martes, 16 de junio de 2015

El falso objetivo de la normalidad

Me supo mal que en Irlanda fuera necesario votar el mes pasado si se debía permitir que las parejas homosexuales se casaran. Me parece arrogante que en el siglo XXI todavía nos creamos con el derecho a decidir si podemos discriminar o no a otra persona por el simple hecho de pertenecer a una minoria. La democracia no debería tener nada que ver a la hora de garantizar la igualdad de derechos de todos los humanos: esto no se debe dirimir en las urnas, sino en los tribunales internacionales.Claro que todavía es más triste que en unos ochenta países las relaciones entre personas del mismo sexo estén directamente prohibidas o penadas. O que en la parte teóricamente civilizada del planeta, haya energúmenos que insistan en que la homosexualidad -una característica tan biológica como el color de la piel- no se puede considerar «normal» o «natural».

No creo que ninguno de estos iluminados que ponen el grito en el cielo cuando creen que se está pervirtiendo las leyes de la Naturaleza se haya parado a considerar que lo más antinatural que existe es, de hecho, el ser humano. Si hay algo que vaya en contra del orden establecido es nuestro esfuerzo constante para vivir más y en mejores condiciones. La evolución no había previsto que la mayoría de nuestros hijos sobrevivirían más allá de los primeros cinco años, ni tampoco que sería muy frecuente que llegáramos a edades avanzadas. Esto sí que no es normal. La prueba son todas estas enfermedades terribles para las que la selección natural no nos ha proporcionado defensas efectivas más allá de las primeras tres o cuatro décadas de vida, y que ahora vemos tan frecuentemente por el solo hecho de haber incrementado artificialmente nuestra supervivencia. Por ejemplo el cáncer, que habría de ser una anécdota, como lo es en la inmensa mayoría de los animales salvajes, y no una de las principales causas de muerte en los países desarrollados. Aún es más claro el caso del alzheimer: somos los únicos organismos del planeta en los que se ha descrito esta degradación irreversible.

Esto es culpa directa de habernos convertido en una anomalía biológica. Un trabajo publicado el mes pasado proponía que el alzheimer podría ser la consecuencia de vivir más tiempo de la cuenta con una inteligencia tan elevada como la nuestra. Se ha descubierto que hace entre 50.000 y 200.000 años nuestro genoma fue adquiriendo una serie de cambios en seis genes concretos, todos ellos relacionados con el desarrollo del cerebro. Se cree que esto multiplicó exponencialmente la capacidad de las neuronas de conectarse entre ellas, lo que favoreció que la mente de nuestros antecesores hiciera el salto cuántico que nos ha llevado hasta el hombre moderno. Pero el estudio, dirigido por el doctor Kun Tang, un genetista de Shanghái, dice que estos cambios genéticos serían precisamente los que han dado paso al alzheimer: las nuevas capacidades cerebrales habrían llevado a que la demanda metabólica del tejido se incrementara tanto que con el paso de los años esto haría que las neuronas se fueran dañando progresivamente.

Dicho de otro modo: si continuáramos teniendo la esperanza de vida media prevista para nuestra especie, que ha sido cercana a los 35 años hasta entrado el siglo XX, solo un pequeño porcentaje de afortunados viviría lo suficiente para llegar a superar el límite de resistencia física de un cerebro que siempre trabaja hiperrevolucionado.

Y sin tener que ir a estos extremos, también son muy anormales cosas tan cotidianas como la menstruación y la menopausia, dos conceptos que serían prácticamente residuales si siguiéramos el plan trazado originalmente: la mayoría de mujeres encadenaría embarazos y moriría antes de terminar su época fértil. Por suerte no hay mucha gente que defienda que haya que volver a la prehistoria para no salir de lo que es natural. La gran mayoría aceptamos gustosamente las plagas bíblicas que nos han caído encima por no seguir los mandamientos biológicos, desde los inconvenientes asociados a los ciclos hormonales hasta los elevados riesgos de sufrir alguna degeneración celular.

La historia de nuestra especie es la de la lucha por salir del nicho que la Naturaleza nos había asignado. Hace mucho tiempo que, por suerte, hemos dejado de ser normales y escribimos nuestras propias leyes para no tener que seguir el dictado de la biología. Los avances sanitarios nos han traído vacunas, antibióticos y poblaciones llenas de jubilados. Aunque físicamente un sexo está mejor preparado para cuidar de las crías y el otro para salir a buscar comida, aspiramos a conseguirla igualdad de género en los ámbitos familiar y laboral. Somos los primeros animales que hemos conseguido separar sexo y reproducción. ¿Qué más necesitamos para concluir que la normalidad no es necesariamente un objetivo que valga la pena perseguir?

