, pero que no llegó a estallar del todo hasta la Revolución Científica, que culminó con las grandes obras de Galileo y Newton.

El método científico es el único sistema que hemos descubierto, de momento, que nos permite acercarnos a la verdad. Nuestro conocimiento tiene lagunas, sin duda, pero gracias a la ciencia sabemos con certeza muchas cosas que nos permiten entender el universo en el que vivimos. No es una cuestión de fe, sino de hechos.

Este tipo de afirmaciones a menudo provocan que los que no están de acuerdo te califiquen de dogmático o arrogante, no por la forma de argumentarlo, que puede ser más o menos afortunada, sino por pretender tener acceso a la verdad absoluta. Pero nos guste o no, la realidad es solo una y no está sujeta a opiniones. Lo que es variable es la forma de entenderla, por eso es tan importante ser estrictos a la hora de descartar las alternativas que no tienen sentido. Si las fresas son rojas, y puedes demostrar experimentalmente que lo son, cualquier grupo de personas que te diga que son amarillas estará equivocado, lisa y llanamente, aunque lleven más de 200 años creyéndoselo y se hayan inventado una excusa muy trabajada para justificarlo.

Por lo tanto, poner en la misma mesa a un científico y a alguien que defiende la memoria del agua no es un debate, es un insulto a la inteligencia colectiva de nuestra especie, construida meticulosamente a lo largo de milenios. No importa que sea un premio Nobel como Luc Montagnier, presente en un congreso homeopático en San Sebastián hace unos días, quien apoye estas ideas. No es el único ejemplo de un sabio que ha metido la pata cuando se ha alejado del método científico para poder seguir mejor sus creencias.

¿Funciona la homeopatía? Claro que sí. Se ha comprobado que no es más que una forma de disparar el efecto placebo, que tiene un impacto biológico real e importante. Esto no se debe despreciar nunca y es el auténtico secreto de su éxito: los homeópatas han sabido ocupar un espacio vital antes reservado al médico, el de ser quien escucha al enfermo y le da apoyo moral y esperanza. La progresiva deshumanización de la medicina, que se impone en los sistemas públicos eternamente sobrecargados, abre la puerta a proveedores alternativos, que entonces aprovechan para vendernos sus cuentos chinos. Una de las maneras de cerrar el paso a las seudociencias sería que las ciencias hicieran bien su trabajo.

El gran riesgo de despreciar a los científicos es caer en la trampa de la ignorancia. Un ejemplo es la reciente decisión del Gobierno de Brasil de aprobar, en respuesta a la presión popular, el uso de la fosfoetanolamina sintética para tratar el cáncer, a pesar de que en los últimos 20 años no se haya conseguido probar científicamente que funcione. Hay decisiones que se deben dejar a los expertos si no queremos hacernos daño, porque parece que si suficiente gente se deja engañar podríamos conseguir que incluso se declare oficialmente nulo el Teorema de Pitágoras. Quizá la ciencia tiene un problema de imagen y de comunicación, pero la verdadera arrogancia es pretender que podemos prescindir de ella.

[Publicado en El Periódico, 15/05/16. Versió en català.] 

martes, 26 de abril de 2016

Una cuestión peluda

Si un día el médico te dice que sufres sinefridia, lo más posible es que creas que has cogido una enfermedad grave. Pero detrás de esta palabra malsonante solo se esconde un problema estético, que afecta a hombres y mujeres: ser cejijunto. A pesar de que se asocia con trastornos graves, como el Síndrome de Cornelia de Lange, la mayoría de veces tener una sola ceja puede ser feo, pero es totalmente inofensivo. Además, se cura fácilmente con unas pinzas o un poco de cera aplicadas repetidamente. O quizá ni hace falta: muchos famosos han optado por lucirla orgullosos en algún momento de su carrera, desde George Bush a George Harrison, pasando por Brad Pitt, Shakira y la cejijunta más famosa de todos, Frida Kahlo, que lo convirtió en un símbolo identitario. No parece, pues, que deba ser especialmente urgente para el mundo científico determinar qué define la densidad pilosa de las cejas de cada uno.

