jueves, 8 de diciembre de 2016

Los límites de la manipulación genética

La semana pasada tuve el placer de participar en el debate final del ciclo 'Futur (s)' de este año, organizado por la Obra Social la Caixa y el Ateneu Barcelonès. El tema era qué límites hay que poner a las manipulaciones genéticas, uno de los avances biológicos que pronto se podrían aplicar a humanos, y compartía escenario con Núria Terribas, directora de la Fundació Grífols, y el periodista Lluís Reales. No ocurre muy a menudo que uno tenga la oportunidad de discutir sobre bioética y, en este sentido, se ha de agradecer a los organizadores de los esfuerzos que hacen año tras año para divulgar y difundir el conocimiento científico, sobre todo en relación a cómo las nuevas tecnologías cambiarán la sociedad. También hay que felicitar a la Fundació Grifols por su misión de promover el diálogo entre especialistas para definir los parámetros éticos que deben regir la biomedicina del futuro y, sobre todo, la tarea de acercar las conclusiones al gran público.

El debate era especialmente relevante debido a las recientes novedades en las herramientas de edición genética, concretamente el procedimiento conocido como CRISPR / CAS9, que ha hecho que el concepto de jugar con nuestro genoma pase del reino de la ciencia ficción a ser una posibilidad inminente. De hecho, hace unos días se anunció que en China se había usado el CRISPR por primera vez de forma terapéutica. En un ensayo clínico, un enfermo de cáncer de pulmón recibió una inyección de sus células de la sangre, que previamente se le habían extraído y modificado vía CRISPR para hacerlas más 'fuertes'. Es una forma de inmunoterapia, otra palabra de moda, con tratamientos que buscan reactivar el sistema inmune para ayudarle a vencer enfermedades, en este caso, a destruir células malignas.

Si ya alteramos genes para curar, no tardaremos mucho en poder hacerlo también por 'mejorar', es decir, para hacer cambios en personas teóricamente sanas. Aquí es donde está el peligro de cruzar una posible frontera moral, sobre todo si pensamos que esto se podría aplicar a los embriones para acabar teniendo hijos 'a la carta'. Una de las ideas comentadas fue que los padres tal vez no debemos presuponer este tipo de derecho sobre los hijos, el de poder tomar decisiones que les afectarán toda la vida. Por otra parte, es una prerrogativa que en cierto modo ya tenemos, si pensamos que elegimos para ellos la escuela, el barrio o los hábitos alimenticios, que tendrán un impacto imborrable en su futuro. Cuando la manipulación genética sea una opción real, quizá las diferencias no serán tan claras.

Si ya alteramos genes para curar, no tardaremos en poder hacerlo para 'mejorar'
Aprovechando un público motivado, hicimos un pequeño experimento para ver hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para beneficiar nuestros descendientes usando la manipulación genética. El auditorio no tuvo ningún problema para votar a favor de permitir que los hijos fueran inmunes al cáncer o incluso un poco más inteligentes. Cuando preguntamos si los harían más altos empezaron las dudas, aunque es una característica física que puede dar evidente ventaja social a una persona.

La línea roja la pusimos en modificaciones del aspecto para disimular las raíces étnicas (aclarar el color de piel, corregir una nariz ganchuda...), incluso con el supuesto de vivir en una sociedad xenófoba en la que tendrían problemas para tener los mejores puestos de trabajo. Consideramos que no se debería permitir borrar la identidad cultural, para prevenir corrientes eugénicas o acabar homogeneizando la especie.

Es interesante que este fuera el límite marcado por una muestra de un centenar largo de personas, en su mayoría caucásicas y de clase media, reunidas en un barrio acomodado de una ciudad grande en un país desarrollado. Si hubiéramos hecho la pregunta a los emigrantes europeos que, a inicios del siglo XX, trasladaban su familia a EEUU huyendo de la miseria, la respuesta seguro que habría sido diferente. La pista es que muchos cambiaron sus apellidos precisamente para disimular sus orígenes judíos o de Europa del Este.

Definir los límites éticos de la ciencia es una tarea mucho más compleja de lo que puede parecer. Los principios morales de cada país, sociedad, época e individuo hacen que la cuestión tenga algunos blancos y negros pero, sobre todo, muchos grises. Costará definir una norma universal que todas las culturas puedan suscribir, y mientras esto no ocurra, los riesgos de cometer errores es muy elevado. Por eso es tan importante que el debate no se detenga.

