lunes, 15 de septiembre de 2014

La quimioterapia

La quimioterapia es una de las armas que tenemos para luchar contra el cáncer. La cirugía y la radioterapia son las otras dos. Gracias a los avances en estos tres campos, más las mejoras en el diagnóstico, la supervivencia de los enfermos de cáncer se ha doblado en los últimos 40 años.

La quimioterapia clásica se usa desde hace más de medio siglo y aún tiene mucha utilidad. Se trata de sustancias tóxicas con importantes efectos secundarios, pero permiten controlar e incluso eliminar los cánceres. Quizá el ejemplo más espectacular de los efectos de estos fármacos es el cáncer de testículo, que aunque se descubra en estadios avanzados, se puede eliminar prácticamente en todos los casos usando quimioterapia clásica como  Bleomicina, Etopósido y Cisplatino. El caso del ciclista Lance Armstrong, que tenía un cáncer testicular avanzado,  es la prueba más clara de que estas substancias químicas funcionan.

Otro ejemplo clásico es la Leucemia Limfocítica Crónica, el tipo de leucemia más frecuente en adultos. El tratamiento actual es quimioterapia (fludarabina, ciclofosfamida…), que permite tener la enfermedad controlada durante años. Y otro, muy espectacular, es el vemurafenib, un fármaco d enueva generación, que prácticamente elimina el melanoma, por lo menos durante un tiempo (http://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJMoa1002011)

Además, la nueva generación de fármacos contra el cáncer se basa en atacar problemas genéticos específicos de cada cáncer. Los tratamientos hormonales, por ejemplo, han hecho que la supervivencia del cáncer de mama o de próstata supere el 75%. Otras terapias dirigidas han conseguido prácticamente curar algunos cánceres (por ejemplo el Glivec y ciertos tipos de leucemia) o mejorar mucho el pronóstico (como la herceptina y el cáncer de mama). Algunos ya no llaman quimioterapia a estos fármacos, para diferenciarlos de los clásicos.

Hay decenas de miles de artículos científicos que demuestran que la quimioterapia salva vidas y/o aumenta la calidad de vida de los pacientes de cáncer. Sin ir más lejos, en mi propio laboratorio publicamos el caso de un enfermo de leucemia que recibió un nuevo fármaco, el mismo vemurafenib que se usa en melanomas, cuando ya no respondía a ningún tratamiento, y se recuperó completamente (http://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJMc1310849). O hablando de la leucemia crónica, este sería un artículo sobre un ensayo clínico que demuestra que un régimen de quimioterapia funciona: http://jco.ascopubs.org/content/23/18/4079. Como estos se publican docenas continuamente.

Los científicos y médicos estamos constantemente buscando fármacos más efectivos y con menos efectos secundarios. Los avances en este sentido han sido espectaculares en los últimos diez años, y todo indica que seguiremos reduciendo la mortalidad por cáncer. Es cierto que muchos de estos fármacos son carísimos, especialmente durante los primeros años (la quimioterapia clásica es mucho más asequible, por suerte). Las compañías farmacéuticas hacen fortunas con la quimioterapia con la excusa de recuperar la inversión que han tenido que hacer (que es también elevadísima).  Sea como sea, hay que conseguir que estos precios bajen para que los fármacos puedan llegar a todas las personas que se pueden beneficiar de ellos. En muchos casos, la quimioterapia sigue siendo el único tratamiento útil que puede recibir un paciente con cáncer. 

Se puede encontrar más información sobre los efectos de la quimioterapia en cada tipo de cáncer, dirigida a público no especialista, en webs como esta: http://www.cancerresearchuk.org/cancer-help/about-cancer/treatment/chemotherapy/. También explico el tema con más detalle en mi libro Que es el cáncer y por qué no hay que tenerle miedo (Now Books, 2013).

lunes, 8 de septiembre de 2014

Entender y manipular el cerebro

Una de las cosas que hace que hoy en día la ciencia sea tan apasionante es que constantemente está acortando distancias con la ciencia ficción. Por muy fantástica que sea la idea que se le pueda ocurrir a un escritor, a menudo ya se han dado los primeros pasos para poder convertirla en realidad en un futuro relativamente cercano. A veces, parece que el único límite que tengamos los humanos deba ser nuestra imaginación. Pensaba en esto la semana pasada cuando, hojeando la revista Science, tropecé con un artículo que parecía sacado de un libro de cuentos de Philip K. Dick. En él, unos científicos de la Northwestern University, en Chicago, explicaban que habían logrado incrementar las funciones de una zona del cerebro llamada hipocampo usando solo unos impulsos electromagnéticos leves. Dicho de otro modo: con un simple imán, habían aumentado las capacidades de la memoria de un grupo de voluntarios.
 