Pero esto es precisamente lo que ha hecho un grupo de investigadores dirigido por Andrés Ruiz-Linares, de la University College London. En un artículo publicado recientemente en la revista 'Nature Communications', revelan que el grosor de las cejas y su tendencia a juntarse depende en buena parte de qué variante del gen PAX3 hemos heredado. Encontrar el 'gen de la sinefridia' no pasaría de ser una curiosidad si no fuera porque el mismo estudio también identifica otros parámetros relacionados con el tema, como los genes que influyen en el espesor de la barba, la facilidad de acumular canas, si se tiene el cabello liso o rizado, etc. Aquí es cuando las cosas empiezan a ponerse interesantes.

Es la primera vez que se hace un análisis tan completo de la relación entre el genoma y los pelos que nos recubren el cuerpo. Es más útil de lo que pueda parecer a primera vista porque, como sabe todo el mundo que se ha fijado un poco, los patrones capilares están muy ligados a los diferentes grupos étnicos que pueblan la Tierra y, por tanto, son una especie de punta visible del iceberg. Por ejemplo, la mayoría de chinos tienen el cabello liso y negro, mientras que en el África subsahariana es rizado y en las zonas nórdicas principalmente rubio.

A pesar de esta relación obvia con la genética, aunque nadie había estudiado determinadas diferencias. Sí que se habían descubierto algunos genes relacionados con la calvicie o el color del cabello, pero esta vez el equipo del doctor Ruiz-Linares ha ido más lejos y ha analizado el ADN de más de 6.000 voluntarios sudamericanos, de cinco países (Brasil, Colombia, Chile, México y Perú) y etnias diferentes (de origen europeo, africano o americano). Lo que al final emerge del complejo estudio es un perfil genético que puede predecir de forma bastante precisa algunos aspectos clave de la apariencia de una persona.

Esta información se puede utilizar de varias maneras. Para empezar, nos ayudará a entender la evolución de los humanos. El hecho de que en unas zonas del planeta predominen una serie de genes y el tipo de cabello que se asocia a ellos puede ser la consecuencia de una adaptación al clima o simplemente una selección debido a preferencias sexuales totalmente aleatorias, que han hecho que cierta distribución de pelos se considerara más atractiva. El ADN nos lo dirá.

También podrían haber aplicaciones más prosaicas. Si se sabe qué hace que el pelo se rice o se emblanquezca prematuramente, se podría buscar una manera de impedir que ocurra antes de que se formen los nuevo cabellos. Y los cejijuntos podrían ahorrarse tiempo y dinero en depilaciones si se descubriera cómo controlar el PAX3. La industria de los cosméticos tendrá un nuevo camino para explorar.

Pero quizá el uso más inmediato lo hará la policía científica. Con una pequeña muestra biológica recogida en la escena del crimen, se podrá predecir mucho mejor el aspecto del sospechoso, por lo menos qué tipo de cabello tiene y si es muy o poco peludo. Esto, junto con otra información que ya sabemos cómo extraer de los genes, como por ejemplo una predicción de la altura o el color de ojos y de piel, permitirá hacer retratos robot muy cuidadosos sin necesidad de testigos ni dibujantes que interpreten sus recuerdos .

En la era post-Snowden, a unos les preocupa que los gobiernos y las multinacionales acumulen 'terabytes' de datos sobre sus vidas, por insustanciales que parezcan, y a otros que la histórica opacidad de entidades financieras de ética dudosa ya no pueda ser garantizada. Pero lo que realmente asusta es que, a lo largo del día, dejamos ir por todas partes miles de muestras que contienen una cantidad ingente de información sobre nosotros, que ni siquiera conocemos entera. Y ahora estamos aprendiendo a leerla. Es como si fuéramos perdiendo el DNI en cada esquina. Las consecuencias futuras para la privacidad de los individuos son, hoy por hoy, imprevisibles.