[Artículo publicado en El Periódico, 14/6/15 (en català).]

sábado, 6 de junio de 2015

7 años!


miércoles, 20 de mayo de 2015

¿Humanos modificados genéticamente?

Últimamente he hecho algunas conferencias sobre el impacto que tiene la ciencia en la sociedad y los problemas éticos que pueden generar algunos de los avances más recientes, a raíz de un libro que publiqué el año pasado. Uno de los ejemplos que pongo es el de la manipulación genética. En las últimas décadas hemos aprendido a jugar con el ADN, y ahora somos capaces de generar animales y cultivos modificados, a los que añadimos o quitamos genes para obtener el efecto que nos interese. En sí mismo, esto ya ha propiciado muchas discusiones, sobre todo en torno a si son prácticas seguras o no. Pero una de las implicaciones de estas técnicas, mucho más importante desde el punto de vista moral, se suele comentar poco: la posibilidad de manipular el genoma humano.

El motivo por el que no se habla mucho de la idea de alterar los genes de nuestros hijos antes de que nazcan es doble. Por un lado, la mayoría de países tienen leyes que lo prohíben, principalmente porque serían cambios que se mantendrían en generaciones futuras. Pero la razón principal es que, hasta ahora, no era técnicamente posible. El debate, pues, se había dejado de lado porque era demasiado abstracto. Las cosas cambiaron repentinamente con el descubrimiento de la técnica llamada CRISPR / Cas9, que ha alterado la forma de trabajar en los laboratorios pero que ha pasado bastante desapercibida a la sociedad, quizá porque sus aplicaciones en la vida real aún quedan lejos. Precisamente, Pere Puigdomènech explicaba los detalles técnicos en esta sección la semana pasada, y comentaba que el CRISPR / Cas9 nos proporciona por fin las herramientas para editar el genoma humano tal como lo hacemos con el de cualquier otro ser vivo. Por primera vez, el concepto pasa a ser en teoría factible.

En las conferencias, avisaba de que no tardaríamos en ver experimentos en esta dirección y que entonces sí deberíamos empezar a considerar seriamente si es deseable o no cortar y pegar los genes de un embrión humano para mejorarlo. Y precisamente hace cosa de unos meses comenzó a circular en el mundo científico el rumor de que alguien ya lo había conseguido hacer. Aún no se sabía quién ni dónde, pero la reacción fue inmediata: el debate sobre si se debían prohibir este tipo de estudios estalló en las revistas especializadas. Unos expertos decían que era un avance espectacular que nos permitiría un salto biológico gigantesco, mientras que otros decían que los peligros que entrañaba la técnica eran demasiado grandes para lanzarse a ella de cabeza. Pensemos en ello: poder cambiar los genes que el azar y nuestros padres nos dan podría hacernos más resistentes a enfermedades, más longevos, más fuertes, más inteligentes... pero también tenemos la información para hacernos más altos, más rubios y más blancos. A pesar de que el beneficio social podría ser inconmensurable, el espectro de la eugenesia, la teoría que propone hacer evolucionar la especie humana seleccionando ciertos genes y que tanto daño causó en manos de los nazis, resucita de repente multiplicado por mil. ¿Quién decidiría qué es mejor? ¿Cómo evitaríamos la discriminación y la homogeneización de la especie?

Finalmente, se ha visto que era cierto: el día antes de Sant Jordi, un grupo de científicos chinos dirigidos por el doctor Junji Huang publicaba en la revista Protein & Cell el artículo que describe cómo han intentado modificar en embriones humanos el gen responsable de una enfermedad llamada beta talasemia usando el CRISPR / Cas9. El porcentaje de éxito fue bajo, y habrá mucho trabajo antes de que la técnica se pueda aplicar clínicamente. Pero es el primer paso.

