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viernes, 20 de diciembre de 2019

La presión biológica de ligar con iguales

Leía el otro día que las discotecas están desapareciendo. La crisis económica ha castigado una forma de socializar clásica que tenía las raíces en aquellos clubs de la Nueva York de los 70 donde se reunía la 'beautiful people' para drogarse, bailar y ligar hasta altas horas de la madrugada. En la mayoría de discos modernas se continúa haciendo las mismas cosas, pero su función principal siempre ha sido facilitar que hombres y mujeres (principalmente jóvenes y solteros) entren en contacto, en todo el rango de acepciones del término. Por eso la estocada de muerte a las discotecas la ha dado internet, que ha optimizado el proceso de encontrar pareja, temporal o estable, de una manera que pocos hubieran sospechado a principios de siglo. Ahora puedes conocer gente con más rapidez y variedad (y con menos ruido y sudor) gracias a unos pocos 'swipes' en la pantalla del teléfono. No es extraño, pues, que las nuevas generaciones, más acostumbradas a interaccionar virtualmente que no cara a cara, estén vertiendo a la ruina el modelo de ocio nocturno de sus padres.

Los algoritmos que usan las 'apps' te ayudan a encontrar pareja usando unos criterios que el usuario define, relacionados con los intereses personales, y la guinda del pastel la ponen las imágenes más o menos llamadas que ofrecemos como carta de presentación. Todo ello, le da un carácter "científico" a un proceso que parecía más bien basado en la intuición, y por eso algunos creen que debería ser mucho más efectivo.

Pero el apareamiento humano tiene un gran componente biológico, aparte del cultural, aunque la parafernalia de las sociedades modernas tienda a ocultarnos esto. Como todos los animales, estamos programados genéticamente buscar el individuo que garantice una mayor supervivencia a nuestros futuros descendientes, y esto se suele hacer fijándonos en una serie de atributos externos, poco importantes en sí mismos, pero que se corresponden a factores clave como la fertilidad, la salud o la fuerza. Ciertamente, estos son temas que tienen poca relevancia para nosotros hoy en día, cuando reproducirse no es el objetivo primordial de aparearse, al menos de entrada, pero los circuitos que nos empujan siguen existiendo en nuestro ADN. Esto significa que, sin darnos cuenta, hay una serie de impulsos que conspiran para hacer que la elección de compañero no sea tan libre como pensamos.

En un artículo aparecido hace unas semanas en 'Nature Communications', unos científicos británicos explican que han estudiado los datos genéticos que hay en los bancos de su país y han descubierto una variante en una región del ADN (donde se encuentra un gen llamado ADH1B) que se asocia con el hecho de que las personas beban más alcohol y, además, se sientan atraídas por grandes bebedores como ellos. Es decir, los que tienen esa variante, tienen más probabilidades de terminar con alguien que también la tenga. Esto indica que la pasión por el alcohol estaría relacionada con la pareja que se elige inconscientemente, y no sería solo una cuestión social ni de convergencia (que uno se acabe pareciendo al otro después de haber convivido un tiempo), sino eminentemente genética.

Este fenómeno, que también se ve en otros animales, se conoce con el nombre de apareamiento selectivo, y se ha observado que se puede basar en varios parámetros, que definen características tan diferentes como la altura o la inteligencia. El apareamiento selectivo en humanos puede tener muchas causas. La más obvia, es una cuestión de oportunidades: nos acabamos juntando con la gente que tenemos más cerca, que probablemente tendrá un estatus socioeconómico, étnico y religioso parecido al nuestro y, por tanto, coincidirán con nosotros en muchos de estos aspectos. Esto, que a veces se denomina homogamia, sí tiene una base cultual. Pero tal y como demuestra el ejemplo que describíamos antes, una parte importante de la selección viene marcada por los genes, que nos impulsarían a reproducirse con individuos con un fenotipo próximo.

¿Qué utilidad tiene el apareamiento selectivo, sea de base genética o social? Se cree que podría haber evolucionado para favorecer características que faciliten la propagación de la especie. Por ejemplo, si un macho agresivo se empareja con una hembra agresiva, es más probable que las crías les salgan igual, lo que podría ayudarlas a sobrevivir. Pero también tiene muchas consecuencias no deseadas, como perpetuar rasgos negativos (el mismo caso del alcoholismo) y, sobre todo, las divisiones sociales. Para llevar la contraria a la naturaleza, estaría bien que la próxima vez que abramos Tinder hiciéramos 'likes' solo a personas con las que no tenemos nada en común.

[Publicado en El Periódico, 16/12/19.]

martes, 26 de noviembre de 2019

La gran equilibradora

Uno de los inventos más fascinantes de la humanidad es el concepto de igualdad, entendido como la culminación de una ideología teorizada ya en tiempo de los griegos antiguos, filtrada por los cambios iniciados en la Revolución francesa y desarrollada a fondo por el socialismo. Es un desafío descarado a la naturaleza: pervierte el sistema piramidal propio de los primates, con sus machos alfa acaparando poder y el resto repartiéndose las migajas, proponiendo una equiparación de derechos y oportunidades que va en contra de las leyes biológicas de nuestra rama de la evolución.

Porque aunque nos guste pensar lo contrario, las desigualdades no aparecieron cuando las sociedades se agrandaron y modernizaron, sino que nos venían dadas como parte del legado biológico de nuestros ancestros y, en todo caso, las hemos ido suavizando a medida que nos civilizábamos. Incluso antes de haber inventado la escritura ya se nos había ocurrido el tema de las castas, porque se han encontrado rastros de esta jerarquización en los inicios de la edad de bronce.

En un artículo reciente de la revista 'Science', un análisis genético de los restos de unos humanos que vivieron hace 4.000 años en el sur de Baviera demuestra que, dentro de un mismo hogar, vivían individuos de diferentes estatus. Mientras que los presuntos amos de la masía y sus descendientes eran enterrados con ornamentos lujosos y joyas, como correspondía en las clases altas de la época, a su lado han encontrado los que posiblemente eran sus esclavos o sirvientes, con quienes no tenían ningún vínculo biológico. Además, algunas mujeres ricas provenían de otras zonas, como indican ciertos marcadores genéticos, lo que sugiere que cuando se casaban tenían que dejar su entorno y pasaban a depender del marido.

Estos estudios sugieren que la estratificación de los humanos ya se hacía por motivos sanguíneos (y en detrimento de las mujeres) cuando vivíamos todavía en pequeños grupos, mucho antes de que aparecieran las estructuras sociales complejas propias de los entornos urbanos. La costumbre de considerar que unos son mejores que otros por el simple hecho de haber yacido en esta o aquella cuna todavía se mantiene en todo el mundo, aunque más diluida y no tan evidente. A pesar de que podemos encontrar vestigios arcaizantes de las variantes más extremas de estos hábitos, en forma de las tradiciones nobiliarias y monárquicas, las clases sociales son ahora más permeables. La causa es la implantación de los principios socialistas en el mundo civilizado, que fue haciendo que los privilegios de las élites se fueran moderando en favor de unos derechos humanos mínimos y universales.

Los efectos de esta revolución se han mantenido gracias a la fuerza del derecho a voto. Pero seguramente los promotores de la democracia no se pensaron nunca que los esfuerzos por empoderar al pueblo darían resultados como los que estamos viendo últimamente. La clave del sufragio universal es que desequilibra la balanza hacia los estratos desfavorecidos, porque siempre serán más numerosos. En un sistema donde la mayoría impone su hoja de ruta, la oligarquía tendría que tener los días contados. Y, en cambio, esto no pasa. Por motivos difíciles de entender, parece que a una parte del pueblo no le importa dejarse llevar por el campo magnético de la historia y gravitar felizmente hacia los organigramas injustos de toda la vida. ¿Con qué lógica se explica, por ejemplo, que buena parte de la clase baja americana votara con fe ciega a un representante prototípico de las élites extractivas como es Donald Trump?

