miércoles, 8 de junio de 2022

¿Qué nos hace humanos?

A partir de hoy, podréis encontrar en las librerías mi nuevo ensayo "¿Qué nos hace humanos?". Es una reflexión sobre las bases biológicas de nuestro comportamiento, con la idea de fondo de que es esencial entender nuestra biología si queremos entender nuestro comportamiento (y diseñar mejores sociedades para el futuro). Para conseguirlo he definido el concepto de biohumanismo racionalista, que sería una mezcla de ciencias y humanidades trabajando conjuntamente para resolver los principales problemas contemporáneos. Espero que pueda ayudar un poco a derruir las perniciosas murallas que construímos para separar ciencias y letras, que tendríamos que ver como dos facetas complementarias de la misma cultura.

Entrevista en NIUS diario.

lunes, 6 de junio de 2022

14

 


jueves, 19 de mayo de 2022

La ética de las crisis

La leyenda de la penicilina es bien conocida. Alexander Fleming ha montado su laboratorio en el sótano de un hospital inglés en 1929. Cuando regresa de vacaciones, descubre un cultivo de bacterias contaminado con un hongo y en lugar de desecharlo, lo examina detenidamente y descubre que hay un seguro círculo alrededor del invasor donde las bacterias no crecen. Deduce que el hongo secreta una sustancia que lo protege de sus enemigos, y lo llama penicilina.

Quizás no sea muy conocido que este descubrimiento ya se había hecho medio siglo antes, aunque pasó desapercibido. O que, mientras que Fleming normalmente se lleva el crédito, Howard Florey y Ernst Chain, quienes desenterraron el descubrimiento de Fleming casi una década después y reconocieron su potencial utilidad médica, merecen crédito por hacer de la penicilina el primer antibiótico ampliamente utilizado.

Volvamos a 1940. Europa está en guerra, y mueren más soldados por infecciones que por balas, como es costumbre. Alguien en el gobierno británico se fija en un artículo de Florey y Chain en la revista ‘Lancet’ en el que describen un experimento con ratones infectados con estreptococos en el que sobreviven aquellos a los que previamente se les había inyectado penicilina, mientras que sus compañeros mueren en menos de 24 horas. . A partir de ese momento, la penicilina se trata como un secreto de estado, al igual que los esfuerzos para construir una bomba atómica, porque los políticos reconocen su importancia para ganar la guerra. Todo lo que tienes que hacer ahora es averiguar cómo hacer suficiente.

No será fácil, pero con la ayuda estadounidense y una inversión espectacular de esfuerzo y dinero, solo superada por la carrera para desarrollar una vacuna contra el covid ocho décadas después, los aliados estarán produciendo más de mil millones de dosis en menos de cuatro años. Sin embargo, no hay suficiente para todos los que lo necesitan, y aquí es donde nos encontramos con la realidad. ¿Cómo priorizamos la distribución de un medicamento que salva vidas y que escasea?

La primera parte de la decisión es sencilla: el mundo requiere soldados, por lo que el antibiótico inicialmente estará disponible solo para uso militar. Miles de civiles, incluidas mujeres, niños y ancianos, que podrían haberse curado de infecciones mortales, deben dejar paso a hombres jóvenes que deben detener el avance de Hitler. Sin embargo, la penicilina suministrada por las compañías farmacéuticas estadounidenses en Europa es insuficiente. Debes adelgazar tu giro. Y es aquí donde Churchill toma una decisión inesperada: los soldados con sífilis y gonorrea, dos enfermedades venéreas incapacitantes y muy extendidas que no son mortales (al menos a corto plazo), recibirán antibióticos antes que los heridos. La lógica es innegable cuando lo piensas. Cuando un soldado herido deja el hospital, es posible que no pueda regresar al frente. En cambio, el soldado está listo para seguir siendo carne de cañón una vez que se eliminen las purgas inoportunas. Como resultado, alguien asesinado en el cumplimiento del deber en un burdel se vuelve menos importante para el país que alguien asesinado en el cumplimiento del deber defendiendo la libertad y la democracia. Es sombrío.

podría investigar cómo se distorsiona la moralidad humana en tiempos de crisis. De hecho, ya existe una disciplina llamada pandemia que estudia la ética en situaciones de pandemia. Durante las primeras oleadas de covid-19, algunos sistemas de salud abrumados tuvieron que tomar decisiones al estilo de Churchill, aunque quizás con resultados menos cínicos, sobre cómo se distribuyeron los recursos que no llegaban a todos. Tan aterrador como es, es inevitable, al menos si no hemos hecho nuestra tarea y no estamos preparados para lidiar con problemas de salud de esta naturaleza. Tal vez habremos aprendido para cuando llegue la próxima pandemia.