La técnica que habían utilizado no es nueva. Se llama estimulación magnética transcraneal (TMS, por sus siglas en inglés) y se basa en poner sobre el cráneo unos imanes que pueden enviar pulsos a áreas muy concretas del cerebro, aunque estén lejos de la superficie. En este caso, la zona elegida era el hipocampo; hace tiempo que se sabe que está relacionada con cómo creamos y conservamos recuerdos. Durante 20 minutos al día, 16 personas sanas recibieron una sucesión rápida de ondas electromagnéticas dirigidas a este punto. Cinco días después de seguir el tratamiento, se les hicieron unas pruebas de memoria. Entonces vieron que los resultados eran un 25% mejor que los de los tests a los que se les había sometido antes de comenzar el experimento. Además, usando aparatos de resonancia magnética observaron que tras la estimulación había aumentado notablemente la comunicación entre el hipocampo y el córtex parietal, otro área del cerebro que participa en los procesos de memoria.
 
El trabajo es una prueba concluyente de que podemos manipular el cerebro con procedimientos relativamente sencillos, mejorando incluso de esta manera las redes biológicas de transmisión de información. Quedan aún muchas preguntas por responder, claro. Por ejemplo, no sabemos cuánto duran los cambios que provoca la TMS, ni tampoco entendemos aún porque las ondas electromagnéticas aumentan la actividad neuronal de manera tan clara. Sin embargo, esta tecnología ya se ha probado con cierto éxito para tratar enfermedades tan diversas como la migraña o la depresión, y quién sabe para qué más servirá. Utilizando técnicas considerablemente más invasivas, por ejemplo activando neuronas específicas con impulsos lumínicos, se han conseguido logros aún más espectaculares. Por ejemplo, el año pasado unos científicos del Massachusetts Institute of Technology (MIT) implantaron un recuerdo falso en el cerebro de un ratón, hasta el punto de que el animal creía que había recibido un choque eléctrico en una jaula cuando en realidad esto había sucedido en un lugar completamente diferente. El mismo grupo ha publicado un nuevo estudio en Nature, hace solo unos días, en el que demuestra que también pueden hacer lo contrario: eliminar un recuerdo traumático del cerebro del ratón y sustituirlo por una emoción positiva. Hay que tener presente que estos animales están modificados genéticamente para que su cerebro responda a la luz (una técnica que se llama optogenética), lo que hace que el sistema no se pueda aplicar directamente en humanos. Todavía estamos lejos, pues, de poder adquirir recuerdos falsos de unas vacaciones en Marte, como quería el protagonista de Desafío total, pero parece que no es un sueño imposible.
 
Los resultados nos sirven para darnos cuenta de que un órgano tan complejo y poderoso como el cerebro, que determina cómo somos y nos otorga las capacidades de crear y sentir, no deja de ser un conjunto de células y sustancias químicas que, con los conocimientos que tenemos actualmente al alcance, ya podemos manipular de alguna manera. Y esto acaba de empezar. Quizá algún día encontraremos realmente la forma de jugar con los recuerdos. O tendremos máquinas de estimulación cerebral que nos permitirán activar ciertas áreas para poder hacer mejor algunas tareas. Quién sabe si así podremos alterar el impacto de las experiencias que definen nuestra personalidad o incluso modificar los parámetros de lo que llamamos inteligencia. Estas podrían ser herramientas para hacer algún día un salto cuántico, evolutivamente hablando, pero los dilemas éticos y peligros que genera la manipulación genética -que de momento está prohibida en humanos- son tan grandes que quizá nunca nos podremos beneficiar de ella. Por lo menos, lo que sí conseguiremos con todo esto es entender mejor cómo nos funciona el cerebro, lo que ya será un avance bastante espectacular. 
 
[Artículo publicado en El Periódico, 06/9/14 (en català).]

martes, 26 de agosto de 2014

La mentira

Mentir es tan humano como respirar, y casi igual de fácil. Aprendemos a hacerlo de muy pequeños, cuando descubrimos que nos permite obtener algo que queremos, y es solo después de años de experiencia y educación que conseguimos distinguir qué clase de mentiras están aceptadas y cuáles pueden tener represalias. Porque mentiras hay de muchos tipos. En un extremo encontraríamos las que se usan para controlar y oprimir (las que el escritor ruso Aleksandr Solzhenitsin lamentaba que en su país se habían convertido en un pilar del Estado) o las que se dicen para enriquecerse en detrimento del resto de la gente. En el otro estarían las que los anglosajones llaman mentiras blancas, tan comunes que ya ni nos damos cuenta de que forman parte de nuestra vida cotidiana. Luchemos con todas las fuerzas contra las primeras, porque son perniciosas para la estabilidad de cualquier grupo, pero sin las segundas nuestro tejido social también se podría deshacer.

