jueves, 6 de junio de 2019

10+1


Once años desde que empecé a escribir este blog, que coincidió con mis primeros pasos en la divulgación científica (y un cambio de continente...). ¡Y aquí seguimos!

lunes, 3 de junio de 2019

Cuestión de vida o muerte

La gran revolución filosófica del siglo XXI está llegando por un lado inesperado: las ciencias biológicas. La genética, la biomedicina y demás disciplinas nos van acercando uno de los sueños de los pensadores clásicos: desnudar al ser humano para que podamos entender de una vez qué somos. Y lo que somos tiene mucha menos mística de lo que nos han estado vendiendo a lo largo de milenios. Descubrir que los humanos ocupábamos la última rama de un árbol familiar poblado de animales ya fue en su momento una cura de humildad. Ahora vamos más allá y estamos entendiendo que lo que nos hace realmente diferentes, la capacidad de pensar, se puede explicar por una serie de reacciones bioquímicas y biofísicas medibles (y, por tanto, manipulables), sin tener que recurrir a ninguna entidad superior que las justifique.

Porque el cerebro, por muy fantástico que sea, no deja de ser un montón de células. Hace unas semanas, la revista 'Nature' anunciaba que unos científicos de la Universidad de Yale habían conseguido restablecer la actividad metabólica básica de un cerebro de cerdo horas después de que hubiera sido separado del cuerpo de su propietario. No es exactamente que lo hayan 'resucitado', que era la palabra que más salía en los titulares de la prensa, porque en ningún momento se hablaba de haber reactivado las funciones cerebrales, pero el experimento demuestra que la diferencia entre estar vivo o muerto es puramente bioquímica. Esto hace pensar que, con la combinación adecuada de factores, podría ser que en el futuro aprendiéramos a 'reiniciar' un organismo después de que haya perdido la capacidad de ser consciente. No habíamos estado tan cerca de convertir en realidad las pesadillas de Mary W. Shelley o las cabezas cortadas dentro de peceras de la serie 'Futurama'.

¿Cuál es la consecuencia inmediata de este conocimiento sobre la vida y la muerte que estamos acumulando, aparte del placer filosófico de entendernos un poco mejor? Sobre todo darnos cuenta de que la vida se puede 'hackear'. Este es un regalo aún más fantástico que nos está haciendo la ciencia. No solo podemos definir qué nos hace como somos, lo que significa estar vivo, sino también empezar a pensar en cambiar las normas del juego. Esto abre la puerta a hablar de los 'posthuman', el posible siguiente escalón de nuestra evolución, y el transhumanismo, la teoría que propone que debemos aprovechar los avances científicos para 'mejorarnos' por todos los medios (genéticos, químicos, biónicos) posibles.

Precisamente, el club de Roma, con la colaboración de la Obra Social la Caixa, organizó el año pasado un ciclo de charlas alrededor del transhumanismo, en las que tuve el honor de participar. La idea era incentivar el debate sobre un tema que cada vez tendrá más impacto en la sociedad. Ahora acaba de publicarse el libro que resume aquellas ponencias. Entre los meses que transcurrieron desde mi conferencia al día que recibí las galeradas para repasar el texto, la situación había cambiado tanto que tuve que reescribir unos cuantos párrafos. Así de rápido estamos avanzando. Lo más interesante de este libro no es que en sus páginas se discuta si debemos promover o evitar el transhumanismo: la mayoría de los participantes admitimos que es inevitable. Por tanto, el debate debería centrarse ahora en cómo logramos controlarlo y llevarlo hacia un lugar seguro. Bien utilizado, el transhumanismo puede llevarnos a un futuro espléndido, pero también tiene el poder de estropearlo todo si no se usan las herramientas con sabiduría.