La decisión de pretender que la pandemia ha terminado y vuelto a la normalidad también es éticamente dudosa, y esto puede no ser obvio para nosotros. Sin embargo, con un virus que se está volviendo más contagioso (las subvariantes BA.4 y BA.5 de ómicron son extremadamente contagiosas) y aún agresivo (se están produciendo menos muertes principalmente porque estamos vacunados, no porque el virus se haya vuelto leve), hacer nada para protegernos pone en peligro a los miembros más vulnerables de la sociedad, especialmente a medida que disminuye la inmunidad (los anticuerpos no duran indefinidamente). Quizás alguien se lleve las manos a la cabeza dentro de ochenta años cuando lo estudien.

[Publicado en El Periódico, 16/05/22]

miércoles, 8 de septiembre de 2021

¿El momento de abandonar la prudencia?

En esta fase de la pandemia, se hace más evidente que nunca que los humanos vamos a dos velocidades: la mitad del planeta está luchando todavía por sobrevivir al virus, mientras que la otra mitad se puede permitir hacer ver que la crisis ya ha pasado. La diferencia principal son las vacunas. Por cada 100 dosis que se han administrado en Europa, en África se han dado solo siete. En los Emiratos Árabes, un 76% de los habitantes han recibido la pauta completa. En la otra banda del golfo Pérsico, en Irán, esta cifra es del 10%. Y si cruzamos la frontera y entramos en Afganistán, solo encontraremos un 1%. Son datos tristes, y más todavía si tenemos presente una información que se dio a conocer la semana pasada: desde marzo, Estados Unidos ha tirado 15 millones de dosis de vacunas. A saber cuántas habrán desaprovechado los otros países que se llaman desarrollados.

La idea de que la pandemia de covid-19 es un acontecimiento global y, en consecuencia, se tiene que solucionar de manera global, ya hace tiempo que la hemos abandonado. Aquí no nos preocupa tanto cuándo se acabará, sino cuándo dejará de importunarnos. Esta necesidad, por otro lado muy comprensible, de querer recuperar la vida normal, está haciendo que algunos políticos tomen decisiones que chocan frontalmente con los principios epidemiológicos más básicos.

El nuevo abanderado de este movimiento, que se podría calificar de negacionismo estatal, es el Reino Unido. El 19 de julio, en el punto más álgido de la ola de verano, el primer ministro, Boris Johnson, anunció que, contra todo pronóstico, seguiría adelante con su plan de eliminar definitivamente la gran mayoría de restricciones. No parecía el mejor momento. Contra toda lógica, las cifras de contagios empezaron a bajar, pero fue un espejismo que duró poco: desde principio de agosto están subiendo a un ritmo comparable al de olas anteriores. A pesar de todo, Johnson todavía no se ha echado atrás y en el Reino Unido se vive prácticamente como si la pandemia ya no existiera.

La clave, una vez más, son las vacunas. Como funcionan bien y han hecho que la mortalidad por covid-19 se reduzca muchísimo, algunos líderes se han abonado a la sinécdoque y actúan como si toda la pandemia estuviera bajo mínimos. Solo hay que mirar los datos para ver que no es así: los casos en el Reino Unido están al mismo nivel que en la Navidad del año pasado. Johnson y sus fans argumentarán que las cifras de muertos no son comparables y que cuando una persona vacunada coge el covid-19, lo más posible es que la viva solo como un resfriado leve. Y es cierto. Pero tendemos a olvidar que la pandemia es mucho más, y hay que continuar insistiendo: hay el covid persistente, que afecta a un porcentaje importante de los positivos; una cierta mortalidad, que aunque sea poca es eminentemente evitable, y también las mutaciones.

