lunes, 30 de marzo de 2020

¿Cómo se gestiona una pandemia?

La pregunta entera sería: ¿cómo se gestiona una pandemia en una sociedad globalizada y hiperconectada donde te puedes plantar en la otra punta del globo en pocas horas y donde la información, también la falsa, se transmite a la velocidad de un clic? Una respuesta podría ser que no tenemos ni idea porque es la primera vez que nos encontramos en una situación así. Pero no es del todo cierto que la covid-19 nos enganche por sorpresa. En el 2009 ya vivimos un simulacro con la gripe porcina, un virus nuevo que también corrió como la pólvora. No hemos sabido aprovechar esta década de tranquilidad para diseñar un plan de acción global contra pandemias, coordinado por una sola entidad guiada por los mejores expertos, que hubiera sido lo ideal. A falta de ello, hemos tenido que dejar la respuesta a manos de cada gobierno. Y aquí es donde empieza el drama.

Vivo en el Reino Unido, y cuando Boris Johnson anunció su pequeño experimento de darwinismo social (dejamos que la gente se infecte y los que sobrevivan generarán una inmunidad de grupo que frenará los contagios), mis amigos me contactaron despavoridos. Los voy tranquilizar: era una estrategia con una cierto sentido pero insostenible a corto plazo. Se podría hacer con una enfermedad que progresa lentamente, pero dejar que la covid-19 avance a su ritmo saturaría rápidamente los hospitales, que sería nefasto. Pronostiqué que antes de dos semanas debería cambiar de táctica. Solo tardó unos días.

Si yo, con conocimientos sobre el tema pero sin experiencia en epidemiología o salud pública, vi rápidamente el problema, ¿cómo es que los asesores del primer ministro no se dieron cuenta? Seguro que lo hicieron, pero por encima de las razones técnicas se deberían imponer las políticas (el gran ego de Johnson, la necesidad de marcar músculo ante los europeos ...). En el otro lado del Atlántico, la situación fue similar: Trump, siempre impermeable a la ciencia, perdía un tiempo precioso asegurando que todo estaba controlado y adoptando medidas sin lógica (¿impedir que aterricen vuelos de Europa pero no del Reino Unido?), como siempre pensando antes en la economía del país que en la salud de los ciudadanos.

Un líder inteligente reconoce sus limitaciones, se rodea de expertos y, sobre todo, les escucha. Por desgracia, muchos gobernantes obvian hoy algunos o más de estos pasos, y ahora pagamos el precio de poner estos irresponsables a dirigir países. Son comportamientos peligrosos cuando hay que tomar decisiones de vida o muerte con celeridad.

Es normal que en situaciones como estas existan dudas. Aunque discutimos, por ejemplo, si cerrar escuelas tiene un impacto relevante. El Center for Disease Control and Prevention de Estados Unidos recomienda no hacerlo, basándose en datos de Asia, pero la mayoría de estados han tirado por el derecho. Tendremos que esperar a analizar las cifras para saber cuál era la opción adecuada. En cambio, otras acciones las tenemos claras. Aislar lo antes posible los focos principales y cerrar países funciona muy bien. Lo hemos visto en Singapur, Taiwán y Hong Kong que, a pesar de estar muy cerca del epicentro, han conseguido salvarse de la pandemia. ¿El secreto? Una actuación rápida y contundente imponiendo cuarentenas y confinamientos y controlando fronteras. En Italia ha pasado lo contrario: sin contención, la población infectada del norte se extendió por todo el país, y con ellos el virus.

A pesar de las evidencias, a muchos dirigentes aún les tiembla el pulso. El propio Boris Johnson mismo no sabía qué hacer con un Londres que se le estaba llenando de virus más rápido de lo que le gustaría. Su estrategia inicial de pedir que la gente no fuera a los pubs pero no cerrarlos resume bien esta indecisión. El equilibrio que deben mantener los líderes entre seguir las recomendaciones científicas y no paralizar el país más de lo necesario les hace ser demasiado prudentes. Por suerte, el virus va retrasado en el Reino Unido unas semanas respecto el sur de Europa, por eso muchos entraron en modo confinamiento incluso antes de que el Gobierno lo ordenara. Quizá esta reacción ciudadana compensará en parte las vacilaciones de los políticos.

Cuando acabe el pico de infección y contamos las víctimas de cada país, podremos valorar mejor la gestión que se ha hecho. Será un buen momento de retirar la confianza a los políticos que no hayan sabido tomar buenas decisiones durante la crisis. Porque lo mejor que podemos hacer los ciudadanos para luchar contra las pandemias es ponernos en manos de los líderes adecuados.

[Publicado en El Periódico, 25/03/20. Versió en català.]

martes, 17 de marzo de 2020

Covid-19: ante todo, mucha calma

Dudaba de si hablar del Covid-19, porque la situación me causa cierto 'déjà vu': podría aprovechar textos que escribí sobre la pandemia de gripe porcina del 2009 y no se notaría mucho, porque a pesar de que se trata de virus diferentes, nos han afectado y hemos respondido de forma similar. Pero no haré trampas y me centraré en algunos aspectos de la situación actual que encuentro relevantes, con el conocimiento que me da haber trabajado con virus y haber escrito un par de libros de divulgación sobre microbios y epidemias.

Todavía no conocemos bien el SARS-CoV-2 (el virus que causa la enfermedad similar a la gripe llamada Covid-19). Sabemos que se extiende rápidamente (en parte porque los enfermos son contagiosos durante una larga fase sin síntomas) y que tiene una mortalidad media relativamente baja, seguramente menor del 2% (para tener perspectiva: 20 veces más que el 0,1% de la gripe estacional pero mucho menos que el 50% del ébola). Además, podría ser que se quedara escondido en algún lugar del organismo, como hace el VIH, y rebrotara cuando el paciente ya se ha curado. Si sumamos estos factores, más las numerosas incertidumbres, hay motivos de sobra para ser cautelosos. Pero no para vivir con el miedo en el cuerpo.