Lo más sorprendente es que esta noticia no haya salido en las primeras páginas. Aparte del artículo de Pere Puigdomènech y este mismo, he visto pocas referencias a ella. Hacen falta más. ¿Si podría cambiar el destino de nuestra especie, por qué la discusión se limita a las publicaciones del ramo? ¿Por qué no tenemos artículos de opinión en cada diario defendiendo una u otra postura? Antes de que vayamos un día al médico y nos presente un catálogo con todas las opciones para tunear a nuestro hijo, hemos de poder decir si este es el futuro que realmente nos interesa. Y para eso debemos tener toda la información. Es necesario que los científicos comuniquemos, pero también precisamos una prensa que entienda que la ciencia no debe relegarse por defecto a un rincón secundario del periódico o del telediario. Y, sobre todo, es necesario que todos nos interesamos por estos temas. Por eso hoy he vuelto a hablar de eso, para pedir a todo el mundo un poco más de implicación en las novedades científicas. Están pasando cosas muy interesantes en biomedicina, y las consecuencias nos afectarán a todos de una manera todavía difícil de prever. Debemos esforzarnos para no quedarnos fuera ni dejar a nadie fuera de esta revolución que estamos a punto de vivir.

[Artículo publicado en El Periódico, 18/5/15 (en català).]

martes, 21 de abril de 2015

Sobre Dios y la muerte

Los humanos somos los únicos animales del planeta conscientes de estar vivos, y el precio que pagamos por este privilegio es muy alto. Saber que nuestra existencia no es infinita nos genera una serie de temores que inciden de manera importante en nuestro comportamiento, no solo como personas sino también a nivel de especie. La principal consecuencia de ello ha sido la aparición a lo largo de la historia de una gran diversidad de religiones, que se fundamentan en plantear realidades alternativas para facilitar la aceptación de nuestra mortalidad.

Dicho de otro modo, mientras que no podremos demostrar nunca que un dios haya creado al hombre, es evidente que el hombre ha creado el concepto de Dios como ansiolítico para las crisis existenciales. Por ejemplo, la perspectiva de una prórroga celestial más allá de los límites biológicos de la vida en la Tierra puede hacer más llevadera la poca relevancia que tiene el individuo dentro de la inmensidad del universo.

Aunque este tipo de creencias basadas en leyendas primitivas no son necesariamente incompatibles con el razonamiento científico, cada uno tiende a elegir mayoritariamente uno u otro punto de vista como guía principal para entender el mundo que nos rodea. Pero hay momentos en los que se nos hace casi imprescindible recurrir a la imaginación para suavizar el impacto perturbador de la cruda realidad. Lo he experimentado yo mismo estos días, cuando mi hijo de 7 años ha tenido que enfrentarse por primera vez con la muerte de alguien de la familia cercana. A la hora de hacerle entender que no volvería a ver a esa persona que tanto amaba, no le he explicado que, debido a los caminos insondables de la evolución, cuando las funciones bioquímicas de un organismo interrumpen la entropía se apodera de él de una manera irreversible, que sería una descripción mecanística del hecho ajustada a la realidad tal como la conocemos. En lugar de eso, le he consolado diciéndole sin vacilación que este familiar a partir de ahora le vigilaría desde el cielo, donde estaría jugando con sus amigos los ángeles.

Esto podría considerarse mucho más que una mentira piadosa: para resolver un conflicto emocional, un científico ha recurrido de manera automática a una fantasía muy elaborada que proviene de las tradiciones ancestrales de su cultura, que le ha proporcionado más servicio práctico en este contexto que la explicación puramente biológica, sea o no congruente con su forma habitual de pensar. Es una prueba de cómo la religión está inmersa en el tejido básico de las interacciones sociales, aunque no siempre seamos conscientes de eso, y encontraríamos muchas más.

Hay expertos que proponen que esta necesidad casi instintiva de recurrir en momentos clave a un ser divino superior y a toda la parafernalia que lo rodea ha jugado de hecho un papel importante en el desarrollo y el mantenimiento de las complejas redes sociales humanas. Esta teoría defiende que, sin la idea de Dios como entidad todopoderosa y omnipresente, las sociedades no habrían podido nunca llegar a ser tan grandes y estables como lo son ahora. Una de las razones sería que, más allá de proporcionar un confort puntual, la divinidad representaría un código moral superior rigurosamente vigilado desde arriba, que llegaría donde las leyes y la policía humanas no pueden, evitando así que los ciudadanos cometieran crímenes que desestabilizan la comunidad.