Precisamente, hace unos días se anunciaba que se había detectado una subvariante de la delta en 5.000 personas que se habían contagiado en un festival de música al aire libre en Cornualles. Los británicos han descubierto esta mutación porque tienen los recursos para hacerlo, pero no sabemos qué puede haber pasado en otros países donde la vigilancia es más laxa. Todavía no se puede decir si alguna de las mutaciones recientes habrá hecho el virus más agresivo, pero el hecho es el mismo: permitir que la gente se contagie sin tomar ninguna medida disuasoria es como comprar billetes de lotería. Cuanto más lo hacemos, más posibilitados tenemos de que nos toque el premio gordo de una variante que las vacunas no puedan parar.

A pesar de todas estas evidencias, y siguiendo un plan de acción que algunos pueden considerar eminentemente práctico y otros un ejercicio de cinismo incomparable, parece que Johnson haya calculado qué cifra de víctimas es aceptable para poder recuperar la normalidad, en especial la económica. El peligro ahora es que otros países de Europa se inspiren ahora en estas teorías y empiecen a valorar qué riesgos merece la pena correr para no tener que continuar frenando la actividad del país.

A lo largo de los próximos meses sabremos si la jugada de abandonar la prudencia sale bien. Como siempre, las consecuencias serán diferentes en cada lugar, porque las condiciones no son exactamente las mismas. España empieza el otoño con una media de 150 casos por millón. En el Reino Unido hay casi 500. Los niveles de inmunización en adultos son parecidos, pero allá todavía no se ha empezado a vacunar a los menores de 16 años. Catalunya, en cambio, tiene más de la mitad de los niños de entre 12 y 14 protegidos con al menos una dosis, y un 70% de la franja de 15 a 19 años. Veremos qué impacto tiene todo esto en resultado final.

[Publicado en El Periódico, 6/9/2021. Versió en català.]

miércoles, 25 de agosto de 2021

Los retos del segundo otoño pandémico

Si habéis hecho vacaciones de proximidad este verano, seguro que habéis visto escenas que deben haberse repetido en la mayoría de pueblos de la costa catalana: terrazas y paseos llenos, abrazos y besos efusivos, y grupos numerosos socializando alegremente en la playa, con pocas mascarillas y todavía menos distancia de seguridad. Es cierto que hemos conseguido doblegar la quinta ola y que todos los indicadores no han parado de bajar desde el principio de julio, y sin duda nos hemos de felicitar por el éxito que han tenido las medidas de control que se han tomado, pero recordemos que los ingresos hospitalarios y la mortalidad van siempre unas semanas por detrás de los contagios. Todavía no sabemos qué coste tendrán los excesos que hemos estado haciendo estas semanas.

Por eso ahora sería un buen momento para comenzar a plantearnos qué nuevos retos nos esperan este otoño, antes de que, una vez más, nos pillen por sorpresa. Un diario inglés publicaba hace unos días que entre los residentes que han ido a hacer el turista a España hay el doble de positivos cuando se hacen la PCR de vuelta que entre los que han visitado Grecia, Italia o Portugal, la cual cosa quiere decir que posiblemente aquí los controles deben ser menos estrictos y el virus está circulando más que en otros países con características similares. Es con esta perspectiva que, de aquí a unas semanas, abriremos oficinas, transportes públicos y escuelas, situaciones donde el número de interacciones sociales en lugares cerrados, llenos y posiblemente mal ventilados aumentarán considerablemente. Más vale que nos preparemos bien.

Hay diversos factores que debemos valorar a la hora de decidir que medidas deberíamos tomar. El más importante es el dominio absoluto de la variante delta, que ha cambiado radicalmente las normas del juego, principalmente porque es más del doble de contagiosa de las que había el otoño pasado. Además, debemos tener en cuenta que, justo hace un año, en el país había menos de la mitad de casos registrados que ahora. Partiendo de esta base, las medidas que tomamos entonces, que recordemos que fueron insuficientes para evitar la segunda ola, debería funcionar todavía peor esta vez. Sería necesario, así, buscar alternativas urgentemente.