[Publicado en El Periódico, 17/04/16. Versió en català.] 

martes, 29 de marzo de 2016

Yo soy yo y mis bacterias

Cuando hablamos de bacterias, lo primero que nos viene a la mente es la palabra 'enfermedad'. La gonorrea, la sífilis, el tétanos, la tuberculosis, el tifus, el cólera, la difteria, algunas neumonías y meningitis, la salmonelosis, la legionelosis y muchas otras infecciones terribles y conocidas por todos están causadas por estos microbios. Pero el impacto que tienen en el ser humano va mucho más allá de brotes y epidemias mortales: un buen número de bacterias son, en realidad, grandes aliados nuestros, unos compañeros de viaje tan bien compenetrados con sus huéspedes que, como confirman una serie de descubrimientos recientes, se han acabado convirtiendo en una parte esencial de nosotros.

Hace tiempo que sabemos que las bacterias son los reyes de este planeta. Fueron los primeros pobladores, hace unos 4.000 millones de años, y aquellos microorganismos primitivos acabaron convirtiéndose en los ancestros de todas las formas de vida que conocemos. Son capaces de adaptarse a cualquier condición, por adversa que sea, hasta el punto de que, si algún día los humanos nos cargamos la Tierra, es muy probable que las bacterias sobrevivan a la catástrofe. Del más de un millón de tipos diferentes que se conocen, solo un millar y medio causan enfermedades. El resto coexiste pacíficamente con nosotros. Es más: varios centenares de estas especies benévolas viven dentro y encima nuestro y colaboran estrechamente en muchas de las funciones diarias del cuerpo.

Esta simbiosis quedó cuantificada cuando, en 1972, se calculó que un humano adulto tendría diez veces más bacterias que células propias. Un artículo publicado en enero en la revista 'Cell' presenta un análisis más riguroso que lo deja en una sola bacteria por cada célula humana. Sea como sea, es un número fenomenalmente grande (un número uno seguido de 13 o 14 ceros). Es lógico deducir que este ejército de microbios que acarreamos por todas partes debe tener algún tipo de efecto en nuestra fisiología. Y así es: en los últimos años hemos descubierto que el 'microbioma humano' (el conjunto de de microbios que habitan un cuerpo) juega un papel clave en procesos digestivos, en protegernos de sus congéneres 'malo's e incluso en determinar la tendencia que tenemos a engordar.

La importancia de tener un microbioma sano y equilibrado incluso ha hecho que algunos expertos propongan que a los niños nacidos por cesárea se les debería exponer artificialmente a las bacterias vaginales de sus madres para que la flora que los empiece a colonizar sea ​​lo más parecida posible a la que se consigue en un parto natural. En un artículo publicado en 'Nature medicine' el mes pasado se confirma que este procedimiento restablece las bacterias que no se adquieren con la cesárea. Todavía no se sabe si tendrá consecuencias positivas en la salud, pero se cree que podría reducir los casos de obesidad y asma, que son más frecuentes en estos niños.

Relacionado con esto, también se está tratando de definir una 'terapia bacteriana' que se pueda aplicar a los cerca de 180 millones de niños que sufren desnutrición. Tres estudios publicados en 'Science' y 'Cell' este febrero demuestran que tener el microbioma adecuado puede ayudar al desarrollo, incluso cuando la alimentación es escasa, gracias a cómo las bacterias modulan los niveles de varias hormonas. La flora de los intestinos de los niños malnutridos es más inmadura que la que les tocaría por su edad y, al menos en ratones, cuando se les 'trasplantan' las bacterias adecuadas recuperan la masa muscular y ósea.

La policía científica también se beneficiará de los nuevos conocimientos sobre las bacterias. Por ejemplo, algunos estudios han revelado que el microbioma de cada uno es lo suficientemente diferente como para constituir una especie de huella única e intransferible. Con las herramientas adecuadas podríamos averiguar quién ha estado en la escena de un crimen solo determinando qué bacterias ha dejado allí.