Cuando doy una charla en un instituto, siempre acabo diciendo a los alumnos que es la mejor época de la historia de la humanidad para dedicarse a la ciencia. Lo creo firmemente: con los recursos que tenemos hoy en día, el único límite es la imaginación. Al ritmo que vamos, en 30 años ellos podrán decir exactamente lo mismo a la siguiente generación. La era de las maravillas apenas está comenzando, y parece que va para largo. Y aún nos puede traer muchas novedades, tanto buenas como malas. Los humanos aprendemos a golpes, y es muy probable que el uso indebido o poco controlado de la nueva biología nos lleve a las puertas de alguna catástrofe, tal vez del estilo de Hiroshima, intencionada, o del de Chernobyl, accidental, por poner dos de los ejemplos más sonados de tragedias científicas del siglo pasado.

Haríamos bien en leer más distopías, un género literario que lleva décadas catalogando los futuros alternativos más oscuros, para prepararnos para todas las posibilidades y evitar así males mayores. Casi nada de lo que las fértiles mentes de los escritores de ciencia ficción han imaginado será imposible. Más vale estar preparados.

[Publciado en El Periódico, 25/5/19]

viernes, 3 de mayo de 2019

¿Qué fue primero, Dios o el hombre?

La relación entre Dios y sociedad es un tema fascinante, uno de los pocos puntos de intersección (quizá el único) entre religión y ciencia. Es un misterio que nos acompaña desde hace milenios: ¿por qué los humanos hemos tenido la urgencia de inventarnos las divinidades? ¿Por qué culturas alejadas en el tiempo y el espacio han acabado igualmente atraídas por el poderoso campo gravitatorio de las religiones? Hay una teoría bastante aceptada que propone que la aparición de dioses con el poder de hacer cumplir un código ético es un proceso necesario para la formación de civilizaciones complejas. Hace un par de semanas, un artículo volteó esta hipótesis con una reinterpretación de los datos, lo que significa que aún nos queda mucho por entender sobre cómo han evolucionado las sociedades modernas.

Empezamos, no obstante, por la pregunta del título, que ya se habrán dado cuenta de que no se puede responder científicamente porque una parte de la ecuación no es accesible: la existencia de una entidad superior que se haya tomado la molestia de insuflarnos vida es indemostrable, por tanto no hay que perder más tiempo (bastante se ha perdido a lo largo de los siglos) discutiendo esta posibilidad. Pero la segunda mitad es mucho más clara. Mientras que no sabremos si Dios creó al hombre, sí tenemos la certeza de que el hombre creó a Dios. Varias veces, de hecho, y de manera independiente. Por tanto, no puede ser una casualidad. Del mismo modo que la selección natural preserva los rasgos genéticos que permiten que los organismos se adapten mejor al entorno, las sociedades también mantienen las características que las hacen sobrevivir y proliferar con más eficacia. Esta sería una.

La teoría de los "dioses moralizantes" que mencionaba antes ofrece una explicación plausible a la ventaja social de la religión. El hecho de que una población crea en un ser sobrenatural que puede castigar ciertos comportamientos favorecería la cooperación a larga escala entre extraños, un requisito esencial para pasar de pequeñas estructuras independientes a la formación de megasociedades. Según esta hipótesis, cuando un grupo comienza a crecer mucho necesitaría el cemento de la religión para mantener la paz y la unidad, por eso nos hemos inventado todo un abanico de dioses. Serían como las muletas que nos han permitido florecer socialmente.

Un trabajo publicado en 'Nature', que ha estudiado a fondo la evolución de 414 sociedades aparecidas en los últimos 10.000 años, propone una lectura ligeramente diferente: la figura del Dios capaz de penalizar a los que no siguen un código moral concreto no sería lo que permite la emergencia de las sociedades complejas, sino que sería una consecuencia de ellas. Es decir, este tipo de divinidades no aparecería hasta que una civilización superara un umbral, que han cifrado en un millón de personas. Esto implica que los dioses moralizantes no son imprescindibles para que surjan grandes estructuras sociales, sino que serían útiles después, una vez están bien establecidas, para ayudarlas a expandirse y convertirse en imperios. Los autores concluyen también que serían más importantes para la cohesión las prácticas rituales, que suelen aparecer antes que la idea del Dios todopoderoso. Un detalle final: normalmente antes de crear sus dioses, las sociedades necesitan inventar una forma de escribir. El poder de la palabra escrita es más que divino.