Pero en cambio, tenemos un punto a favor: pase lo que pase, no veremos picos de mortalidad o de ocupación de Ucis comparables a los de entonces, porque las vacunas funcionan muy bien. Lo que no hacen es evitar todos los contagios. Sí que los reducen, en parte, pero menos con la variante delta que con otras, posiblemente porque la cantidad de virus que tienen las personas vacunadas que se han infectado es similar a la de las que no han recibido la pauta completa, según un artículo reciente. Esto confirmaría que, poco o mucho, los vacunados también podemos contagiar y, por tanto, deberían hacer cuarentena como todos si han sido contacto cercano de un positivo (y todavía más si son positivos, claro). De momento, eso no está previsto.

Hay otro elemento negativo importante: se acaba de descubrir que con la delta hay también más posibilidades de contagio durante la fase inicial asintomática, cuando todavía no nos hemos dado cuenta que estamos infectados. La manera más efectiva para evitar esta propagación adicional del virus sería organizar campañas masivas y sostenidas de cribado con test de antígenos, para detectar rápidamente los que están infectando sin saberlo. Esto tampoco está previsto.

La situación, pues, es más compleja que la del primer otoño de la pandemia. También estamos mejor preparados y, en teoría, deberíamos haber aprendido de errores anteriores. Cuando menos, hemos conseguido eliminar de la ecuación los casos más graves y el alto porcentaje de inmunización reducirá también la circulación del virus. Pero eso no quiere decir que podamos bajar la guardia: un aumento de contagios siempre llevará un aumento de complicaciones, aunque los porcentajes ahora sean bajos. Además, la saturación de la atención primaria y los hospitales es un peligro real, como lo son el 10% de casos que acabarán en covid persistente, que puede ser muy incapacitante. Finalmente, no olvidemos que cuanto más circule el virus, más riesgo hay que mute, y eso aumenta las posibilidades que aparezca una variante todavía peor.

Hay motivos de sobras, pues, para tratar una posible sexta ola como las anteriores e intentar reducir al máximo el número de casos. Tenemos las armas necesarias para enfrentarnos: vacunas, cuarentenas y cribados, además de mascarillas y sentido común. Ahora falta ver si seremos capaces de aplicarlas bien. Esto depende tanto de las administraciones como de todos nosotros.

[Publicado en El Periódico, 23/08/21. Versió en català.]

miércoles, 7 de julio de 2021

Otro verano pandémico

Cómo han cambiado las cosas. En mayo celebrábamos que el covid-19 parecía controlado, al menos en Europa, y ya planificábamos cómo pasaríamos las vacaciones con cierta normalidad. Solo un mes después, volvemos a estar cabalgando una ola, que vimos con estupor cómo se formaba en el Reino Unido, un país muy bien vacunado y con los contagios prácticamente a cero, y que ahora está ya rompiendo con furia sobre nuestras costas. ¿Qué ha salido mal?

Nada: así es exactamente como funciona una pandemia. Nos tendríamos que haber acostumbrado a estos altibajos, porque han sido la tónica desde el principio de la crisis, pero nos pensábamos que, con la llegada de las vacunas, estos picos ya no se volverían a ver. Lo cierto es que, mientras el virus circule con libertad por todo el planeta, la historia no se habrá acabado. Esto no quiere decir que las vacunas no funcionen, al contrario: la nueva ola europea es muy diferente a las anteriores precisamente porque hemos conseguido proteger a la población más susceptible. A pesar de que los casos están subiendo con tanta rapidez como después de Navidad, las hospitalizaciones les siguen más lentamente, y lo que prácticamente no aumentan son las defunciones. Si el covid tiene una mortalidad de 1-3% de media (en algunos momentos ha sido diez veces superior), ahora apenas está alrededor del 0,2%. Esto es debido, principalmente, al cambio del perfil de los infectados: el virus está afectando sobre todo a quienes todavía no tienen una pauta completa de vacunación, que son los jóvenes, quienes desde el principio han tenido menos probabilidad de acabar en el hospital.

Pero esto no quiere decir que nos tengamos que tomar esta ola a la ligera. Si sigue el patrón británico, los ingresos subirán, pero proporcionalmente poco. Ahora, la atención primaria, que es la primera línea de defensa cuando hay casos leves, corre peligro de saturarse en breve, con el problema que representa esto para los otros pacientes, que no podrán ser atendidos correctamente. No tenemos que despreciar tampoco el batacazo físico que representa la enfermedad en algunas circunstancias, y el 10-15% de casos de covid persistente, que también se ve en jóvenes, y puede ser muy incapacitante. Además, también pueden aparecer complicaciones a largo plazo, incluso si la infección ha sido asintomática. Preocupan especialmente los problemas cardiacos, que se han descubierto hace poco en algunos atletas americanos y podrían haber tenido consecuencias graves. Así pues, a pesar de la buena noticia de la falta de incremento de mortalidad, hay que tener presente todos los otros problemas asociados que, si bien no son tan graves, tampoco se pueden obviar.