Son técnicas basadas en leer el ADN de los microbios y todavía están en fase experimental, pero no sería de extrañar que, en un futuro más o menos próximo, existiera una base de datos con el microbioma de los criminales, como tenemos una con las huellas dactilares o, en algunos lugares, con el ADN. Además, el estudio de los microbios presentes en un cadáver nos podrá decir con mucha exactitud cuándo murió esa persona.

Cada vez es más obvio que, parafraseando la máxima de Ortega y Gasset, yo soy yo y mis bacterias. La relevancia que tienen en nuestra vida es sorprendente, hasta el punto de influir decisivamente en la salud y formar parte de nuestro carnet de identidad. La próxima vez que alguien les hable de bacterias, no piensen solo en enfermedades: recuerden también todo lo bueno que hacen por nosotros y hasta qué punto somos inseparables.

[Publicado en El Periódico, 19/023/16. Versió en català.] 

lunes, 29 de febrero de 2016

Sobre el sexo y la igualdad

El sexo es un gran invento. Desde el punto de vista biológico, quiero decir. Lo hacen los pájaros, lo hacen las abejas e incluso las plantas y las bacterias. Si la evolución no hubiera dado con este sistema para conseguir que los seres vivos se multipliquen, la Tierra no disfrutaría de la inmensa diversidad que actualmente la puebla. Y a pesar de su impacto fenomenal, la idea básica es muy simple. Porque si prescindimos de toda la parafernalia que lo rodea, desde la complejidad morfológica de los aparatos reproductores a los coloreados rituales de apareamiento, el sexo no deja de ser un mecanismo para mezclar fragmentos de ADN, lo que, como consecuencia, crea combinaciones únicas en cada nueva generación.

Uno de los efectos secundarios del sexo es que fuerza la distinción de dos subtipos dentro de una misma especie, lo que llamamos machos y hembras. La principal divergencia entre ellos es el papel que adoptan en el intercambio de información genética que tiene lugar durante la actividad sexual. Pero en la mayoría de animales esto también está relacionado con una serie de atributos físicos que condicionan muchas de las funciones de aquel individuo, entre ellas las relacionadas con cómo contribuye a la gestación y el cuidado de las crías. Así es como nos ha hecho la Naturaleza. Claro que a nosotros, los humanos, nos importan un bledo los planes que tenía la Naturaleza. Nos ha costado unos cuantos milenios, pero al final hemos encontrado la forma de aproximarnos a todo lo que rodea al sexo de la manera que más le conviene a cada uno, independientemente de los dictados de la biología. O al menos, eso es lo que se supone que ocurre en las sociedades avanzadas.

Rebelarnos contra el encasillamiento social por motivos sexuales es uno de los hitos de la cultura moderna, pero a veces nos lleva a negar obviedades. La principal: que hombres y mujeres somos diferentes. La ciencia es la primera que crea confusión. Por ejemplo, un estudio de noviembre del año pasado, realizado en 1.400 voluntarios, concluía que los cerebros de los hombres y las mujeres son físicamente muy parecidos. Algunos lo han considerado como la prueba definitiva de que la mujer no es inferior intelectualmente al hombre, como por desgracia se ha defendido durante siglos, pero eso ya lo sabíamos hace tiempo. Los mismos autores lo vendían como el fin de la distinción entre macho y hembra, que quizá es un poco excesivo. No debemos perder de vista que hay tendencias y susceptibilidades más frecuentes en uno de los dos sexos que no se pueden explicar solo por la presión social. Este trabajo en realidad no nos dice que no haya ciertas peculiaridades cerebrales ligadas al género, sino que su razón no es macroscópica.

