lunes, 23 de mayo de 2016

La arrogancia de los científicos

Últimamente ha habido un revuelo mediático en torno a las terapias alternativas, a raíz de la cancelación, hace unos meses, del máster de homeopatía de la Universitat de Barcelona y, poco después, de su homólogo en la Universidad de València. Que la noticia sea esa y no que una universidad haya sido capaz de mantener un curso seudocientífico durante 13 años (o que el Col·legi Oficial de Metges de Barcelona tenga una sección de homeopatía desde hace 25) es una muestra de la gravedad del problema.

Podríamos calificar de bienintencionados los esfuerzos que diferentes medios y organizaciones han hecho estos días para presentar un debate entre las dos partes implicadas en la polémica, pero en realidad es un desacierto de consecuencias nefastas. La principal es que perpetúa la idea nociva de que en este tema existe la posibilidad de una discusión entre iguales que genere diversidad de opiniones.

Si alguien dijera que la Tierra es plana, ¿le haríamos salir en la televisión a discutir a un astrofísico la forma que tiene nuestro planeta? Si eso nos parece absurdo, ¿por qué seguimos proporcionando altavoces a la homeopatía, que no ha podido demostrar nada de lo que defiende? Que los medios no sepan distinguir entre realidad y fantasías solo contribuye a desinformar y a hacer la bola más grande.

El invento más grande de la humanidad, después del lenguaje, es el método científico. No hay nada que nos haya permitido avanzar tanto como el simple esquema de observar, proponer hipótesis, testarlas y refinarlas hasta poder construir una teoría. Es una receta simple que ya usaban egipcios, griegos y árabes con más o menos acierto, pero que no llegó a estallar del todo hasta la Revolución Científica, que culminó con las grandes obras de Galileo y Newton.

El método científico es el único sistema que hemos descubierto, de momento, que nos permite acercarnos a la verdad. Nuestro conocimiento tiene lagunas, sin duda, pero gracias a la ciencia sabemos con certeza muchas cosas que nos permiten entender el universo en el que vivimos. No es una cuestión de fe, sino de hechos.

Este tipo de afirmaciones a menudo provocan que los que no están de acuerdo te califiquen de dogmático o arrogante, no por la forma de argumentarlo, que puede ser más o menos afortunada, sino por pretender tener acceso a la verdad absoluta. Pero nos guste o no, la realidad es solo una y no está sujeta a opiniones. Lo que es variable es la forma de entenderla, por eso es tan importante ser estrictos a la hora de descartar las alternativas que no tienen sentido. Si las fresas son rojas, y puedes demostrar experimentalmente que lo son, cualquier grupo de personas que te diga que son amarillas estará equivocado, lisa y llanamente, aunque lleven más de 200 años creyéndoselo y se hayan inventado una excusa muy trabajada para justificarlo.

Por lo tanto, poner en la misma mesa a un científico y a alguien que defiende la memoria del agua no es un debate, es un insulto a la inteligencia colectiva de nuestra especie, construida meticulosamente a lo largo de milenios. No importa que sea un premio Nobel como Luc Montagnier, presente en un congreso homeopático en San Sebastián hace unos días, quien apoye estas ideas. No es el único ejemplo de un sabio que ha metido la pata cuando se ha alejado del método científico para poder seguir mejor sus creencias.

¿Funciona la homeopatía? Claro que sí. Se ha comprobado que no es más que una forma de disparar el efecto placebo, que tiene un impacto biológico real e importante. Esto no se debe despreciar nunca y es el auténtico secreto de su éxito: los homeópatas han sabido ocupar un espacio vital antes reservado al médico, el de ser quien escucha al enfermo y le da apoyo moral y esperanza. La progresiva deshumanización de la medicina, que se impone en los sistemas públicos eternamente sobrecargados, abre la puerta a proveedores alternativos, que entonces aprovechan para vendernos sus cuentos chinos. Una de las maneras de cerrar el paso a las seudociencias sería que las ciencias hicieran bien su trabajo.

El gran riesgo de despreciar a los científicos es caer en la trampa de la ignorancia. Un ejemplo es la reciente decisión del Gobierno de Brasil de aprobar, en respuesta a la presión popular, el uso de la fosfoetanolamina sintética para tratar el cáncer, a pesar de que en los últimos 20 años no se haya conseguido probar científicamente que funcione. Hay decisiones que se deben dejar a los expertos si no queremos hacernos daño, porque parece que si suficiente gente se deja engañar podríamos conseguir que incluso se declare oficialmente nulo el Teorema de Pitágoras. Quizá la ciencia tiene un problema de imagen y de comunicación, pero la verdadera arrogancia es pretender que podemos prescindir de ella.

[Publicado en El Periódico, 15/05/16. Versió en català.] 

martes, 26 de abril de 2016

Una cuestión peluda

Si un día el médico te dice que sufres sinefridia, lo más posible es que creas que has cogido una enfermedad grave. Pero detrás de esta palabra malsonante solo se esconde un problema estético, que afecta a hombres y mujeres: ser cejijunto. A pesar de que se asocia con trastornos graves, como el Síndrome de Cornelia de Lange, la mayoría de veces tener una sola ceja puede ser feo, pero es totalmente inofensivo. Además, se cura fácilmente con unas pinzas o un poco de cera aplicadas repetidamente. O quizá ni hace falta: muchos famosos han optado por lucirla orgullosos en algún momento de su carrera, desde George Bush a George Harrison, pasando por Brad Pitt, Shakira y la cejijunta más famosa de todos, Frida Kahlo, que lo convirtió en un símbolo identitario. No parece, pues, que deba ser especialmente urgente para el mundo científico determinar qué define la densidad pilosa de las cejas de cada uno.