Los efectos de esta revolución se han mantenido gracias a la fuerza del derecho a voto
Una cosa similar ha pasado en Brasil y está pasando en Europa. No hace falta mirar mucho más lejos que las últimas elecciones generales españolas. Hemos visto que se votaba a nobles encabezando listas de territorios que ni siquiera conocen o a políticos que pregonan un retorno a unos valores más propios de tiempos feudales, con la pérdida de una serie de las libertades que nos tendrían que parecer innegociables. Es sorprendente que el electorado caiga en unas trampas tan groseras. Especial mención merecerían todos los que regalan su voto a los partidos que los consideran ciudadanos de una categoría inferior, que no son ni mucho menos un número anecdótico. Parte del problema es también que políticos que, en principio, tendrían que actuar buscando el máximo beneficio por los trabajadores, acaben pasándose tranquilamente al otro lado llegando al punto de que se plantean la posibilidad de que una puerta giratoria les proporcione una jubilación anticipada y holgada.

Los humanos creamos la democracia para que fuera la gran equilibradora, no para dar alas a los que quieren volver a la edad de bronce. A ver si aprendemos a usarla bien de una vez.

[Publicado en El Periódico, 18/11/19. Versió en català.]

martes, 26 de junio de 2018

Medidas de inteligencia i predicciones de éxito

En la Universidad de Stanford, en los años 60, el psicólogo Walter Mischel llevó a cabo el famoso 'test del marshmallow' , que medía la capacidad de entender el concepto de gratificación aplazada, o ser capaz de resistir la tentación para obtener un beneficio mayor a medio plazo. Cogió niños de entre 4 y 6 años y les ofreció una golosina (normalmente una nube de azúcar). Si aguantaban 15 minutos sin comérsela, se les retribuía doblando la dosis. La mayoría de sujetos eran capaces de esperar para poder recibir dos marshmallows, aunque les costaba controlarse. Esto demuestra que los humanos, desde muy pronto, entendemos que una recompensa inmediata no es siempre la mejor opción y podemos optar por ignorarla, algo que va en contra de los instintos animales más básicos.

Más interesantes aún fueron estudios posteriores, hechos por el mismo Mischel y otros científicos en los 90, en los que relacionaban la capacidad de aguantar un tiempo determinado sin comerse la golosina con el éxito social que tendría la persona. Los niños que podían esperar más tiempo el premio gordo se convertían en adolescentes con menos problemas de comportamiento y más capacidad de conseguir sus objetivos. Esto tiene una implicación interesante: sería una manera indirecta de medir el impacto de las capacidades intelectuales infantiles con la posición adulta en la escala socioeconómica. Teniendo en cuenta la dificultad de cuantificar estos factores (una crítica habitual es que los tests de inteligencia solo miden lo bueno que eres resolviendo tests de inteligencia, no cómo te irá en la vida), la prueba del marshmallow sería una herramienta bastante única. Pero un artículo publicado hace unas semanas por científicos de la Univerdidad de Nueva York ha rebajado estas correlaciones, tras intentar ampliar los estudios de Mischel y ver que la relación entre la fuerza de voluntad de los niños y su futuro no era tan fuerte como se pensaba. Otros elementos relacionados con la inteligencia, aparte del autocontrol, también jugarían un papel clave en el triunfo.

Una manera diferente de estudiarlo podría ser mirar la organización neuronal de los críos. Un estudio reciente dice que las personas más inteligentes tienen unos circuitos cerebrales mejor organizados, lo que les permite procesar la información de una manera más eficiente y usando menos recursos. Es decir, las imágenes muestran que sus cerebros tienen menos densidad de conexiones entre neuronas y trabajan menos, al contrario de lo que podría parecer lógico. Si se confirma, podríamos usar técnicas para medir la arborización dendrítica a la sustancia gris, que sería una aproximación más precisa y objetiva al elusivo cociente intelectual. Con estos datos, y una vez controlado el impacto del entorno, quizá podríamos comprobar si una mayor capacidad mental de los niños tiene un vínculo directo con el éxito futuro, como sugerían las conclusiones de Mischel.

Los estudios del impacto de la inteligencia son apasionantes pero complejos, y habrá que tener mucho cuidado para asegurarnos de que son correctos y evitar que se malinterpreten. Ya ha pasado otras veces. Sin ir más lejos, hace poco vi en Twitter que alguien citaba un fragmento de unas declaraciones mías para justificar que "los negros eran menos listos". Lo que había dicho, que naturalmente no tenía nada que ver, es que hay poca investigación en el campo de las diferencias intelectuales y las razas, pero no por el intento de ocultar ningún dato políticamente incorrecto, sino por la dificultad para definir ambos conceptos. Si ya cuesta medir la inteligencia aislada de factores socioeconómicos, todavía es más complicado hablar de razas, un término anticuado que se basa principalmente en el color de la piel, y que tiene poco sentido ahora que sabemos que los grupos étnicos, definidos por similitudes genéticas más que de apariencia, son numerosos y de márgenes muy difuminados.

Es por eso que trabajos como los de Mischel son polémicos y muchos científicos prefieren no profundizar: hay demasiados parámetros que pueden distorsionar las conclusiones y demasiada gente esperando cualquier brizna de información que les permita aferrarse a algún ideal retrógrado. Pero aun así, sería importante averiguar, a ámbito global, ¿qué porcentaje de nuestro destino está determinado por las cartas que nos dan los genes y cuál por el entorno. Sobre los primeros tenemos poco que decir, pero podemos incidir mucho sobre las condiciones que permiten nutrir intelectualmente a un niño para asegurarle un futuro mejor.

[Publicado en El Periódico, 16/06/18]

martes, 12 de junio de 2018

Somos información

La información es poder. No hace falta explicar demasiado, eso todo el mundo lo tiene claro. Pero quizás no todos nos damos cuenta de que la biología también es información. Del mismo modo que cualquier ordenador tiene su 'software', el 'hardware' biológico depende de una serie de instrucciones almacenadas en un sustrato físico, susceptibles de ser leídas cuando sea necesario. Hablo, naturalmente, del genoma.

Gracias a los grandes avances en las máquinas que leen ADN, actualmente estamos generando incontables terabits de datos biológicos a precios asequibles, y los guardamos en bancos, muchos de ellos de acceso público, que pueden o no estar anonimizados. Los científicos los usamos constantemente, y eso nos permite ir más rápido en nuestras investigaciones, por ejemplo a la hora de diseñar nuevos tratamientos para una enfermedad como el cáncer. Hace unas semanas vimos un uso sorprendente. La policía de Estados Unidos atrapó un sospechoso de ser el Golden State Killer, el asesino que había aterrorizado California durante los años 70 y 80, gracias a un banco que contenía información genética no de él sino de un familiar cercano. Aunque seamos cuidadosos con nuestros datos, los parientes pueden revelar involuntariamente quiénes somos, dónde hemos estado o qué hemos hecho. Son malas noticias para los criminales.

Ahora, no cuesta mucho imaginar que esta tecnología en manos de un estado autoritario que persiga y encarcele a los disidentes o quiera limitar la libertad de expresión podría tener unos usos terribles. Solo hay que recordar el ominoso programa de "ciudadanía por puntos" que está implementando China a golpes de videovigilancia y reconocimiento facial. Si encima pudieran añadir una dimensión genética a todo este control, las posibilidades de escapar del absolutismo de un gobierno que se cree con el derecho de dictar qué deben pensar sus ciudadanos serían mínimas.

Pero las cosas se pueden complicar aún más. Hasta los años 70 del siglo pasado, el 'software' biológico estaba guardado en el que se veía como una memoria ROM, la que se puede leer pero no cambiar. La llegada de las tecnologías de ADN recombinante revolucionaron esta idea y, a partir de entonces, hemos ido perfeccionando las herramientas que nos permiten modificar y reescribir la información genética. La culminación ha sido el descubrimiento del método llamado CRISPR / CAS9, que permite una edición barata y muy efectiva del genoma de prácticamente cualquier ser vivo, incluso los humanos.

Inspirados por estos fabulosos instrumentos, un grupo de científicos propuso recientemente "escribir" todo un genoma humano partiendo de cero. No estamos hablando de cortar y pegar trozos de texto, sino de coger la pluma y redactar una novela entera sobre unas hojas en blanco. Algo parecido se había conseguido ya con una bacteria, que se llamó el primer organismo sintético aunque esto no es del todo exacto, lo que marcaba el camino a seguir. Pero el genoma humano es mucho más complejo. Tanto, que unos meses después de anunciar el proyecto, admitieron que era demasiado ambicioso y abandonaron el objetivo. De momento.