A nivel genético, los determinantes de las diferencias también son sutiles. Hace un par de años, un grupo de científicos demostró que solo se necesitan dos genes del cromosoma Y (el que es propio de los hombres) para que un ratón macho pueda tener descendencia. A finales de enero, el mismo equipo iba un poco más lejos: habían logrado sustituir la función de estos dos genes activando otros que hay en el cromosoma X (del que las mujeres tienen dos copias). Así demostraban que, si ayudamos con técnicas de reproducción asistida, podríamos prescindir totalmente del cromosoma Y por el sexo. Esto se ha interpretado como una estocada mortal al símbolo máximo de la masculinidad, como si el hecho de que sean necesarios pocos genes para una de las funciones específicas del hombre sea un demérito. En el genoma tenemos más de un gen sin el cual no dejaríamos de ser un embrión a medio formar. Y más de uno sin el cual no viviríamos pasada la adolescencia. Que solo un par de genes justifique que haya una división de géneros no quiere decir que las distinciones entre uno y otro no sean sustanciales.

Tal vez solo estamos separados por un cromosoma medio anquilosado, pero es una de las cosas que hacen que la vida en este planeta sea tan interesante. Somos físicamente diferentes, tenemos intereses y deseos diferentes, y nos comportamos de manera diferente, y eso no tiene nada de indeseable. A veces nos obsesionamos en encontrar justificaciones científicas para una igualdad biológica entre sexos que ni existe ni nos solucionará ningún problema. En lugar de eso, deberíamos reconocer primero que estas diferencias son reales y luego dejar que cada uno las gestione como mejor le parezca, sin que sirvan nunca de excusa para dirigir o limitar las opciones y las elecciones de ninguna persona. No se trata de conseguir que todos los hombres y las mujeres hagamos exactamente lo mismo, sino de que todo el mundo pueda hacer lo que le apetezca como le apetezca, al margen de las imposiciones genéticas o del condicionamiento social al que estamos sometidos desde que nacemos. Esta es la verdadera igualdad a la que debemos aspirar. 

[Publicado en El Periódico, 21/02/16. Versió en català.] 

martes, 23 de febrero de 2016

Dios y el nacimiento de la justicia

Uno de los problemas que ha planteado la filosofía a lo largo de los siglos es hasta qué punto el hombre es un animal moral. ¿Nacemos con un sentido de justicia impreso en los circuitos o la adquirimos gracias a la socialización? Es un interés comprensible, porque esta es uno de los eslabones esenciales para la cooperación entre humanos, sin la cual no podría existir ninguna forma de cultura o progreso. Como en muchos otros terrenos que antes estaban reservados a pensadores que proponían hipótesis en un entorno puramente teórico, ahora la ciencia nos permite atacar este tipo de dudas usando una aproximación experimental, centrada en datos reproducibles, que nos proporciona respuestas más ajustadas a la realidad que las de los filósofos clásicos.

Uno de estos estudios lo hicieron recientemente un grupo de psicólogos dirigido por Katherine McAuliffe, del Boston College, en Massachusetts. Su objetivo era entender a qué edad se forma el concepto de justicia en nuestra mente y si hay diferencias que vengan determinadas por el entorno cultural. Muchos de los análisis sobre el tema se han limitado a examinar habitantes de zonas industrializadas de Occidente, por eso esta vez optaron por hacerlo con casi 2.000 niños de siete países diferentes, distribuidos en tres continentes (Estados Unidos, Canadá, México, Perú, India, Senegal y Uganda), y con variedad de religiones (católicos, protestantes, hindús, musulmanes) y entornos (rural y urbano). Tenían edades comprendidas entre los 4 y los 15 años, y los agruparon en parejas.

Uno de los voluntarios escogía como repartir unas golosinas: a partes iguales, o la mayoría para uno de ellos y solo unas pocas para el otro. Su compañero debía decidir entonces si aceptaba la oferta o no. Si decía que sí, se podían comer los caramelos que les habían tocado; en caso negativo, ninguno de los dos recibía el premio. El ejercicio permite comprobar de forma sencilla las bases morales de los chicos, ya que los repartos desiguales generan respuestas de rechazo con más frecuencia cuando se empieza a tener claro el concepto de lo que es justo y lo que no.