Si cada vez que comienza la temporada de gripe estacional las autoridades publicaran el número de contagios detallados y los diarios prepararan gráficos que siguieran cómo se extiende la infección y cuántas muertes causa, los momentos de pánico que se están viviendo ahora se repetirían cada invierno. Estos datos son muy importantes, sobre todo cuando ha aparecido un microbio desconocido, pero desde el punto de vista del control sanitario, no del del usuario. La transparencia es esencial (incluso los chinos lo han aprendido, después de que el SARS se magnificara por culpa de los intentos de ocultarla), pero también lo es cómo se transmite la información. Hay datos que, si se dan al público, amplificados por unos medios ávidos de noticias que atraigan lectores, no aportan ningún beneficio y, en cambio, pueden hacer daño. Un ejemplo: el afán por acaparar mascarillas (que, recordémoslo una vez más, no sirven para evitar que te contagies) ha hecho que se agoten en muchos lugares. La gente que realmente la necesita para otro motivos (personal sanitario, inmunodeprimidos...) ahora no tiene suficientes y deberá correr unos riesgos innecesarios.

Algo que deberían tener siempre en cuenta las autoridades es el poder de la estupidez humana, una respuesta habitual y natural (y más contagiosa que un virus) que exhibimos prácticamente todos cuando nos dejamos llevar por la 'sabiduría' de la masa en momentos de crisis. En la universidad he visto más de una vez cómo los estudiantes confían más en rumores que en la información que les pasamos los profesores. Si una población altamente educada y acostumbrada a contrastar fuentes de información se deja llevar fácilmente por la irracionalidad cuando está bajo presión, es fácil entender qué pasa en entornos menos preparados. Comunicar con mucho cuidado los temas de salud son deberes que tenemos todavía pendientes tanto los científicos como los políticos y los medios.

Las conclusiones que podemos sacar en el 2020 son las mismas que en el 2009. La más importante: cuando aparece un virus nuevo hace falta una respuesta rápida y coordinada hasta que entendamos el alcance de la enfermedad que causa. Lo que han hecho las autoridades, desde las chinas a la OMS, no es exagerado, sino adecuado. Algunas cosas se podrían pulir, sin duda, pero me ha parecido que se han evitado algunos errores antiguos y se ha actuado con más firmeza. Lo que no ha mejorado ha sido la gestión pública de la crisis, que ha vuelto a crear desconcierto, desconfianza y paranoia. Siempre habrá alguna persona que creerá que todo es un complot, pero lo que tenemos que conseguir es que este punto de vista se mantenga marginal y la gente haga caso a los que saben. Para ello tiene que haber una estrategia de comunicación coordinada y razonada, a ser posible con una sola fuente de información (tal vez la OMS misma) secundada y amplificada por todas las autoridades y medios.

No creo que nadie dude de que, hoy en día, las enfermedades infecciosas son un problema global. Empiezan en un rincón del planeta, pero nuestro estilo de vida hace que se extiendan como la pólvora. Las pandemias seguirán siendo frecuentes, los entendidos lo dicen, y debemos aprender de cada incidente para que la próxima vez las cosas nos salgan mejor. Porque tal vez un día aparecerá el virus perfecto, altamente mortal y fácil de extender, y entonces no tendremos tiempo de pensárnoslo mucho. De momento, mantengamos la calma y escuchemos solo a los expertos.

[Publicado en El Periódico, 9/2/20. Versió en català.]

lunes, 17 de febrero de 2020

Por qué la menopausia no es tan mala idea

El universo tiene muchos enigmas para los cuales la ciencia aún no ha encontrado una explicación. Quizá una gran parte se esconden fuera de nuestro planeta pero, sin tener que ir tan lejos, aquí mismo estamos rodeados de un montón de misterios por resolver. Para empezar, el ser humano es una fuente inagotable de preguntas sin respuesta. Incluso cosas que habitualmente ignoramos por lo cotidianas que son pueden contener rompecabezas sorprendentes. Pensemos, por ejemplo, en la menopausia. ¿Qué sentido tiene? ¿Por qué las hembras de algunas especies, incluyendo las humanas, tienen que sufrir este incómodo periodo de desequilibrios hormonales para acabar perdiendo la capacidad de procrear? Parece absurdo.

Antes de considerar el tema, recordemos las reglas del juego. La gran diversidad de seres vivos de la Tierra es consecuencia de la evolución. En una primera fase, aparecen mutaciones espontáneas en el ADN de un organismo. Solo los cambios genéticos que proporcionan una ventaja reproductiva (más capacidad de alimentarse, más resistencia al entorno, más número de crías que sobreviven...) se incorporarán al genoma de la especie. Esto lo determina la selección natural: el individuo más apto procreará mejor, al igual que sus descendientes, y así sus genes se convertirán en los más habituales de la población.

Volvamos a la pregunta inicial: ¿dónde encaja la menopausia en todo esto? Definitivamente, no aumenta las posibilidades de reproducirse, sino al revés. Debería ser mejor para la supervivencia de la especie que, como en el caso de los machos, las hembras pudieran criar hasta el final, en lugar de dejar de ovular en un momento dado. Pero, en cambio, la selección natural ha determinado justo lo contrario en unos pocos casos (en mamíferos, de momento solo se ha visto en algunas ballenas, aparte de nosotros). ¿Por qué? Si pensamos en los humanos, cuando emergieron los primeros 'Homo sapiens', la menopausia debía ser una rareza, porque la mayoría de mujeres morían antes de tener la edad de pasarla (se cree que solo el 17% superaba los 40). Pero, a pesar de todo, parece que la evolución ya nos había incorporado este complejo programa en el genoma. Si no sirviera de algo, no habría sido así. Este es el misterio que hay que resolver.