Dentro de unos años los problemas técnicos se habrán superado, y podremos construir un genoma pieza a pieza, el primer paso para crear un humano sintético: si transfiriéramos esta información a un óvulo y lo estimuláramos adecuadamente, podría generar un embrión y así acabaría naciendo un niño que habría sido totalmente diseñado en el laboratorio. Dicho de otro modo, aprovechando el 'hardware' que nos da la naturaleza (un óvulo, un útero), podríamos escribir nuevas piezas de 'software' (un genoma) para reinterpretar la vida. Si sumamos esto a lo que comentábamos sobre los bancos de datos, nada nos impediría reproducir una secuencia antigua. Es decir, si la gente continúa compartiendo públicamente la secuencia de su ADN, alguien podría encontrarse algún día por la calle un clon suyo (o de su padre, o de su abuelo), generado en un laboratorio en cualquier rincón del mundo con acceso a internet.

La información, como la ciencia y la tecnología, no tiene credo ni color. No es buena ni mala. Su impacto depende del uso que le damos. Limitar el acceso se ha demostrado que no es efectivo (en la era de la globalización rampante, los datos siempre encuentran la manera de filtrarse), por eso hay que centrarse en regular cómo se utiliza. El hecho de que sepamos que los seres vivos también somos información plantea una serie de alternativas con implicaciones éticas y sociales muy profundas. Las distopías que hemos leído y visto en el cine están cada vez más próximas y depende de nosotros evitar que se impongan al posible mundo feliz que podríamos modelar con la ayuda de la ciencia.

[Publicado en El Periódico, 18/5/18]

viernes, 8 de junio de 2018

Derrotar al cáncer con el 'Big Data'

Estamos en la era del Big Data, de los datos masivos. La actividad humana genera una cantidad de información ingente, hasta el punto de que no podemos procesarla de manera normal: hacen falta nuevos softwares y hardwares (y técnicos especializados que los sepan usar) para sacar los entresijos. Hoy en día los ordenadores, los teléfonos, los coches e incluso los microondas están recogiendo constantemente datos. A menudo no sabemos qué haremos con todo eso, pero lo almacenamos por si acaso algún día podemos sacarle provecho.

La biomedicina también está viviendo la fiebre del Big Data, y el área más evidente es la de la genética. Al fin y al cabo, la genética trabaja precisamente con información, la que tenemos inscrita en el ADN. El lugar de este planeta donde se guardan más bits no es en los servidores de Google, sino en el genoma de los seres vivos, y ahora tenemos las herramientas para leerlos y estudiarlos (y también manipularlos, pero este es otro tema). Desde principio de siglo, hemos secuenciado todo cuanto nos caía en las manos, y esto nos ha permitido dar pasos de gigante, cuyos frutos ya se empiezan a ver. 

Pero cuando en el 2005 empezó a circular la idea de leer el genoma del cáncer, se alzaron voces críticas. El cáncer es una enfermedad de los genes: son las mutaciones en el ADN las que provocan los cambios que hacen que una célula se vuelva maligna. Tiene sentido, pues, querer saber cuáles son exactamente estos cambios, porque serán los que intentaremos tratar después con fármacos específicos. El problema es que cada tipo de cáncer acumula fácilmente centenares de estas variaciones malignas, que se asemejarán poco a las de los otros tipos. Pretender catalogar todas estas mutaciones era una tarea titánica, y algunos se opusieron diciendo que no era la mejor manera de invertir tanto dinero, y que nos perderíamos en un mar de información ininteligible.

El proyecto, denominado The Cancer Genome Atlas o TCGA, salió adelante y actualmente ya se han analizado 33 cánceres, cada uno usando entre decenas y centenares de muestras de pacientes diferentes. Hace unas semanas se publicó en la revista Cell una colección de artículos que se zambulle en las toneladas de datos generados en los primeros 13 años de investigación y prueba de encontrar conexiones (los anglosajones usan un verbo muy gráfico para esto: to mine, extraer material valioso de una mina).

Las conclusiones son apasionantes para quienes trabajamos en este campo, pero aún tardaremos años en entender qué quieren decir exactamente y, sobre todo, en encontrar la manera de incorporarlas en los tratamientos. A pesar de que el Big Data puede asustar (por ejemplo, si pensamos en el montón de datos que Facebook guarda de sus usuarios), es una herramienta poderosa para los científicos y podría ser el principio del fin del cáncer. Veremos si sabemos sacarle todo el jugo.

Aprovechando que hablamos de cáncer, dejadme que, como cada año cuando acerca Sant Jordi, os recomiende unos cuantos libros, esta vez relacionados con el tema del artículo. Enterrados en la avalancha de novedades que invaden las tiendas estos días (nuestro Big Data literario), si miráis bien podréis encontrar unos cuantos ejemplos de divulgación hecha con rigor, que pueden ser tan interesantes como una novela. Empiezo con uno propio: 100 preguntes sobre el càncer, el libro que he escrito con el biólogo y divulgador Daniel Closa. Es una compilación de fichas breves que intentan responder de manera directa a las dudas que todo el mundo tiene cuando oye hablar de esta enfermedad, con especial énfasis en cómo se puede evitar y tratar.

Sigue un patrón similar el último libro de Manel Esteller, uno de los científicos con quienes comparto esta sección, titulado Hablemos de cáncer. Es un resumen muy claro de las diversas facetas de la enfermedad, desde el complejo entramado molecular que tiene detrás hasta la nueva generación de tratamientos. Finalmente, Cáncer. Cómo afrontar los tres días esenciales, de la psicóloga clínica Tània Estapé, se ocupa a fondo de una parte muy importante de la enfermedad, y que en los libros anteriores solo hay espacio para tratar por encima: el impacto psicológico en el enfermo y en su entorno. Lo hace centrándose en tres momentos clave: el del diagnóstico y los del principio y el final del tratamiento.

Vigilad, sin embargo, si vais a buscar este tipo de libros a grandes superficies donde venden de todo. Es habitual encontrarlos mezclados entre los típicos panfletos sobre dietas mágicas, manuales de medicina "natural" y cursillos para equilibrar chacras. Son justamente el tipo de engaños que los que hacemos divulgación nos esforzamos en desenmascarar... cosa que demuestra que todavía nos queda mucho trabajo por hacer.

[Publicado en El Periódico, 21/4/18]

jueves, 16 de julio de 2015

La biología de la democracia

En el mundo occidental solemos creer que la democracia es el ideal al que todo el mundo debería aspirar, un equilibrio político hacia el que se tiende a medida que nos vamos civilizando y que permite que el máximo número de personas disfrute del máximo de beneficios. Hemos luchado tanto para alcanzar este estatus que nos cuesta imaginar una situación más adecuada para el progreso de nuestra especie. La realidad es que nos queda mucho camino por recorrer: una cincuentena de países del mundo todavía no han adoptado este sistema de gobierno, entre ellos algunos de los más poblados, como China y Rusia. Tal vez la razón es que, a pesar de sus obvias ventajas, la democracia no es un estado tan natural para el hombre como nos gustaría creer.

La democratización de las sociedades es un invento relativamente moderno, enunciado aún no hace tres milenios y popularizado sobre todo a partir del siglo XVII. Antes de esta idea genial que tuvieron los griegos, las poblaciones humanas siempre se habían organizado siguiendo por defecto un sistema de castas. Muchas de estas estructuras aún perduran hoy en día, aunque sea en vestigios más o menos fosilizados como los que sufren las monarquías constitucionales. Esto sugiere que el absolutismo es un concepto del que nos cuesta deshacernos, posiblemente porque desde el punto de vista biológico es lo que nos parece más normal, al igual que a las abejas les parece normal optar por el colectivismo severamente estratificado de la colmena. Una prueba sería que, con diferentes variaciones, las castas han estado presentes en todas las localizaciones y épocas de la historia de la humanidad, y solo últimamente hemos empezado a diluirlas (con más buena voluntad que éxito, todo hay que decirlo).

Los determinantes genéticos que favorecen esta selección de organización social jerarquizada que hemos seguido los humanos desde los principios de los tiempos no están nada claros. Es evidente que deberían incorporarse a nuestro genoma cuando aún no nos habíamos separado evolutivamente de nuestros parientes más cercanos, porque la mayoría de primates también optan por los modelos sociales autoritarios.