Publicado en El Periódico, 3/12/16. Versió en català.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Enemigos microscópicos

Este domingo, una vez más, tendréis la oportunidad de conseguir uno de mis libros con El País. Se trata de Enemigos microscópicos, una actualización condensada de mi anterior libro sobre el tema, Las grandes plagas modernas, ya descatalogado. Si os interesan las enfermedades infecciosas, no olvidéis reservarlo en vuestro quiosco preferido.


lunes, 14 de noviembre de 2016

El Paciente Cero y el problema de la imagen

Gaëtan Dugas era un auxiliar de vuelo canadiense que murió en 1984, víctima del sida. Durante mucho tiempo se le ha considerado el responsable de la introducción del VIH en América, tras haberse contagiado en un viaje a África, y de esparcirlo por los círculos homosexuales de Estados Unidos debido a su gran promiscuidad. Es el concepto del Paciente Cero, que ha servido para determinar el inicio exacto de una de las crisis sanitarias más importantes que ha sufrido América del Norte. La demonización de Dugas es principalmente mérito del periodista Randy Shilts, autor de 'And the Band Played On', uno de los primeros libros sobre el tema, que tuvo un impacto mediático considerable. A partir de su publicación, se popularizó la idea de que la culpa de la epidemia americana era de una sola persona y Dugas pasó a ser uno de los hombres más odiados del momento.

Esta acusación había sido posible gracias a un estudio científico, publicado el mismo año que moría Dugas, que lo ponía en el centro de los primeros grupos de homosexuales afectados. Pero, con el tiempo, análisis genéticos de mayor alcance han permitido descubrir que el VIH ya había cruzado el Atlántico mucho antes de que Dugas entrase en contacto con él (concretamente, a través de Haití, a finales de la década de los 60). La teoría de que un paciente había sido el origen de todo empezaba a resquebrajarse. Hace unos días, un artículo en 'Nature' le ha dado el golpe de gracia. Analizando muestras de sangre guardadas durante décadas, los investigadores han concluido que Dugas se infectó cuando el virus ya hacía tiempo que corría por el país, proveniente del Caribe, y que la puerta de entrada de la epidemia había sido Nueva York a principios los 70.

Una serie de casualidades habían sido clave en la transformación de Dugas en el malo de la película. Para empezar, no había sido más promiscuo que otros individuos, pero sí había conseguido recordar más nombres de sus parejas ocasionales, y eso había hecho que su red de conexiones se pudiera dibujar de una manera especialmente clara en el estudio inicial. Además, en ese artículo se le designó con una O porque era el único paciente estudiado fuera (outside) de Estados Unidos. Un error de lectura transformó la letra en un número (ambos se llaman igual en inglés) y esto dio accidentalmente una etiqueta fácil de recordar. El efecto secundario fue que el cero lo asociaba automáticamente con el inicio. Solo fue necesario que Shilts magnificase este impacto para crear un mito que ha durado 30 años. Era un concepto atractivo, una simplificación que ayudaba a entender una epidemia difícil de explicar al público, con un componente moral bastante espinoso, y por eso se acabó implantando con tanta facilidad.

Una conjunción de malas interpretaciones convirtieron a la víctima Gaëtan Dugas en verdugo
El injusto caso del Paciente Cero evidencia una consecuencia directa de cómo se organizan las sociedades modernas, que se ha agravado aún más a medida que desaparecían las fronteras culturales y surgía un tejido global común: la realidad es la imagen, no el contenido. Lo que llamamos real es, en la práctica, una construcción humana que interpreta una serie de hechos, y es esa representación la que verdaderamente tiene peso social, no los propios hechos. No importa que Dugas fuera realmente una víctima: una conjunción de malas interpretaciones de los datos lo convirtieron en el verdugo.