Quizá el riesgo más importante es dar alas al virus. Se ha dicho muchas veces que estamos inmersos en una carrera entre los microbios y las vacunas, y es así. Mientras no logremos la preciada inmunidad de grupo en todo el mundo, las infecciones continuarán. Y cada nuevo contagio es como echar los dados, porque cuanto más circule el virus, más posibilitados tiene de mutar y convertirse en más peligroso. Por suerte, el SARS-CoV-2 es muy estable, por eso en un año y medio ha acumulado pocos cambios importantes. Pero aun así han sido suficientes para generar variantes cada vez más contagiosas, que se han acabado convirtiendo en dominantes en todos los territorios. Lo mismo que pasó con la variante alfa (denominada en su momento británica) se repite ahora con la delta.

Esta batalla la está ganado el virus, que en su encarnación actual ha echado por tierra los esfuerzos de los últimos meses. Pero la guerra es larga. Inmunizamos a un ritmo cada vez más elevado, y se espera que pronto lleguen al mercado más vacunas que contribuirán a darnos una ventaja en la carrera. La clave es hacer entender a los países que van al frente de la campaña que no pueden relajarse hasta que el resto hayan logrado los mismos niveles. Este exceso de confianza es el que ha hecho que nos cogiera con la guardia baja un giro que era esperable.

La situación actual en Europa es mala, pero no trágica. No hace falta que nos entre el pánico, pero tendríamos que aprovechar para recordar que tenemos pandemia para rato y que, si bien las vacunas serán las que nos sacarán de este lío, hace falta que las ayudemos. Esto quiere decir, sobre todo, sensatez. Este verano nos tenemos que relajar, nos lo merecemos, pero no más de la cuenta. La palabra clave es precaución. Hemos mejorado mucho los últimos meses pero, para seguir esta tendencia, tenemos que evitar correr riesgos innecesarios. No estamos yendo atrás, pero lo que haría falta es poder continuar mejorando al mismo ritmo. Y esto depende, en gran medida, de nuestro comportamiento.

[Publicado en El Periódico, 5/7/21. Versió en català.]

viernes, 11 de junio de 2021

Confiar en la ciencia

Me ha pasado unas cuantas veces últimamente que, en las redes sociales, un desconocido me ha acusado de ser pájaro de mal agüero o, incluso, de desear que las cosas vayan mal. No soy el único científico que habla del covid-19 que sufre este tipo de comentarios cuando intenta poner sobre la mesa todos los escenarios posibles, especialmente los que las prisas tienden a arrinconar. Uno puede ser de tendencias más optimistas o más pesimistas, pero los profesionales tenemos la obligación de ser sobre todo realistas, aunque cueste. Hay que ser un poco bobo para creer que señalar los riesgos que nos pueden llevar a situaciones problemáticas quiera decir que tenemos ganas de que ocurran.

Es un tema de probabilidades que a veces cuesta de entender. Si hay un límite de velocidad es porque los estudios demuestran que un accidente por encima de esta cifra tiene un riesgo más elevado de tener consecuencias graves. Cuando decimos que es mejor no superar los 120 km/h, siempre encontraremos a alguien que nos asegurará que se ha saltado la norma mil veces y no le ha pasado nada. Pero esto no quiere decir que, cuantas más veces lo haga, más posibilidades tendrá de acabar mal. Con la pandemia es lo mismo: arrinconar la prudencia no garantiza una hecatombe, pero hace que aumenten las probabilidades. Es importante ir recordándolo, sobre todo en los momentos de más euforia.