En estas comunidades es habitual que sea un macho alfa -el equivalente a nuestros reyes o emperadores- el que tome las decisiones y se quede con el corte más grande del pastel. Por eso ha sorprendido un artículo publicado el mes pasado en la revista Science, donde se describe el comportamiento de unos babuinos de Kenia a la hora de decidir hacia dónde deben desplazarse. Normalmente, unos monos exploradores proponen la dirección que el grupo tiene que seguir, pero no se sabía cómo se tomaba la decisión de hacerles caso. Gracias a unos collares con GPS, los científicos se dieron cuenta de que los babuinos cambiaban de localización basándose en los principios democráticos: iban detrás del babuino que obtenía más apoyo. Si un subgrupo inicialmente no estaba de acuerdo con la elección, en lugar de pelearse con los demás, hacía lo que decidía la mayoría.Considerando cuán totalitaristas son los babuinos, es alentador ver que también pueden llegar a la conclusión de que a veces la mejor opción para la comunidad no es obedecer al individuo socialmente más fuerte.

No se puede negar que la democracia es el sistema político más justo que se ha probado, o al menos el que funciona mejor cuando se lleva a la práctica. Del mismo modo, está claro que los países que salen mejor adelante y en los que hay más igualdad social son aquellos que tienen un gobierno democrático en alguna de sus múltiples variantes. Pero esto no quiere decir que todo el mundo esté a punto para formar uno. Algunos esfuerzos recientes de instaurar democracias en lugares donde tradicionalmente no ha habido han sido desastres que han acabado creando una inestabilidad contraproducente, un caldo de cultivo de extremismos y de un sentimiento de desconfianza hacia las potencias extranjeras que, con intenciones que nunca son puramente altruistas, se han metido donde no les llamaban.

Quizá esto se deba a que, para aceptar la democracia, tenemos que luchar contra este instinto que nos empuja hacia la estructura de castas, lo que parece que tenga que ser el estado natural de las comunidades formadas por primates, aunque, como hemos visto, en ocasiones concretas se opte por escuchar a la mayoría. Para poder aceptar este tipo de cambios radicales hay una cierta predisposición, pero también se debe haber alcanzado una madurez suficiente para poder elegir lo que no nos sale de forma espontánea. Por desgracia, en un mundo globalizado no hay tiempo para dejar que las culturas maduren a su ritmo, y a veces se quiere hacer el trabajo de siglos en unos pocos años. Si recordásemos las peculiaridades biológicas de nuestra especie cuando tomamos decisiones sobre política global, quién sabe si los resultados serían menos catastróficos.

[Publicado en El Periódico, 11/7/15. Versió en català.]

miércoles, 20 de mayo de 2015

¿Humanos modificados genéticamente?

Últimamente he hecho algunas conferencias sobre el impacto que tiene la ciencia en la sociedad y los problemas éticos que pueden generar algunos de los avances más recientes, a raíz de un libro que publiqué el año pasado. Uno de los ejemplos que pongo es el de la manipulación genética. En las últimas décadas hemos aprendido a jugar con el ADN, y ahora somos capaces de generar animales y cultivos modificados, a los que añadimos o quitamos genes para obtener el efecto que nos interese. En sí mismo, esto ya ha propiciado muchas discusiones, sobre todo en torno a si son prácticas seguras o no. Pero una de las implicaciones de estas técnicas, mucho más importante desde el punto de vista moral, se suele comentar poco: la posibilidad de manipular el genoma humano.

El motivo por el que no se habla mucho de la idea de alterar los genes de nuestros hijos antes de que nazcan es doble. Por un lado, la mayoría de países tienen leyes que lo prohíben, principalmente porque serían cambios que se mantendrían en generaciones futuras. Pero la razón principal es que, hasta ahora, no era técnicamente posible. El debate, pues, se había dejado de lado porque era demasiado abstracto. Las cosas cambiaron repentinamente con el descubrimiento de la técnica llamada CRISPR / Cas9, que ha alterado la forma de trabajar en los laboratorios pero que ha pasado bastante desapercibida a la sociedad, quizá porque sus aplicaciones en la vida real aún quedan lejos. Precisamente, Pere Puigdomènech explicaba los detalles técnicos en esta sección la semana pasada, y comentaba que el CRISPR / Cas9 nos proporciona por fin las herramientas para editar el genoma humano tal como lo hacemos con el de cualquier otro ser vivo. Por primera vez, el concepto pasa a ser en teoría factible.

En las conferencias, avisaba de que no tardaríamos en ver experimentos en esta dirección y que entonces sí deberíamos empezar a considerar seriamente si es deseable o no cortar y pegar los genes de un embrión humano para mejorarlo. Y precisamente hace cosa de unos meses comenzó a circular en el mundo científico el rumor de que alguien ya lo había conseguido hacer. Aún no se sabía quién ni dónde, pero la reacción fue inmediata: el debate sobre si se debían prohibir este tipo de estudios estalló en las revistas especializadas. Unos expertos decían que era un avance espectacular que nos permitiría un salto biológico gigantesco, mientras que otros decían que los peligros que entrañaba la técnica eran demasiado grandes para lanzarse a ella de cabeza. Pensemos en ello: poder cambiar los genes que el azar y nuestros padres nos dan podría hacernos más resistentes a enfermedades, más longevos, más fuertes, más inteligentes... pero también tenemos la información para hacernos más altos, más rubios y más blancos. A pesar de que el beneficio social podría ser inconmensurable, el espectro de la eugenesia, la teoría que propone hacer evolucionar la especie humana seleccionando ciertos genes y que tanto daño causó en manos de los nazis, resucita de repente multiplicado por mil. ¿Quién decidiría qué es mejor? ¿Cómo evitaríamos la discriminación y la homogeneización de la especie?

Finalmente, se ha visto que era cierto: el día antes de Sant Jordi, un grupo de científicos chinos dirigidos por el doctor Junji Huang publicaba en la revista Protein & Cell el artículo que describe cómo han intentado modificar en embriones humanos el gen responsable de una enfermedad llamada beta talasemia usando el CRISPR / Cas9. El porcentaje de éxito fue bajo, y habrá mucho trabajo antes de que la técnica se pueda aplicar clínicamente. Pero es el primer paso.

Lo más sorprendente es que esta noticia no haya salido en las primeras páginas. Aparte del artículo de Pere Puigdomènech y este mismo, he visto pocas referencias a ella. Hacen falta más. ¿Si podría cambiar el destino de nuestra especie, por qué la discusión se limita a las publicaciones del ramo? ¿Por qué no tenemos artículos de opinión en cada diario defendiendo una u otra postura? Antes de que vayamos un día al médico y nos presente un catálogo con todas las opciones para tunear a nuestro hijo, hemos de poder decir si este es el futuro que realmente nos interesa. Y para eso debemos tener toda la información. Es necesario que los científicos comuniquemos, pero también precisamos una prensa que entienda que la ciencia no debe relegarse por defecto a un rincón secundario del periódico o del telediario. Y, sobre todo, es necesario que todos nos interesamos por estos temas. Por eso hoy he vuelto a hablar de eso, para pedir a todo el mundo un poco más de implicación en las novedades científicas. Están pasando cosas muy interesantes en biomedicina, y las consecuencias nos afectarán a todos de una manera todavía difícil de prever. Debemos esforzarnos para no quedarnos fuera ni dejar a nadie fuera de esta revolución que estamos a punto de vivir.

[Artículo publicado en El Periódico, 18/5/15 (en català).]

martes, 25 de marzo de 2014

La atracción sexual y el futuro de la especie

A todos nos han explicado en un momento u otro que la diferencia natural de tonos de nuestra especie es debida al sol. Las etnias son progresivamente más oscuras a medida que su lugar de origen se acerca al ecuador, porque allí es donde somos más vulnerables a los dañinos rayos ultravioleta. Sin que nos protegiera de ellos la melanina que fabrican ciertas células, y que es la que determina el color de la piel, las mutaciones serían mucho más frecuentes. Como consecuencia, también lo serían los cánceres. La abundancia de melanina, nos han dicho, es una adaptación al entorno seleccionada por sus beneficios sobre la capacidad de sobrevivir.

Esto es esencialmente cierto: alguien de complexión pálida expuesto al sol tropical sin protección tiene un riesgo muy elevado de quemarse y tener problemas serios. Pero cada vez hay más información que sugiere que hemos simplificado los motivos responsables del proceso y que el hecho de que vengamos en un amplio pantone de marrones tiene unas raíces mucho más complejas. El primer dato que nos debe hacer sospechar de la versión oficial es que los Homo sapiens primigenios, que surgieron en África hace unos 200.000 años, ya eran oscuros. Así pues, estrictamente hablando, la selección natural en realidad ha hecho que con los siglos apareciera la piel blanca, no la negra, que es nuestro color original.