Lo dijo Plutarco hace casi dos mil años, y hoy en día su máxima es más vigente que nunca: a la mujer del césar no le basta con ser honesta, además debe parecerlo. Incluso podríamos añadir que, mientras lo parezca, ni siquiera es necesario que lo sea. Tiene lógica: la apariencia de cualquier hecho es la interfaz que nos permite asimilarlo, por eso tiene tanta relevancia. Para que algo pase a la historia no basta con que cree un impacto de cualquier tipo, sino que se ha de construir una imagen que facilite su interpretación. Un ejemplo podría ser que el éxito de cualquier creación artística está muy ligado a la biografía del artista responsable, hasta el punto de que eso distorsiona la calidad intrínseca de la pieza. También funciona cuando buscamos una cabeza de turco, como en el caso de Dugas.

A menudo, un individuo implicado puede contribuir de alguna manera a este proceso de traducción sesgada de la realidad. Otras veces, el trabajo lo hacen los demás, sin opción a réplica, como ocurrió con el Paciente Cero. Dugas ha tenido suerte de que alguien ha encontrado finalmente la verdad escondida, pero la historia debe estar llena de muchas otras personas que han terminado representando algo que no eran, y eso ocultará para siempre lo que realmente había detrás.

[Publicado en El Periódico, 5/11/16. Versió en català.] 

lunes, 24 de octubre de 2016

Un Nobel caníbal

Esta ha sido la semana de los Nobel científicos (aún quedan por dar el de Literatura y el de Economía), el único momento del año que los investigadores somos tratados como famosos suficientemente dignos para salir en la portada de los periódicos. Esta semana también es el momento más temido por muchos periodistas, que deben esforzarse en hablar de temas terriblemente complejos solo con la ayuda de las muletas que proporcionan las notas de prensa de la Fundación Nobel.

Hay veces que cuesta bastante (explicar el de Física de este año es todo un reto, por ejemplo) y otros que el impacto es fácil de ver incluso por quienes no son expertos. El último Nobel de Fisiología o Medicina es de este último grupo. Se lo ha llevado una persona en solitario, algo poco habitual en esta categoría (solo ha pasado dos veces desde principios de siglo). Se trata del microbiólogo japonés Yoshinori Ohsumi y el motivo ha sido el descubrimiento de la autofagia. Por pocas nociones de griego que tengamos, es fácil deducir que este fenómeno está relacionado con el hecho de "comerse a uno mismo". ¿Qué significa este tipo de canibalismo cuando hablamos de células? Cuando hay una situación estresante, por ejemplo una falta importante de alimentos, cualquier célula reacciona defendiéndose de la mejor manera que sabe. Una opción puede ser 'reciclar' parte de su contenido para transformarlo en los nutrientes que tanto necesita y poder sobrevivir así hasta que las condiciones mejoren. Esto se llama autofagia. Naturalmente, la autofagia llevada al extremo puede llegar a destruir la célula afectada, lo que también puede ser conveniente para el organismo en ciertos momentos. Es pues un arma de doble filo que resulta muy útil para la supervivencia. Por ello, pese a que Ohsumi la estudió en las levaduras, se ha visto que casi todas las células tienen programados estos mecanismos. Si la autofagia falla pueden acelerarse problemas como el cáncer o la enfermedad de Párkinson.

Este año, algunos esperaban que uno de los Nobel fuese a descubridores del CRISPR-CAS9, un método simple y efectivo de manipulación genética que se ha popularizado y que puede llegar a trastocar muchos aspectos de la sociedad (ya ha revolucionado cómo trabajamos en los laboratorios). Curiosamente, este sistema se desarrolló a partir del descubrimiento original que hizo en los años 90 Francis Mojica, un microbiólogo de la Universidad de Alicante. Las esperanzas de que un español ganara un Nobel científico (que sería solo el segundo de la historia, tras Ramón y Cajal) de momento se han desvanecido, pero nunca se sabe qué pasará más adelante.

A diferencia de los Nobel de Literatura y, sobre todo, el de la Paz, que suelen ir rodeados de polémica y regirse por criterios no siempre objetivos, los premios científicos rara vez se pueden discutir. Suelen otorgarse a investigadores que han hecho méritos para recibir la medalla y que están esperando pacientemente. No he visto que nadie haya dudado de la calidad de un descubrimiento premiado en estas disciplinas. Como mucho, a veces ha habido quejas porque alguien que había contribuido de forma importante a un descubrimiento se había quedado fuera de la terna, pero esto es un problema inevitable cuando se han de escoger un máximo de tres nombres de un trabajo siempre multidisciplinar y multitudinario.