Termino, si me lo permiten, con un tema mucho más trivial: una pequeña efeméride. Tienen delante el artículo número cien que escribo para esta sección. Cien meses que llevo compartiendo el sábado con ustedes. El proyecto comenzó en enero de 2011, y ha continuado ininterrumpidamente a lo largo de estos ocho años, solo con las pausas obligadas de las vacaciones. Siempre agradeceré a EL PERIÓDICO que se atreviera a dar voz a cuatro científicos y que no nos relegara a una sección especializada, sino que nos hiciera un lugar entre los otros opinadores. Es una manera de reconocer que nuestra disciplina nos ayuda a entender el mundo que nos rodea igual o más que la política, la filosofía o la cultura.

Y aún tenemos que estar más agradecidos a todos los que se detengan un rato en estas páginas y lean con atención lo que queremos explicar. Ha sido hasta ahora una aventura fantástica y, a nivel personal, muy enriquecedora. Por el camino perdimos la voz siempre lúcida del gran Jorge Wagensberg, hace poco más de un año, un momento muy triste para todos. El resto intentamos aún abrir esta ventana a la ciencia cada semana para que podamos hablar durante unos minutos de las maravillas del presente y del futuro que se avecina. Esperamos que lo podamos hacer muchos años más.

[Publicado en El Periódico, 27-4-19. Versió en català.]

lunes, 8 de abril de 2019

Despertar vocaciones

Hablaba recientemente con una de mis estudiantes de doctorado que había ido a una escuela de secundaria a dar una charla. En mi departamento hemos iniciado un programa para que los investigadores salgan a explicar qué hacen, y ella había sido una de las primeras en apuntarse. Como miembro del comité organizador de las actividades, me encontré con que muchos de mis compañeros tenían ganas de divulgar, pero no sabían cómo ponerse. Y, del mismo modo, muchos centros querían científicos que les hablaran de temas de actualidad, pero no sabían dónde buscarlos. Imagino que debe de pasar lo mismo en otros lugares: a pesar de que existe una oferta y una demanda, la falta de tradición hace que se pierdan oportunidades.

Una de las cosas positivas de esta experiencia es que se han implicado los investigadores más jóvenes. A veces cuesta motivar a los catedráticos pero, en cambio, los doctorandos se lanzan al reto sin pensárselo dos veces. Es esperanzador que las nuevas generaciones sean las más interesadas en comunicarse con el público y entiendan que es parte de su trabajo. Debemos tener claro que la ciencia está al servicio del saber, pero también de la gente; que trabajamos para entender nuestro entorno y para construir una sociedad mejor, y por eso no nos podemos pasar todo el día encerrados en el laboratorio. A pesar de que a veces quizá la olvidemos, esta es una máxima que la mayoría teníamos bien clara cuando elegimos esta carrera, seguramente porque formaba parte del impulso vocacional que nos guiaba.

Pero tal vez esto de la vocación esté pasando de moda. Los que ahora se acercan a los 18 años, la 'Generación Z', tienen otras prioridades. Una de las preguntas que más le hicieron a mi estudiante después de su presentación no tenía nada que ver con lo que les explicó: estaban muy interesados ​​en saber cuánto cobraba y cuántas horas tenía que trabajar. El enfoque es totalmente erróneo. Todos queremos un sueldo que nos permita llevar una vida cómoda con el mínimo de lujos a los que nos hemos acostumbrado, claro. Pero esta no puede ser la única razón para elegir un trabajo, al menos una carrera de investigación. Si te atrae la ciencia, por encima de todo debería haber la voluntad de hacer una contribución a la sociedad. Sin una vocación firme, no hay ni que plantearse escoger esta opción laboral. Cuando yo tenía su edad me fascinaba la ciencia, como a tantos otros que hemos terminado en un laboratorio, porque veía que me podría ayudar a entender el mundo. Parece que esto ya no es suficiente.