A pesar de las críticas que recibimos de vez en cuando, estos días hemos visto un ejemplo práctico del impacto real que tenemos los divulgadores. Cuando en España se les ha dado a los vacunados con una dosis de AstraZeneca la opción de elegir una segunda dosis igual o mezclar vacunas, cerca del 90% se ha quedado con la primera alternativa, que es la que hemos defendido quienes estamos al caso, siguiendo las conclusiones de la EMA y la OMS. Al fin y al cabo, es la única combinación sobre la cual hay estudios fiables (que dicen que es segura y eficaz), el resto son conjeturas. El argumento es tan contundente que se ha aceptado mucho mejor que la recomendación oficial de elegir Pfizer, que todavía no tiene datos científicos suficientemente sólidos en los que apoyarse.

Esto demuestra que, como sociedad, hemos subido un escalón importante: hemos aprendido a buscar información. Puede parecer una cosa trivial en la era Google, pero es precisamente el acceso inmediato a montañas de datos que nos proporciona internet lo que hace que la tarea de encontrar la verdad sea más difícil que nunca. La pandemia nos ha enseñado (o confirmado) que la versión institucional no siempre es la más acertada. Y también que esto no implica forzosamente tener que ir por defecto al otro extremo y creer que todo lo que dice el gobierno es parte de una conspiración. Quien más quien menos en los últimos meses ha buscado voces que le inspiren confianza. Y no se ha quedado con la primera, ni con la más llamativa, ni con la más famosa, sino que se ha construido un grupo de referencia que quizá incluye uno que es un poco radical, otro que tiende a ser más bien conservador y un tercero que siempre busca puntos de equilibrio. Escuchándolos a todos, ha podido tomar sus propias decisiones de una manera bien informada.

Los medios también han contribuido mucho, cediendo el micrófono no solo al grupo habitual de divulgadores o al experto afiliado al sistema, sino ampliando la muestra para ofrecer un abanico de análisis independientes y justificados. Esto ha hecho que nos llegaran opiniones muy valiosas que en otras circunstancias habrían quedado enterradas. Es este esfuerzo común (científicos animándose a subir al estrado, medios abriéndoles las puertas y ciudadanos buscando y eligiendo proactivamente) lo que nos ha permitido madurar colectivamente. Esperemos que, una vez acabada la pandemia, no demos un paso atrás y mantengamos todo esto que hemos ganado.

La semana pasada, 'Buzzfeed News' accedió a 3.200 páginas de 'e-mails' de Anthony Fauci, el coordinador de la respuesta de Estados Unidos a la pandemia, que cubrían los primeros seis meses de 2020. A pesar del trabajo y la responsabilidad que tenía, Fauci sacaba ratos de donde fuera para contestar los mensajes que le enviaban todo tipo de personas preocupadas, desde famosos a ciudadanos anónimos. A un nivel más modesto, muchos científicos hemos intentado hacer una cosa parecida estos días, por ejemplo, resolviendo en Twitter o Facebook las muchas dudas que nos llegaban. Hemos procurado ayudar un poco con las herramientas que tenemos a mano, igual que otros muchos profesionales de campos diversos. Es un esfuerzo, intenso y no remunerado, que hacemos con mucho gusto. La recompensa más grande es ver que, en el otro lado, hay gente que nos escucha y confía en nosotros.


[Publicado en El Periódico, 7/6/21. Versió en català.]

domingo, 6 de junio de 2021

13

 




jueves, 13 de mayo de 2021

Optimismo

Es el momento del optimismo, de hablar de la luz al final del túnel, de celebrar cómo suben los vacunados y bajan las víctimas, de empezar a pensar en todo lo que hemos dejado de hacer y pronto recuperaremos. Es el momento del optimismo, y esto es un peligro. Porque la pandemia no se ha acabado, ni mucho menos: todos estos progresos que estamos haciendo penden de un hilo. Miremos el ejemplo reciente de Chile, un país que, con más del 40% de la población inmunizada y creyendo que ya se habían salido, sufrió un pico intenso del cual se recuperan justo ahora. Los expertos creen que fue culpa de una relajación demasiado rápida, sobre todo relacionada con la apertura de los viajes internos durante el grueso de la temporada de verano, de diciembre a febrero.

Cuando España salió de la tercera ola, el optimismo se empezó a instalar en la población, espoleado por el incremento progresivo del ritmo de vacunación y la perspectiva de conseguir cierta normalidad en verano. Pero la situación en Chile nos demuestra que, incluso con una buena inmunidad y con la pandemia aparentemente controlada, no nos podemos confiar: tenemos que continuar vigilando y no querer correr más de la cuenta.