Pero esto es precisamente lo que ha hecho un grupo de investigadores dirigido por Andrés Ruiz-Linares, de la University College London. En un artículo publicado recientemente en la revista 'Nature Communications', revelan que el grosor de las cejas y su tendencia a juntarse depende en buena parte de qué variante del gen PAX3 hemos heredado. Encontrar el 'gen de la sinefridia' no pasaría de ser una curiosidad si no fuera porque el mismo estudio también identifica otros parámetros relacionados con el tema, como los genes que influyen en el espesor de la barba, la facilidad de acumular canas, si se tiene el cabello liso o rizado, etc. Aquí es cuando las cosas empiezan a ponerse interesantes.

Es la primera vez que se hace un análisis tan completo de la relación entre el genoma y los pelos que nos recubren el cuerpo. Es más útil de lo que pueda parecer a primera vista porque, como sabe todo el mundo que se ha fijado un poco, los patrones capilares están muy ligados a los diferentes grupos étnicos que pueblan la Tierra y, por tanto, son una especie de punta visible del iceberg. Por ejemplo, la mayoría de chinos tienen el cabello liso y negro, mientras que en el África subsahariana es rizado y en las zonas nórdicas principalmente rubio.

A pesar de esta relación obvia con la genética, aunque nadie había estudiado determinadas diferencias. Sí que se habían descubierto algunos genes relacionados con la calvicie o el color del cabello, pero esta vez el equipo del doctor Ruiz-Linares ha ido más lejos y ha analizado el ADN de más de 6.000 voluntarios sudamericanos, de cinco países (Brasil, Colombia, Chile, México y Perú) y etnias diferentes (de origen europeo, africano o americano). Lo que al final emerge del complejo estudio es un perfil genético que puede predecir de forma bastante precisa algunos aspectos clave de la apariencia de una persona.

Esta información se puede utilizar de varias maneras. Para empezar, nos ayudará a entender la evolución de los humanos. El hecho de que en unas zonas del planeta predominen una serie de genes y el tipo de cabello que se asocia a ellos puede ser la consecuencia de una adaptación al clima o simplemente una selección debido a preferencias sexuales totalmente aleatorias, que han hecho que cierta distribución de pelos se considerara más atractiva. El ADN nos lo dirá.

También podrían haber aplicaciones más prosaicas. Si se sabe qué hace que el pelo se rice o se emblanquezca prematuramente, se podría buscar una manera de impedir que ocurra antes de que se formen los nuevo cabellos. Y los cejijuntos podrían ahorrarse tiempo y dinero en depilaciones si se descubriera cómo controlar el PAX3. La industria de los cosméticos tendrá un nuevo camino para explorar.

Pero quizá el uso más inmediato lo hará la policía científica. Con una pequeña muestra biológica recogida en la escena del crimen, se podrá predecir mucho mejor el aspecto del sospechoso, por lo menos qué tipo de cabello tiene y si es muy o poco peludo. Esto, junto con otra información que ya sabemos cómo extraer de los genes, como por ejemplo una predicción de la altura o el color de ojos y de piel, permitirá hacer retratos robot muy cuidadosos sin necesidad de testigos ni dibujantes que interpreten sus recuerdos .

En la era post-Snowden, a unos les preocupa que los gobiernos y las multinacionales acumulen 'terabytes' de datos sobre sus vidas, por insustanciales que parezcan, y a otros que la histórica opacidad de entidades financieras de ética dudosa ya no pueda ser garantizada. Pero lo que realmente asusta es que, a lo largo del día, dejamos ir por todas partes miles de muestras que contienen una cantidad ingente de información sobre nosotros, que ni siquiera conocemos entera. Y ahora estamos aprendiendo a leerla. Es como si fuéramos perdiendo el DNI en cada esquina. Las consecuencias futuras para la privacidad de los individuos son, hoy por hoy, imprevisibles.

[Publicado en El Periódico, 17/04/16. Versió en català.] 

martes, 29 de marzo de 2016

Yo soy yo y mis bacterias

Cuando hablamos de bacterias, lo primero que nos viene a la mente es la palabra 'enfermedad'. La gonorrea, la sífilis, el tétanos, la tuberculosis, el tifus, el cólera, la difteria, algunas neumonías y meningitis, la salmonelosis, la legionelosis y muchas otras infecciones terribles y conocidas por todos están causadas por estos microbios. Pero el impacto que tienen en el ser humano va mucho más allá de brotes y epidemias mortales: un buen número de bacterias son, en realidad, grandes aliados nuestros, unos compañeros de viaje tan bien compenetrados con sus huéspedes que, como confirman una serie de descubrimientos recientes, se han acabado convirtiendo en una parte esencial de nosotros.

Hace tiempo que sabemos que las bacterias son los reyes de este planeta. Fueron los primeros pobladores, hace unos 4.000 millones de años, y aquellos microorganismos primitivos acabaron convirtiéndose en los ancestros de todas las formas de vida que conocemos. Son capaces de adaptarse a cualquier condición, por adversa que sea, hasta el punto de que, si algún día los humanos nos cargamos la Tierra, es muy probable que las bacterias sobrevivan a la catástrofe. Del más de un millón de tipos diferentes que se conocen, solo un millar y medio causan enfermedades. El resto coexiste pacíficamente con nosotros. Es más: varios centenares de estas especies benévolas viven dentro y encima nuestro y colaboran estrechamente en muchas de las funciones diarias del cuerpo.

Esta simbiosis quedó cuantificada cuando, en 1972, se calculó que un humano adulto tendría diez veces más bacterias que células propias. Un artículo publicado en enero en la revista 'Cell' presenta un análisis más riguroso que lo deja en una sola bacteria por cada célula humana. Sea como sea, es un número fenomenalmente grande (un número uno seguido de 13 o 14 ceros). Es lógico deducir que este ejército de microbios que acarreamos por todas partes debe tener algún tipo de efecto en nuestra fisiología. Y así es: en los últimos años hemos descubierto que el 'microbioma humano' (el conjunto de de microbios que habitan un cuerpo) juega un papel clave en procesos digestivos, en protegernos de sus congéneres 'malo's e incluso en determinar la tendencia que tenemos a engordar.