A menos que ser negro en, pongamos por caso, Suecia fuera un inconveniente importante, podríamos pensar que la evolución no nos habría hecho palidecer a medida que nuestros antepasados ​​emigraban hacia el norte. Según un artículo publicado recientemente, no es tan sencillo. Una parte de la culpa la seguiría teniendo el sol, pero sin nada que ver con el daño que causa al ADN y cómo esto da tumores malignos. La razón sería nuestra dependencia de la vitamina D, que mayoritariamente fabricamos en la piel gracias a los rayos ultravioleta. Se sabe que un déficit de esta vitamina tiene efectos importantes en la salud y que, cuanto más oscuros somos, más horas de sol son necesarias para conseguir generar los niveles mínimos. Por tanto, los milenios de evolución nos habrían desteñido para que pudiéramos aprovechar mejor el sol tenue de las latitudes europeas y asiáticas, donde no es tan importante la protección de la melanina.

Esta teoría también tiene agujeros. Aunque la salida de África comenzó hace unos 40.000 años, hace solo 8.000 en la península Ibérica todavía éramos mayoritariamente de piel negra, como demuestran unos estudios genéticos realizados por el equipo de Carles Lalueza-Fox, de la Universitat de Barcelona, ​​a un esqueleto hallado en La Braña. Los últimos trabajos dicen que, en Ucrania, los genes relacionados con la pigmentación aún estaban evolucionando hace 5.000 años. Es decir, nuestra pérdida de color no fue tan rápida como cabría esperar si la única explicación fuera facilitar la absorción de luz ultravioleta para generar vitamina D. Esto podría ser porque los primeros humanos eran básicamente cazadores y ya la obtenían de forma suficiente de los peces y animales que componían la mayor parte de su dieta. A partir de la revolución del Neolítico y el cambio alimentario que llevó la agricultura, el papel del sol para mantener los niveles adecuados de vitamina podría haber pasado a ser más relevante.

El hecho de que junto con el aclarado de la piel aparecieran otras características en principio sin ninguna utilidad práctica, como los ojos azules y el pelo rubio, corrobora que aún debe haber más mecanismos implicados. Los científicos lo explican por la intervención de la selección sexual, que a menudo olvidamos que también tiene un papel relevante en nuestra evolución. Esta selección es mucho más impredecible que la natural porque se basa en el hecho de que ciertas características son más atractivas para el sexo contrario. Esto facilita que los individuos que las tienen se reproduzcan más fácilmente, y así los genes responsables pasen a las siguientes generaciones, sin que necesariamente proporcionen otra ventaja.

A menudo la selección natural y la sexual han coincidido. A los hombres nos gustan los pechos grandes y las caderas generosas porque son señales de fertilidad que predicen una mejor propagación de nuestro ADN. Y a las mujeres les atraen los hombros anchos y los brazos fuertes porque anuncian más capacidad de proteger las crías. En un entorno social, estos motivos pierden relevancia, y los individuos más atractivos lo son por rasgos determinados por coyunturas sociales, a veces muy aleatorias. Por lo visto, a los trogloditas les gustaban las rubias de piel clara, y así hemos evolucionado. ¿Hacia dónde nos llevarán los gustos modernos? ¿Cómo serán los humanos de los próximos milenios? ¿Nos acabaremos pareciendo todos a Justin Bieber y a Kim Kardashian? Quizá mejor que no estemos allí para verlo.

El Periódico, Opinión, 22/3/14. Versió en català.

martes, 25 de febrero de 2014

El reto de la manipulación genética

Los humanos hemos modificado genéticamente seres vivos incluso milenios antes de saber qué era un gen. Por ejemplo, desde que apareció la agricultura hemos estado seleccionando de una manera muy rudimentaria las características que más nos interesaban de las plantas. Pasa lo mismo con los animales domésticos: han sufrido siglos de cruces planificados para potenciar los rasgos que más se avienen a nuestras necesidades. A partir de la segunda mitad del siglo XX, la ciencia permitió acelerar este proceso. Entender que los organismos están definidos por su ADN fue el primer paso para manipular en el laboratorio. Esto nos ha permitido añadir (y quitar) genes específicos de vegetales o animales, lo que globalmente llamamos transgénicos.

Dejando de lado el impacto que puedan tener en la cadena alimentaria, estas alteraciones genéticas son una herramienta imprescindible en los laboratorios de todo el mundo. Gracias a ellas descubrimos cómo funcionan los genes y encontramos tratamientos para enfermedades. Los científicos trabajamos habitualmente con estos transgénicos, desde moscas a gusanos pasando por peces y, quizá lo más habitual, ratones. Actualmente podemos jugar con el ADN de una manera muy precisa, hasta el punto de que sabemos apagar o encender genes en momentos concretos y así conseguir animales inmunes al cáncer o con una esperanza de vida mucho más elevada de lo normal, por citar dos ejemplos.

Viendo estos resultados prometedores, podríamos preguntar por qué no lo aplicamos directamente a los humanos: en principio, modificando nuestros genes podríamos hacernos resistentes a enfermar, mejorarnos en general y quizá avanzar un poco hacia la inmortalidad. Hay dos razones que nos lo impiden. La primera es que es ilegal. Todos los países tienen leyes que condenan la manipulación de embriones porque, con los conocimientos que tenemos, las consecuencias serían imprevisibles y los resultados podrían vulnerar los derechos humanos más básicos. Pero este es un motivo formal: que esté prohibido no significa que en un momento dado alguien no decida saltarse las normas y probarlo. La segunda razón es que es imposible: por motivos que no están del todo claros, no se ha logrado utilizar con éxito estos procedimientos en ningún tipo de primate, lo que descarta también los humanos.

Una de las noticias científicas del año pasado fue el descubrimiento de un nuevo sistema para editar genomas llamado CRISPR-Cas, que permite cortar y pegar secuencias de una manera más rápida y efectiva. Es un hallazgo extremadamente útil para quienes preparan transgénicos para la investigación. Un artículo publicado en la revista Cell a principios de febrero sugiere, además, otra posibilidad. Usando el CRISPR-Cas, unos investigadores de la Universidad de Nankín, en China, han conseguido crear los primeros macacos manipulados genéticamente. Esto podría servir para estudiar fenómenos biológicos en un modelo evolutivamente más cercano, aunque ya hace tiempo que los experimentos en monos se han reducido mucho. Ahora ya solo se hacen en casos excepcionales y cuando no hay otra alternativa válida. Por tanto, las aplicaciones reales del descubrimiento seguramente serán pocas.

Pero si miramos un poco más allá entenderemos que esta noticia significa que hemos superado la última barrera técnica de la manipulación genética: ya funciona en primates. ¿Llegará el momento en que pensemos en intentarlo también en humanos? Por ahora no hay que preocuparse, porque el sistema no es muy efectivo: se necesitaron 180 embriones para conseguir 83 que pudieran ser implantados en úteros, de los que solo 10 embarazos progresaron y, al final, nació un solo mono transgénico. Unos números así hacen que no sea éticamente factible trasladarlo a nuestra especie. De momento.

Los protocolos sin duda mejorarán y, a lo largo de las próximas décadas, probablemente nos encontraremos en un punto en el que lo único que nos impedirá modificarnos será la voluntad de hacerlo. ¿Qué pasará entonces? ¿Seguiremos defendiendo una prohibición universal por los posibles malos usos, a pesar de los beneficios que se podrían derivar? Quizá nosotros no, pero nuestros hijos, o como mucho nuestros nietos, deberán implicarse en el debate, porque este puede ser el cambio más importante de la humanidad en todos sus milenios de historia. ¿Estaremos alguna vez a la altura para poder usar este regalo de la forma adecuada? ¿Qué futuro espera a la humanidad una vez hayamos aprendido todos los secretos de la genética? ¿Nuestra destrucción o el paso a un nuevo estado evolutivo? Confieamos en que, de la misma manera que hemos evitado que el descubrimiento de la energía nuclear nos borre del planeta, seremos lo suficientemente inteligentes para superar también este reto.