Así lo han hecho en el Reino Unido. Después de una gestión espantosa que los llevó a tener una de las mortalidades acumuladas más grandes del mundo, parece que por fin han encontrado la estrategia que funciona. Una combinación de vacunaciones masivas y confinamiento prolongado ha hecho que registren un número mínimo de muertes y los casos hayan bajado en picado. Y no les tembló el pulso a la hora de mantenerlo todo cerrado durante la Semana Santa porque los indicadores no eran adecuados. Actualmente, el Reino Unido tiene cinco veces menos contagios que España y el doble de vacunados, pero todavía están prohibidos los encuentros con otras burbujas en espacios cerrados, y restaurantes y pubs solo sirven en el exterior.

En España, en cambio, suele mandar más el calendario. La insistencia para recuperar la vida social y económica, sobre todo cuando se acercan fiestas, es demasiado fuerte en un país muy dependiente psicológica y económicamente de la restauración y el ocio, y con menos recursos para compensar a quienes sufren más el impacto. Ningún político español se ha atrevido a limitar la Navidad, la Semana Santa o el verano, por miedo a una revuelta popular. Por eso el riesgo es ahora que, en los próximos meses, vayamos adquiriendo la esperada libertad con prisa, independientemente de la realidad epidemiológica. El primer aviso ha sido cancelar el estado de alarma porque políticamente tocaba, no porque estemos seguros de que ya no será necesario. La semana pasada, en España hubo un centenar de muertes. En el Reino Unido, que tiene 20 millones más de habitantes, solo una docena. ¿En cuál de los dos países podemos quedar con los amigos para ir a cenar en un espacio cerrado?

Quizá esto es debido a una propensión a autoengañarnos. En España, la presidenta de una comunidad autónoma ha sido aclamada (y reelegida) porque su gestión de la pandemia ha permitido que la gente pudiera disfrutar de libertades que en otros territorios se habían negado. La consecuencia, como era de esperar, es el número de contagios y muertes más elevados del país y, ahora mismo, una de las ocupaciones más altas de ucis. Que levantar restricciones cuando todavía no es prudente hacerlo se paga con vidas humanas a estas alturas es indiscutible. Y, a pesar de todo, algunos escogen no verlo.

No se puede negar que, en todo el país, la situación está mejorando, y que tendría que continuar haciéndolo. Pero también es cierto que los indicadores aún no son del todo buenos: después de tocar fondo a mediados de marzo, la curva de contagios oscila arriba y abajo sin acabar de decidirse a continuar el ritmo descendente. No se trata de ver la botella ni medio llena ni medio vacía: los datos son los que son y se tienen que interpretar de una manera fría. Y a la hora de tomar decisiones de salud pública, siempre es más aconsejable la prudencia que correr riesgos. Que el optimismo, tan necesario para resistir lo que nos queda de pandemia, no nos ciegue: llenar bares y restaurantes no puede querer decir llenar también hospitales.

Estamos en la recta final, pero es una recta larga. Un tropiezo ahora puede hacer mucho daño. El optimismo puede convencernos que esto no volverá a pasar, que ya hemos superado lo peor y que las vacunas evitarán más olas. Esperamos que sea así. Pero recordemos el caso de Chile. E insistamos una vez más con el ejemplo británico: la actividad se tiene que recuperar cuando los datos lo permitan, no cuando la presión socioeconómica lo pida, y siempre de una manera gradual y proporcionada.

[Publicado en El Periódico 10/05/21 ]

lunes, 12 de abril de 2021

¿Qué hemos de hacer con la vacuna de AstraZeneca?

El baile de dudas alrededor de la vacuna de AstraZeneca de estos últimos meses ha culminado esta semana con el anuncio de que la Agencia Europea del Medicamento (EMA) cambiaba sus recomendaciones y admitía que había una “posible relación” entre la vacuna y el aumento de un tipo raro de coágulos en las personas inmunizadas. Concretamente, en Europa se habían visto 62 trombosis de seno venoso cerebral y 24 de la vena esplénica en 25 millones de vacunados (la gran mayoría en mujeres de menos de 60 años), de los cuales 18 habían muerto. Son enfermedades que espontáneamente aparecen con una frecuencia muy baja y, a pesar de que la proporción continúa siendo pequeña en vacunados, la coincidencia temporal despierta sospechas.