La importancia de tener un microbioma sano y equilibrado incluso ha hecho que algunos expertos propongan que a los niños nacidos por cesárea se les debería exponer artificialmente a las bacterias vaginales de sus madres para que la flora que los empiece a colonizar sea ​​lo más parecida posible a la que se consigue en un parto natural. En un artículo publicado en 'Nature medicine' el mes pasado se confirma que este procedimiento restablece las bacterias que no se adquieren con la cesárea. Todavía no se sabe si tendrá consecuencias positivas en la salud, pero se cree que podría reducir los casos de obesidad y asma, que son más frecuentes en estos niños.

Relacionado con esto, también se está tratando de definir una 'terapia bacteriana' que se pueda aplicar a los cerca de 180 millones de niños que sufren desnutrición. Tres estudios publicados en 'Science' y 'Cell' este febrero demuestran que tener el microbioma adecuado puede ayudar al desarrollo, incluso cuando la alimentación es escasa, gracias a cómo las bacterias modulan los niveles de varias hormonas. La flora de los intestinos de los niños malnutridos es más inmadura que la que les tocaría por su edad y, al menos en ratones, cuando se les 'trasplantan' las bacterias adecuadas recuperan la masa muscular y ósea.

La policía científica también se beneficiará de los nuevos conocimientos sobre las bacterias. Por ejemplo, algunos estudios han revelado que el microbioma de cada uno es lo suficientemente diferente como para constituir una especie de huella única e intransferible. Con las herramientas adecuadas podríamos averiguar quién ha estado en la escena de un crimen solo determinando qué bacterias ha dejado allí.

Son técnicas basadas en leer el ADN de los microbios y todavía están en fase experimental, pero no sería de extrañar que, en un futuro más o menos próximo, existiera una base de datos con el microbioma de los criminales, como tenemos una con las huellas dactilares o, en algunos lugares, con el ADN. Además, el estudio de los microbios presentes en un cadáver nos podrá decir con mucha exactitud cuándo murió esa persona.

Cada vez es más obvio que, parafraseando la máxima de Ortega y Gasset, yo soy yo y mis bacterias. La relevancia que tienen en nuestra vida es sorprendente, hasta el punto de influir decisivamente en la salud y formar parte de nuestro carnet de identidad. La próxima vez que alguien les hable de bacterias, no piensen solo en enfermedades: recuerden también todo lo bueno que hacen por nosotros y hasta qué punto somos inseparables.

[Publicado en El Periódico, 19/023/16. Versió en català.] 

lunes, 29 de febrero de 2016

Sobre el sexo y la igualdad

El sexo es un gran invento. Desde el punto de vista biológico, quiero decir. Lo hacen los pájaros, lo hacen las abejas e incluso las plantas y las bacterias. Si la evolución no hubiera dado con este sistema para conseguir que los seres vivos se multipliquen, la Tierra no disfrutaría de la inmensa diversidad que actualmente la puebla. Y a pesar de su impacto fenomenal, la idea básica es muy simple. Porque si prescindimos de toda la parafernalia que lo rodea, desde la complejidad morfológica de los aparatos reproductores a los coloreados rituales de apareamiento, el sexo no deja de ser un mecanismo para mezclar fragmentos de ADN, lo que, como consecuencia, crea combinaciones únicas en cada nueva generación.

Uno de los efectos secundarios del sexo es que fuerza la distinción de dos subtipos dentro de una misma especie, lo que llamamos machos y hembras. La principal divergencia entre ellos es el papel que adoptan en el intercambio de información genética que tiene lugar durante la actividad sexual. Pero en la mayoría de animales esto también está relacionado con una serie de atributos físicos que condicionan muchas de las funciones de aquel individuo, entre ellas las relacionadas con cómo contribuye a la gestación y el cuidado de las crías. Así es como nos ha hecho la Naturaleza. Claro que a nosotros, los humanos, nos importan un bledo los planes que tenía la Naturaleza. Nos ha costado unos cuantos milenios, pero al final hemos encontrado la forma de aproximarnos a todo lo que rodea al sexo de la manera que más le conviene a cada uno, independientemente de los dictados de la biología. O al menos, eso es lo que se supone que ocurre en las sociedades avanzadas.

Rebelarnos contra el encasillamiento social por motivos sexuales es uno de los hitos de la cultura moderna, pero a veces nos lleva a negar obviedades. La principal: que hombres y mujeres somos diferentes. La ciencia es la primera que crea confusión. Por ejemplo, un estudio de noviembre del año pasado, realizado en 1.400 voluntarios, concluía que los cerebros de los hombres y las mujeres son físicamente muy parecidos. Algunos lo han considerado como la prueba definitiva de que la mujer no es inferior intelectualmente al hombre, como por desgracia se ha defendido durante siglos, pero eso ya lo sabíamos hace tiempo. Los mismos autores lo vendían como el fin de la distinción entre macho y hembra, que quizá es un poco excesivo. No debemos perder de vista que hay tendencias y susceptibilidades más frecuentes en uno de los dos sexos que no se pueden explicar solo por la presión social. Este trabajo en realidad no nos dice que no haya ciertas peculiaridades cerebrales ligadas al género, sino que su razón no es macroscópica.

A nivel genético, los determinantes de las diferencias también son sutiles. Hace un par de años, un grupo de científicos demostró que solo se necesitan dos genes del cromosoma Y (el que es propio de los hombres) para que un ratón macho pueda tener descendencia. A finales de enero, el mismo equipo iba un poco más lejos: habían logrado sustituir la función de estos dos genes activando otros que hay en el cromosoma X (del que las mujeres tienen dos copias). Así demostraban que, si ayudamos con técnicas de reproducción asistida, podríamos prescindir totalmente del cromosoma Y por el sexo. Esto se ha interpretado como una estocada mortal al símbolo máximo de la masculinidad, como si el hecho de que sean necesarios pocos genes para una de las funciones específicas del hombre sea un demérito. En el genoma tenemos más de un gen sin el cual no dejaríamos de ser un embrión a medio formar. Y más de uno sin el cual no viviríamos pasada la adolescencia. Que solo un par de genes justifique que haya una división de géneros no quiere decir que las distinciones entre uno y otro no sean sustanciales.