El Periódico, Opinión, 22/2/14. Versió en català.

martes, 11 de diciembre de 2012

El sueño de los 'poshumanos'

El sueño de los 'poshumanos'_MEDIA_2Estos días hemos presenciado el descenso a los infiernos de uno de los ídolos de masas del siglo XXI. Lance Armstrong,con una biografía que «si la hubieran escrito en Hollywood la gente no se la creería», según dice su web, ha resultado ser un tramposo de dimensiones olímpicas. Si algo no perdonamos a los que se erigen en estándares planetarios de virtud y superación es que lo hayan conseguido haciendo juego sucio. 
El dopaje es el pecado definitivo del deportista simplemente porque está prohibido. ¿Pero tiene sentido impedir ciertas estrategias para incrementar el rendimiento y no otras? La EPO, una hormona que aumenta la capacidad de la sangre de transportar oxígeno, es ilegal. En cambio, entrenar a grandes alturas, donde las concentraciones bajas de oxígeno te hacen producir más glóbulos rojos, es una forma aceptada de conseguir el mismo objetivo.

EL TENISTA Novak Djokovic usa una cámara de presión carísima para obtener efectos similares, y esto tampoco está vetado. Entonces, ¿por qué no permitimos que los atletas tomen sustancias químicas? ¿Por sus efectos secundarios? ¿Por qué no están al alcance de todos? Los ejemplos anteriores lo descartarían: en estos aspectos no hay muchas diferencias entre la olla a presión de Djokovic y las inyecciones de Armstrong. Por eso hay expertos que proponen que la mejor manera de evitar que los atletas hagan trampas es autorizándolas todas: ya les estamos presionando para rendir más allá de los límites habituales, hasta el punto de poner en peligro su salud; aprobar el dopaje no lo empeoraría mucho.

Es una opinión polémica, y más si ampliamos el punto de mira. Porque las mejoras artificiales pueden ser útiles también fuera del deporte. En la primera guerra del Golfo, por ejemplo, los pilotos tomaban anfetaminas para estar despiertos durante periodos largos de tiempo y actuar mejor en las situaciones de estrés. Un caso menos extremo: el metilfenidato, que se usa para tratar el trastorno de déficit de atención e hiperactividad, se cree que puede incrementar la capacidad de concentración en adultos sanos. Y el Modiodal, que se da para los trastornos del sueño, lo usan algunos para poder estudiar toda la noche. En las universidades ya se habla de hacer controles antidopaje antes de los exámenes para evitar ventajas no homologadas. Pero una pastilla de metilfenidato tiene unos efectos bastante similares a una taza de café, una droga legal que la mayoría de gente se toma sin pensárselo dos veces. ¿Estamos siendo hipócritas?
Lo que pasa es que todavía no tenemos claro qué hacer con todas las mejoras que nos está proporcionando la ciencia. Hay quien cree que deben dejar de considerarse deshonestas. Esto técnicamente se llama transhumanismo, una nueva doctrina filosófica que propone que debemos usar todos los recursos disponibles para mejorar nuestras capacidades. No todo el mundo lo ve con buenos ojos, sobre todo porque es difícil ponerle un límite.

Una cosa son las píldoras, pero luego podrían venir las prótesis, que ya se usan para tratar algunas deficiencias. ¿Será el próximo paso un «supersoldado» biónico? ¿Hasta dónde nos podría llevar el transhumanismo? ¿A ser cada vez más perfectos y menos humanos? La última frontera sería la manipulación genética: modificar el ADN de un embrión para cambiar las características de la persona antes de que nazca. De momento es ciencia ficción porque lo hemos decidido así: alterar el genoma que pasamos a nuestros hijos es uno de los pocos límites científicos incluidos en la legislación de todos los países. Pero técnicamente no está tan lejos de nuestro alcance.

¿Estamos yendo hacia un futuro donde la evolución de nuestra especie no estará en manos de la selección natural sino de los científicos? Esta visión ha dado lugar al término poshumanos, que describe a aquellas personas que se modificarían tanto, de forma química, quirúrgica, genética y/o biónica, que se convertirían en una especie aparte. ¿Será esto el final de los humanos tal como los definimos actualmente? ¿Es un futuro deseable o temible?

LA RESPUESTA ES menos fácil de lo que parece si dedicamos un rato a valorar los pros y los contras. ¿Y si pudiéramos «crear» humanos resistentes a las peores enfermedades? ¿Y si pudiéramos ser todos igual de inteligentes? ¿Nos negaríamos la posibilidad de ecualizar de una sola vez muchas de las desigualdades que hacen que este sea un planeta injusto? ¿O precisamente lo que nos hace humanos es el hecho de que todos tenemos virtudes y defectos diferentes que hemos de aprender a aprovechar y a superar a nuestra manera?
¿Estaríamos abriendo así las puertas a quienes quisieran que todos fuéramos altos y rubios, la piedra angular de muchas distopías? Son cuestiones que nos pueden parecer fantásticas e inútiles ahora mismo, pero que es muy posible que nuestros hijos y nietos tengan que debatir seriamente.

El Periódico, Opinión, 3/11/12. Versió en català.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Bebés de diseño


Estos días estoy terminando de escribir un libro sobre el impacto ético y social de los nuevos avances biomédicos. Quizá por este motivo me ha llamado la atención que recientemente el Gobierno alemán haya decidido autorizar en ciertos casos el llamado diagnóstico genético preimplantacional, una técnica que permite analizar los genes de un embrión obtenido por fecundación in vitro antes de implantarlo en el útero de la madre. Eliminando los embriones que no cumplen los requisitos podemos elegirciertas características genéticas de los hijos. Esto se hace, sobre todo, para evitar que nazcan niños con algún trastorno hereditario que tienen los padres. ¿Por qué se oponían los alemanes (y todavía lo hacen Austria, Irlanda y Suiza), si el beneficio es tan obvio?
Todo depende de lo que consideremos que vale la pena seleccionar. En el caso de una patología determinada por los genes, no hay mucha discusión. ¿Qué pasará cuando seamos capaces de predecir la predisposición a sufrir otras enfermedades, por ejemplo el cáncer? Parecería lógico rechazar los embriones con más posibilidades de enfermar. Pero cuando pasamos de hablar de certidumbres a probabilidades es como si declaráramos a una persona culpable de un crimen que aún no ha cometido. ¿Es justo descartar una combinación de genes solo porque podría ser que no fuera muy favorable?


Todo esto recuerda peligrosamente a aquella corriente filosófica y científica conocida como eugenesia, que fue muy popular en la primera mitad del siglo XX. Su objetivo era perfeccionar la raza humana asegurándose de que solo los mejores genes pasaban a la próxima generación. Sobre el papel puede parecer una idea loable, pero su aplicación práctica choca con escollos importantes. Lo que pronto podremos hacer con la ayuda de la genética, en aquellos tiempos solo era factible planificando quién se apareaba con quién, es decir, prohibiendo la reproducción de ciertos individuos en nombre del bien común. Este pisoteo flagrante de los derechos humanos se magnificaba cuando se decidía qué genes valía la pena preservar. Un grupo político tuvo muy claro que la elección debía estar basada en un ideal concreto, que pasaba por tener una cierta altura, color de piel y pelo, raza y sexualidad. Con eso se justificó uno de los mayores genocidios que ha vivido Europa y desde entonces la eugenesia ha quedado relegada al arsenal de los exaltados. ¿Estamos a punto de volver a caer en la misma trampa?
A medida que vamos descubriendo la función de más genes iremos encontrando información sobre la mayoría de nuestras características físicas y mentales. Si una pareja puede elegir entre un embrión con una inteligencia normal y uno que posiblemente superará la media, ¿qué escogerá? ¿Y entre uno que será guapo y uno feo? No es una decisión tan fácil como parece. ¿Puedes garantizar que tu hijo será más feliz o tendrá más éxito en la vida si su cociente intelectual es más elevado o si es más bien parecido? Unos padres bienintencionados podrían incluso decidir quedarse con el embrión que tiene genéticamente definida una orientación sexual aceptada por la mayoría para ahorrarle problemas de discriminación. ¿Cuántas cosas nos dejaremos perder si cedemos al afán de homogeneizarnos según los criterios de excelencia prevalentes en nuestra cultura?
Dado que estos análisis genéticos solo están disponibles en los casos de reproducción asistida, cualquier selección será necesariamente minoritaria. Pero ¿qué nos impide extenderla a todos los embarazos? La razón más clara es que es distinto deshacerse de un embrión que aún no ha sido implantado que inducir un aborto después de varios meses de gestación (por motivos técnicos, en los casos naturales solamente se puede analizar el genoma de un embrión en fases más avanzadas). Pero esto no es un problema insalvable. De hecho, los estudios que se hacen actualmente de forma rutinaria para determinar trastornos cromosómicos importantes (como, por ejemplo, la trisomía 21, que causa el síndrome de Down) ya terminan a veces con la interrupción del embarazo, y cada vez las pruebas se amplían a más enfermedades. A medida que avancen nuestros conocimientos genéticos será más fácil predecir cómo serán los hijos antes de que nazcan, y quienes quieran podrán decidir no seguir adelante si las perspectivas no les gustan. ¿Es este el futuro hacia el que nos encaminamos?
Que precisamente los alemanes estén abriéndose poco a poco a la posibilidad de elegir embriones, teniendo en cuenta sus antecedentes históricos en el tema de la eugenesia, no deja de ser un hecho significativo. Quizá marca hacia dónde irán las tendencias a medida que avance este siglo. Tras lograr saltarnos las normas milenarias de la selección natural favoreciendo la supervivencia de los que no son precisamente los más aptos, pronto estaremos en condiciones de escribir nuestras propias directrices evolutivas y decidir gen por gen cómo serán los humanos del futuro. Tanta responsabilidad da un poco de miedo.
El Periódico, Opinión, 24/09/11. Versió en català.