¿Qué hay que hacer a partir de ahora? La misma EMA ha concluido que se tiene que continuar usando la vacuna de AstraZeneca porque los posibles riesgos son bajos comparados con el efecto protector que tiene. La agencia reguladora del Reino Unido ha anunciado que la seguiría dando y que la restringiría solo a los menores de 30 años cuando les llegue el turno. El motivo por el cual el Reino Unido ha visto menos casos de trombosis hasta ahora puede ser que, a diferencia de buena parte de Europa, ha usado esta vacuna sobre todo para los mayores de 65 años, que tendrían menos peligro de desarrollarlo. 

Pero todavía quedan muchas incógnitas por resolver. Por ejemplo, las trombosis no se han observado con las vacunas de Pfizer y Moderna, que son de ARN. Esto hace pensar que la tecnología del vector viral de AstraZeneca podría desencadenar una respuesta inmune que destruyera las plaquetas (una de las características de estas trombosis). Pero si es así, tendría que pasar una cosa parecida con las vacunas que usan el mismo sistema, como la Sputnik rusa, la CanSino china o la nueva de Janssen, algunas de las cuales ya se han administrado masivamente. En cambio, todavía no se ha asociado ninguna de estas vacunas a un aumento de trombosis.

Pero asumamos por un momento que la vacuna de AstraZeneca está de verdad relacionada con estas complicaciones, que sin duda es una posibilidad. Lo que tendríamos que hacer entonces es valorarlo con la perspectiva que hace falta dentro del contexto de la campaña de vacunación. Si estos 25 millones de personas no hubieran recibido la vacuna de AstraZeneca, seguramente tendrían que haber esperado meses a que les tocara otra dosis, durante los cuales una parte hubiera cogido el covid-19. Simplificando mucho todas las variables implicadas, podemos calcular por encima qué efecto tendría esto. Si consideramos que cada semana se contagia una de entre 880 personas (para usar datos recientes de Catalunya, aunque esta es una cifra que varía según el tiempo y el lugar), esto querría decir que los no vacunados se podrían haber infectado a un ritmo de más de 28.000 por semana que pasaran desprotegidos. Si asumimos una letalidad del 2% (más o menos la media en España desde el principio de la pandemia), el número de víctimas potenciales por cada día que pasan sin vacunarse será muy elevado. A pesar de ser un cálculo imperfecto, sale una cifra mucho más alta que todas las víctimas mortales de las trombosis. 

Todo esto indica que, si aceptamos como cierta la peor de las posibilidades, que la vacuna realmente cause una trombosis grave en una de cada casi 300.000 personas, el impacto sanitario de no usarla para proteger a la población que tiene más riesgo de sufrir las complicaciones serias del covid-19, los mayores de 65 años, sería más elevado. Desde el punto de vista de la salud pública, pues, es obvio que los beneficios de utilizar esta vacuna superan de mucho las consecuencias de las posibles complicaciones.

A nivel individual, se puede sacar una conclusión parecida. Hay otros fármacos que tomamos regularmente que aumentan las trombosis, como los anticonceptivos orales, que pueden llegar a doblar el riesgo. Todavía más: los vuelos de larga duración lo triplican, y no por eso hemos dejado de tomar estas pastillas o de coger aviones. Incluso salir a la calle en una gran ciudad puede comportar un peligro superior de sufrir accidentes, y no nos quedamos encerrados en casa.

Una manera de evitar problemas seria no darla en mujeres menores de 60 años, pero no tiene sentido que el resto de la población tenga que esperar. Además, ahora podemos estar alerta y reconocer los síntomas de las trombosis, lo que nos permite tratarlas rápidamente y reducir la mortalidad. En un momento en que vamos cortos de vacunas, cosa que hace que la campaña avance más lentamente de lo que se esperaba, no nos podemos permitir rechazar ninguna que se haya demostrado que funciona y que es segura para la gran mayoría.

[Publicado en El Periódico, 9/4/21. Versió en català.]

Mas sobre el tema:
Nació Digital
65 y mas