Una hipótesis que lo intenta explicar, y que actualmente es la más aceptada, es la de las abuelas: disponer de un contingente adicional de hembras experimentadas al cuidado de las crías de la familia y que les transmita sus conocimientos aumentaría las posibilidades de que sobrevivieran hasta poder reproducirse ellas también. En este escenario, la menopausia sería una manera de proteger a las abuelas: al principio, buena parte de la mortalidad femenina estaba relacionada con el embarazo y el parto. Una mujer que dejaba de parir tenía muchos más números de poder llegar a vieja.

Un artículo reciente, publicado en la revista 'PLOS Biology', propone una hipótesis alternativa y a la vez complementaria: quizá la menopausia ha aparecido para evitar que las mujeres tengan cáncer. El cáncer es uno de los grandes problemas de los organismos pluricelulares. En cuanto tienes un puñado de células coexistiendo coordinadamente, las posibilidades de que una de ellas se comporte anárquicamente y se cargue a las otras son inmensas. Por eso hemos desarrollado mecanismos para controlar a estas células enloquecidas: si no los tuviéramos, duraríamos solo unos pocos años. Con el tiempo, estas defensas pierden potencia y, en ciertos casos, acaban desactivándose. Es entonces cuando las células malignas ganan la partida y aparece el cáncer.

El embarazo es una situación de alto riesgo. El cambio hormonal, pensado para permitir que el embrión se desarrolle, puede hacer también que las células de un tumor latente pisen el acelerador; por ejemplo, las del cáncer de mama, que dependen de los estrógenos. Así pues, a medida que una mujer se hace mayor y sus defensas se debilitan, el peligro del embarazo aumenta hasta que, a cierta edad, el riesgo de desarrollar un cáncer sería más alto que el beneficio reproductivo que aquel individuo podría aportar. Saldría más a cuenta impedir que continuara criando y pasara a engrosar las filas de las abuelas, que ya hemos visto que tienen una importancia particular en el cómputo global.

Lo encuentro una explicación deliciosamente enrevesada que, cierta o no, al menos parece plausible. Hay bastantes datos que la corroboran, pero todavía tendrá que estudiarse más para confirmarla. En todo caso, demuestra una vez más que en biología pocas cosas pasan por accidente y que, a veces, las justificaciones aparecen por donde menos te lo esperas. La vida es realmente fascinante.

martes, 21 de enero de 2020

El arte, porque sí

El arte no sirve para nada. En cambio, es imprescindible. Como la religión, el arte ha aparecido de manera independiente en todas las sociedades. No es ninguna coincidencia: los humanos sentimos la urgencia de producir y consumir en el formato que sea. Por lo tanto, debe tener un impacto en nuestra evolución como especie, o no habría sobrevivido tantos milenios.

Hace poco se presentó un estudio en la revista ‘Nature’ que describía la pieza de arte más antigua que se conoce, descubierta en Indonesia: una pintura rupestre que representa los típicos cazadores atacando a un búfalo. Lo más sorprendente es que tiene alrededor de 44.000 años. Los equivalentes europeos, que hasta ahora ostentaban el récord de antigüedad, son de hace "solo" unos 20.000 años. O sea que los humanos hemos tenido arte en nuestras vidas prácticamente desde que existimos. Para ponerlo en perspectiva, cuando el pintor indonesio cogía los pinceles estábamos en pleno paleolítico, en el momento que se considera que aparece el ‘Homo sapiens’ moderno, el que es capaz de planificar actos complejos (como la cacería colectiva de animales peligrosos) y dedicarse al pensamiento abstracto. Parece que una de las primeras cosas que hicimos cuando fuimos suficientemente inteligentes fue decorarnos las cuevas. La necesidad de arte, pues, debería ser imperiosa.

Hay hipótesis que plantean que las religiones son esenciales para que las sociedades crezcan más allá de un tamaño determinado. Mientras que los grupos pequeños pueden funcionar sin el concepto de un ser todopoderoso capaz de castigar a los transgresores, cuando empezamos a hablar de imperios necesitamos este pegamento social para evitar que se desmoronen. Al arte es más difícil buscarle un propósito. Tiene un componente de entretenimiento, pero si fuera un simple pasatiempo no habría habido ningún motivo suficientemente poderoso para hacer que llegara hasta nuestros días. También sirve como la forma más simple de comunicación, ya que no hay que crear códigos rebuscados para entenderlo. Pero si esta fuera su única relevancia, el advenimiento del lenguaje la habría arrinconado.

Hay una teoría, expuesta por el filósofo americano Denis Dutton, que dice que el arte podría ser un accidente provocado por el hecho de tener un cerebro demasiado poderoso. Una vez hemos cubierto las necesidades biológicas básicas (sobrevivir, alimentarnos, reproducirnos), aún nos sobra un montón de capacidad mental y no sabemos qué hacer con ella. El arte sería consecuencia del aburrimiento. Siguiendo con estas teorías, se podría haber mantenido porque proporcionaría una ventaja reproductiva. O sea, los artistas (hombres) triunfaban más porque a las mujeres les atraen estas cosas. Esto no explica, por supuesto, que a los hombres también nos atraigan, ni que las mujeres, una vez liberadas de los yugos sociales que limitaban sus actividades, hayan creado con igual dedicación y habilidad que nosotros.


El arte es a menudo un negocio (fenomenal, en algunos casos), pero esta tampoco debe ser la razón de existir. Si la motivación principal de los artistas fuera solo hacerse ricos y famosos, ya hace tiempo que lo habríamos dejado correr, porque la proporción que lo consigue es infinitesimal. Es más fácil que te toque la lotería. Generar arte no te asegura que podrás poner un plato en la mesa y, por tanto, como elección profesional es poco lógica. Sin embargo, como el impulso de producir y consumir arte sigue existiendo, sigue habiendo artistas. Esto quiere decir que, muy a menudo, lo que hace falta es subvencionar a los creadores de alguna manera para que puedan cumplir su función social sin morir en el intento.