Un trabajo reciente del doctor Joseph Watts, que estudia las casi 400 civilizaciones primitivas de las islas de Austronesia, entre Madagascar y Rapa Nui (la isla de Pascua), propone precisamente lo contrario, que tal vez la presencia de un dios que lo ve todo no es tan esencial para iniciar el proceso de crecimiento social como dicen los demás. Watts ha observado que la complejidad política de estas sociedades isleñas no dependía de que antes hubieran establecido la adoración a un dios supremo y vigilante. Más bien al revés: Dios aparece en estos casos una vez la sociedad ya ha evolucionado considerablemente. Un posible motivo sería que la religión organizada facilita que ciertos avispados accedan al poder necesario para controlar al resto de la población canalizando el miedo a la ira divina.

Con independencia del papel que el temor a un dios que reparte castigos y recompensas haya tenido en el establecimiento de las civilizaciones, su importancia a la hora de explicar lo que no podemos explicar es una de las virtudes que lo han hecho más perdurable. Por eso decía que Dios y ciencia no son excluyentes: siempre habrá cosas imposibles de racionalizar, como el dolor que genera la pérdida de un ser querido. En estos casos, aferrarse al imaginario religioso puede ser una solución muy atractiva.

(Quisiera dedicar este artículo a Ana. La echaremos mucho de menos.)

[Artículo publicado en El Periódico, 18/4/15 (en català).]

martes, 31 de marzo de 2015

Jugar a ser Dios


Ya está a la venta la traducción de Jugar a ser Dios (el original en inglés sigue inédito...), el libro que Chris Willmott y yo hemos escrito sobre el impacto social y ético de los descubrimientos biomédicos recientes. Ganó el Premio Europeo de Divulgación Científica que otorgan la Editorial Bromera y la Universidad de Valencia y está dirigido a un público general interesado en la ciencia no necesariamente con un conocimiento ámplio del tema, como mis libros anteriores. Aquí tenéis más detalles:



martes, 24 de marzo de 2015

La ignorancia científica

Hace unos días, en una televisión publica entrevistaron a J. M. Mulet, investigador y divulgador, que acaba de publicar Medicina sin engaños, un libro atrevido y muy bien documentado sobre la estafa de las seudociencias. El espectáculo fue triste. Quien le hacía las preguntas no solo se olvidaba de la supuesta neutralidad periodística (un pecado, por otra parte, frecuente hoy en día), sino que, haciendo patente su absoluta ignorancia, trataba al doctor Mulet como una persona obsesionada por sus convicciones y que rechaza considerar alternativas igual de válidas.

Por desgracia, este es un problema muy extendido al que se enfrenta la ciencia. Demasiado a menudo se la obliga a compararse con ideas peregrinas e indemostrables, como si estas tuvieran el mismo valor que una teoría confirmada con años de investigaciones. La ciencia no es una cuestión de creencias, sino de hechos. Por ejemplo, que la homeopatía no tiene ningún efecto biológico más allá del placebo no es una opinión: es una realidad. También lo es la evolución o que la Tierra gira alrededor del sol. No hay vuelta de hoja. ¿Por qué, pues, los científicos debemos seguir luchando contra esta suspicacia enquistada cuando intentamos explicar cómo funcionan las cosas? Se trata de un problema básico de comunicación.

Vladimir de Semir, uno de los grandes expertos en el tema de la divulgación científica que tenemos en el país, acaba de publicar Decir la ciencia, un interesante estudio que analiza la difícil relación entre ciencia y comunicación pública. De Semir se plantea si lo que necesitamos son más científicos comunicadores (gente que, como yo mismo, tiene un laboratorio y también colabora en los medios) o mejores comunicadores científicos (el periodista con conocimientos más o menos extensos del campo). Los primeros quizá entienden mejor la información que hay detrás de un descubrimiento, pero los otros suelen transmitir mejor. La conclusión es que es necesario educar a los dos para que obtengan las habilidades que les faltan y juntos consigan que la ciencia llegue a todos, que al fin y al cabo es el objetivo.

Es una estrategia excelente, pero na debemos olvidar el tercer vértice del triángulo: el público. Mientras un grueso importante de la población siga siendo capaz de tragarse cualquier animalada que se les quiera vender sin plantearse si el principio en el que se basa tiene lógica, las semillas de la mejor divulgación científica no acabarán de germinar nunca.

Es una cuestión de ignorancia, como decía al principio, pero no por falta de educación convencional. Por ejemplo, una gran proporción de padres que rechazan vacunar a sus hijos tienen un título universitario. No es necesario que recuerde el peligro que representa esta moda, muy bien explicado por mi compañero de sección Pere Puigdomènech la semana pasada.