He descrito un caso específico, y seguro que no se puede generalizar, pero creo que hay que cambiar la percepción que se tiene de la ciencia, a todos los niveles. Mucha gente la ve como un mal necesario, una disciplina hermética que nos aporta beneficios pero que, como el motor de un coche, sabemos que está allí y hace su trabajo sin querer saber cómo funciona. No sé si es una actitud que nos podamos permitir hoy en día, y menos aún nuestros hijos y nietos. Ha de haber más ciencia en las escuelas. Hay que educar en cómo funciona el razonamiento científico, que es la base del progreso en todos los ámbitos. Hay que explicarlo de la misma manera que hay que explicar filosofía. Hay que enseñar a pensar a los alumnos usando todas las herramientas que la cultura (ciencias y humanidades) nos pone al alcance. Hay que entender que la ciencia es necesaria para todo, que es compleja pero puede hacerse accesible, y que no le podemos dar la espalda. Acaso no nos hará ricos, pero que es una de las tareas más apasionantes que hay. En esta campaña, que no solo debería dirigirse a las escuelas, deberíamos colaborar todos: científicos, profesores, periodistas, pensadores...

Hay muchas maneras de conseguir que los valores de la ciencia se integren en nuestras vidas. Por ejemplo, para Sant Jordi podemos regalar libros que nos ayuden a perder el miedo. Como cada año, os recomendaré algunas novedades. '14 maneras de destruir la humanidad', de Màrius Belles y Daniel Arbós, es una forma divertida de contemplar el fin del mundo. Más serio es 'El cerebro convulso', de Suzanne O'Sullivan, casos clínicos sorprendentes explicados como si fueran historias de detectives por una neuróloga. O 'La ciencia de The Big Bang Theory', de Ramon Cererols y Toni de la Torre, que usa el anzuelo de la televisión para hacer llegar la física a todos, descargable gratuitamente en esteve.org. Si os gustan los superhéroes, mi serie 'Hijos de la Séptima Ola' es un 'thriller' de acción sobre la manipulación genética. Y para los pequeños, 'Max Einstein', de James Patterson, convierte la ciencia en una aventura. ¡Buenas lecturas!

[Publicado en El Periódico, 30/3/19. Versió en català.]

martes, 12 de marzo de 2019

Las consecuencias del liberalismo extremo: un debate que hay que tener

Hace unos días, el periodista Arcadi Espada fue expulsado de un programa de televisión después de que justificara por qué cree que los padres que deciden salir adelante con un embarazo sabiendo que el feto tiene alguna carencia tendrían que ser obligados a sufragar todos los costes de la atención que la persona necesitará a lo largo de su vida. El argumento principal era que se trataba de una decisión egoísta que pagábamos todos, y que había que liberar al Estado de la obligación de cuidarse de los ciudadanos nacidos en estas condiciones. Merece la pena analizar la propuesta.

No es la primera vez que alguien expone una hipótesis parecida: otros intelectuales han pedido expulsar de la sanidad pública a las personas obesas o a las que fuman a pesar de que saben que esto les perjudica. Espada lleva este razonamiento al límite defendiendo una eugenesia que podría parecer construida sobre fundamentos científicos sólidos. Al fin y al cabo, es lo que hace la naturaleza: la selección natural no es otra cosa que la supervivencia de los individuos más aptos y la eliminación del ADN de los más débiles del genoma global de la especie. Esto es lo que nos ha permitido evolucionar hasta lo que somos ahora. Pero quienes festejan estas teorías se olvidan de un hecho básico: la civilización significa precisamente alejarse de la dictadura de las leyes naturales. Cuanto más avanzada es una sociedad, más protege e integra a sus miembros débiles. Además, todos los intentos de aplicar la eugenesia han topado con una triste realidad: para que funcione hay que pisar algunos derechos humanos esenciales, y no podemos permitir que esto pase otra vez.