Y aquí es donde quería llegar, perdonad que haya hecho un rodeo hasta la prehistoria para presentar el caso: un país evolucionado no puede permitirse descuidar la cultura. No tiene un rendimiento tan claro e inmediato como la sanidad o la educación, pero es igual de vital para la salud de nuestra sociedad. La solución más rápida para cuadrar unos presupuestos siempre difíciles es aplicar el "que inventen ellos" unamuniano (él lo usaba para la ciencia) y dejar que sean los demás los que se gasten el dinero mientras nosotros aprovechamos los resultados. Como estrategia de Estado, es bastante triste.

Por eso la semana pasada se dio a conocer la plataforma Actua Cultura, que representa gran parte de los profesionales del ramo y pide que se aumenten los fondos que se destinan al sector (de un miserable 0,67% a un más decente 2%, la media de los países de la UE). Me parece una demanda justa porque, al fin y al cabo, somos humanos y tenemos la responsabilidad de contribuir al progreso de la especie. Crear arte porque sí es una de las mejores maneras de hacerlo.

{Publicado en El Periódico, 13/01/20]

viernes, 20 de diciembre de 2019

La presión biológica de ligar con iguales

Leía el otro día que las discotecas están desapareciendo. La crisis económica ha castigado una forma de socializar clásica que tenía las raíces en aquellos clubs de la Nueva York de los 70 donde se reunía la 'beautiful people' para drogarse, bailar y ligar hasta altas horas de la madrugada. En la mayoría de discos modernas se continúa haciendo las mismas cosas, pero su función principal siempre ha sido facilitar que hombres y mujeres (principalmente jóvenes y solteros) entren en contacto, en todo el rango de acepciones del término. Por eso la estocada de muerte a las discotecas la ha dado internet, que ha optimizado el proceso de encontrar pareja, temporal o estable, de una manera que pocos hubieran sospechado a principios de siglo. Ahora puedes conocer gente con más rapidez y variedad (y con menos ruido y sudor) gracias a unos pocos 'swipes' en la pantalla del teléfono. No es extraño, pues, que las nuevas generaciones, más acostumbradas a interaccionar virtualmente que no cara a cara, estén vertiendo a la ruina el modelo de ocio nocturno de sus padres.

Los algoritmos que usan las 'apps' te ayudan a encontrar pareja usando unos criterios que el usuario define, relacionados con los intereses personales, y la guinda del pastel la ponen las imágenes más o menos llamadas que ofrecemos como carta de presentación. Todo ello, le da un carácter "científico" a un proceso que parecía más bien basado en la intuición, y por eso algunos creen que debería ser mucho más efectivo.

Pero el apareamiento humano tiene un gran componente biológico, aparte del cultural, aunque la parafernalia de las sociedades modernas tienda a ocultarnos esto. Como todos los animales, estamos programados genéticamente buscar el individuo que garantice una mayor supervivencia a nuestros futuros descendientes, y esto se suele hacer fijándonos en una serie de atributos externos, poco importantes en sí mismos, pero que se corresponden a factores clave como la fertilidad, la salud o la fuerza. Ciertamente, estos son temas que tienen poca relevancia para nosotros hoy en día, cuando reproducirse no es el objetivo primordial de aparearse, al menos de entrada, pero los circuitos que nos empujan siguen existiendo en nuestro ADN. Esto significa que, sin darnos cuenta, hay una serie de impulsos que conspiran para hacer que la elección de compañero no sea tan libre como pensamos.

En un artículo aparecido hace unas semanas en 'Nature Communications', unos científicos británicos explican que han estudiado los datos genéticos que hay en los bancos de su país y han descubierto una variante en una región del ADN (donde se encuentra un gen llamado ADH1B) que se asocia con el hecho de que las personas beban más alcohol y, además, se sientan atraídas por grandes bebedores como ellos. Es decir, los que tienen esa variante, tienen más probabilidades de terminar con alguien que también la tenga. Esto indica que la pasión por el alcohol estaría relacionada con la pareja que se elige inconscientemente, y no sería solo una cuestión social ni de convergencia (que uno se acabe pareciendo al otro después de haber convivido un tiempo), sino eminentemente genética.

Este fenómeno, que también se ve en otros animales, se conoce con el nombre de apareamiento selectivo, y se ha observado que se puede basar en varios parámetros, que definen características tan diferentes como la altura o la inteligencia. El apareamiento selectivo en humanos puede tener muchas causas. La más obvia, es una cuestión de oportunidades: nos acabamos juntando con la gente que tenemos más cerca, que probablemente tendrá un estatus socioeconómico, étnico y religioso parecido al nuestro y, por tanto, coincidirán con nosotros en muchos de estos aspectos. Esto, que a veces se denomina homogamia, sí tiene una base cultual. Pero tal y como demuestra el ejemplo que describíamos antes, una parte importante de la selección viene marcada por los genes, que nos impulsarían a reproducirse con individuos con un fenotipo próximo.

¿Qué utilidad tiene el apareamiento selectivo, sea de base genética o social? Se cree que podría haber evolucionado para favorecer características que faciliten la propagación de la especie. Por ejemplo, si un macho agresivo se empareja con una hembra agresiva, es más probable que las crías les salgan igual, lo que podría ayudarlas a sobrevivir. Pero también tiene muchas consecuencias no deseadas, como perpetuar rasgos negativos (el mismo caso del alcoholismo) y, sobre todo, las divisiones sociales. Para llevar la contraria a la naturaleza, estaría bien que la próxima vez que abramos Tinder hiciéramos 'likes' solo a personas con las que no tenemos nada en común.