martes, 19 de julio de 2011

Singularidades


A menudo nos cuesta describir la normalidad. Quizá porque el concepto lleva implícito un juicio de valor: parece que deba ser sinónimo de correcto. Sin embargo, se trata solo de una definición estadística: normal es lo más frecuente. Esto no convierte algo en mejor ni peor, solo en común. Es cierto que muchos hacen de la normalidad un objetivo deseable en esta vida. Para otros, por contra, se trata de un demonio del que hay que huir. La paradoja es que sin aceptarla no podríamos diferenciar lo que se sale de lo habitual. No podríamos apreciar las singularidades. Y es precisamente en estos puntos que rehuyen la norma donde están los misterios científicos más interesantes que esconde nuestra especie.
Los investigadores estamos acostumbrados a trabajar con lo que llamamos la campana de Gauss. Es una gráfica en forma de montaña simétrica que representa los diferentes valores que encontramos en una muestra cualquiera. Por ejemplo, los cocientes intelectuales de una población suelen distribuirse siguiendo la famosa campana: la mayoría de cifras estarán alrededor de la media (el pico de la montaña), mientras que cuanto más nos alejemos del centro de la gráfica, hacia un lado o hacia el otro, menos puntos encontraremos. Los valores extremos son los más raros.
A menudo rechazamos por sistema precisamente esos puntos que se encuentran en los márgenes de la muestra. Los resultados muy altos o muy bajos son poco habituales y, lo que es peor, difíciles de explicar. Lo que hacen es añadir ruido: dispersar los datos y empañar las posibles conclusiones. Es más fácil etiquetarlos como errores de medida o simples anomalías accidentales y no tenerlos en cuenta. De esta forma, la normalidad queda mucho más homogénea y así podemos entender mejor, por ejemplo, qué efecto tiene cierta sustancia química sobre un grupo de personas, si funciona o no en la mayoría de los enfermos.
Pero quizá con este gesto artificial de querer cuadrar la naturaleza estamos eliminando los especímenes más interesantes de todos. Los que no responden al fármaco, por ejemplo, o los que responden a él de forma exagerada. No tienen ninguna utilidad estadística, es cierto, porque no pasan de ser anécdotas, pero esas singularidades pueden tener la clave para responder por la vía más directa a algunas de las preguntas que nos estamos planteando. Ahora que somos capaces de leer de arriba abajo el genoma de cualquier individuo con un coste razonable, nada nos impide buscar cuál es la variación genética que ha hecho que una persona sea especial. Esto podría ayudarnos a entender incluso qué genes nos protegen contra una enfermedad o cuáles nos hacen ser más propensos a ella.
Uno de los ejemplos más evidentes de singularidades médicamente valiosas son los controladores de élite, un porcentaje bajísimo de la población que es capaz de frenar la inexorable progresión del virus de la inmunodeficiencia humana una vez se ha infectado. ¿Qué es lo que los hace diferentes del resto, que sin la ayuda de los fármacos son incapaces de evitar que el VIH les acabe destruyendo el sistema inmunitario? Es fácil darse cuenta de que descubrirlo podría ser la clave para diseñar una vacuna o un nuevo tratamiento que se pudiera aplicar al resto de seropositivos. Por eso últimamente se han invertido muchos esfuerzos en buscar las características genéticas específicas que hacen que los controladores sean resistentes. Ya tenemos algunos resultados prometedores.
Las personas que reaccionan de forma inesperada a un estímulo existen en cualquier medida que realicemos. Son, en realidad, una característica típica de la humanidad. No olvidemos que ha sido precisamente la aparición de variantes inusuales, los mutantes que por azar han resultado ser más competitivos, lo que nos ha permitido sobrevivir y avanzar como especie. Además, a lo largo de la evolución ha habido una serie de embudos que han eliminado a buena parte de la población. El sida podría haber sido uno de ellos. Si no dispusiéramos de los conocimientos necesarios para detectarlo, prevenirlo y tratarlo, sería una pandemia que podría acabar diezmando a la humanidad. Las singularidades resistentes, los controladores de élite, podrían acabar entonces siendo los únicos supervivientes y pasar en unas pocas generaciones de ser una rareza a convertirse en la nueva normalidad. Seguramente somos hijos de alguna de esas singularidades afortunadas que hace miles de años pudo escapar de un mal contra el que la mayoría no tenía suficientes defensas.
Acabar en el cajón de las anomalías es, desde el punto de vista del individuo, una cuestión de suerte. Buena o mala, según el extremo de la campana donde te encuentres. Para el resto de la humanidad, que haya personas en los márgenes de las gráficas es todo un regalo. A menudo preferimos ignorar las singularidades que ponen a prueba nuestra forma de entender este mundo. Pero podrían llegar a ser la fuente de conocimiento más importante que tenemos.
Opinión, El Periódico, 18/6/11. Versió en català.

martes, 17 de mayo de 2011

"Les noves teràpies de la medicina del segle XXI"



Esta es una conferencia (en catalán) que en la Universidad de Vic el 5 de mayo del año pasado. Es una actualización de los temas de Inmortales y perfectos, centrada en las mejoras terapéuticas que seguramente veremos a lo largo de este siglo. [Si no os funciona el vïdeo haced clic aquí.]