Hay que dar a todo el mundo las herramientas para poder detectar los engaños. Para empezar, la ciencia ha de volver a los diarios por la puerta grande. Son pocos los que aún mantienen una sección de ciencia decente. Y los esfuerzos de rigor de los periodistas científicos los echan por tierra otras secciones dela misma publicación, que con cualquier excusa referente al nombre de su cabecera o de ser entrevistas, tienen barra libre para glorificar a cualquier charlatán sin pedirle que aporte pruebas de lo que dice. Es normal que el lector acabe pensando que tiene el mismo peso el iluminado que habla de los peligros mortales del wifi que el profesor que ha descubierto un nuevo tratamiento contra el cáncer.

Y tenemos que ir aún más allá. Es urgente que en la escuela se cree una asignatura seria que explique el razonamiento científico, que enseñe a buscar y analizar datos y sacar conclusiones propias. Es la mejor protección que podemos dar a los ciudadanos para evitar que sigan muriendo niños por enfermedades que ya deberían estar erradicadas o que alguien se suicide por desconocimiento, como le pasó a Steve Jobs cuando optó por las terapias alternatives para tratarse un tumor .

En su libro De Semir cita una encuesta que dice que la mayoría de la población de la UE está interesada en la investigación científica. Así pues, la base existe. Se debe aprovechar. Potenciar la divulgación de calidad debe ser una prioridad de los gobiernos. También los medios, que tienen una responsabilidad muy grande de filtrar las seudociencias. Y de las editoriales, que deben seguir publicando libros por incómodos que sean, como el de J.M. Mulet, o el igualmente excelente Homeopatia sense embuts de Jesús Purroy, y rechazar falacias nocivas sobre enzimas prodigiosas y dietas mágicas, aunque les den más dinero. Entre todos podemos conseguir desterrar el oscurantismo. Solamente hemos de tener ganas de ponernos a ello.

[Artículo publicado en El Periódico, 22/2/15 (en català).]

Nota: podéis ver la entrevista a la que me refiero al principio aquí.

martes, 24 de febrero de 2015

La epifanía del supositorio

Un amigo me comenta que el médico le ha recetado un supositorio, un artefacto que él relacionaba con una infancia remota de televisión en blanco y negro. Le digo que, aunque no es muy habitual, todavía resulta útil hoy en día para solucionar ciertos problemas a los adultos. Y añado que no se le olvide ponérselo al revés de lo que parece lógico: la parte plana primero, empujando por la más amplia y acabada en punta. Me mira atentamente para intentar descubrir si le estoy tomando el pelo, pero se lo aseguro que es verdad. Aún recuerdo cuando me lo explicaron en la facultad hace casi un cuarto de siglo. En su momento también me sorprendió y me quedó grabado. No muy convencido, mi amigo me da las gracias. Lo vuelvo a ver poco después y, antes de que pueda preguntarle cómo fue, me cuenta que la estrategia del supositorio invertido fue un desastre, que aquello no acababa de entrar donde debía entrar y se le deshacía a las manos de tanto apretar. Avergonzado, le pido disculpas por el mal consejo y le prometo no volverlo a repetir nunca más.

Este episodio, tan escatológico como real, me servirá hoy para hacer dos reflexiones. Para empezar, que a los 20 años nos tragamos cualquier cosa que un profesor nos dice desde la tarima. Siendo estudiantes no es del todo extraño que nos falte la capacidad de reflexión crítica, que es clave para hacer avanzar el mundo: es una herramienta que precisamente se debería aprender en la universidad, sea cual sea la carrera que estudiamos. Por desgracia, solo algunos afortunados acaban desarrollando como buenamente pueden, más a consecuencia de los golpes que van recibiendo, no a resultas de ningún plan de estudios programado. ¿Dónde estaría la especie humana si no hubiéramos aprendido a cuestionar la verdad establecida y buscarle costuras? Muchas veces no habrá, pero de vez en cuando descubriremos una alternativa mejor. El día que en las facultades enseñamos a dudar y a razonar más que memorizar, tendremos por fin una población bien preparada.