Presionar para hacer abortar un feto con “imperfecciones”, que es lo que proponía el señor Espada, transfiriendo la carga económica a los padres si hace falta, tiene un problema clave, que es definir cuál es el ideal que se debe perseguir. Es un concepto demasiado nebuloso para darle tanta relevancia. ¿Quién decidirá los límites? ¿Los políticos? Si algún día se pudiera predecir 'in utero' la orientación sexual de una persona, hay partidos que argumentarían que sería mejor que solo nacieran ciudadanos heterosexuales. ¿Prohibirían también que gente como yo tuviéramos hijos para que no les traspasáramos la miopía (o, ya que estamos, la calvície o la nariz gorda), cosa que alejaría a mis descendientes de los estándares deseables? Cuando se coge este camino, el desnivel cada vez es más pronunciado, y pronto nos damos cuenta que no podemos frenar. La historia nos tendría que haber enseñado que al final siempre nos espera un abismo.

Las teorías del señor Espada no se pueden descartar sin más por el hecho de ser una 'boutade', porque por desgracia son factibles más allá de entornos dictatoriales. De hecho, son un ejemplo, sin duda extremo, de una teoría social apoyada en los principios liberales. Podemos ver la aplicación en un país tan civilizado como Estados Unidos, donde este liberalismo se está exagerando desde la llegada de Trump al poder, hasta el punto que el Estado desatiende alguna de las necesidades básicas (salud, educación...) de una buena parte de sus habitantes. Todo perfectamente justificable según su manera de entender la democracia. En general, Europa parte de un código ético diferente, pero hay cada vez más partidos admiradores del modelo americano que querrían que el Estado redujera un gasto social que consideran injusto.

Por lo tanto, este es un debate que hay que tener, en lugar de intentar esconderlo bajo la alfombra. Hay que recordar que el señor Espada es uno de los ideólogos y fundadores de un partido al cual hoy en día votan millones de personas, que tenemos que suponer que se han leído y aceptan su programa o, cuando menos, comulgan con las líneas maestras de su pensamiento básico. El auge reciente de este partido, y otros de la misma cuerda, que discuten la socialización de algunos servicios o ciertas prerrogativas individuales, nos podría abocar a un estado donde se considere aceptable este liberalismo profundo.

Por eso creo que fue un error sacarse de encima al señor Espada en lugar de rebatirle las teorías con sus mismas armas, a pesar de que no dudo que la decisión hizo subir la audiencia del programa, que al fin y al cabo es lo que importa en estos casos. Hubiera sido más importante, socialmente hablando, dar la oportunidad al espectador de entender que hay un formato de gobierno, en principio democrático, en el cual casos próximos al que se planteaba no serían del todo impensables. Lo digo sobre todo porque pronto habrá unas elecciones, y estaría bien que la gente supiera en qué valores cree el partido que tienen la intención de votar.

[Publicado en El Periódico, 02/03/19. Versió en català.]

martes, 12 de febrero de 2019

Haciendo limpieza en el mundo académico

Estaba viendo el otro día por enésima vez 'The party', la comedia que aquí se conoce como 'El guateque', y me volvió a chocar la dura trama de abusos a las jóvenes aspirantes a actriz que, a pesar de ser tratada tangencialmente, es uno de los temas clave de la película. El año 1968, Blake Edwards ya denunciaba que esta era una práctica habitual en su entorno, ampliamente tolerada y aceptada. Lo más sorprendente es que, 50 años después, la situación no había cambiado mucho: el personaje del productor utiliza en la película unas tácticas parecidas al que dicen que era el modus operandi de Harvey Weinstein. Ha hecho falta el movimiento #MeToo para que la indignación se colectivizara suficientemente y provocara una reacción lo bastante fuerte como para destronar a estos depredadores.

En este último año se ha evidenciado hasta qué punto es todavía prevalente el sometimiento de la mujer al deseo sexual de los hombres poderosos. Que esto pasara en Hollywood era una cosa que se podía sospechar, porque parecía poco probable que la figura histórica del pez gordo que se aprovecha de las 'starlets' hubiera desaparecido de la noche a la mañana. Simplemente, los abusadores habían pasado a actuar con más discreción, y se continuaban beneficiando de la cultura del silencio que reina en la mayoría de cofradías. Pero ha sido impactante ver cómo este patrón se repetía también en otros entornos, como en el académico.