Al menos eso es lo que proponen un grupo de científicos finlandeses y mexicanos en un artículo publicado el mes pasado en la revista Proceedings of the Royal Society B. Según este estudio, las mentiras «antisociales» (las que buscan un beneficio propio) tienen efectos nocivos en la cohesión social, pero en cambio las mentiras «leves» actuarían como agentes que ayudarían a las comunidades a formarse y crecer. Los investigadores llegaron a esta conclusión tras desarrollar un modelo matemático que simula, en un ordenador, la evolución de un conjunto de personas a lo largo del tiempo. Así, vieron que si introducían el concepto de mentiras graves en el programa, las comunidades se desintegraban porque cada elemento acababa mirando primero por sí mismo. Esto es evidente: el egoísmo en forma de engaño es nocivo para el progreso porque sin una dosis razonable de confianza en el prójimo no se pueden mantener estructuras grandes, como ciudades o países. Pero lo curioso es que cuando se añadían mentiras blancas el efecto era el contrario: los individuos formaban grupos más unidos y la red de interacciones que aparecía se hacía más grande.
 
Naturalmente, este estudio tiene la limitación de utilizar un modelo artificial y muy simplificado de lo que son las interacciones humanas, pero no deja de ser sorprendente la relevancia que tiene la mentira leve en nuestras vidas. Un ejemplo más cercano a la realidad lo podríamos encontrar en la película Mentiroso compulsivo, en la que un abogado descubría el impacto que tenía no poder decir ninguna mentira durante 24 horas. Aunque no quede muy bien citar en un mismo artículo una comedia de Jim Carrey y un premio Nobel de Literatura, en este caso es un buen ejercicio de reflexión: por poco que pensamos, es fácil darnos cuenta de que si todo el mundo dijera siempre lo que le pasa por la cabeza las cosas irían de mal en peor.

Por desgracia, últimamente hemos podido ser testigos del daño que hacen a la sociedad las otras mentiras, las que provienen de alguien a quien hemos cedido una cantidad importante de poder. Estos personajes, elegidos entre sus iguales y erigidos como ejemplo, tienen en sus manos la responsabilidad de sustentar los niveles de confianza que una sociedad necesita para mantenerse unida. Y es así porque la ausencia de líderes, sea en modelos asamblearios o directamente anarquistas, solo funciona en comunidades de tamaño reducido. La vilipendiada «casta» política, pues, es un mal necesario en sociedades expansivas y globalizadas como las del siglo XXI. Una de las partes más indispensables de su trabajo sería la transparencia, y este es un punto que se les olvida demasiado fácilmente.

Algunos países hacen pagar un precio sustancial al político que es descubierto engañando. Recordemos, por ejemplo, que Bill Clinton fue perseguido implacablemente no por ser infiel a su mujer, aunque a ojos del puritanismo anglosajón esto ya justificaba un descenso importante de su popularidad, sino por haber mentido cuando negaba rotundamente los hechos. Un presidente de un país no puede ocultar cierto tipo de información a los ciudadanos, ni que sea para protegerse a sí mismo o a su familia. Debería ser una de las normas sagradas del oficio, sin excusas.
Y a pesar de todo, este tipo de mentiras egoístas siguen siendo frecuentes entre los gobernantes de todo el mundo. Ni los de aquí se salvan, por muy alto que hayan llegado en el imaginario colectivo. Cuando esta gente tome conciencia por fin de hasta qué punto es importante la honestidad a la hora de proporcionarnos un modelo a seguir, podremos empezar a construir una sociedad que avanzará conjuntada y no creyendo, como ahora, que si el vecino no te roba es simplemente porque no ha tenido la oportunidad de hacerlo.

[Artículo publicado en El Periódico, 20/8/14 (en català).]

martes, 15 de julio de 2014

«A mi vecino le funcionó»

La lucha contra el peligroso atractivo de las seudociencias a veces puede parecer fútil. Por mucho que avance el conocimiento humano y por muy culta que sea una sociedad, parece que nunca dejaremos de ser vulnerables al canto de sirena del pensamiento mágico, sobre todo en momentos críticos. Ya nos podemos afanar apelando al sentido común, que las promesas de quienes pueden hacer, sin tener que demostrar resultados, siempre ganarán la partida a la rigidez necesaria del razonamiento científico. Es normal que cuando alguien busca urgentemente resultados, se sienta tentado por la posible solución inmediata, por muy inverosímil que le parezca, en lugar de esperar un veredicto (a menudo negativo) que es fruto de horas de investigaciones. Resulta tan normal como absurdo, y debemos tratar de evitarlo.