Con la edad he alcanzado la madurez y la experiencia necesarias para ir más allá de la normativa aceptada, por lo que después de hablar con mi amigo me puse a hacer un poco de investigación. Inmediatamente encontré el culpable de todo: un artículo publicado en la prestigiosa revista médica 'Lancet' en 1991. En él, aducían una serie de razones fisiológicas para recomendar el cambio de forma de aplicación de los supositorios y hacían un estudio a partir de seiscientos voluntarios, la mayoría egipcios, que sugería que poniendo la punta plana primero, la inserción es más sencilla y satisfactoria. Las conclusiones se convirtieron inmediatamente en dogma: a partir de entonces, no sólo se explica así en las facultades de medicina, como pude comprobar en primera persona, sino que pasa a ser el estándar que se enseña en las escuelas de enfermería de todo el mundo. O sea que si va a un hospital y necesita un supositorio, probablemente se lo pondrán del revés. Pero lo más sorprendente es que después de este trabajo revolucionario, nadie vuelve a hablar nunca más del tema. Un artículo del 2006, publicado en el 'Journal of Clinical Nursing', se hacía cruces y reclamaba que serían necesarios estudios más completos y extensos antes de establecer una normativa tan universal.

Y aquí viene la segunda reflexión. Los humanos tendemos a buscar verdades absolutas, afirmaciones inmutables que nos permitan encontrar un punto de anclaje al que aferrarnos. Supongo que es parte de la desesperación existencial propia de nuestra naturaleza, como lo demuestra el hecho de que haya tantos 'libros sagrados', escritos hace siglos, a los que una buena parte de la población todavía recurre constantemente para buscar una guía vital.

Nos pasa menos a los científicos, porque se supone que debemos ser inquisitivos por naturaleza, pero el caso del supositorio es un ejemplo de cómo a veces podemos aceptar una hipótesis con los ojos cerrados sin validarla debidamente. El artículo de 'Lancet' se convirtió inesperadamente en el Nuevo Testamento de la administración de medicamentos por vía rectal y, si hay que hacer caso de la experiencia de mi amigo, sin los méritos necesarios. Quizá simplemente es que los esfínteres de los egipcios no tienen la misma morfología que la de los europeos y sería necesaria una metodología más flexible. Aquí, como en tantos otros casos, lo que ha fallado es el espíritu crítico.

A veces cosas tan simples como un supositorio esconden una epifanía que puede dar lugar a reflexiones interesantes. Solo debemos tener los ojos abiertos y las preguntas en la punta de la lengua. En mi búsqueda, además, he descubierto otra cosa: el edificio donde trabajo lleva el nombre de la persona que comercializó los primeros supositorios en forma de torpedo, Henry S. Wellcome. Qué mundo más pequeño.

[Artículo publicado en El Periódico, 22/2/15 (en català).]

lunes, 29 de diciembre de 2014

El descubrimiento del año

Siempre que se acaba el año, periódicos y revistas airean listas de éxitos de todo tipo, que a su vez sirven de resumen de los libros, los discos, los conciertos, los personajes o las noticias que más han destacado los últimos 12 meses. También lo hacen las publicaciones científicas. Prácticamente en todos los 'top ten' del 2014 ha figurado, en lo alto y con letras de oro, la hazaña de la sonda 'Rosetta' y su estudio pionero del cometa 67P/ Churyumov-Gerasimenko. Han aparecido también, entre otros, descubrimientos de fósiles interesantes que han aclarado momentos clave de la evolución o avances en biología sintética que anuncian posibilidades impactantes para un futuro cercano.

Algunas listas mencionaban un experimento que ha dado unos resultados sorprendentes en el campo del envejecimiento. Lo que han hecho es mezclar la circulación de un ratón joven con la de uno de edad avanzada, una técnica complicada pero que hace más de 150 años que se conoce. Lo que vieron los científicos es que el animal viejo acababa 'rejuveneciendo' cuando la sangre del otro corría por sus venas. Esto se ha ido descubriendo gradualmente desde principios de este siglo, pero la novedad es que este año se ha hallado el factor específico presente en el plasma que se cree que sería el responsable del efecto. Se llama GDF11 y en estos momentos se está llevando a cabo el primer ensayo clínico para determinar si realmente tiene propiedades 'anti-ageing': 18 afectados de la enfermedad de Alzheimer están siendo tratados con inyecciones de plasma de donantes jóvenes y se espera que a final del 2015 sabremos si tienen algún efecto positivo a la hora de frenar el deterioro neuronal.