Pero, como en todos los premios, los jurados son humanos y susceptibles a presiones de todo tipo, sutiles o no. De la misma forma que los lobis de las productoras son esenciales para decantar los Oscar, también en el caso de los Nobel no es lo mismo si detrás de un científico hay universidades como la de Cambridge o la de Harvard (siempre presentes en el top 10 de todas las clasificaciones y, naturalmente, rellenas de Nobel), la universidad de Tokio (donde Ohsumi hizo sus principales descubrimientos y que está en el top 40) o las de un país, como el nuestro, que no tiene ninguna entre las 150 mejores.

En todo caso, el premio de Medicina de este año nos demuestra que un científico que estudia un organismo tan humilde como la levadura puede llegar a hacer descubrimientos capaces de cambiar la manera que tenemos de entender el mundo. Y, además, es la prueba de que los mecanismos básicos de la vida son transversales y compartidos entre todos los seres vivos de este planeta, desde los microbios más minúsculos los organismos tan complejos como los humanos. Es motivo suficiente para quedarse con la boca abierta un buen rato.

[Publicado en El Periódico, 9/10/16. Versió en català.] 

viernes, 14 de octubre de 2016

¿Es posible frenar el envejecimiento?

Este domingo podréis conseguir mi último libro, ¿Es posible frenar el envejecimiento? La ciencia en las fronteras de la vida comprando El País. Forma parte de una colección dedicada a la ciencia, que no se vende en librerías, y es un resumen de todo lo que sabemos actualmente sobre el envejecimiento, desde sus causas a las posibles intervenciones que podrían frenarlo. 

¿Podremos vivir más de 150 años? ¿Es posible la inmortalidad? Todo esto y mucho más, este domingo con El País, ¡no os olvidéis!


lunes, 10 de octubre de 2016

¿Dónde está la ciencia?

La temporada ha comenzado con polémica. El anuncio, hace unos días, de la nueva parrilla de la radio pública catalana disparó muchas quejas sobre la falta de espacios propios para la cultura, que se ha visto relegada a pequeñas secciones mientras los deportes ganaban horas de antena. En medio de este alboroto, el científico Miquel Tuson proponía en Twitter el 'hashtag #OnÉsLaCiència' para recordar que hay otra área menos representada en los medios. La comparación no es arbitraria: hace más de un siglo, Santiago Ramón y Cajal ya decía que la cultura y la ciencia son los dos pilares que nos diferencian de los animales. Y si la primera con frecuencia está marginada en muchos aspectos de la vida pública, la segunda es prácticamente invisible. Es increíble que no nos demos cuenta de que tan grave es una cosa como la otra.

Quizá estoy mal acostumbrado, porque aquí donde vivo, en el Reino Unido, las cosas son muy diferentes. La BBC tiene un canal de televisión dedicado exclusivamente a la cultura, en el que muy a menudo hay programas sobre ciencia (los británicos han entendido que es parte esencial de la educación). Pero no solo eso: la BBC-1 emite documentales excelentes a las horas de mayor audiencia (la semana pasada, por ejemplo, hicieron dos seguidos de física), que se alternan con naturalidad con seriales y 'realities'. En cambio, la iniciativa pública no destina ningún canal íntegramente a los deportes. Esto lo deja a las privadas.

Una de las consecuencias directas de invertir tiempo en explicar bien la ciencia en los medios es que la gente la entiende y la aprecia mucho más. Y esta concienciación social obliga a los políticos a dedicarle más presupuesto. Con tantos recursos se puede hacer investigación de muy alto nivel y, además, atraer talento de todo el mundo. Recordemos el caso de Guillem Anglada-Escudé, el astrofísico catalán que, en la Universidad Queen Mary de Londres, ha dirigido el grupo que recientemente ha descubierto el exoplaneta más cercano a la Tierra. El hecho de que haya habido 85 premios Nobel científicos en el Reino Unido y solo uno y medio en España es una medida del abismo existente entre los dos países en este tema.