[Publicado en El Periódico, 16/12/19.]

martes, 26 de noviembre de 2019

La gran equilibradora

Uno de los inventos más fascinantes de la humanidad es el concepto de igualdad, entendido como la culminación de una ideología teorizada ya en tiempo de los griegos antiguos, filtrada por los cambios iniciados en la Revolución francesa y desarrollada a fondo por el socialismo. Es un desafío descarado a la naturaleza: pervierte el sistema piramidal propio de los primates, con sus machos alfa acaparando poder y el resto repartiéndose las migajas, proponiendo una equiparación de derechos y oportunidades que va en contra de las leyes biológicas de nuestra rama de la evolución.

Porque aunque nos guste pensar lo contrario, las desigualdades no aparecieron cuando las sociedades se agrandaron y modernizaron, sino que nos venían dadas como parte del legado biológico de nuestros ancestros y, en todo caso, las hemos ido suavizando a medida que nos civilizábamos. Incluso antes de haber inventado la escritura ya se nos había ocurrido el tema de las castas, porque se han encontrado rastros de esta jerarquización en los inicios de la edad de bronce.

En un artículo reciente de la revista 'Science', un análisis genético de los restos de unos humanos que vivieron hace 4.000 años en el sur de Baviera demuestra que, dentro de un mismo hogar, vivían individuos de diferentes estatus. Mientras que los presuntos amos de la masía y sus descendientes eran enterrados con ornamentos lujosos y joyas, como correspondía en las clases altas de la época, a su lado han encontrado los que posiblemente eran sus esclavos o sirvientes, con quienes no tenían ningún vínculo biológico. Además, algunas mujeres ricas provenían de otras zonas, como indican ciertos marcadores genéticos, lo que sugiere que cuando se casaban tenían que dejar su entorno y pasaban a depender del marido.

Estos estudios sugieren que la estratificación de los humanos ya se hacía por motivos sanguíneos (y en detrimento de las mujeres) cuando vivíamos todavía en pequeños grupos, mucho antes de que aparecieran las estructuras sociales complejas propias de los entornos urbanos. La costumbre de considerar que unos son mejores que otros por el simple hecho de haber yacido en esta o aquella cuna todavía se mantiene en todo el mundo, aunque más diluida y no tan evidente. A pesar de que podemos encontrar vestigios arcaizantes de las variantes más extremas de estos hábitos, en forma de las tradiciones nobiliarias y monárquicas, las clases sociales son ahora más permeables. La causa es la implantación de los principios socialistas en el mundo civilizado, que fue haciendo que los privilegios de las élites se fueran moderando en favor de unos derechos humanos mínimos y universales.

Los efectos de esta revolución se han mantenido gracias a la fuerza del derecho a voto. Pero seguramente los promotores de la democracia no se pensaron nunca que los esfuerzos por empoderar al pueblo darían resultados como los que estamos viendo últimamente. La clave del sufragio universal es que desequilibra la balanza hacia los estratos desfavorecidos, porque siempre serán más numerosos. En un sistema donde la mayoría impone su hoja de ruta, la oligarquía tendría que tener los días contados. Y, en cambio, esto no pasa. Por motivos difíciles de entender, parece que a una parte del pueblo no le importa dejarse llevar por el campo magnético de la historia y gravitar felizmente hacia los organigramas injustos de toda la vida. ¿Con qué lógica se explica, por ejemplo, que buena parte de la clase baja americana votara con fe ciega a un representante prototípico de las élites extractivas como es Donald Trump?

Los efectos de esta revolución se han mantenido gracias a la fuerza del derecho a voto
Una cosa similar ha pasado en Brasil y está pasando en Europa. No hace falta mirar mucho más lejos que las últimas elecciones generales españolas. Hemos visto que se votaba a nobles encabezando listas de territorios que ni siquiera conocen o a políticos que pregonan un retorno a unos valores más propios de tiempos feudales, con la pérdida de una serie de las libertades que nos tendrían que parecer innegociables. Es sorprendente que el electorado caiga en unas trampas tan groseras. Especial mención merecerían todos los que regalan su voto a los partidos que los consideran ciudadanos de una categoría inferior, que no son ni mucho menos un número anecdótico. Parte del problema es también que políticos que, en principio, tendrían que actuar buscando el máximo beneficio por los trabajadores, acaben pasándose tranquilamente al otro lado llegando al punto de que se plantean la posibilidad de que una puerta giratoria les proporcione una jubilación anticipada y holgada.

Los humanos creamos la democracia para que fuera la gran equilibradora, no para dar alas a los que quieren volver a la edad de bronce. A ver si aprendemos a usarla bien de una vez.

[Publicado en El Periódico, 18/11/19. Versió en català.]

miércoles, 30 de octubre de 2019

Este planeta no necesita que lo salven

Parece que por fin empieza a haber una aceptación universal del hecho que nos acercamos a gran velocidad a una catástrofe ecológica y que hay que empezar a actuar seriamente para evitarla. Ya era hora. Gracias a la Cumbre sobre la Acción Climática que hubo en las Naciones Unidas el mes pasado, el tema ha sido portada de todos los medios y me gustaría aprovechar esta ocasión para hacer tres observaciones y un pronóstico.

La primera observación es que no hay que menospreciar nunca el poder de los símbolos. Los científicos llevan años alertando de la gravedad de la situación, tras haber llegado al consenso, primero, de que la Tierra se estaba calentando más rápidamente de la cuenta y, algo más tarde, de que la mayor parte de la culpa era de la actividad humana. Pero las conclusiones de los expertos a menudo se pasan por alto, sobre todo si no nos gusta lo que implican, por eso han tardado tanto en llegar a gran parte de la población. La puntilla no ha venido de la ciencia sino de una persona cualquiera que, por una serie de accidentes y maniobras, se ha convertido en la cara visible del movimiento. Siempre empatizarmos más con una adolescente enfadada acusándonos de haberla dejado sin futuro que con un sabio presentando un 'power point' lleno de datos irrefutables, y los que han sabido explotar esta peculiaridad humana para crear un símbolo que removiera las conciencias se merecen todo el agradecimiento.