Tal vez solo estamos separados por un cromosoma medio anquilosado, pero es una de las cosas que hacen que la vida en este planeta sea tan interesante. Somos físicamente diferentes, tenemos intereses y deseos diferentes, y nos comportamos de manera diferente, y eso no tiene nada de indeseable. A veces nos obsesionamos en encontrar justificaciones científicas para una igualdad biológica entre sexos que ni existe ni nos solucionará ningún problema. En lugar de eso, deberíamos reconocer primero que estas diferencias son reales y luego dejar que cada uno las gestione como mejor le parezca, sin que sirvan nunca de excusa para dirigir o limitar las opciones y las elecciones de ninguna persona. No se trata de conseguir que todos los hombres y las mujeres hagamos exactamente lo mismo, sino de que todo el mundo pueda hacer lo que le apetezca como le apetezca, al margen de las imposiciones genéticas o del condicionamiento social al que estamos sometidos desde que nacemos. Esta es la verdadera igualdad a la que debemos aspirar. 

[Publicado en El Periódico, 21/02/16. Versió en català.] 

martes, 23 de febrero de 2016

Dios y el nacimiento de la justicia

Uno de los problemas que ha planteado la filosofía a lo largo de los siglos es hasta qué punto el hombre es un animal moral. ¿Nacemos con un sentido de justicia impreso en los circuitos o la adquirimos gracias a la socialización? Es un interés comprensible, porque esta es uno de los eslabones esenciales para la cooperación entre humanos, sin la cual no podría existir ninguna forma de cultura o progreso. Como en muchos otros terrenos que antes estaban reservados a pensadores que proponían hipótesis en un entorno puramente teórico, ahora la ciencia nos permite atacar este tipo de dudas usando una aproximación experimental, centrada en datos reproducibles, que nos proporciona respuestas más ajustadas a la realidad que las de los filósofos clásicos.

Uno de estos estudios lo hicieron recientemente un grupo de psicólogos dirigido por Katherine McAuliffe, del Boston College, en Massachusetts. Su objetivo era entender a qué edad se forma el concepto de justicia en nuestra mente y si hay diferencias que vengan determinadas por el entorno cultural. Muchos de los análisis sobre el tema se han limitado a examinar habitantes de zonas industrializadas de Occidente, por eso esta vez optaron por hacerlo con casi 2.000 niños de siete países diferentes, distribuidos en tres continentes (Estados Unidos, Canadá, México, Perú, India, Senegal y Uganda), y con variedad de religiones (católicos, protestantes, hindús, musulmanes) y entornos (rural y urbano). Tenían edades comprendidas entre los 4 y los 15 años, y los agruparon en parejas.

Uno de los voluntarios escogía como repartir unas golosinas: a partes iguales, o la mayoría para uno de ellos y solo unas pocas para el otro. Su compañero debía decidir entonces si aceptaba la oferta o no. Si decía que sí, se podían comer los caramelos que les habían tocado; en caso negativo, ninguno de los dos recibía el premio. El ejercicio permite comprobar de forma sencilla las bases morales de los chicos, ya que los repartos desiguales generan respuestas de rechazo con más frecuencia cuando se empieza a tener claro el concepto de lo que es justo y lo que no.

Los resultados de la prueba, publicados en la revista 'Nature' el pasado mes de noviembre, son interesantes. Para empezar, los niños de todos los países analizados desecharon los ofrecimientos que les ponían a ellos en desventaja, no muy a menudo cuando tenían 4 años pero cada vez más a medida que aumentaba la edad de los participantes. Este incremento era siempre obvio, aunque en lugares como México evolucionaba lentamente.

De aquí se puede deducir que el sentido de justicia aparece transversalmente y aproximadamente a la misma edad, y también que las normas se acaban solidificando alrededor del inicio de la escolarización básica. Pero en Estados Unidos, Canadá y Uganda, surgía otro fenómeno: los chicos mayores también manifestaban su negativa si los beneficiados en la propuesta del repartidor eran ellos mismos.

Quejarse por recibir un trato injusto es una reacción universal y espontánea que se desarrolla en breve, mientras que el impulso de defender al prójimo tarda en emerger, con toda seguridad porque depende de factores culturales. Hay que tener presente que la mayoría de países exhiben esta segunda variante de justicia, lo que quiere decir que en los casos que no se forma durante la niñez, lo debe hacer a partir de la adolescencia. Que el sentido de lo que es justo varíe según las sociedades, al menos en los matices, ya se sabía. Pero este estudio demuestra que las discrepancias resultan evidentes desde los años formativos y que, a pesar de que algunas partes del concepto se diría que tienen una fuerte influencia cultural, otras quizá no tanto.

Se podría pensar que un motivo de las divergencias es la variedad en las religiones que han alimentado la creación de las diversas culturas. Pero a pesar de que las creencias parecen diferentes, todas tienen algo en común: la existencia de una o varias entidades omniscientes que castigan a los que se desvían de lo que es justo. En cambio, en los grupos de humanos primitivos, poco numerosos, las divinidades estaban más ligadas a la naturaleza y menos en las relaciones sociales.