Se podrían discutir estos datos con el argumento del huevo y la gallina: ¿qué ha de ser primero, el interés popular o la presencia mediática? Esta excusa se ha utilizado para afirmar que, para sobrevivir, los medios deben dar al oyente lo que reclama. Primero, esta afirmación podría hasta cierto punto ser cierta en el caso de las privadas, que deben cuadrar números a finales de mes, pero nunca para las públicas, que como principal objetivo no tienen el de ganar dinero sino proporcionar un servicio a la sociedad.

Un pueblo sin unos mínimos conocimientos científicos corre el riesgo de ser manipulado por estafadores y avispados, como vemos que ocurre con una frecuencia alarmante en nuestro país, con unos resultados que pueden llegar a ser mortales. Y segundo, ¿quién dice que la ciencia y la cultura no pueden ser atractivas y económicamente viables? Sky, el principal medio de pago en el Reino Unido, también tiene su canal cultural, Sky Arts. Si no fuera rentable, ya lo habrían cerrado hace tiempo.

El círculo vicioso de ignorancia/invisibilidad se puede romper, pero nos debemos esforzar todos. La solución no puede ser solo introducir píldoras en los programas generalistas, como se hace mayoritariamente ahora. Es un primer paso que había que dar para salir del pozo donde estábamos, pero ahora tocaría pasar pantalla. Tampoco basta con llenar de ciencia los canales secundarios o las madrugadas, aunque esto también tiene utilidad y en Catalunya se hace con un cierto éxito. Debemos sacarla de los guetos; por ejemplo, dándole espacio en las secciones de Opinión, como muy acertadamente hace este diario. Hay que seguir el ejemplo británico y colocar poco a poco programas interesantes en el 'prime time', para que la presencia de contenidos científicos se vea normal. Que se entienda que la ciencia puede ser entretenida sin dejar de ser rigurosa. Quizá perderá siempre la batalla de los porcentajes, pero poco a poco ganará adeptos y dejará de ser vista como algo incomprensible que hacen un grupo de tipos aburridos en las universidades. Esto sería una victoria inmensa.

Lo que digo sirve tanto para la ciencia como para la cultura. No tiene mucho mérito que las defienda, porque yo soy de los dos ramos. Lo que hace falta es que desde fuera también se escuchen quejas. Es como el célebre discurso de Martin Neimöller que denunciaba la cobardía de los intelectuales alemanes ante los nazis, aquel que comienza diciendo: «Cuando vinieron a buscar a los comunistas, yo no dije nada porque no era comunista». La historia termina cuando le vienen a buscar a él y ya no queda nadie que pueda alzar la voz. Aquí pasa lo mismo: ciencia y cultura son patrimonio de todos, y los tenemos que defender con uñas y dientes.

[Publicado en El Periódico, 10/09/16. Versió en català.] 

martes, 19 de julio de 2016

Dolly, 20 años después

A finales de los años 90, cuando estaba en la recta final de la tesis, me propusieron dar una serie de conferencias en asociaciones de la tercera edad repartidas por toda Catalunya. Fue la primera vez que tuve la oportunidad de hacer divulgación. La experiencia resultó tan satisfactoria que, desde entonces, siempre procuro encontrar alguna manera de hablar de novedades científicas con todo el mundo que me quiera escuchar.

Lo recordaba esta semana porque el pasado martes se cumplió el 20º aniversario del nacimiento de la famosa Dolly, la oveja clonada a partir de una célula adulta. Dolly era una de las estrellas de mis charlas para jubilados porque entonces hacía muy poco que Ian Wilmut y otros científicos del Roslin Institute de Edimburgo la habían presentada al mundo. La gente quería saber quién era exactamente esta bestia con nombre de cantante de country (la habían bautizada así por Dolly Parton) y qué significaba este avance sorprendente que salía en todos los periódicos. Y, sobre todo, me preguntaban si esto implicaba que pronto podríamos 'fotocopiar' humanos. A pesar de que parecía una cuestión fácil de contestar, incluso hoy no hemos sabido encontrar una respuesta.

Dolly no fue el primer animal clonado. Este honor lo tiene una rana creada en 1958 por sir John Gurdon, pionero de las células madre y premio Nobel en el 2012. Tuvieron que pasar casi 40 años para que aquellas técnicas pioneras se pudieran aplicar a los mamíferos. Esta es la razón por la cual Dolly creó un revuelo extraordinario: acercaba peligrosamente a nuestro entorno más cercano la posibilidad de hacer duplicados genéticos. Pocos años después el hito se repetiría con otros mamíferos: ratones, vacas, cabras... Parecía que no tardaríamos mucho en añadir nuestro nombre en la lista.