La segunda es que, como diría Brossa, la gente no se da cuenta del poder que tiene y, añado yo, por eso no lo sabe usar. Por desgracia, el encuentro en la ONU ha dejado un legado práctico bastante exiguo, como sus predecesoras. Buenas intenciones pero pocas acciones útiles. Por mucho que millones de personas pidan un cambio, si no ejercen una presión real, la utopía siempre acabará chocando con la realidad. También hay que recordar que aunque protesten a la vez todos los menores del mundo no se moverá nada porque, por diseño, el sistema democrático los mantiene al margen: mientras no puedan votar, los políticos no tienen ningún incentivo para hacerles caso.

Los que gobiernan prefieren obedecer el capital, que siempre es el que mueve los hilos. Dos de los principales países contaminadores en este momento, la India y China, se hacen los locos con los compromisos porque están en medio de una revolución industrial que los tiene que llevar donde llegó Occidente hace ya medio siglo, y no creen que sea justo que les obliguen a cortarse las alas. Hay demasiada gente que debe salir beneficiada (y enriquecida). Del tercer gran contaminador, los Estados Unidos, podemos esperar bien poco: han hecho presidente un individuo que tiene como principal objetivo mantener felices a las élites económicas y, por su propio interés, no se alejará ni un milímetro de este programa. Un puñado de dólares siempre pesará más que miles de pancartas.

La última observación es que aunque lo disfrazamos de ecologismo altruista, la lucha contra el cambio climático no deja de ser puramente antropocéntrica. Nos hemos cansado de decir que estamos destruyendo el planeta y que estamos acabando con su riqueza biológica, pero el planeta no tiene ningún problema: lo tenemos nosotros. Si nos miramos la Tierra como una entidad global única, esa especie de gran sistema autorregulado que Lovelock llamó Gaia, lo que está pasando con el clima no tiene ninguna relevancia. Si se funde todo el hielo y los humanos nos ahogamos, Gaia seguirá estando llena de vida. Si antes hacemos desaparecer la mitad de las especies, a la biosfera le será indiferente: ya ha habido cinco extinciones masivas, con pérdidas de entre 75 y 96% de todos los seres vivos cada vez, y siempre se ha rehecho. A menos que consigamos hender la roca que nos sostiene a golpe de bomba atómica, los humanos no somos un verdadero peligro para la Tierra. Pero todo esto que desde el punto de Gaia es insignificante, desde el nuestro es el apocalipsis. Dejemos de pretender que los esfuerzos son para salvar el planeta: somos nosotros los que estamos en peligro. Esto debería ser motivación suficiente.

Termino con el pronóstico. Mientras las generaciones nacidas en la bonanza del siglo XX controlen el poder, la lucha contra el cambio climático avanzará a pasitos de hormiga. Pero cuando los ciudadanos del siglo XXI cojan el timón, las cosas cambiarán de una vez. Tengo la esperanza de que los jóvenes que han sido capaces de salir en masa a la calle a quejarse no se volverán unos cínicos cuando les llegue el momento de escuchar los cantos de sirena del capital. Porque si ellos también caen en la trampa, Gaia seguirá haciendo la suya, sin duda, pero puede que nosotros ya no estemos para tomar nota.

martes, 1 de octubre de 2019

¿Hay diferencias entre el cerebro de los hombres y el de las mujeres?

¿Hay diferencias entre el cerebro de los hombres y el de las mujeres? Esta pregunta se ha hecho muchas veces y la respuesta ha ido variando a lo largo del tiempo, a menudo más guiada por motivos sociales y políticos que por datos rigurosos. Ahora sabemos que lo de "los hombres son de Marte y las mujeres de Venus" es tan anacrónico como creer que solo utilizamos el 10% de las capacidades cerebrales o que las personas creativas hacen ir más el hemisferio derecho mientras que los que tienen tendencias reflexivas los predomina el izquierdo. No hay ninguna información empírica que corrobore estas teorías (mitos, deberíamos decir), a pesar de que están muy imbricadas en el imaginario colectivo.

Las diferencias físicas entre sexos es un tema de especial actualidad, gracias sobre todo a los nuevos movimientos feministas que, como que tienen que volver a luchar batallas que parecía que ya se habían ganado hacía una generación, han tenido que recurrir a argumentos científicos para defender lo que debería ser obvio. Es sorprendente que hoy en día todavía haya gente que crea que, por el simple hecho de ser una mujer, alguien no pueda realizar cualquier tarea intelectual con igual eficacia que un hombre. Pero haciendo un esfuerzo para desmentir estas falacias, a veces cometemos el mismo error por el otro lado, el de pretender que hombres y mujeres somos biológicamente idénticos.
Por ejemplo, se ha usado mucho un estudio que demostraba que no se puede distinguir macroscópicamente el cerebro masculino del femenino, publicado en el 2015 por el grupo de Yaniv Assaf en la revista 'PNAS', para proclamar que, en este aspecto, somos iguales. No es así porque, debido a los niveles específicos de hormonas que nos corren por la sangre, hay variaciones funcionales según el género. Pasa en todos los órganos, aunque los cambios no se observen a simple vista, y el cerebro no es ninguna excepción.