A pesar de todo el daño que la religión organizada ha hecho a lo largo de los siglos, algunos proponen que jugó un papel indispensable en el principio del establecimiento de las sociedades, reforzando la implantación de un sistema justo que permitía la cooperación a gran escala. Posiblemente debido a esta necesidad ahora entendemos la justicia de manera similar en todo el mundo. Los animales, al menos los más evolucionados, también tienen un concepto de justicia primario. Pero quizá lo que nos diferencia de ellos es que hemos conseguido creer en dioses autoritarios, en el formato que sea, y bajo su vigilancia hemos sido capaces construir un tejido social enormemente complejo
[Publicado en El Periódico, 11/7/15. Versió en català.]

martes, 12 de enero de 2016

El placer psicológico de comer

Nauru es una isla de la Micronesia de poco más de 20 kilómetros cuadrados que tiene el dudoso honor de ser el lugar del mundo donde hay un mayor porcentaje de obesidad: casi el 95% de sus 10.000 habitantes. No es solo un problema local: de la lista de los diez países con más obesos, ocho son islas del Pacífico. Esta coincidencia se puede explicar porque los primeros humanos que llegaron tuvieron que sobrevivir una larga travesía marítima, durante la que murieron de hambre la mayoría de exploradores. Solo los que tenían la suerte de poder pasar con menos comida salieron adelante. Esto es un ejemplo de embudo evolutivo, un hecho dramático concreto que selecciona a los individuos más adaptados a las condiciones extremas del entorno, en este caso la falta de alimentos.

Pero con el paso de los años, el metabolismo lento de los colonos que habían logrado establecerse en las islas se ha vuelto en su contra. Cuando adoptaron la dieta occidental moderna, tan hipercalórica, acumularon los excedentes en forma de grasa. El resultado es una epidemia de enfermedades relacionadas con un alto índice de masa corporal, que hace que la esperanza de vida de estas poblaciones haya bajado en picado.

Esta historia se cuenta en las universidades no solo como ejemplo práctico de cómo los humanos estamos sometidos a las leyes de la selección natural, como cualquier otro ser vivo, sino también como prueba de la importancia que tiene el metabolismo de cada uno en el mantenimiento de un peso ideal. Hay gente que con pocas migajas satisface los requerimientos metabólicos básicos de su cuerpo (y, como los colonos de la Micronesia, engorda enseguida), mientras que otros necesitan ingerir mucho más para cubrir los mínimos. Ser de los primeros ha sido una ventaja durante la mayor parte de la historia de la Humanidad, cuando tener un plato en la mesa tres veces al día se podía considerar un lujo para mucha gente. En cambio, ahora son los segundos quienes pueden considerarse afortunados, porque evitan los conflictos del sobrepeso.

Aunque podría parecer que acabamos de reducir la grave plaga de obesidad que sufren los países desarrollados a una simple predisposición bioquímica y genética, la realidad es que el problema es sobre todo psicológico. Comemos porque tenemos sensación de hambre, es cierto, pero una vez superada la necesidad primaria de alimentarnos, entramos en una fase de recompensa similar a la que obtendríamos con cualquier droga: hartarse es un placer neurológico. Es la forma que tiene la naturaleza de asegurar que acumularemos energía para cuando vengan tiempos difíciles. Estamos biológicamente programados para comer tanto como podamos cuando hay oportunidad, por eso nos cuesta resistirse a ello. La evolución no había previsto que lograríamos solucionar con tanto acierto el problema de la escasez habitual de recursos, y ahora sufrimos las consecuencias.

Si tenemos esto presente, entenderemos que las dietas funcionan o no dependiendo sobre todo de cómo resuelven el factor psicológico. Adelgazar es solo una cuestión de ingerir menos calorías de las que gasta el cuerpo, no hay ningún otro truco, pero esto es más fácil decirlo que hacerlo, sobre todo si eres de los 'afortunados' que tienen un metabolismo al ralentí. Luchar contra el impulso de seguir comiendo puede ser una auténtica tortura. Un estudio reciente publicado en la revista 'Cell' puede haber encontrado la solución definitiva. Estudiando las dietas y las reacciones biológicas de 800 voluntarios, unos científicos del Weizmann Institute de Israel se dieron cuenta de que los niveles de glucosa en sangre varían mucho de persona a persona a pesar de haber ingerido los mismos alimentos. La consecuencia es que la sensación de saciedad, que viene determinada precisamente por la glucosa, es muy diferente. Esto quiere decir que mientras alguien se puede sentir llenísimo comiendo un bistec, a otro le parecerá poca cosa, aunque la energía consumida es exactamente igual. Así pues, el régimen perfecto será el que logre hartarte con el menor número de calorías y, según este estudio, esto requeriría personalizar el tipo de alimentos para saber cuáles te hacen subir más la glucosa.

Espero no haberos amargado lo que queda de fiestas con estas disquisiciones sobre regímenes ideales y obesidad. Aunque es cierto que es un problema importante al que no prestamos suficiente atención, no pasará nada si nos entregamos, otra vez, a los excesos propios de las fiestas y a disfrutar del placer de acumular miles de calorías (acompañados de los seres queridos, que también ayuda). Pero a partir de pasado mañana, es deseable que intentemos volver a hacer bondad. Nos jugamos la salud.


[Publicado en El Periódico, 30/12/15. Versió en català.]

lunes, 7 de diciembre de 2015

La tiranía de la belleza

El leñador enmascarado es un pequeño pájaro que vive en América. Se caracteriza porque luce unas plumas negras alrededor de los ojos (la máscara) y un amarillo intenso sobre el pecho. Hace unos meses, unos científicos descubrieron que, en la zona de Nueva York, las hembras preferentemente eligen para aparearse a los machos que tienen la mancha amarilla del pecho más grande y brillante. En cambio, en Wisconsin se fijan más en el tamaño de las máscaras. Aunque a primera vista pueda parecer un hecho trivial, este descubrimiento confirma, una vez más, la importancia biológica de la belleza y nos permite hacer dos consideraciones.

La primera, la aleatoriedad aparente de las leyes de la atracción. Parece que solo el azar pueda explicar que comunidades de la misma especie tengan gustos estéticos tan distintos por el solo hecho de vivir unos cientos de kilómetros aparte. Y la segunda, que en el fondo todo esto no es tan arbitrario como parece: lo que vemos en la superficie es un reflejo de lo que pasa dentro del cuerpo. En el caso del leñador, se ha comprobado que las dimensiones y calidad tanto de la máscara negra como del pecho amarillo se asocian a tener un sistema inmunitario más potente, un rasgo que demuestra buena salud y garantiza mejor descendencia.