No es el único tratamiento contra el envejecimiento que podría funcionar. A pesar de que actualmente aún no tenemos ningún producto que sea verdaderamente útil en este sentido, hay un montón de laboratorios en todo el mundo, entre ellos el mío, buscando posibles soluciones. Una podría ser los antinflamatorios, unas pastillas que mucha gente toma regularmente. Concretamente, la semana pasada se publicó en la revista 'PLOS Genetics' que el ibuprofeno alarga entre el 10 y el 17% la vida de gusanos, levaduras y moscas, tres modelos usados frecuentemente en investigación. Las razones de este efecto inesperado aún no están muy claras.

Resultados similares se han visto con la metformina, un fármaco que usamos hoy para controlar la diabetes, o la rapamicina, que tiene el problema de ser un inmunosupresor importante. Además, en mi laboratorio hemos descubierto una sustancia que prolonga la esperanza de vida de las moscas más de un 20%, a la vez que las mantiene más activas, unos resultados que esperamos hacer públicos próximamente. Y hay muchas otras opciones que se están estudiando, con resultados preliminares positivos. El caso es que todavía no sabemos si ninguno de estos tratamientos tendrá algún efecto en humanos. La mayoría de expertos cree que un día u otro encontraremos algo que frenará (poco o mucho) nuestro envejecimiento. Puede ser un momento histórico que abra las compuertas de una revolución médica sin precedentes.

Explicaba todo esto en una charla que hice la semana pasada en un instituto y una de las primeras preguntas que me hicieron los alumnos fue por qué los científicos estamos tan obsesionados con detener el envejecimiento, cuando hay otros problemas más importantes. Le contesté que cuando tuviera 40 años y le empezaran a chirriar algunas articulaciones entendería rápidamente la razón. La búsqueda de la inmortalidad es una obsesión antigua, reflejada ya en una de las primeras obras literarias conocidas, 'La epopeya de Gilgamesh', de cerca de 4.000 años de antigüedad, y ahora que por fin entendemos a nivel celular por qué nos hacemos viejos no nos detendremos.

El problema es que la ciencia está avanzando más rápidamente que la sociedad. ¿Estamos preparados para un mundo en el que una parte importante de los humanos (inicialmente la de los países ricos, con toda seguridad) viva más de 100 años? ¿Cómo aseguraremos la sostenibilidad de una población en la que el porcentaje de viejos supere con mucho el de jóvenes? ¿Dónde meteremos tanta gente si los nacimientos continúan al mismo ritmo pero tardamos mucho más en morir?

No son escenarios apocalípticos sacados de libros de ciencia ficción, sino realidades que la investigación biomédica puede hacer posibles a corto o medio plazo. Tanto en conferencias como en uno de mis últimos libros de divulgación ('Jugar a ser dioses', escrito a medias con Chris Willmott) defiendo que tenemos que empezar a debatir estos temas lo antes posible, para que los investigadores, mientras tanto, sigamos haciendo nuestro trabajo. Debemos evitar que llegue un día en que el descubrimiento científico del año sea a la vez el anuncio de una catástrofe social de repercusiones imprevisibles.

[Artículo publicado en El Periódico, 06/9/14 (en català).]

martes, 16 de diciembre de 2014

Estas Navidades... ¡regala libros!

Si buscáis un libro con un toque de ciencia para regalar (o regalaros) estas Navidades, permitidme que os recomiende uno que se acaba de publicar, que he coescrito con otros dos científicos (David Bueno y Eduard Martorell). Se llama Los límites de la vida y es una novela sobre qué significa estar vivo. Hay mucha ciencia, un poco de filosofía pero también intriga y romance. Recomendable para todo el mundo que esté interesado en la ciencia, de 12-13 años en adelante. Aquí tenéis el booktrailer:


Lo podéis comprar online aquí o aquí (en formato digital).

Ya de paso os recomiendo los otros libros de que he publicado en castellano (disponibles todos aquí o aquí), y para los que vivís en América, aquí):

Divulgación científica:
Inmortales y perfectos (2008)
Las grandes plagas modernas (2010).
Qué es el cáncer (y por qué no hay que tenerle miedo) (2013)

Novela:
Colmillos (2011)

Cuentos para niños:
Cinco días en otro planeta (2013)

martes, 2 de diciembre de 2014

La recompensa de la nostalgia

Quentin Compson es un joven estudiante que, desde una habitación en la residencia de la Universidad de Harvard, recuerda la historia de varias generaciones de su familia y, de rebote, la vida en el sur de los Estados Unidos que acaba de dejar atrás. El año es 1936, y la narración de Quentin es el núcleo de '¡Absalón, Absalón!', una de las novelas más conocidas de William Faulkner y un buen ejemplo del uso literario de la nostalgia para crear obras de arte perdurables. Otro caso, tan conocido que muchos pueden citar sin ni siquiera haber abierto el libro, es la magdalena 'proustiana', que con un simple mordisco desencadena los recuerdos que llenan los seis volúmenes de 'En busca del tiempo perdido'. ¿Qué tiene la nostalgia que nos fascina tanto, desde el punto de vista creativo y, por tanto, también desde el emocional?