El objetivo de este artículo no es denunciar, otra vez, cómo nos engañan, cómo los medios de comunicación colaboran en la estafa dando voz a los farsantes o cómo profesionales con un título en principio respetable se saltan sin miramientos la barrera del ética. Esto, por suerte, lo hacen regularmente divulgadores como Daniel Closa, Jesús Purroy o J. M. Mulet, entre muchos otros en Catalunya. Busque sus nombres en internet la próxima vez que les quieran vender agua con azúcar para curar todos los males y encontrará suficientes argumentos para tomar una decisión inteligente. Lo que quería comentar es aquel fenómeno del «a mi vecino le funcionó», una máxima que se supone que debe otorgar fiabilidad a cualquier producto y que se usa demasiado a menudo para justificar la eficacia de un tratamiento alternativo. El caso reciente de un amigo ilustra por qué no debemos caer en la trampa de creérnoslo.

Un día, este amigo empezó a tener unos dolores de cabeza severos que no se le iban con nada. Preocupado, pidió hora al médico. Después de probar sin éxito varios fármacos durante semanas, lo envió a un especialista para descartar que no hubiera nada grave. Por suerte, no era el caso. El diagnóstico final fue de dolor de cabeza diario de origen desconocido que resistía todas las intervenciones. Mi amigo estaba contento de no tener un tumor, pero también desesperado porque la cosa no mejoraba con nada. El médico le dijo que lo único que podía hacer era esperar que pasara y le dio una serie de recomendaciones para minimizar el impacto del dolor.

Una persona, sin duda bien intencionada, sugirió entonces a mi amigo que probara un curandero que conocía que equilibraba los chakras, o algo similar, que no perdía nada por probarlo. Él me preguntó qué me parecía la propuesta. Yo le pregunté si creía en esas cosas. Cuando me dijo que no, le recomendée que se ahorrara el tiempo y el dinero. Las terapias de este tipo solo funcionan a través del efecto placebo, una importante (y muy real) reacción psicológica que, a pesar de que no hay que despreciar nunca, tiene unas limitaciones evidentes. En casos de dolor crónico, puede tener un impacto positivo en el estado general, pero a menos que deposites una fe ciega es poco probable que veas ninguna mejora. Así pues, declinó la oferta y se armó de paciencia. En cuestión de poco tiempo el dolor de cabeza comenzó a remitir y ahora está mucho mejor. Como en muchas otras enfermedades, posiblemente nunca sabremos qué la desencadenó ni cómo se solucionó.

Pero, ¿qué hubiera pasado si mi amigo hubiera ido al curandero? Es probable que tanto él como la persona que lo había recomendado hubieran creído que la historia de los chakras había funcionado, aunque no tuviera ninguna explicación lógica, cuando obviamente no hubiera tenido nada que ver con la curación.

Una experiencia positiva, personal o cercana, hace que la gente saque conclusiones precipitadas, y esto es un error. Una relación causa-efecto es muy fácil de inferir pero muy difícil de comprobar. Los científicos tardamos años en poder demostrar si existe o no, y este es un paso que no nos podemos saltar si no queremos caer en trampas como los del ejemplo.

Cuando alguien recomienda un tratamiento apoyándose en anécdotas puntuales, el instinto nos debería empujar a valorarlo con escepticismo, en lugar de dejarnos deslumbrar por el genio que ha de convertir nuestros deseos en realidad. Con la cantidad de información que tenemos al alcance hoy en día, no hay excusa para no investigar si una afirmación está avalada por estudios serios. En ausencia de datos obtenidos con métodos rigurosamente diseñados y controlados, la única manera que conocemos de desentrañar las cosas, la mejor respuesta será siempre «no, gracias». Si tenemos esto presente, tendremos desactivado una de las armas más habituales de los vendedores de humo y estaremos preparados para entender que la ciencia es tan poderosa precisamente porque sabe mantener los pies en el suelo.

[Artículo publicado en El Periódico, 12/7/14. En català]

martes, 17 de junio de 2014

La importancia de proteger a los niños

Tradicionalmente, el papel del hombre a la hora de engendrar descendencia se ha considerado poco relevante. Es cierto que aportamos a ello un imprescindible 50% del material genético, pero mientras que la mujer dedica nueve meses a pasear el embrión dentro del vientre, con todas las incomodidades que eso conlleva, nuestro trabajo se limita a los breves instantes de la fecundación, que es la parte menos molesta del proceso. La madre tendrá que sufrir privaciones y seguir una serie de normas si quiere hacer todo lo posible para garantizar que el organismo que lleva dentro se forma de la mejor manera posible. La razón es clara: todo lo que afecta a la incubadora influye directamente en la criatura que está gestando en su interior. En cambio, el padre no debería preocuparse por los efectos que su estilo de vida puede tener en la siguiente generación.