lunes, 28 de febrero de 2011

La medicina personalizada esta ahí


No hay enfermedades: hay enfermos. Recuerdo que en la facultad, hace más de 20 años, trataban de inculcarnos esta máxima a quienes queríamos ser médicos. Un paciente no es un libro de texto. Al contrario: cada persona es un mundo y no debemos pretender encontrar soluciones universales a problemas que son radicalmente diferentes dependiendo de quién los sufre. Esto se aplica no solo en la parte psicológica, en cómo el enfermo vive e interioriza su lucha para recuperar la salud, sino también en cómo nuestro cuerpo reacciona a las agresiones a las que está sometido y a los tratamientos que le administramos para curarlo. A pesar de ser un concepto vital para la medicina, apenas empezamos a entender el porqué de estas variaciones personales y a poder pensar en hacer algo. La diferencia es que ahora podemos leer nuestros genes.
Hace 10 años que se completó el Proyecto Genoma Humano, la tarea faraónica (al menos en el inicio) de secuenciar todo nuestro ADN, en la que participaron 3.000 investigadores durante más de una década y cuyo coste final fue de 3.000 millones de dólares. Valió la pena: los resultados nos permiten a los científicos trabajar más rápido y llegar más lejos en nuestros experimentos de cada día. Pero la sociedad todavía espera la gran revolución biomédica que se le prometió, sin darse cuenta de que ya hemos completado las primeras etapas. Y es que estamos avanzando poco a poco, pero de forma segura, hacia un concepto de medicina totalmente nuevo.
El Proyecto Genoma Humano representó solo la obtención de los datos iniciales: la fotografía de los genes de una persona sana. Ahora intentamos entender la genética de las enfermedades, saber qué ocurre cuando se nos estropea el ADN, y también definir las características que nos protegen o nos hacen más sensibles a ciertos problemas o a ciertos fármacos. Tener esta información nos permitirá dar el siguiente paso en la evolución de la sanidad: la medicina personalizada. En otras palabras, elegir para cada individuo y enfermedad el mejor tratamiento y el que tendrá menos efectos secundarios.
¿Estamos muy lejos de esta promesa? El cáncer es el primer campo en el que estamos viendo cambios importantes, quizá porque se trata de una enfermedad genética, una conspiración de genes que se ponen de acuerdo para saltarse todas las normas establecidas y guiar una célula elegida (y sus hijas clónicas) hacia una inmortalidad absurda que acabará destruyendo el organismo que las mantiene vivas. Gracias a los espectaculares adelantos técnicos de los últimos años, ahora podemos conseguir lo mismo que el Proyecto Genoma Humano en menos de una semana e invirtiendo solo unos cuantos miles de euros. Esto nos ha permitido secuenciar el ADN de diferentes tipos de cánceres. El último de ellos, el de próstata. Tenemos, pues, mapas exactos de todos los genes estropeados de estos tumores, que nos dicen que no solo son muy diferentes entre sí, sino que varían de persona a persona. Además, los errores que hay en las células cancerosas son más de los que nos creíamos. En el de próstata, por ejemplo, se ha descubierto que el ADN se desmonta y reorganiza como si fuera un rompecabezas, lo que desregula un montón de genes importantes.
Nos encontramos en un momento extraño. Nuestra capacidad para obtener información no evoluciona en paralelo a la habilidad de entenderla y aplicar los nuevos conocimientos. Los estudios genéticos generan una cantidad de datos que los ordenadores que tenemos actualmente no pueden procesar. Es lógico: cada una de nuestros células contiene en su ADN las instrucciones para crear un ser vivo y mantenerlo funcionando durante décadas. Si encima añadimos que cada tumor tiene su manual propio, con un puñado de variaciones, es fácil entender que la información nos supera. Acabamos con un montón de cifras sobre la mesa que no sabemos interpretar en su totalidad. Nos faltan bioinformáticos que nos las traduzcan y nos faltan ordenadores para extraer lo que es realmente importante.
Esto no nos PARA. Los primeros tratamientos específicos basados en análisis genéticos ya se están aplicando. En algunos casos muy concretos podemos escoger el mejor de los fármacos que tenemos en función de las mutaciones que encontramos secuenciando un cáncer. Pero todavía nos queda mucho camino para convertir la medicina personalizada en una realidad al alcance de todos.
Cuando nos piden a los investigadores que especulemos sobre el futuro solemos responder con evasivas, porque las predicciones en biomedicina tienen la extraña tendencia a no cumplirse. Es una de las gracias de esta profesión: lo que sabemos cambia constantemente y nunca deja de sorprendernos. Pero no creo que nadie tenga demasiados problemas para reconocer que la medicina del siglo XXI será cada vez más personalizada, y que la genética marcará el ritmo.
El Periódico, Opinión, 29/01/11. Versió en català.

sábado, 30 de octubre de 2010

¿Votan nuestros genes?

Hace unos días se publicó un artículo en el que se relacionaba ciertas formas de un gen con nuestras tendencias políticas. Como todos los estudios de asociación (llamados GWAS por sus siglas en inglés, ver Inmortales y perfectos, página 50) que están proliferando desde que secuenciar genomas tiene un precio asequible, son resultados que hay que valorar con precaución. Más aún si lo que se supone que definen es algo tan complejo como un comportamiento, que sin duda vendrá determinado en gran parte por factores no genéticos (el entorno). Como curiosidad, es un estudio interesante. Que nuestro comportamiento está definido en parte por los genes nadie lo pone en duda. Qué importancia tiene la herencia en el hecho que seamos liberales o conservadores es más discutible. Si queréis saber más, podéis escuchar aquí mi intervención en el programa de Luis Herrero sobre este tema.

jueves, 14 de octubre de 2010

Nos gana hasta una flor

Una de las preguntas que más emocionaba a los genetistas antes de los tiempos del Proyecto Genoma era "Cuántos genes hay en nuestro ADN?". Pensábamos que con la secuencia del genoma humano obtendríamos automáticamente un número que nos solucionara la duda pero aquí estamos, diez años después y sin saber la cifra exacta. La última aproximación: 22.333. Parece que el rango final será alrededor de los 20.000.

Pero esta información ha dejado de ser relevante. ¿Por qué? Quizá este dato nos de la respuesta: se acaba de descubrir el ser vivo con el genoma más grande. Y no somos nosotros, esto ya lo sabíamos hace tiempo (ver Inmortales y perfectos, p.38). La ganadora es una planta con un genoma 50 veces más extenso que el humano.

Conclusión: el tamaño no importa (tanto). No es cuestión del número de genes, sino de lo que haces con ellos. Nuestras células son capaces de fabricar muchas más de las 22.333 proteínas que obtendríamos si cada gen sólo pudiera codificar una. Si el ADN es la información, las proteínas son la función. La complejidad de nuestro "proteoma" (el conjunto de proteínas) y de su regulación probablemente no tiene igual en la naturaleza. Es fascinante que nuestro genoma sea tan rico y a la vez tan sintético.

viernes, 23 de julio de 2010

Misterios de la genética

Podéis escuchar aquí mis comentarios en la radio sobre la curiosa notícia de unos padres negros que han tenido una hija blanca.

martes, 1 de junio de 2010

Sobrevivir al Ébola

Los lectores de Las grandes plagas modernas a lo mejor se preguntan cómo acabó la historia de la investigadora alemana que se pinchó en su laboratorio con una aguja infectada de Ébola. La habíamos dejado en la página 225 del libro, después de recibir una vacuna experimental contra el Ébola que sólo se había probado en monos. Pues bién, hubo final feliz. La investigadora no llegó a infectarse, quizás gracias a la vacuna, quizás gracias a la suerte.

 El Ébola es uno de los virus más agresivos que existe y aunque sus brotes son de corto alcance, siempre existe el riesgo de que sea usado como arama biológica. Parece que los que trabajan con este virus tan peligroso (y el resto de la humanidad) pueden respirar un poco más tranquilos. Se acaba de publicar un estudio que presenta el primer tratamiento contra el Ébola. Todos los monos a los que se les inyectó el producto hasta 6 días después de haber estado expuestos al virus sobrevivieron. Es un resultado muy prometedor.

martes, 4 de mayo de 2010

Preguntas de los lectores (XXVII)

Cuando en Inmortales y perfectos se dice que "tener dos copias de un marcador" (por ejemplo el ApoE e4, relacionado con el Alzheimer) aumenta el riesgo a sufrir una enfermedad, ¿estamos hablando de dos copias seguidas? ¿O la segunda copia puede aprecer en cualquier otra zona del mismo cromosoma u otros cromosomas? Estos marcadores, ¿se encuentran indistintamente dentro de los genes o en los espacios entre los genes o bien tienen una localización concreta en cada caso?. Gracias. T.M.
En este caso se trataría de las dos copias que heredamos de nuestros padres, una en cada uno de las dos formas (la paterna y la materna) del cromosoma donde se encuentra el gen. En el ADN de las células, siempre hay dos copias de todos los cromosomas (excepto el cromosoma Y, que es el único sin pareja): la que viene del padre y la que viene de la madre.

Hay marcadores en principio en cualquier zona del ADN, pero cada marcador específico aparecerá siempre en la misma localización concreta de un cromosoma en todas las personas.

martes, 13 de abril de 2010

Patentar genes

Explicábamos en Inmortales y perfectos (p34) que en los últimos años ha habido una gran polémica alrededor de una patente de Myriad Genetics. Está compañía americana patentó en su día dos genes humanos asociados con el cáncer de mama (BRCA1 y BRCA2), lo que a la práctica significa que sólo ellos pueden fabricar los tests genéticos para detectar la susceptibilidad a este cáncer.

Se ha luchado para anular esta patente tanto en Europa como en los USA, aduciendo que es absurdo registrar un gen que tenemos todos en nuestro ADN. Parecía primero que en Europa se anularía, cosa que facilitaría y abarataría los tests (actualmente cuestan $3000). Pero al final han sido los americanos los que han dado el primer paso y han invalidado la patente. La batalla legal será larga, seguramente, ya que Myriad saca un buen provecho de estos productos y no va a dejarse vencer tan facilmente.