Pero los experimentos con embriones humanos todavía se resistían, por motivos que no estaban del todo claros. En el año 2004, el coreano Hwang Woo-suk proclamó que había creado células madre clonadas a partir de un donante, el primer paso del proceso, pero al final se descubrió que todo había sido un engaño. No fue hasta nueve años después cuando, al parecer, por fin se había conseguido de verdad. Más allá de la posibilidad de copiarnos (crear un ejército de clones como el de 'Star Wars' no ha sido nunca una prioridad científica), esto podría servir para personalizar células madre que se podrían utilizar para reparar o sustituir órganos que no funcionan, sin que crearan un rechazo al cuerpo porque tendrían nuestro mismo ADN. Ha sido necesario que transcurran dos décadas, pero finalmente lo que avanzaba en mis conferencias sobre qué podía pasar gracias a las puertas que se habían abierto con Dolly comienza a tomar forma.

Gracias a aquel ciclo de charlas conocí a un montón de personas interesantes, personas mayores que no querían que este mundo se les escapara de las manos y que, a pesar de que les parecía que habían caído en un cuento de ciencia ficción y no podrían salir, luchaban por no quedar fuera de juego. Gente de todo tipo (universitarios, agricultores, empresarios, amas de casa...) que tenían una cosa en común: ganas de saber, uno de los impulsos más básicos y antiguos del ser humano.

Solo necesitaba un proyector de diapositivas y una pantalla para enseñarles la cara de Dolly y podía hacerles soñar con un universo fantástico que seguramente no llegarían a conocer nunca. Pero tenían suficiente sabiendo que sus hijos y sus nietos quizá sí que lo podrían disfrutar.

Aquel futuro que nos prometía Dolly ha resultado bastante diferente de cómo nos lo imaginábamos. Ni siquiera ahora nos es posible adivinar qué efecto tendrán estos descubrimientos en la sociedad. Esto siempre será así. Por muchas previsiones que hagamos, y los científicos nos lo piden cada vez que tenemos un micrófono delante, nunca llegaremos a acertar cuándo se harán realidad las maravillas que pronosticamos. Algunas cosas que ahora nos parecen fáciles de conseguir resultarán imposibles y otras que ni se nos habían ocurrido se convertirán en revelaciones imprescindibles. Y, si todo va bien, iremos avanzando poco a poco hacia un lugar mejor gracias a la ciencia.

Veinte años después de Dolly continúo tratando de explicar qué hacemos los investigadores en el laboratorio y cómo intentamos cambiar el mundo. Dedico tiempo porque me gusta, porque creo que es uno de los deberes de los científicos y porque estoy convencido de que la sociedad necesita estar bien informada para poder elegir su destino. Únicamente espero que, dentro de 20 años más, cuando sea yo quien pase las tardes en un club de jubilados, un jovencito me explique ilusionado todas las cosas fabulosas que pronto deberían ser posibles, y que yo lo sepa escuchar con el mismo entusiasmo que demostraba mi primer público.

[Publicado en El Periódico, 11/06/16. Versió en català.] 

lunes, 27 de junio de 2016

Fotografiar el alma

Los humanos somos animales con una habilidad peculiar: ser conscientes de nuestra existencia. Este es un don que nos ha permitido llegar más lejos que ningún otro ser vivo, pero a la vez es también un quebradero de cabeza fenomenal, porque saber que existes implica entender que la vida es finita. Naturalmente, esta obsolescencia programada nos genera una gran ansiedad. A lo largo del tiempo hemos intentado encontrar una solución al problema, o al menos algo que lo hiciera más soportable. Crear las religiones ha sido el principal logro que podemos aducir en este campo, a pesar de que tienen unos efectos secundarios a veces más nocivos que el daño que quieren tratar.