Un hecho particularmente interesante es que las mujeres suelan tener peores notas en los exámenes de matemáticas o ciencias y mejores en los verbales, como demuestran los informes PISA. Esto parece que reforzaría algunos estereotipos sexistas, pero un trabajo publicado hace unas semanas en 'Nature Communications' por Pau Balart, de la Universitat de les Illes Balears, propone que la razón no es que las mujeres sean genéticamente discapacitadas para las asignaturas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, por sus siglas en inglés), porque si se hacen tests bastante largos, las diferencias entre sexos desaparecen. A partir las de dos horas, se igualan los resultados en la mayoría de los 74 países analizados, y en algunos lugares, cuanto más largas son estas pruebas de matemáticas, mejores resultados sacan las mujeres que los hombres.

¿A qué conclusión debemos llegar? Para empezar, que la forma como medimos una capacidad puede influir de manera decisiva en los datos que obtenemos, enmascarando la realidad. Esto es cierto para los exámenes clásicos, que suelen valorar una serie de competencias en condiciones artificiales que poco tienen que ver con la vida real. Por este motivo, cada vez se tiende más a evaluar los estudiantes usando un rango amplio de tests que no sesguen por motivos irrelevantes, como por ejemplo el tiempo que dura una prueba o las habilidades puramente memorísticas. El artículo también sugiere que las mujeres pueden pensar al máximo rendimiento durante tiempos más prolongados, lo que les podría dar una cierta ventaja en algunas tareas de responsabilidad.

Que los cerebros trabajan y responden de formas diferentes según el género es una afirmación que no debería sorprender a nadie. El cuerpo de una mujer es distinto al de un hombre, y no solo morfológicamente. Hace mucho tiempo que se sabe que el hígado, el corazón o el sistema inmune, por citar los ejemplos más conocidos, se comportan de una manera u otra según la cantidad de testosterona y estrógenos, y es lógico que las neuronas también sigan este patrón. Naturalmente, aquí no debemos deducir que unos sean menos inteligentes que los demás o que no puedan exceler en unas profesiones concretas. Como explica el artículo, podemos llegar al mismo lugar, lo que pasa es que tal vez utilizaremos caminos alternativos, en relación a nuestras particularidades funcionales.

Discriminar por género es absurdo, pero también lo es pretender que hombres y mujeres tenemos por defecto las mismas habilidades. En cualquier disciplina, lo que hay que hacer es fomentar los entornos que permitan sacar provecho de las cualidades particulares de los dos bandos sin poner barreras de género por motivos sociales, y dejar que elijamos el camino que más nos atraiga, independientemente de presiones culturales anticuadas. Por el bien de la sociedad, que tengamos uno o dos cromosomas X no debería verse más como una ventaja o una limitación.

[Publicado en El Periódico, 21/09/19]

viernes, 26 de julio de 2019

Los debates que realmente deberían importarnos

Últimamente, la política nos monopoliza el interés. El recambio que ha habido en parlamentos, diputaciones y ayuntamientos ha provocado una sobredosis de elecciones que están chupando buena parte de nuestra atención. Es normal que nos preocupe qué pasará durante los próximos años, quién tomará las decisiones importantes y qué impacto tendrá esto en el colectivo al que pertenecemos. Pero este revuelo político tapa otros debates esenciales que deberíamos tener inmediatamente. Hay uno, en concreto, que debería ocupar portadas de todos los diarios pero solo aparece discretamente en las secciones de ciencia. Hablo de que ya podemos manipular genéticamente embriones humanos y que tenemos que decidir si esto es deseable o debe prohibirse.

Cuando a finales del año pasado He Jiankui anunció que habían nacido dos gemelas a las que había eliminado un gen, abrió una caja de Pandora de la que pueden salir todo tipo de monstruos. Aquella noticia provocó un rechazo instantáneo y global porque había sido un experimento irresponsable: no solucionaba necesariamente el problema que quería tratar (la posible transmisión del virus del sida a los hijos), existían otras formas de hacerlo menos invasivas y no había tenido en cuenta los posibles efectos secundarios para aquellas niñas y todos sus descendientes. A pesar de que fue fácil ponerse de acuerdo en que aquello era un error, lo que está pasando ahora es bastante diferente.

Hablaba en mi último artículo de que el biólogo ruso Denis Rebrikov anunció en junio que quería repetir el experimento de He y ya había pedido los permisos a las autoridades. En solo un mes, la cuestión ha dado un giro de 180 grados. Cuando todo el mundo puso el grito en el cielo, Rebrikov propuso una variante: eliminar el gen de la sordera que heredan indefectiblemente los hijos de parejas en las que ambos sufren esta condición. Los parámetros son otros: ahora estamos hablando de una deficiencia que no se puede evitar (ni siquiera seleccionando embriones por fecundación in vitro) y que no tiene cura. ¿Es aceptable la manipulación de embriones en este supuesto? La respuesta no ha sido tan clara.

Por un lado, se puede defender que el beneficio para los afectados lo justifica. Pero la sordera no es una enfermedad mortal: hay millones de sordos viviendo con toda normalidad. De hecho, muchos de ellos no consideran que tengan una deficiencia, sino una peculiaridad física como otra, y querrían que sus descendientes fueran también parte de esta comunidad. Vamos un paso más allá. ¿Deben tomar los padres estas decisiones en nombre de los hijos que todavía no han nacido o se debe tratar como una cuestión de salud pública? ¿Dónde dibujamos la raya que define qué 'defectos' se deberían permitir (o incluso obligar a) eliminar de los embriones? Es cierto que todavía no controlamos bastante la técnica y no sabemos a qué consecuencias indeseables podríamos estar condenando estos niños, lo que debería ser suficiente para aceptar una moratoria. Pero no parece que eso importe mucho a personas como He y Rebrikov. Por eso estos temas deben considerarse con urgencia.