Este es un buen argumento para desmontar la máxima que dice que la belleza física es un solo rasgo superficial. Al contrario: normalmente suele ser la manifestación visible de alguna característica escondida pero biológicamente muy relevante, que permite reconocer a los individuos más aptos para procrear. Los principios que rigen el comportamiento de los pájaros los vemos también en el resto de animales que se reproducen sexualmente, entre ellos nosotros mismos. Desde los leñadores a los pavos reales, pasando por las mariposas o los humanos, el interés que sentimos por la belleza del sexo contrario, ya sean las vistosas plumas de una cola, los dibujos de unas alas o la anchura de unas caderas, determina cómo combinaremos nuestros genes y, por tanto, es una herramienta muy poderosa para la selección natural.

Darwin ya se dio cuenta del profundo impacto que la belleza tiene en la evolución de las especies, pero con el tiempo puede que nos hayamos olvidado de su misión original. Cuando hablamos ahora de la belleza, a menudo es para decir que está sobrevalorada o para quejarnos de las sociedades que la enaltecen en exceso. Denunciamos que vivimos en un mundo hipersexualizado, que pone un peso excesivo en el físico, hasta el punto de convertirnos en esclavos de nuestra imagen, en seres vacíos y ufanos, pero lo consideramos un problema eminentemente cultural. En cambio, como hemos visto, presumir de los atributos del cuerpo tiene unas bases biológicas muy sólidas y compartidas con organismos de todo el espectro del árbol de la vida.

En otros artículos ya he insistido en que, para entender cómo pensamos y actuamos los humanos, no debemos fijarnos solo en las complejidades de nuestro tejido social, sino que muchas veces las explicaciones las podemos encontrar en la biología. Porque, al fin y al cabo, antes que seres civilizados hemos sido (y seremos siempre) animales. Por ejemplo, la importancia que damos a la belleza femenina no es solo una moda, sino que se cree que es una consecuencia directa de haber adoptado la monogamia. En especies promiscuas en las que un macho se aparea con todas las hembras que se dejan, la presión por ser más guapos la sufren solo ellos. Por tanto, la competencia hace que estos machos desarrollen trucos vistosos para llamar la atención de las parejas potenciales y poder así ser los escogidos. En cambio, en las especies monógamas los machos también ejercen su derecho a escoger, y por lo tanto las hembras experimentan la misma presión para ser atractivas.

Pero esto no quiere decir que nos tengamos que conformar. Somos, de hecho, la única especie que ha encontrado la manera de escapar del yugo de la naturaleza. Tenemos ejemplos con inventos como la democracia, que pervierte el dominio absolutista del macho alfa, tan propio de los primates, o la medicina, que evita que dependamos de la supervivencia preferente de los individuos más sanos. Si de verdad queremos librarnos de la tiranía de la belleza y que deje de tener un papel tan central en las interacciones personales, habrá que hacer algo más que luchar contra el machismo atávico, presente en mayor o menor medida en cada sociedad, que a menudo se invoca como único culpable: ambos sexos nos tendremos que esforzar, porque es un patrón de comportamiento que está bien arraigado en nuestros instintos más ancestrales. La reproducción ha sido durante milenios el objetivo principal de nuestra existencia, como lo es de la de cualquier otro ser vivo. Ponerla en un segundo plano no es un objetivo que se pueda conseguir de la noche a la mañana, pero tampoco debe ser imposible.

[Publicado en El Periódico, 31/10/15. Versió en català.]

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Sí, la carne causa cáncer

Esta semana es obligatorio hablar del aviso de la OMS según el cual la carne procesada pasa a engrosar el conjunto de cosas que sabemos con seguridad que causan cáncer, y la roja entra en el club de las muy sospechosas. Las reacciones han sido de todo tipo, desde las sorprendidas a las horrorizadas, pasando por las descreídas y las jocosas. Pero ¿qué actitud debemos adoptar realmente ante este anuncio? Aprovecharé el artículo de hoy para intentar aclararlo.

Primero, hay que decir que esto es el clásico ejemplo de una no noticia. Que un consumo excesivo de carne roja y, sobre todo, procesada aumenta el riesgo de padecer ciertos tipos de cáncer, especialmente el de colon, se sabe desde hace años. Sin ánimos de hacerme propaganda, lo explicaba en el libro ¿Què és el càncer i perquè no hem de tenir-li por, publicado en el 2010, y ya entonces era un consenso ampliamente aceptado en la comunidad de los que trabajamos en este campo. ¿Qué ha cambiado ahora? Solamente que la OMS ha oficializado este conocimiento a través de la IARC (Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer), un proceso que, como todos los que dependen de la política, son largos y requieren extensas confirmaciones y deliberaciones. Por esta razón ha tardado tanto.

Sea una novedad o no, ¿quiere decir esto que debemos dejar de comer carne? En absoluto. Las recomendaciones para disminuir las posibilidades de sufrir un cáncer siguen siendo las de siempre. Entre ellas, tomar el sol con cuidado, beber poco alcohol, recortar la sal, no fumar, hacer ejercicio moderado y seguir una dieta equilibrada, con más fruta y verduras que alimentos procesados ​​y carne roja. Entonces, ¿por qué si el tabaco está en el mismo grupo que el alcohol, el sol y las carnes procesadas (el de carcinógenos demostrados) no decimos que se puede fumar «con moderación»? Este es el punto clave que nos perderemos si nos quedamos solo con los titulares de la noticia: la lista de la OMS no especifica que estos tóxicos no son igual de potentes. Es cierto que se ha comprobado que todos ellos aumentan el número de cánceres, pero lo hacen de manera diferente.