Los resultados de la prueba, publicados en la revista 'Nature' el pasado mes de noviembre, son interesantes. Para empezar, los niños de todos los países analizados desecharon los ofrecimientos que les ponían a ellos en desventaja, no muy a menudo cuando tenían 4 años pero cada vez más a medida que aumentaba la edad de los participantes. Este incremento era siempre obvio, aunque en lugares como México evolucionaba lentamente.

De aquí se puede deducir que el sentido de justicia aparece transversalmente y aproximadamente a la misma edad, y también que las normas se acaban solidificando alrededor del inicio de la escolarización básica. Pero en Estados Unidos, Canadá y Uganda, surgía otro fenómeno: los chicos mayores también manifestaban su negativa si los beneficiados en la propuesta del repartidor eran ellos mismos.

Quejarse por recibir un trato injusto es una reacción universal y espontánea que se desarrolla en breve, mientras que el impulso de defender al prójimo tarda en emerger, con toda seguridad porque depende de factores culturales. Hay que tener presente que la mayoría de países exhiben esta segunda variante de justicia, lo que quiere decir que en los casos que no se forma durante la niñez, lo debe hacer a partir de la adolescencia. Que el sentido de lo que es justo varíe según las sociedades, al menos en los matices, ya se sabía. Pero este estudio demuestra que las discrepancias resultan evidentes desde los años formativos y que, a pesar de que algunas partes del concepto se diría que tienen una fuerte influencia cultural, otras quizá no tanto.

Se podría pensar que un motivo de las divergencias es la variedad en las religiones que han alimentado la creación de las diversas culturas. Pero a pesar de que las creencias parecen diferentes, todas tienen algo en común: la existencia de una o varias entidades omniscientes que castigan a los que se desvían de lo que es justo. En cambio, en los grupos de humanos primitivos, poco numerosos, las divinidades estaban más ligadas a la naturaleza y menos en las relaciones sociales.

A pesar de todo el daño que la religión organizada ha hecho a lo largo de los siglos, algunos proponen que jugó un papel indispensable en el principio del establecimiento de las sociedades, reforzando la implantación de un sistema justo que permitía la cooperación a gran escala. Posiblemente debido a esta necesidad ahora entendemos la justicia de manera similar en todo el mundo. Los animales, al menos los más evolucionados, también tienen un concepto de justicia primario. Pero quizá lo que nos diferencia de ellos es que hemos conseguido creer en dioses autoritarios, en el formato que sea, y bajo su vigilancia hemos sido capaces construir un tejido social enormemente complejo
[Publicado en El Periódico, 11/7/15. Versió en català.]

martes, 12 de enero de 2016

El placer psicológico de comer

Nauru es una isla de la Micronesia de poco más de 20 kilómetros cuadrados que tiene el dudoso honor de ser el lugar del mundo donde hay un mayor porcentaje de obesidad: casi el 95% de sus 10.000 habitantes. No es solo un problema local: de la lista de los diez países con más obesos, ocho son islas del Pacífico. Esta coincidencia se puede explicar porque los primeros humanos que llegaron tuvieron que sobrevivir una larga travesía marítima, durante la que murieron de hambre la mayoría de exploradores. Solo los que tenían la suerte de poder pasar con menos comida salieron adelante. Esto es un ejemplo de embudo evolutivo, un hecho dramático concreto que selecciona a los individuos más adaptados a las condiciones extremas del entorno, en este caso la falta de alimentos.

Pero con el paso de los años, el metabolismo lento de los colonos que habían logrado establecerse en las islas se ha vuelto en su contra. Cuando adoptaron la dieta occidental moderna, tan hipercalórica, acumularon los excedentes en forma de grasa. El resultado es una epidemia de enfermedades relacionadas con un alto índice de masa corporal, que hace que la esperanza de vida de estas poblaciones haya bajado en picado.