Las noticias de los abusos en universidades y centros de investigación han pasado más desapercibidos, quizá porque los implicados son poco conocidos fuera de sus círculos. Últimamente se ha revelado que más de un investigador de prestigio también aprovechaba la posición ventajosa que les había dado el éxito de su investigación para imponerse a las mujeres que estaban por debajo de ellos, desde estudiantes a profesoras más jóvenes, y que, a pesar de que eran hechos conocidos, habían actuado con total impunidad durante años, debido al estatus que habían conseguido. También hay depredadores en las élites intelectuales.

Internet ha permitido destapar estas situaciones de abuso crónico, que estaban muy soterradas en el mundo académico y no eran solo de tipo sexual. Por ejemplo, en el Reino Unido se ha retirado por primera vez la financiación a una investigadora importante, acusada de maltratar a la gente de su grupo. Además, ahora hay webs que permiten denunciar anónimamente irregularidades en artículos científicos, sin miedo a las represalias o a ver cómo las quejas son desestimadas por las universidades implicadas. Este tipo de comportamientos poco éticos, a menudo tolerados por estructuras de poder corruptas construidas sobre capas de amiguismo, antes tenían un impacto mucho más limitado, pero ahora no pueden ignorarse una vez la información llega a los canales adecuados y se globaliza.

Por eso la fuerza de las masas es, hoy en día, más real que nunca. Las redes sociales han creado una herramienta fantástica que nos permite aplicar una forma de justicia alternativa cuando los mecanismos oficiales no funcionan, que es a menudo. Así podemos romper por fin el círculo de protección que los que ocupan lugares privilegiados se han dispensado siempre los unos a los otros. Pero tenemos que ser conscientes de la responsabilidad que tenemos. La propia naturaleza de internet la hace incontrolable y, muchas veces, manipulable. Lo que pasa tiene un impacto inmediato en el mundo real, y esto quiere decir que nos hemos convertido a la vez en jueces y ejecutores de una condena que no siempre es proporcional al pecado. Tenemos que conseguir evitar por encima de todo el linchamiento virtual, tan temible como su versión física, y no olvidar nunca que uno de los pilares de las sociedades avanzadas es la presunción de inocencia. 

Pero a pesar de los riesgos evidentes, de momento el balance parece positivo, también en el entorno de la ciencia. En respuesta a los movimientos sociales, muchos centros han reforzado sus políticas de igualdad y están demostrando una tolerancia cero con los comportamientos despóticos, por desgracia habituales en este ámbito. A la vez, los científicos que han manipulado datos de forma chapucera están siendo escarnecidos en público, y su reputación se resiente. Todos ellos se lo pensarán dos veces antes de volverlo a hacer.

La ciencia requiere vocación y sacrificio, pero parece que hay tantos estafadores, malas personas y depredadores como en cualquier otra profesión. La globalización de la información nos ofrece la posibilidad de cambiarlo. Nosotros también estamos haciendo limpieza y el resultado será un entorno de trabajo más sano y unos avances científicos más fiables. Y así, entre todos, construiremos finalmente un mundo más justo.

[Publicado en El Periódico, 2/2/19. Versío en català.]

martes, 15 de enero de 2019

Un nuevo universo bajo tierra

En la mayoría de las historias de ciencia ficción en las que aparecen extraterrestres, ya sean escritas o en algún medio audiovisual, los alienígenas tienden a ser diseñados siguiendo criterios antropomórficos (parecen humanos disfrazados, para entendernos) o, como mucho, mezclan elementos de varios animales conocidos para construir bestias frankensteinianas que parecen salidas de una alocada sesión de patchwork biológico. Pero es muy posible que cuando encontramos los primeros organismos de fuera de este planeta no tengan nada que ver con todo esto, sino que sean simples microbios.