Pero cada vez hay más pruebas que sugieren que los hombres pasamos a los hijos algo más que un grupo de genes más o menos inmutables. Por ejemplo, un estudio aparecido recientemente en Nature Neuroscience, hecho en ratones, demuestra que las situaciones de estrés alteran de forma permanente el ADN de los espermatozoides, haciendo que fabriquen más cantidad de unas sustancias llamadas microARNs. Los descendientes de estos animales estresados ​​tienen más de estos microARNs circulando en sangre, y eso influiría en el hecho de que presenten comportamientos depresivos y otros problemas. Así pues, parece que nuestros traumas podrían acabar formando parte de la herencia familiar.

El entorno no solo marca el ADN que el padre transmite a los hijos, sino que después de nacer también puede afectar directamente al genoma de las criaturas durante los primeros años de vida. Lo propone un artículo publicado hace un par de meses en la revista PNAS, que dice que los niños que crecen en un entorno socialmente inestable exhiben una serie de cambios medibles en los cromosomas, concretamente en las partes llamadas telómeros. Los telómeros de los individuos que provienen de familias desestructuradas y con limitaciones culturales y económicas son un 19% más cortos, un déficit que no se puede recuperar nunca más. Como la longitud de los telómeros se ha relacionado últimamente con la esperanza de vida y el estado general de salud, el estudio sugiere que estos niños adquieren una desventaja biológica a partir del momento en que nacen y que ya no se la podrán quitar de encima por mucho que se esfuercen.

Sin embargo, es innegable que las intervenciones en edades tempranas tienen un impacto sustancial a largo plazo. Hace tiempo que se ha observado que, si se enseña a los padres a cuidar de sus hijos de la manera adecuada, las consecuencias se ven décadas después. El ejemplo más reciente aparece en un trabajo de un número de mayo de la revista Science donde se miden los efectos que tuvieron las visitas semanales de un trabajador social a familias de los barrios más económicamente degradados de la isla de Jamaica durante los años 80. Los científicos han podido seguir el progreso de la mayoría de los niños que participaron en aquella campaña y han visto que, más de 20 años después, los que se beneficiaron del programa tienen un cociente intelectual más alto, sacaron mejores notas en la escuela y ganan un 25% más que los que no pudieron acceder a él. Esto hace que ya se puedan equiparar con la media de la población del país. Es decir, un sencillo programa de apoyo a las familias pobres, que se basa principalmente en proporcionar libros y juguetes a los padres y enseñarles a estimular y hacer leer a sus hijos, puede erradicar algunas de las diferencias que limitan las posibilidades futuras de un grupo social concreto.

Todos estos resultados nos recuerdan que lo que hacemos durante el inicio de la vida de una persona (e incluso antes del nacimiento) tiene una relevancia sorprendente en las capacidades intelectuales y cognitivas que poseerá una vez sea adulto. Está claro que no todo nos viene definido por los genes, como se pensaba antes. Esto quiere decir que la lucha por la igualdad debe comenzar en la cuna, limando tanto como sea posible los desequilibrios que se inscriben indeleblemente en la biología de los seres humanos.

Los niños son el activo más importante que tiene nuestra especie. Es evidente que nuestro avance depende de cómo los eduquemos, pero debemos pensar que también hay otros factores que afectarán de manera importante a cómo evoluciona una sociedad, en especial los que dejan una huella invisible pero permanente en las células de las criaturas. Estos cambios definen qué tipo de futuro será capaz de construir una generación. Deberíamos tenerlo muy presente y esforzarnos en garantizar que, por el bien de todos, el acceso a una infancia estimulante sea realmente uno de los derechos humanos más inviolables.

El Periódico, Opinión, 22/3/14. Versió en català.

viernes, 6 de junio de 2014

Sexto aniversario



El blog sigue a ritmo lento (pero constante) y llega a su sexto aniversario...

martes, 27 de mayo de 2014

Sobre "Qué es el cáncer"

Aquí podéis leer un extenso comentario de Qué es el cáncer en el blog Historias de la Ciencia. Muchas gracias!

martes, 20 de mayo de 2014

La hora de clonar

Hace diez años, un científico coreano llamado Hwang Woo-suk se hizo famoso de la noche a la mañana. Salió en la portada de periódicos de todo el mundo y se convirtió en un héroe nacional en su país. ¿El motivo? Ser la primera persona que conseguía aplicar la transferencia nuclear somática a células humanas. Dicho así, no parece gran cosa, pero si explicamos que esta es precisamente la técnica que permitió al equipo de Ian Wilmut obtener la oveja Dolly en 1996 comprenderemos el revuelo que se generó: Hwang había dado el primer paso para clonar una persona.