En el fondo, es un tema de dosis. En la lista negra hay compuestos químicos que, usados ​​en las cantidades adecuadas, son unos fármacos excelentes, pero en concentraciones más altas causan tumores. Del mismo modo, las sustancias que contiene un cigarrillo son mucho más concentradas y peligrosas que las que encontramos en una longaniza: uno de cada cinco cánceres es culpa del tabaco, mientras que solo uno de cada 33 estaría influido por la carne procesada o roja. Si usamos el sentido común y no nos hartamos de estos productos, el riesgo será bajo. Fumar, en cambio, no tiene excusa.

Si el comunicado de la OMS ha servido para reavivar el interés por unas máximas que, de tan repetidas, parecía que ya nadie quería escuchar, pues bienvenido sea. Porque uno de los problemas que tenemos médicos y divulgadores cuando hablamos del cáncer es que la verdad no es nada atractiva. Estos consejos que les he resumido son los únicos que sabemos con seguridad que funcionan, pero tienen poco que hacer al lado de enzimas prodigiosas y dietas anticáncer que prometen curaciones milagrosas y protecciones absolutas contra todos los males con un esfuerzo mínimo. Por desgracia, la vida real no funciona así.

De acuerdo que se han hecho muchos experimentos con el té verde, la curcumina, el resveratrol y otros compuestos, pero todavía no se ha demostrado con certeza que alguno de ellos nos proteja. Y del mismo modo que decimos que comer sin excesos puede limitar notablemente las probabilidades de enfermar, también sabemos que no va a curar un tumor una vez ha aparecido. El cáncer es un proceso complicadísimo, que sabe sacar toda la ventaja de los mecanismos de selección natural para esquivar los obstáculos que le ponemos. Si por desgracia sufrimos uno, debemos confiar en la medicina. Es más efectiva de lo que parece: más de la mitad de personas se curan con las herramientas que tenemos hoy en día, y el porcentaje seguirá aumentando. El resto de propuestas que hay pueden ayudar a hacernos sentir mejor, que también es muy importante, pero poco más.

Cualquier prevención tendrá un gran impacto en reducir el número de cánceres. Reconozcámoslo y modifiquemos, si es necesario, nuestros hábitos. Pero de una forma razonada: no hacen falta regímenes estrambóticos, antioxidantes, alfabéticos o por colores, solo lo que hemos dicho. Y no vale hacer lo correcto de vez en cuando o cuando ya es tarde: el cáncer se desarrolla a lo largo de décadas y hay que actuar cuanto antes. Por lo tanto, haga usted todas las bromas que desee sobre el hecho de comer jamón y tocino, pero si es de los que consumen más de 70 gramos al día de carne roja o procesada, es un buen momento para empezar a pensar en cambiar de costumbres.

[Publicado en El Periódico, 31/10/15. Versió en català.]

martes, 13 de octubre de 2015

Las raíces de la corrupción

Los días después de unas elecciones son como un cursillo acelerado de estadística. Incluso los que odian las matemáticas se lanzan a interpretar cifras desde todos los ángulos posibles y se tragan cantidades ingentes de diagramas con la misma naturalidad con la que normalmente miran la previsión meteorológica. Cuando los resultados son ajustados, como los del domingo pasado, aún es más patente que con un poco de imaginación puedes convertir un dato objetivo, como es un número concreto de votos, en un argumento para justificar prácticamente cualquier conclusión que quieras. En este sentido, algunos líderes políticos españoles han demostrado estos días una capacidad creativa encomiable. Si los ciudadanos tuviéramos unos conocimientos numéricos más sólidos, no les sería tan fácil hacer pasar gato por liebre, y esto es otro ejemplo de que la ciencia nos hace más libres.

La ciencia también nos puede ayudar a entender las decisiones que tomamos cuando votamos o cuando los políticos negocian pactos. Por ejemplo, un factor que ha influido de manera importante en esta campaña ha sido la corrupción.En parte por culpa de esto, los partidos con más recorrido han perdido atractivo frente a las opciones nuevas, que juegan con la ventaja de no haber tenido aún acceso a suficiente poder para mancharse el expediente. Además, uno de los obstáculos para llegar a un acuerdo en el bloque independentista es la incomodidad de la figura de Artur Mas que, aunque cuando le han imputado ha sido por otro tema, algunos ven como el heredero directo de años de corrupción acumulada en CiU.

El rechazo a las personas que han sido pilladas engañando es una reacción instintiva del ser humano, como han puesto de manifiesto cientos de estudios, y no es extraño que determine una elección. El tejido social, de hecho, se sostiene en buena medida gracias al primitivo sentimiento de justicia que los humanos (y otros animales) llevamos integrado, que nos empuja a penalizar a los que perjudican a los demás para obtener algún rédito personal. Aunque la corrupción provoca indignación generalizada, esto no impide que la tendencia al engaño sea también muy común, a pesar del castigo que conlleva el que te descubran. A pesar de lo que pueda parecer, la corrupción no es patrimonio exclusivo de un lado del espectro ideológico o de una región del mapa.

Sin ir más lejos, la historia de los últimos 40 años de política española nos demuestra que no hay nada más democrático y transversal que las ganas de apropiarse ilícitamente de bienes que no te corresponden. Una de las razones podría ser una tendencia biológica, impresa en nuestros circuitos a lo largo de la evolución, que nos empujaría hacia el lado oscuro sin que nos diéramos cuenta.

Esto es lo que sugiere un artículo publicado este verano por Ori Weisel y Shaul Shalva en la revista PNAS. El experimento que hicieron es sencillo: un voluntario tira un dado en secreto y le dice el resultado a un segundo voluntario, que entonces tira su dado, también en secreto, y le dice al primero qué número le ha salido. Si el número coincide, se les entrega una recompensa económica igual a ambos. El que hace de banca no verá nunca los resultados que dan los dados y se cree lo que le dicen. En este contexto, es muy fácil mentir para obtener un beneficio, y eso es exactamente lo que pasaba: al final del experimento había el 489% más coincidencias entre los dados que lo que había que esperar estadísticamente. Pero lo más curioso era que si se hacía que el beneficiado fuera solo uno de los jugadores, las trampas se reducían sustancialmente. Es decir, saber que una mentira resultará provechosa no solo a ti mismo sino también a tus compañeros, hace que a menudo uno prefiera la ganancia común antes que ser honesto.