Al fin y al cabo, los microorganismos de la Tierra son mucho más abundantes que todos los demás seres vivos juntos, y es lógico pensar que si hay vida en otros rincones del universo habrá comenzado también en formato unicelular, que es el más simple, igual que aquí. Qué caminos habrá seguido después ya es más difícil de imaginar, porque las opciones son infinitas, pero al menos podemos presuponer que el punto de partida se parecerá al nuestro. En lugar de hombrecillos verdes, pues, deberíamos estar especulando sobre bacterias y virus que cruzan el espacio sideral a lomos de un cometa, que sería un escenario más realista.

Pero no necesitamos salir de la atmósfera para toparnos con formas de vida que no hemos visto nunca antes. Sabemos que solo hemos descubierto una pequeña fracción de los microbios con los que compartimos la Tierra: cerca de nosotros se esconden millones de seres que aún no hemos conseguido describir y que es muy posible que nunca llegamos a catalogar por completo. Este es un hecho conocido desde hace tiempo, pero lo que no esperábamos era que, a parte de los microbios que habitan la superficie del planeta con nosotros, bajo nuestros pies había todo un universo microscópico escondido que esperaba a ser descubierto.

Este ha sido uno de los regalos de esta Navidad para los biólogos: hace unas semanas se anunciaron en un congreso los resultados de los últimos diez años de investigación de un equipo de 1.200 científicos de 52 países, llamado Deep Carbon Observatory, que, entre otras cosas, han estado buscando formas de vida invisibles. El truco ha sido mirar dentro de la Tierra, no encima. Los científicos han utilizado sondas para perforar hasta cinco kilómetros de profundidad y allí han encontrado un ecosistema vasto y riquísimo que sobrevive en condiciones que nosotros consideraríamos extremas: sin luz, con muy pocos nutrientes y con altas temperaturas y presiones. A partir de estas observaciones han estimado que bajo el suelo hay hasta 23.000 millones de toneladas de microorganismos, que juntos pesarían cientos de veces más que todos los humanos. Algunos de las bacterias que se han encontrado parece que han sobrevivido miles de años, usando un metabolismo de mínimos, un hecho insólito.

Una peculiaridad de este complejo reino biológico acabado de detectar es que no la ha pisado ningún humano. Lleva, pues, milenios evolucionando al margen de nuestra actividad. A pesar de que hemos alterado sustancialmente la corteza del planeta, no parece que hayamos tenido gran influencia en los millones de organismos que viven dentro y que, hasta ahora, nos habían pasado desapercibidos. Esto hace pensar que si algún día nos extinguiéramos todos los animales, e incluso las plantas, el planeta seguiría vertiendo vida en millones de formas diferentes, confortablemente protegida bajo kilómetros de tierra y rocas, sin ni siquiera necesitar la energía del sol. Aunque, evolutivamente hablando, los humanos somos muy complejos, no somos ni mucho menos los organismos más abundantes ni los más resistentes. Si desapareciéramos, el planeta no nos echaría mucho de menos.

Los trabajos no se publicarán hasta dentro de unos meses y entonces sabremos todos los detalles de las nuevas investigaciones, que solo recogen una pequeña muestra de todo lo que se esconde en el interior de la Tierra. En todo caso, podemos decir que es fascinante que, a pesar de todos los siglos que llevamos escudriñando los cinco continentes, aún haya zonas vírgenes cargadas de tesoros inimaginables.

La exploración del espacio es un sueño antiguo de la humanidad, pero plantea una serie de retos difíciles de resolver a corto plazo. El principal es la enormidad de la escala de distancias que se utiliza a nivel interplanetario, muchos órdenes de magnitud superior a lo que nos es conveniente. Mientras tanto, caminamos sobre un mar de vida inexplorada que esconde mil sorpresas más. Todo esto demuestra que no conocemos todavía bastante bien la casa que hemos poblado. Para los biólogos, posiblemente sea más productivo mirar menos hacia las estrellas y más hacia el suelo que pisamos.

[Publicado en El Periódico, 05/01/19. Versió en català.]