Últimamente hemos visto en la televisión una serie de debates en los que se suponía que los candidatos nos tenían que explicar por qué sus programas eran mejores que los de los demás. En su lugar, acababan dando un triste espectáculo de reproches e insultos con poca utilidad práctica para el votante que ha de escoger al que más se adapte a sus intereses. En lugar de invertir el 'prime time' en ejercicios estériles como estos, los medios deberían tomar conciencia de la responsabilidad que tienen de hacer llegar al gran público las preguntas más importantes en este momento, las que pueden cambiar el futuro de toda la humanidad, aunque que pueda sonar exagerado.

Lo que me gustaría ver después del telediario es una mesa redonda con expertos de todos los ámbitos (medicina, ética, filosofía, economía, sociología...), representando las corrientes ideológicas principales, que discutieran cómo debe ser el humano del siglo XXI. Y, una vez bien informados, el público general podría entonces expresar su opinión. No estamos hablando de la política municipal de los próximos cuatro años, sino de cómo será el 'Homo sapiens' a partir de ahora. Es un tema suficientemente importante como para que nos impliquemos todos. En lugar de centrarnos tanto en el circo de elegir a los próximos líderes, deberíamos reclamar que se hablara también de temas que trascienden el futuro inmediato. Si no, nos encontraremos con que alguien ha aprovechado el vacío legal para hacer lo que ha creído más conveniente. Y entonces ya será demasiado tarde.

[Publicado en El Periódico, 20-7-19. Versió en català]

martes, 2 de julio de 2019

Los límites de los modelos políticos actuales

Estos días hemos tenido asientos de primera fila para ver el espectáculo de la democracia en funcionamiento. Tras participar en diferentes niveles, desde las estructuras locales al proyecto siempre en construcción de Europa, ahora contemplamos las consecuencias de haber ejercido el derecho al sufragio. Cuando uno deposita la papeleta en la urna, lo hace convencido de que servirá para mejorar la sociedad (o al menos para no estropearla más), aunque no sepa cómo se implementará este deseo. Esto es trabajo de los políticos que, como representantes del pueblo, reciben el poder de tomar las decisiones necesarias para cumplir el programa que quieren los votantes.

Y aquí es cuando se empiezan a torcer las cosas, porque a los políticos les gusta su trabajo y no quieren perderlo. Por eso el baile de pactos poselectorales es poco edificante, con gente más preocupada por aferrarse a la silla que en casarse con quienes son ideológicamente más compatibles. Es un problema para las políticas científicas, que requieren una planificación a largo plazo, imposible de llevar a cabo cuando quien está al timón solo piensa en cómo sobrevivirá los próximos cuatro años, qué principios debe vender para obtener el apoyo que le falta y cómo deshará el trabajo del antecesor que le cae mal.

Ninguno de los modelos políticos vigentes es perfecto, ni siquiera la democracia (y menos cuando algunos países la doblegan para justificar acciones dudosas), y es urgente que los pongamos un parche antes de que se nos hunda el barco donde viajamos todos los humanos. Hay decisiones que deberían tomarse de forma consensuada, informada y prolongada, y esto requiere estructuras que trasciendan los formatos de gobierno locales y globales que tenemos actualmente. Me explico con unos ejemplos.

Hace unas semanas, el Gobierno de China aprobó que algunos hospitales ofrecieran terapias generadas a partir de células de los propios pacientes sin tener que pasar por la comisión reguladora nacional. Inmediatamente, expertos en medicina, ciencia y ética de todo el mundo pidieron que lo reconsideraran por el peligro que comportaba: homologar tratamientos que no se puede garantizar que son eficaces ni seguros. Esto ya se está haciendo a escondidas, y ha habido complicaciones graves e incluso muertes tras terapias ilegales con células madre, sin que se haya demostrado ningún resultado exitoso. ¿Quién tiene que tener la última palabra? ¿Quienes entienden más sobre el tema o el político de turno, que tiene el poder pero no los conocimientos adecuados, ni ha recurrido a los asesores pertinentes, ni parece demasiado preocupado por las consecuencias a largo plazo?

Otro caso. Después de que el doctor He Jiankui modificara genéticamente unos embriones humanos, saltándose todas las normas éticas (y algunas leyes), los expertos se le lanzaron encima. La condena fue unánime, incluso antes de que se supiera que cuando He desconectó el gen CCR5 a las gemelas quizás sí las protegió contra el VIH, pero también aumentó las posibilidades de que murieran antes que el resto, como se descubrió hace unos días. Ahora ha salido un biólogo ruso ávido de fama que dice que quiere repetir la jugada, y ya ha pedido los permisos a su gobierno. ¿Se lo darán? Una decisión así no puede estar en manos de funcionarios que crean que es una buena idea mientras todos los que entienden se ponen las manos en la cabeza sin poder hacer nada.

Esto ocurre en países con poca transparencia, pero el problema también lo tienen los más democráticos. Pensemos por ejemplo en cómo han cambiado las políticas científicas con cada presidente de EEUU, el último de ellos silenciando los expertos en cambio climático para favorecer los intereses comerciales de las élites de su país. El calentamiento global no es una cuestión de creérselo o no, y el planeta no puede estar pendiente de qué lobi tiene más influencia sobre los dirigentes en los momentos críticos.

En estos temas, el sistema no funciona. No podemos dejar que los políticos, en representación del pueblo, pasen resoluciones que tendrán un impacto en el futuro de la especie, con el riesgo de que el populismo y los intereses personales inclinen la balanza hacia el lado equivocado. Quizá hay que rescatar parcialmente el concepto de la noocracia platónica: que en ciertos asuntos sean los expertos quienes manden; que basen sus decisiones en hechos, no en suposiciones; que contemplen desde las sensibilidades más conservadoras a las progresistas; que marquen directrices estables respetadas por todos. Porque continuar confiando de los modelos políticos actuales en lo que respecta a la ciencia plantea un panorama no demasiado esperanzador.

[Publicado en El Periódico, 22/06/19. Versió en català.]