La comunidad científica se apresuró a remarcar que ese no era el objetivo, ni de Hwang ni de ninguno de los investigadores que trabajaban en el tema. La transferencia nuclear permite poner el ADN de una célula adulta cualquiera dentro de un óvulo y luego estimularlo para que empiece a multiplicarse y formar un embrión, con el objetivo de extraer células madre (lo que se denomina clonación terapéutica). En otras palabras, es un sistema para conseguir células madre personalizadas que se podrían utilizar para regenerar cualquier tipo de tejido sin sufrir por la posibilidad de que el cuerpo las rechazara. Esto, y no la posibilidad de dejar crecer el embrión esperando que terminara naciendo un clon, merecía un premio Nobel.

Pero no hubo ningún premio para Hwang. En el 2007 se demostró que lo que había anunciado era falso. Había manipulado las imágenes de sus artículos, por lo que ningún otro grupo había conseguido reproducir los resultados. Hwang fue denunciado, destituido, humillado y perseguido (su rocambolesca historia a partir de entonces merece un libro entero), y el tema de la clonación terapéutica cayó en desgracia. Parte de la culpa fue también del japonés Shinya Yamanaka, que justo entonces presentaba una manera alternativa de conseguir las células madre personalizadas sin necesidad del paso previo de crear un embrión. Eran las células pluripotentes inducidas, que, esta vez sí, reportaron el Nobel a su creador en el 2012.

Ocho años después de su primera aparición, las células inducidas aún no se han podido utilizar para ninguna terapia. Hay muchos estudios en marcha (el primer ensayo clínico, para tratar una forma de ceguera, tiene lugar actualmente en Japón) y las posibilidades son inmensas, pero también hay expertos que desde el principio creen que, aunque no representan un problema ético (no se destruyen embriones al generarlas), no son ni mucho menos tan poderosas como las células embrionarias a las que se supone que imitan. Es por eso que la investigación en el campo de la clonación terapéutica no se ha detenido del todo, a pesar de que el fraude de Hwang hiciera que el tema perdiera la popularidad que tenía inicialmente.

Hace unas semanas, finalmente se conseguía lo que Hwang había falseado una década antes: Dong Ryul Lee y Young Gie Chung, en Seúl, y Dieter Egli, en Nueva York, generaban las primeras células madre personalizadas humanas usando la transferencia nuclear. Esta vez el impacto mediático ha sido mucho menor, a pesar de que el grupo del doctor Egli incluso ha ido un paso más allá: con esta técnica ha generado células productoras de insulina que, una vez trasplantadas en ratones, dicen que funcionan normalmente. El potencial para tratar la diabetes, una vez se solucionen una serie de obstáculos técnicos, es fenomenal.

Pero la transferencia somática nuclear es una técnica incómoda. Plantea una serie de problemas morales que preferiríamos no tener encima de la mesa. Para empezar, hay que obtener un número importante de óvulos de donantes, lo que no es sencillo. Si la técnica realmente se hiciera popular, ya hay quien se imagina que se acabarían instaurando granjas de mujeres pobres que venderían sus óvulos para que los países ricos pudieran usarlos. Además, siempre existe el temor de que algún irresponsable aproveche los conocimientos para continuar por otro camino y terminar generando clones de verdad. Las implicaciones éticas de tener copias genéticas de alguien corriendo por el mundo son demasiado complejas para detallar aquí, sobre todo teniendo en cuenta que hoy en día es muy fácil obtener ADN de una persona sin que se dé cuenta: basta con robarle un cabello o un poco de saliva. Así pues, podría ser relativamente sencillo clonar a alguien contra su voluntad.

Las células pluripotentes de Yamanaka deberían ahorrarnos todo esto, si acaban funcionando, pero ahora ya es demasiado tarde: hemos abierto la caja de Pandora y no podemos hacer ver que no pasa nada. Tarde o temprano tendremos que coger el toro por los cuernos y discutir cómo regulamos las técnicas de clonación para que podamos aprovechar todo su potencial terapéutico sin crear un descalabro social. Si es que eso es posible.