Uno de los principios comunes a la mayoría de las religiones es asignar alguna forma de inmortalidad a esta esencia que nos separa del resto de animales. Así es como nace el concepto de alma, que se podría definir como el impulso que nos hace conscientes de ser quienes somos y, por tanto, únicos en este planeta. A pesar de los conocimientos científicos actuales, aún no hemos conseguido explicar de una manera satisfactoria cómo funciona exactamente esta conciencia. Lo que sí hemos hecho es abandonar la idea de un espíritu incorpóreo que la justifique, como han defendido siempre las mitologías, porque la explicación es más simple (o quizá más compleja): se trata de una función física del cuerpo que reside en el cerebro.

La búsqueda del sustrato de la conciencia ha preocupado a filósofos y científicos durante siglos, pero no ha sido hasta la llegada de las nuevas técnicas de imagen que hemos podido empezar a acotar un poco su estructura biológica. La herramienta principal que usamos es la tomografía por emisión de positrones (conocida como PET, por sus siglas en inglés), una serie de radiografías computerizadas que permiten determinar qué células están trabajando en un momento dado gracias al hecho de medir cuánta glucosa consumen. Esta técnica, que inicialmente se utilizaba sobre todo para detectar células cancerosas, se ha convertido en indispensable para localizar las funciones cerebrales: es precisamente gracias a la PET que hemos cartografiado qué trabajo hace cada área del cerebro.

A finales de mayo se supo que unos científicos de la Universidad de Copenhague habían utilizado la PET para tratar de cuantificar la conciencia. En su estudio, publicado en la revista Current Biology, midieron la actividad de las neuronas de pacientes anestesiados, en coma, en estado vegetativo permanente o con otros trastornos similares, y la compararon con la imagen obtenida de personas sanas y despiertas. El resultado de los análisis es un mapa del metabolismo cerebral perfectamente correlacionado con el grado de conciencia que exhibe un individuo. La principal aplicación de este trabajo es la posibilidad de medir la gravedad de la desconexión de una mente. Esto servirá para predecir si alguien se recuperará de un coma o no, entre otras cosas, y debería permitir una mejora en la atención de estos enfermos, porque reconoceremos cuáles de ellos son capaces de percibir los impulsos del mundo exterior aunque no reaccionen.

Aparte de la utilidad clínica, el trabajo es innovador porque representa el primer intento de fotografiar el alma. En este sentido, la principal conclusión que se puede sacar leyendo el artículo es que no hay ningún área del cerebro que tenga la exclusiva sobre la conciencia. Así como el habla o la visión se localizan en zonas concretas del córtex, la conciencia estaría determinada por la actividad metabólica conjunta de todo el cerebro. Una mente en profunda inconsciencia exhibe solo el 38% de la actividad de una normal, por ejemplo. Dicho de otro modo, esta capacidad de saber que existimos y que formamos parte del mundo que nos rodea es un trabajo de equipo y no está circunscrita a la función de un solo grupo de neuronas específicas.

Hay quien cree que la demostración definitiva de que la conciencia tiene un origen físico y no divino la obtendremos cuando construyamos el primer ordenador que sepa que existe, uno de los objetivos primordiales de quienes trabajan en inteligencia artificial. Si la conciencia está definida por una serie de neurotransmisores e impulsos eléctricos intercambiados entre células, en principio deberíamos ser capaces de copiarla usando circuitos, conexiones y los programas adecuados. Pero los nuevos resultados indican que la complejidad requerida para alcanzar este estado podría ser inalcanzable. A pesar de que hemos conseguido que las máquinas vean, escuchen o hagan cálculos complejos, la fórmula de la conciencia requiere demasiadas neuronas trabajando juntas como para que, de momento, podamos pensar en reproducirla. Al menos nos podemos consolar pensando en cuán especiales nos convierte eso. 

[Publicado en El Periódico, 11/06/16. Versió en català.] 

lunes, 6 de junio de 2016

8 años de Inmortales...



¡Feliz cumpleaños!

lunes, 23 de mayo de 2016

La arrogancia de los científicos

Últimamente ha habido un revuelo mediático en torno a las terapias alternativas, a raíz de la cancelación, hace unos meses, del máster de homeopatía de la Universitat de Barcelona y, poco después, de su homólogo en la Universidad de València. Que la noticia sea esa y no que una universidad haya sido capaz de mantener un curso seudocientífico durante 13 años (o que el Col·legi Oficial de Metges de Barcelona tenga una sección de homeopatía desde hace 25) es una muestra de la gravedad del problema.