Esta historia se cuenta en las universidades no solo como ejemplo práctico de cómo los humanos estamos sometidos a las leyes de la selección natural, como cualquier otro ser vivo, sino también como prueba de la importancia que tiene el metabolismo de cada uno en el mantenimiento de un peso ideal. Hay gente que con pocas migajas satisface los requerimientos metabólicos básicos de su cuerpo (y, como los colonos de la Micronesia, engorda enseguida), mientras que otros necesitan ingerir mucho más para cubrir los mínimos. Ser de los primeros ha sido una ventaja durante la mayor parte de la historia de la Humanidad, cuando tener un plato en la mesa tres veces al día se podía considerar un lujo para mucha gente. En cambio, ahora son los segundos quienes pueden considerarse afortunados, porque evitan los conflictos del sobrepeso.

Aunque podría parecer que acabamos de reducir la grave plaga de obesidad que sufren los países desarrollados a una simple predisposición bioquímica y genética, la realidad es que el problema es sobre todo psicológico. Comemos porque tenemos sensación de hambre, es cierto, pero una vez superada la necesidad primaria de alimentarnos, entramos en una fase de recompensa similar a la que obtendríamos con cualquier droga: hartarse es un placer neurológico. Es la forma que tiene la naturaleza de asegurar que acumularemos energía para cuando vengan tiempos difíciles. Estamos biológicamente programados para comer tanto como podamos cuando hay oportunidad, por eso nos cuesta resistirse a ello. La evolución no había previsto que lograríamos solucionar con tanto acierto el problema de la escasez habitual de recursos, y ahora sufrimos las consecuencias.

Si tenemos esto presente, entenderemos que las dietas funcionan o no dependiendo sobre todo de cómo resuelven el factor psicológico. Adelgazar es solo una cuestión de ingerir menos calorías de las que gasta el cuerpo, no hay ningún otro truco, pero esto es más fácil decirlo que hacerlo, sobre todo si eres de los 'afortunados' que tienen un metabolismo al ralentí. Luchar contra el impulso de seguir comiendo puede ser una auténtica tortura. Un estudio reciente publicado en la revista 'Cell' puede haber encontrado la solución definitiva. Estudiando las dietas y las reacciones biológicas de 800 voluntarios, unos científicos del Weizmann Institute de Israel se dieron cuenta de que los niveles de glucosa en sangre varían mucho de persona a persona a pesar de haber ingerido los mismos alimentos. La consecuencia es que la sensación de saciedad, que viene determinada precisamente por la glucosa, es muy diferente. Esto quiere decir que mientras alguien se puede sentir llenísimo comiendo un bistec, a otro le parecerá poca cosa, aunque la energía consumida es exactamente igual. Así pues, el régimen perfecto será el que logre hartarte con el menor número de calorías y, según este estudio, esto requeriría personalizar el tipo de alimentos para saber cuáles te hacen subir más la glucosa.

Espero no haberos amargado lo que queda de fiestas con estas disquisiciones sobre regímenes ideales y obesidad. Aunque es cierto que es un problema importante al que no prestamos suficiente atención, no pasará nada si nos entregamos, otra vez, a los excesos propios de las fiestas y a disfrutar del placer de acumular miles de calorías (acompañados de los seres queridos, que también ayuda). Pero a partir de pasado mañana, es deseable que intentemos volver a hacer bondad. Nos jugamos la salud.


[Publicado en El Periódico, 30/12/15. Versió en català.]

lunes, 7 de diciembre de 2015

La tiranía de la belleza

El leñador enmascarado es un pequeño pájaro que vive en América. Se caracteriza porque luce unas plumas negras alrededor de los ojos (la máscara) y un amarillo intenso sobre el pecho. Hace unos meses, unos científicos descubrieron que, en la zona de Nueva York, las hembras preferentemente eligen para aparearse a los machos que tienen la mancha amarilla del pecho más grande y brillante. En cambio, en Wisconsin se fijan más en el tamaño de las máscaras. Aunque a primera vista pueda parecer un hecho trivial, este descubrimiento confirma, una vez más, la importancia biológica de la belleza y nos permite hacer dos consideraciones.