El Periódico, Opinión, 22/3/14. Versió en català.

miércoles, 23 de abril de 2014

Ciencias y letras por Sant Jordi

Hoy es Sant Jordi, la jornada preferida de los libreros de Catalunya y la culminación de varias semanas de intensas presentaciones de novedades editoriales. Como cada año, habrá para todos los gustos, desde el best-seller para el gran público a la ópera prima más experimental, pasando por traducciones de clásicos o los productos que aprovechan la popularidad mediática de sus autores. En medio de esta avalancha que reclama a gritos la atención del lector suelen pasar desapercibidas las obras con contenido científico, que siempre han sido la cenicienta del panorama literario local.

El poco interés por leer sobre ciencia en nuestro ámbito queda demostrado por el hecho de que es prácticamente imposible que este tipo de libros se infiltren en una lista de los más vendidos, a diferencia, por ejemplo, del Reino Unido, donde la divulgación es comprada con regularidad por una franja amplia de la población. Cuando vemos un título con aires científicos en un top ten, normalmente está encubriendo un producto de autoayuda o, lo que es peor, la enésima estafa sobre enzimas milagrosas o dietas-que-todo-lo-arreglan. Parece que la impresión de que ciencia y literatura no combinan está bastante extendida, y eso contribuye a perpetuar esta división artificial entre ciencias y letras que nos inculcan en las escuelas y que acaba relegando a los especialistas todo lo que huele a biología o física seria.

Permítanme, pues, que aproveche la ocasión de la fiesta que se avecina para desmontar un poco ese prejuicio y recomendar algunos títulos interesantes relacionados con el tema que nos ocupa, que de otra manera seguro que pasarían desapercibidos. Empezaré con Científics lletraferits, una colección de cuentos que he editado junto con el biólogo Jordi de Manuel, donde hemos conseguido reunir a 20 científicos y tecnólogos catalanes de renombre que a la vez son escritores (entre ellos Pere Puigdomènech, que también participa en esta sección). El objetivo era precisamente demostrar que la gente «de ciencias» podemos hacer ficción de tanta calidad como cualquier otro narrador. Los resultados van del drama a la comedia, del relato negro a la ciencia ficción, y seguro que sorprenderán a más de uno.

También ha llegado a las tiendas el último libro del biólogo Jesús Purroy, Homeopatia sense embuts. El título deja claras las intenciones del autor: analizar de manera rigurosa este fenómeno seudocientífico que tantos adeptos tiene aún hoy en día. Informarse sobre qué hacer para saber si un tratamiento es útil o no -y la homeopatía sería un buen ejemplo- es un ejercicio que nos puede ayudar a separar el grano de la paja la próxima vez que un vecino nos recomiende la última maravilla que nos va a solucionar todos los males. Estos ensayos son necesarios para aprender a ver cuándo quieren darnos gato por liebre, que por desgracia es a menudo. Por otra parte, Anna y Eduard Martorell analizan en Sans i estalvis una serie de intervenciones que, desde el punta de vista científico, pueden influir en nuestra calidad de vida. Sus consejos, mezclados con curiosidades, van desde la dieta al sexo, pasando por el deporte y la relajación.

Aposta per la salut! es la novedad de Manel Esteller, otro compañero de sección y uno de los científicos más destacados del país. Es una mezcla de ensayo, biografía y entrevista sobre cómo el autor ve la situación actual de la ciencia y el impacto que tiene en la sociedad. Una reflexión que nos debería hacer pensar un poco sobre temas que son muy relevantes hoy en día. En esta línea, yo mismo publico Jugar a ser déus con Chris Willmott, último Premio Europeo de Divulgación Científica, un libro para todos los públicos que medita sobre las implicaciones morales de los nuevos avances científicos y cómo afectarán a la humanidad en un futuro próximo. Lo hemos escrito porque los investigadores a menudo pensamos solo en entender el mundo que nos rodea y no nos detenemos a considerar que nuestros descubrimientos lo están cambiando, y este es un debate importante en el que todos debemos participar.

Termino recomendándoles un libro que tiene unos cuantos meses pero que me impactó mucho cuando lo descubrí: Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard, los escritos de un paciente terminal que lucha para entender qué es la vida con el poco tiempo que le queda. Es un texto duro pero enriquecedor que ofrece, desde un ángulo diferente, una impactante visión de la relación entre médico y enfermo. Chocante. Por motivos de espacio me he dejado muchos otros igualmente interesantes, pero espero que al menos habré conseguido presentarles algunas alternativas a las típicas compras de Sant Jordi. Este año, sean originales: regalen a los que aman rosas, libros... y un poco de ciencia.