Si la pregunta te la puedes hacer leyendo a escritores tan prestigiosos como Faulkner o Proust, una posible explicación biológica se podía encontrar hace poco en la revista 'Neuron', en la que un artículo escrito por unos científicos de la Rutgers University, en New Jersey, proponía que el ejercicio de la nostalgia desencadena una respuesta química en el cerebro comparable a la que experimentamos cuando nos dan dinero. Es decir: desconectar del presente para repasar los 'grandes éxitos' del pasado genera una recompensa física tangible, lo que explicaría por qué somos adictos a la nostalgia. Para demostrarlo, el grupo de investigadores dirigido por el doctor Mauricio Delgado pidió a un grupo de voluntarios que recordaran momentos felices y otros neutros mientras se sometían a una resonancia magnética funcional, una técnica de imagen que permite ver en tiempo real qué partes del cerebro están activas y cuáles no. Como era de esperar, todos los sujetos se pasaban más tiempo pensando en los recuerdos agradables que en los que no tenían ningún componente emocional positivo. Las mejores experiencias de la vida

Lo más sorprendente era que, durante la sesión nostálgica, se les encendían unas zonas cerebrales conocidas como el córtex medial prefrontal y el cuerpo estriado, las mismas que se sabe que responden siempre que hay una ganancia económica. Con su curiosidad en aumento, los científicos les propusieron otro experimento. Les ofrecieron una cantidad de dinero para recordar un hecho positivo y una más elevada para recordar uno neutro. La mayoría de voluntarios no lo dudaban: preferían menos dinero a cambio de poder disfrutar una vez más de las mejores experiencias de su vida. Además, la respuesta neurológica observada con la resonancia era de mayor magnitud en aquellas personas que después de la sesión decían que su estado de ánimo había mejorado notablemente.

Todo esto demostraría que esta necesidad mental de volver periódicamente a lo bueno que hemos dejado atrás tiene una razón de ser, más allá de proporcionar temas interesantes a los artistas. Solo hay que reconocer cómo disfrutamos de festivales nostálgicos como pueden ser las cenas con amigos de la infancia, donde la inevitable sucesión espontánea de batallitas obliga al córtex medial prefrontal a hacer horas extras. La capacidad tan típica de los humanos de perdernos en los recuerdos podría ser en realidad una estrategia más de la evolución, una respuesta biológica tal vez aparecida gracias a unas conexiones neurológicas accidentales, que la selección natural habría conservado por claros efectos euforizantes que tendrían en nuestro estado de ánimo. La voluntad de innovar

Pero abusar puede ser peligroso. Así como una dosis razonable de nostalgia parece ser saludable, convertirla en una máxima que te dirija el curso de la vida, como aún ahora podemos ver que hacen ciertos elementos reaccionarios de la sociedad, va en contra de lo que ha permitido que nuestra especie lograra hitos espectaculares: la voluntad de innovar. El problema viene cuando se quiere ir más allá del ejercicio de la imaginación para intentar reproducir, en un entorno contemporáneo, lo que la memoria nos dice que era mejor, en lugar de continuar caminando adelante. Para avanzar debemos venerar el pasado, pero siempre sabiendo qué tenemos que dejar atrás.

De una manera u otra, la nostalgia es una parte importante de nuestra existencia, y ahora sabemos que esto tiene una razón biológica de ser. Está muy integrada en las rutinas vitales de la humanidad, lo que hace que acabe reflejándose en las manifestaciones artísticas o que algunos lo utilicen de estandarte para justificar su tradicionalismo. Incluso el lenguaje ha sentido la necesidad de crear palabras únicas para definirla, como la 'saudade' portuguesa o la morriña gallega, por poner dos ejemplos practicamente intraducibles. No tiene nada de malo recrearse un rato en los recuerdos felices: el cerebro se lo agradecerá. Téngalo bien presente, y la próxima vez que hinque el diente a una magdalena hágalo sin remordimientos pero con mesura.

[Artículo publicado en El Periódico, 06/9/14 (en català).]