martes, 12 de febrero de 2019

Haciendo limpieza en el mundo académico

Estaba viendo el otro día por enésima vez 'The party', la comedia que aquí se conoce como 'El guateque', y me volvió a chocar la dura trama de abusos a las jóvenes aspirantes a actriz que, a pesar de ser tratada tangencialmente, es uno de los temas clave de la película. El año 1968, Blake Edwards ya denunciaba que esta era una práctica habitual en su entorno, ampliamente tolerada y aceptada. Lo más sorprendente es que, 50 años después, la situación no había cambiado mucho: el personaje del productor utiliza en la película unas tácticas parecidas al que dicen que era el modus operandi de Harvey Weinstein. Ha hecho falta el movimiento #MeToo para que la indignación se colectivizara suficientemente y provocara una reacción lo bastante fuerte como para destronar a estos depredadores.

En este último año se ha evidenciado hasta qué punto es todavía prevalente el sometimiento de la mujer al deseo sexual de los hombres poderosos. Que esto pasara en Hollywood era una cosa que se podía sospechar, porque parecía poco probable que la figura histórica del pez gordo que se aprovecha de las 'starlets' hubiera desaparecido de la noche a la mañana. Simplemente, los abusadores habían pasado a actuar con más discreción, y se continuaban beneficiando de la cultura del silencio que reina en la mayoría de cofradías. Pero ha sido impactante ver cómo este patrón se repetía también en otros entornos, como en el académico.

Las noticias de los abusos en universidades y centros de investigación han pasado más desapercibidos, quizá porque los implicados son poco conocidos fuera de sus círculos. Últimamente se ha revelado que más de un investigador de prestigio también aprovechaba la posición ventajosa que les había dado el éxito de su investigación para imponerse a las mujeres que estaban por debajo de ellos, desde estudiantes a profesoras más jóvenes, y que, a pesar de que eran hechos conocidos, habían actuado con total impunidad durante años, debido al estatus que habían conseguido. También hay depredadores en las élites intelectuales.

Internet ha permitido destapar estas situaciones de abuso crónico, que estaban muy soterradas en el mundo académico y no eran solo de tipo sexual. Por ejemplo, en el Reino Unido se ha retirado por primera vez la financiación a una investigadora importante, acusada de maltratar a la gente de su grupo. Además, ahora hay webs que permiten denunciar anónimamente irregularidades en artículos científicos, sin miedo a las represalias o a ver cómo las quejas son desestimadas por las universidades implicadas. Este tipo de comportamientos poco éticos, a menudo tolerados por estructuras de poder corruptas construidas sobre capas de amiguismo, antes tenían un impacto mucho más limitado, pero ahora no pueden ignorarse una vez la información llega a los canales adecuados y se globaliza.

Por eso la fuerza de las masas es, hoy en día, más real que nunca. Las redes sociales han creado una herramienta fantástica que nos permite aplicar una forma de justicia alternativa cuando los mecanismos oficiales no funcionan, que es a menudo. Así podemos romper por fin el círculo de protección que los que ocupan lugares privilegiados se han dispensado siempre los unos a los otros. Pero tenemos que ser conscientes de la responsabilidad que tenemos. La propia naturaleza de internet la hace incontrolable y, muchas veces, manipulable. Lo que pasa tiene un impacto inmediato en el mundo real, y esto quiere decir que nos hemos convertido a la vez en jueces y ejecutores de una condena que no siempre es proporcional al pecado. Tenemos que conseguir evitar por encima de todo el linchamiento virtual, tan temible como su versión física, y no olvidar nunca que uno de los pilares de las sociedades avanzadas es la presunción de inocencia. 

Pero a pesar de los riesgos evidentes, de momento el balance parece positivo, también en el entorno de la ciencia. En respuesta a los movimientos sociales, muchos centros han reforzado sus políticas de igualdad y están demostrando una tolerancia cero con los comportamientos despóticos, por desgracia habituales en este ámbito. A la vez, los científicos que han manipulado datos de forma chapucera están siendo escarnecidos en público, y su reputación se resiente. Todos ellos se lo pensarán dos veces antes de volverlo a hacer.

La ciencia requiere vocación y sacrificio, pero parece que hay tantos estafadores, malas personas y depredadores como en cualquier otra profesión. La globalización de la información nos ofrece la posibilidad de cambiarlo. Nosotros también estamos haciendo limpieza y el resultado será un entorno de trabajo más sano y unos avances científicos más fiables. Y así, entre todos, construiremos finalmente un mundo más justo.