El Periódico, Opinión, 22/3/14. Versió en català.

martes, 25 de marzo de 2014

La atracción sexual y el futuro de la especie

A todos nos han explicado en un momento u otro que la diferencia natural de tonos de nuestra especie es debida al sol. Las etnias son progresivamente más oscuras a medida que su lugar de origen se acerca al ecuador, porque allí es donde somos más vulnerables a los dañinos rayos ultravioleta. Sin que nos protegiera de ellos la melanina que fabrican ciertas células, y que es la que determina el color de la piel, las mutaciones serían mucho más frecuentes. Como consecuencia, también lo serían los cánceres. La abundancia de melanina, nos han dicho, es una adaptación al entorno seleccionada por sus beneficios sobre la capacidad de sobrevivir.

Esto es esencialmente cierto: alguien de complexión pálida expuesto al sol tropical sin protección tiene un riesgo muy elevado de quemarse y tener problemas serios. Pero cada vez hay más información que sugiere que hemos simplificado los motivos responsables del proceso y que el hecho de que vengamos en un amplio pantone de marrones tiene unas raíces mucho más complejas. El primer dato que nos debe hacer sospechar de la versión oficial es que los Homo sapiens primigenios, que surgieron en África hace unos 200.000 años, ya eran oscuros. Así pues, estrictamente hablando, la selección natural en realidad ha hecho que con los siglos apareciera la piel blanca, no la negra, que es nuestro color original.

A menos que ser negro en, pongamos por caso, Suecia fuera un inconveniente importante, podríamos pensar que la evolución no nos habría hecho palidecer a medida que nuestros antepasados ​​emigraban hacia el norte. Según un artículo publicado recientemente, no es tan sencillo. Una parte de la culpa la seguiría teniendo el sol, pero sin nada que ver con el daño que causa al ADN y cómo esto da tumores malignos. La razón sería nuestra dependencia de la vitamina D, que mayoritariamente fabricamos en la piel gracias a los rayos ultravioleta. Se sabe que un déficit de esta vitamina tiene efectos importantes en la salud y que, cuanto más oscuros somos, más horas de sol son necesarias para conseguir generar los niveles mínimos. Por tanto, los milenios de evolución nos habrían desteñido para que pudiéramos aprovechar mejor el sol tenue de las latitudes europeas y asiáticas, donde no es tan importante la protección de la melanina.

Esta teoría también tiene agujeros. Aunque la salida de África comenzó hace unos 40.000 años, hace solo 8.000 en la península Ibérica todavía éramos mayoritariamente de piel negra, como demuestran unos estudios genéticos realizados por el equipo de Carles Lalueza-Fox, de la Universitat de Barcelona, ​​a un esqueleto hallado en La Braña. Los últimos trabajos dicen que, en Ucrania, los genes relacionados con la pigmentación aún estaban evolucionando hace 5.000 años. Es decir, nuestra pérdida de color no fue tan rápida como cabría esperar si la única explicación fuera facilitar la absorción de luz ultravioleta para generar vitamina D. Esto podría ser porque los primeros humanos eran básicamente cazadores y ya la obtenían de forma suficiente de los peces y animales que componían la mayor parte de su dieta. A partir de la revolución del Neolítico y el cambio alimentario que llevó la agricultura, el papel del sol para mantener los niveles adecuados de vitamina podría haber pasado a ser más relevante.

El hecho de que junto con el aclarado de la piel aparecieran otras características en principio sin ninguna utilidad práctica, como los ojos azules y el pelo rubio, corrobora que aún debe haber más mecanismos implicados. Los científicos lo explican por la intervención de la selección sexual, que a menudo olvidamos que también tiene un papel relevante en nuestra evolución. Esta selección es mucho más impredecible que la natural porque se basa en el hecho de que ciertas características son más atractivas para el sexo contrario. Esto facilita que los individuos que las tienen se reproduzcan más fácilmente, y así los genes responsables pasen a las siguientes generaciones, sin que necesariamente proporcionen otra ventaja.

A menudo la selección natural y la sexual han coincidido. A los hombres nos gustan los pechos grandes y las caderas generosas porque son señales de fertilidad que predicen una mejor propagación de nuestro ADN. Y a las mujeres les atraen los hombros anchos y los brazos fuertes porque anuncian más capacidad de proteger las crías. En un entorno social, estos motivos pierden relevancia, y los individuos más atractivos lo son por rasgos determinados por coyunturas sociales, a veces muy aleatorias. Por lo visto, a los trogloditas les gustaban las rubias de piel clara, y así hemos evolucionado. ¿Hacia dónde nos llevarán los gustos modernos? ¿Cómo serán los humanos de los próximos milenios? ¿Nos acabaremos pareciendo todos a Justin Bieber y a Kim Kardashian? Quizá mejor que no estemos allí para verlo.

El Periódico, Opinión, 22/3/14. Versió en català.