La primera, la aleatoriedad aparente de las leyes de la atracción. Parece que solo el azar pueda explicar que comunidades de la misma especie tengan gustos estéticos tan distintos por el solo hecho de vivir unos cientos de kilómetros aparte. Y la segunda, que en el fondo todo esto no es tan arbitrario como parece: lo que vemos en la superficie es un reflejo de lo que pasa dentro del cuerpo. En el caso del leñador, se ha comprobado que las dimensiones y calidad tanto de la máscara negra como del pecho amarillo se asocian a tener un sistema inmunitario más potente, un rasgo que demuestra buena salud y garantiza mejor descendencia.

Este es un buen argumento para desmontar la máxima que dice que la belleza física es un solo rasgo superficial. Al contrario: normalmente suele ser la manifestación visible de alguna característica escondida pero biológicamente muy relevante, que permite reconocer a los individuos más aptos para procrear. Los principios que rigen el comportamiento de los pájaros los vemos también en el resto de animales que se reproducen sexualmente, entre ellos nosotros mismos. Desde los leñadores a los pavos reales, pasando por las mariposas o los humanos, el interés que sentimos por la belleza del sexo contrario, ya sean las vistosas plumas de una cola, los dibujos de unas alas o la anchura de unas caderas, determina cómo combinaremos nuestros genes y, por tanto, es una herramienta muy poderosa para la selección natural.

Darwin ya se dio cuenta del profundo impacto que la belleza tiene en la evolución de las especies, pero con el tiempo puede que nos hayamos olvidado de su misión original. Cuando hablamos ahora de la belleza, a menudo es para decir que está sobrevalorada o para quejarnos de las sociedades que la enaltecen en exceso. Denunciamos que vivimos en un mundo hipersexualizado, que pone un peso excesivo en el físico, hasta el punto de convertirnos en esclavos de nuestra imagen, en seres vacíos y ufanos, pero lo consideramos un problema eminentemente cultural. En cambio, como hemos visto, presumir de los atributos del cuerpo tiene unas bases biológicas muy sólidas y compartidas con organismos de todo el espectro del árbol de la vida.

En otros artículos ya he insistido en que, para entender cómo pensamos y actuamos los humanos, no debemos fijarnos solo en las complejidades de nuestro tejido social, sino que muchas veces las explicaciones las podemos encontrar en la biología. Porque, al fin y al cabo, antes que seres civilizados hemos sido (y seremos siempre) animales. Por ejemplo, la importancia que damos a la belleza femenina no es solo una moda, sino que se cree que es una consecuencia directa de haber adoptado la monogamia. En especies promiscuas en las que un macho se aparea con todas las hembras que se dejan, la presión por ser más guapos la sufren solo ellos. Por tanto, la competencia hace que estos machos desarrollen trucos vistosos para llamar la atención de las parejas potenciales y poder así ser los escogidos. En cambio, en las especies monógamas los machos también ejercen su derecho a escoger, y por lo tanto las hembras experimentan la misma presión para ser atractivas.

Pero esto no quiere decir que nos tengamos que conformar. Somos, de hecho, la única especie que ha encontrado la manera de escapar del yugo de la naturaleza. Tenemos ejemplos con inventos como la democracia, que pervierte el dominio absolutista del macho alfa, tan propio de los primates, o la medicina, que evita que dependamos de la supervivencia preferente de los individuos más sanos. Si de verdad queremos librarnos de la tiranía de la belleza y que deje de tener un papel tan central en las interacciones personales, habrá que hacer algo más que luchar contra el machismo atávico, presente en mayor o menor medida en cada sociedad, que a menudo se invoca como único culpable: ambos sexos nos tendremos que esforzar, porque es un patrón de comportamiento que está bien arraigado en nuestros instintos más ancestrales. La reproducción ha sido durante milenios el objetivo principal de nuestra existencia, como lo es de la de cualquier otro ser vivo. Ponerla en un segundo plano no es un objetivo que se pueda conseguir de la noche a la mañana, pero tampoco debe ser imposible.

[Publicado en El Periódico, 31/10/15. Versió en català.]