[Publicado en El Periódico, 2/2/19. Versío en català.]

martes, 15 de enero de 2019

Un nuevo universo bajo tierra

En la mayoría de las historias de ciencia ficción en las que aparecen extraterrestres, ya sean escritas o en algún medio audiovisual, los alienígenas tienden a ser diseñados siguiendo criterios antropomórficos (parecen humanos disfrazados, para entendernos) o, como mucho, mezclan elementos de varios animales conocidos para construir bestias frankensteinianas que parecen salidas de una alocada sesión de patchwork biológico. Pero es muy posible que cuando encontramos los primeros organismos de fuera de este planeta no tengan nada que ver con todo esto, sino que sean simples microbios.

Al fin y al cabo, los microorganismos de la Tierra son mucho más abundantes que todos los demás seres vivos juntos, y es lógico pensar que si hay vida en otros rincones del universo habrá comenzado también en formato unicelular, que es el más simple, igual que aquí. Qué caminos habrá seguido después ya es más difícil de imaginar, porque las opciones son infinitas, pero al menos podemos presuponer que el punto de partida se parecerá al nuestro. En lugar de hombrecillos verdes, pues, deberíamos estar especulando sobre bacterias y virus que cruzan el espacio sideral a lomos de un cometa, que sería un escenario más realista.

Pero no necesitamos salir de la atmósfera para toparnos con formas de vida que no hemos visto nunca antes. Sabemos que solo hemos descubierto una pequeña fracción de los microbios con los que compartimos la Tierra: cerca de nosotros se esconden millones de seres que aún no hemos conseguido describir y que es muy posible que nunca llegamos a catalogar por completo. Este es un hecho conocido desde hace tiempo, pero lo que no esperábamos era que, a parte de los microbios que habitan la superficie del planeta con nosotros, bajo nuestros pies había todo un universo microscópico escondido que esperaba a ser descubierto.

Este ha sido uno de los regalos de esta Navidad para los biólogos: hace unas semanas se anunciaron en un congreso los resultados de los últimos diez años de investigación de un equipo de 1.200 científicos de 52 países, llamado Deep Carbon Observatory, que, entre otras cosas, han estado buscando formas de vida invisibles. El truco ha sido mirar dentro de la Tierra, no encima. Los científicos han utilizado sondas para perforar hasta cinco kilómetros de profundidad y allí han encontrado un ecosistema vasto y riquísimo que sobrevive en condiciones que nosotros consideraríamos extremas: sin luz, con muy pocos nutrientes y con altas temperaturas y presiones. A partir de estas observaciones han estimado que bajo el suelo hay hasta 23.000 millones de toneladas de microorganismos, que juntos pesarían cientos de veces más que todos los humanos. Algunos de las bacterias que se han encontrado parece que han sobrevivido miles de años, usando un metabolismo de mínimos, un hecho insólito.

Una peculiaridad de este complejo reino biológico acabado de detectar es que no la ha pisado ningún humano. Lleva, pues, milenios evolucionando al margen de nuestra actividad. A pesar de que hemos alterado sustancialmente la corteza del planeta, no parece que hayamos tenido gran influencia en los millones de organismos que viven dentro y que, hasta ahora, nos habían pasado desapercibidos. Esto hace pensar que si algún día nos extinguiéramos todos los animales, e incluso las plantas, el planeta seguiría vertiendo vida en millones de formas diferentes, confortablemente protegida bajo kilómetros de tierra y rocas, sin ni siquiera necesitar la energía del sol. Aunque, evolutivamente hablando, los humanos somos muy complejos, no somos ni mucho menos los organismos más abundantes ni los más resistentes. Si desapareciéramos, el planeta no nos echaría mucho de menos.

Los trabajos no se publicarán hasta dentro de unos meses y entonces sabremos todos los detalles de las nuevas investigaciones, que solo recogen una pequeña muestra de todo lo que se esconde en el interior de la Tierra. En todo caso, podemos decir que es fascinante que, a pesar de todos los siglos que llevamos escudriñando los cinco continentes, aún haya zonas vírgenes cargadas de tesoros inimaginables.

La exploración del espacio es un sueño antiguo de la humanidad, pero plantea una serie de retos difíciles de resolver a corto plazo. El principal es la enormidad de la escala de distancias que se utiliza a nivel interplanetario, muchos órdenes de magnitud superior a lo que nos es conveniente. Mientras tanto, caminamos sobre un mar de vida inexplorada que esconde mil sorpresas más. Todo esto demuestra que no conocemos todavía bastante bien la casa que hemos poblado. Para los biólogos, posiblemente sea más productivo mirar menos hacia las estrellas y más hacia el suelo que pisamos.

[Publicado en El Periódico, 05/01/19. Versió en català.]