ESTAFA EN EQUIPO

Aunque la colaboración es en general buena y ha sido esencial para el progreso de la humanidad, el estudio nos indica que también puede tener este elemento negativo de alentar trampas entre grupos de personas. Es una propuesta interesante, porque nos dice que la corrupción no depende solo de la avaricia, sino que se amplifica gracias a que somos cooperativos por naturaleza. La figura del ladrón solitario sería menos frecuente que la del que estafa en equipo con sus amigos y se reparte el botín equitativamente. Eso explicaría que gobiernos, grandes corporaciones y otras estructuras similares sean un caldo de cultivo para engaños de este tipo, la combinación perfecta entre la oportunidad y la estructura social adecuada para aprovecharla.

Los humanos hemos aprendido a luchar contra los impulsos biológicos y lo tenemos que seguir haciendo. Además, hay que identificar a los corruptos y asegurarse de que pagan por su crimen, pero también evitar generalizaciones y asumir que todo el mundo con acceso al poder es necesariamente culpable.

[Publicado en El Periódico, 3/10/15. Versió en català.]

martes, 15 de septiembre de 2015

Qué votamos cuando vamos a votar

Se acercan unas elecciones que probablemente definirán el futuro del país más allá de los cuatro años que habitualmente duran los ciclos políticos. Es normal, pues, que los votantes estemos meditando con especial cuidado qué opción nos conviene más, a la vez que los candidatos están redoblando los esfuerzos para hacer llegar su mensaje al máximo de gente. Pero debemos ser conscientes de que la democracia es más que eso, ciudadanos mayores de edad eligiendo el programa que más nos apetece entre todos los que nos presentan. Hay factores que hacen que no se trate simplemente de una elección basada en el libre albedrío y que, por tanto, podrían distorsionar los principios básicos de la democracia. El problema es que cuando los griegos diseñaron este sistema de gobierno hace unos milenios no tuvieron en cuenta un pequeño detalle: la biología.

Los humanos creemos que tomamos decisiones de una manera libre, pero en realidad el inconsciente juega un papel decisivo. En el caso que nos ocupa, hay estudios que demuestran que una serie de estímulos subliminales, la mayoría relacionados con las apariencias, pueden decantar una decisión política. Se ha comprobado, por ejemplo, que la imagen puede conseguir más votos que el currículum. Un artículo que causó revuelo, publicado en la revista Science en el 2004, demuestra que predecimos sin darnos cuenta la competencia de un candidato basándonos solo en su cara, no en su experiencia, y que esa valoración la hacemos rápidamente durante el primer segundo que estamos expuestos a la imagen de ese político. Es más: vieron que esto había influido de forma importante en los votos de las elecciones norteamericanas. Las primeras impresiones cuentan más de lo que pensamos.

Hay otro parámetro que también juega un papel clave: la voz. Hace tiempo que se sabe que tendemos a votar a los políticos con la voz más profunda, sean hombres o mujeres. A principios de agosto, un artículo publicado en la revista PLOS One lo confirmaba: bajando mecánicamente la frecuencia de la voz, los científicos conseguían que más voluntarios eligiesen un candidato en unas elecciones simuladas. Proponen que una de las razones sería que relacionamos automáticamente el timbre bajo con ser más fuertes, más capaces e incluso más honestos. Tiene una parte de lógica: la gravedad vocal es una señal que se corresponde con tener niveles más altos de testosterona, la hormona que se relaciona con la musculatura y la agresividad. Naturalmente, las cualidades de fuerza física tienen una utilidad mínima en la arena política actual, pero nuestro inconsciente las considera importantes en el liderazgo porque todavía se rige por los principios que funcionaban cuando vivíamos en cavernas. En aquella época, seguir a alguien que pudiera abrir de un garrotazo la cabeza del jefe de la tribu vecina era bastante conveniente. Hoy en día quizá nos convendría más fijarnos en otras habilidades, pero la realidad es que nos cuesta desconectar estos instintos. v Los políticos lo saben, todo eso, ya sea por experiencia directa o por haber leído estos artículos. Solo teniendo en cuenta los elementos biológicos se puede entender que alguien con un discurso tan nefasto como Donald Trump haya podido llegar tan lejos en la carrera por la Casa Blanca, pongamos por caso. Las cualidades de macho alfa y la voz grave hacen mucho más por sus posibilidades de éxito que el programa que defiende, que no debería seducir a un conservador con dos dedos de frente. Y en nuestro país la biología también nos ayuda a explicar por qué cada vez hay más candidatos físicamente agraciados al frente de las listas. Nunca habíamos tenido unos carteles electorales con tantos hombres y mujeres que no desentonarían en un casting para una teleserie de sobremesa. No dudo de que hayan sido elegidos por sus partidos por sus capacidades políticas, como tampoco dudo de que su aspecto se ha tenido muy en cuenta. Sería estúpido no hacerlo.

Cuando dentro de unas semanas se publiquen los resultados de las votaciones, lo que veremos no será solo un recuento de independentistas y unionistas, o de conservadores y liberales, según el eje que usemos para hacer los baremos. Será también una instantánea de qué información ha sabido encontrar la persona que nos ha conseguido apelar mejor a los impulsos básicos. Porque el inevitable componente biológico que determina nuestras decisiones seguro que jugará un papel más importante de lo que quisiéramos a la hora de decidir qué votamos realmente cuando ponemos la papeleta en la urna. Seamos conscientes de eso y evitemos escoger a nuestros líderes por la cara bonita o por la voz más que por su potencial destreza a la hora de gobernarnos, aunque eso signifique no escuchar nuestros instintos. Sin duda, los resultados serán mucho mejores.

[Publicado en El Periódico, 5/9/15. Versió en català.]