Podríamos calificar de bienintencionados los esfuerzos que diferentes medios y organizaciones han hecho estos días para presentar un debate entre las dos partes implicadas en la polémica, pero en realidad es un desacierto de consecuencias nefastas. La principal es que perpetúa la idea nociva de que en este tema existe la posibilidad de una discusión entre iguales que genere diversidad de opiniones.

Si alguien dijera que la Tierra es plana, ¿le haríamos salir en la televisión a discutir a un astrofísico la forma que tiene nuestro planeta? Si eso nos parece absurdo, ¿por qué seguimos proporcionando altavoces a la homeopatía, que no ha podido demostrar nada de lo que defiende? Que los medios no sepan distinguir entre realidad y fantasías solo contribuye a desinformar y a hacer la bola más grande.

El invento más grande de la humanidad, después del lenguaje, es el método científico. No hay nada que nos haya permitido avanzar tanto como el simple esquema de observar, proponer hipótesis, testarlas y refinarlas hasta poder construir una teoría. Es una receta simple que ya usaban egipcios, griegos y árabes con más o menos acierto, pero que no llegó a estallar del todo hasta la Revolución Científica, que culminó con las grandes obras de Galileo y Newton.

El método científico es el único sistema que hemos descubierto, de momento, que nos permite acercarnos a la verdad. Nuestro conocimiento tiene lagunas, sin duda, pero gracias a la ciencia sabemos con certeza muchas cosas que nos permiten entender el universo en el que vivimos. No es una cuestión de fe, sino de hechos.

Este tipo de afirmaciones a menudo provocan que los que no están de acuerdo te califiquen de dogmático o arrogante, no por la forma de argumentarlo, que puede ser más o menos afortunada, sino por pretender tener acceso a la verdad absoluta. Pero nos guste o no, la realidad es solo una y no está sujeta a opiniones. Lo que es variable es la forma de entenderla, por eso es tan importante ser estrictos a la hora de descartar las alternativas que no tienen sentido. Si las fresas son rojas, y puedes demostrar experimentalmente que lo son, cualquier grupo de personas que te diga que son amarillas estará equivocado, lisa y llanamente, aunque lleven más de 200 años creyéndoselo y se hayan inventado una excusa muy trabajada para justificarlo.

Por lo tanto, poner en la misma mesa a un científico y a alguien que defiende la memoria del agua no es un debate, es un insulto a la inteligencia colectiva de nuestra especie, construida meticulosamente a lo largo de milenios. No importa que sea un premio Nobel como Luc Montagnier, presente en un congreso homeopático en San Sebastián hace unos días, quien apoye estas ideas. No es el único ejemplo de un sabio que ha metido la pata cuando se ha alejado del método científico para poder seguir mejor sus creencias.

¿Funciona la homeopatía? Claro que sí. Se ha comprobado que no es más que una forma de disparar el efecto placebo, que tiene un impacto biológico real e importante. Esto no se debe despreciar nunca y es el auténtico secreto de su éxito: los homeópatas han sabido ocupar un espacio vital antes reservado al médico, el de ser quien escucha al enfermo y le da apoyo moral y esperanza. La progresiva deshumanización de la medicina, que se impone en los sistemas públicos eternamente sobrecargados, abre la puerta a proveedores alternativos, que entonces aprovechan para vendernos sus cuentos chinos. Una de las maneras de cerrar el paso a las seudociencias sería que las ciencias hicieran bien su trabajo.

El gran riesgo de despreciar a los científicos es caer en la trampa de la ignorancia. Un ejemplo es la reciente decisión del Gobierno de Brasil de aprobar, en respuesta a la presión popular, el uso de la fosfoetanolamina sintética para tratar el cáncer, a pesar de que en los últimos 20 años no se haya conseguido probar científicamente que funcione. Hay decisiones que se deben dejar a los expertos si no queremos hacernos daño, porque parece que si suficiente gente se deja engañar podríamos conseguir que incluso se declare oficialmente nulo el Teorema de Pitágoras. Quizá la ciencia tiene un problema de imagen y de comunicación, pero la verdadera arrogancia es pretender que podemos prescindir de ella.

[Publicado en El Periódico, 15/05/16. Versió en català.]