miércoles, 21 de noviembre de 2018

¿Las mujeres y los niños primero?

Este planeta dispone de un auténtico tesoro biológico, organismos tremendamente diversos, capaces de sobrevivir en condiciones extremas, de una complejidad física esculpida por milenios de selección natural y dotados de unos engranajes microscópicos que funcionan con una exactitud que desafía la lógica. Pero quizás lo que me fascina más de la vida terrestre, y perdonadme por ser tan antropocéntrico, es la riqueza cultural de las tribus humanas.

Lo que estos frágiles bípedos de cerebros hiperactivos hemos llegado a construir a golpes de imaginación e ingenuidad rivaliza sin problemas con la sorprendente orfebrería aleatoria de la evolución. Gran parte del encanto de la cultura es no ser homogénea. El porcentaje de nuestra humanidad que heredamos a través de los genes tiene una hoja de ruta muy clara y, aunque aparentemente no lo parezca, varía solo dentro de un pequeño margen, bien definido. Pero todo lo demás, que adquirimos del entorno a partir del primer aliento, tiene una flexibilidad mayúscula y pocas normas que sea necesario respetar. Es por ello que la diáspora humana por los seis continentes ha generado un enorme catálogo de culturas, con algunos rasgos comunes, ciertamente, pero también con diferencias bastante sustanciales.

A algunos les gustaría poder barrer esta diversidad para simplificar lo que define a los humanos, y se esfuerzan en destruir las culturas menos voluminosas en nombre de las supuestas ventajas de la globalización. A menudo, son los mismos que encuentran excesiva la variedad de nuestro ADN y nos querrían todos cortados por un patrón genético similar. Veremos quién gana el pulso entre las tendencias naturales y la estupidez, que es una partida que se prevé larga.


Mientras tanto, tendremos que lidiar con el efecto colateral de la diversidad: la dificultad de ponernos de acuerdo. Por ejemplo, a la hora de definir normas que se puedan aplicar de manera universal. Es evidente que resulta extremadamente difícil adoptar un código moral con el que todos nos podamos sentir cómodos. Un debate reciente en este campo lo ha propiciado la necesidad de programar los futuros coches inteligentes, que puede ser que en algún momento se encuentren en la coyuntura de tener que determinar si atropellan a un peatón o lo esquivan poniendo en riesgo a los pasajeros.

Cuando los humanos tenemos que tomar decisiones de este tipo, no tenemos tiempo de procesar todas las variables, y el instinto acaba imponiéndose a la razón. Pero un ordenador no sufre estas limitaciones: por eso necesita seguir una serie de directrices claras. Unos científicos del MIT han hecho un experimento 'on line', llamado Moral Machine, para determinar cómo las diferentes culturas responden al dilema ético del coche y ver si así podía derivar en una regulación única. Se trataba de escoger simples opciones binarias. ¿Es preferible que se muera un niño o un hombre? ¿Un hombre o dos hombres? ¿Un hombre o una mujer? ¿Un hombre o un perro? ¿Un médico o un sintecho? ¿Un joven o un viejo? ¿Una persona obesa o un deportista? ¿Un criminal o un ciudadano obediente?

Los resultados de 2,3 millones de respuestas repartidas por todo el globo, publicados hace un par de semanas en 'Nature', revelan un cierto código moral básico transversal. Globalmente, hay una tendencia compartida a preferir salvar a humanos antes que a animales, los más jóvenes y cuantas más personas mejor. Pero si miramos los detalles, los datos son heterogéneos y demuestran que las diferentes culturas se dividen en tres grandes grupos (etiquetados como occidentales, orientales y meridionales), que expresan preferencias divergentes. Así, en las meridionales (América Latina, Francia, norte de África) salvarían antes a las mujeres, los niños y los individuos de nivel social elevado. En cambio, en las orientales (Próximo Oriente) valoran más a las personas de edad avanzada y a los hombres. Y en las occidentales (donde estamos incluidos) cuenta más el número de personas y la juventud.

La conclusión de este estudio es que nos costará escribir las instrucciones para programar los coches autónomos, como nos cuesta estar de acuerdo a la hora de definir los derechos humanos básicos y cómo debemos asegurarnos de que todo el mundo pueda disfrutar de ellos. Cada nación y cada cultura tienen sus líneas rojas en cuanto a la igualdad, la libertad de pensamiento y de expresión y el alcance de la fraternidad que están dispuestas a desempeñar. Debemos aceptar que la variedad cultural que nos hace tan interesantes es también un obstáculo a la hora de elegir una estrategia que nos permita avanzar hacia un futuro mejor. Pero esto no quiere decir que tengamos que darnos por vencidos y dejar de luchar para que el mínimo común denominador sea cada vez mayor.

[Publicado en El Periódico, 10-11-18. Versió en català.]

martes, 30 de octubre de 2018

Cómo evitar el daño que hacen las pseudociencias

Las pseudociencias pueden matar. Los casos de unos enfermos de cáncer que se dejaron aconsejar por curanderos nos lo han recordado recientemente. Cuando permitimos que la fantasía entre en el campo de la salud, los riesgos son demasiado elevados. Las pseudociencias pueden prometer lo que quieran porque no tienen que demostrarlo. Si puedes elegir entre un fármaco que reduce las posibilidades de que rebrote un cáncer a cambio de unos efectos secundarios serios o una pastilla que te curará del todo sin causarte perjuicios, es obvio qué opción resulta más atractiva. Cuando estamos enfermos somos especialmente vulnerables a estos engaños. En el negocio de las pseudociencias hay ignorantes bienintencionados que realmente creen que han encontrado una verdad escondida y otros son simplemente estafadores conscientes de lo que están ofreciendo. Ambos son igual de peligrosos, y hay que frenarlos.

La lucha contra las pseudociencias debe ser a todos los niveles. El usuario tiene que confiar más en su sentido común. Enfermedades complejas como el cáncer requieren tratamientos igual de complejos, y nos está costando muchos años y millones encontrarlos. Desconfiad de quien diga que con un poco de lejía es suficiente. Lo mismo sirve para condiciones tan desconocidas como el autismo. Si no entendemos por qué pasan, es poco probable que sepamos cómo solucionarlas.

También hay que aumentar la cultura científica de la población. La ciencia no puede ser solo terreno de expertos, porque nos afecta a todos. La ignorancia científica nos deja indefensos ante los embaucadores. Es necesario que la ciencia tenga más presencia en los medios, que más profesionales den el paso a la divulgación y que todos nos interesamos más por estos temas. Tenemos que dejar de ver la ciencia como el patrimonio exclusivo de una élite e integrarla en la cultura popular. Para empezar, es básico que en la escuela se trabaje el método científico (observar, analizar, interpretar, sacar conclusiones), que es esencial para saber pensar.

El médico tiene que volver a hablar con el enfermo y darle la información y la empatía que necesita para que no las busque en otros sitios. Las instituciones deben tener tolerancia cero con los farsantes. Es habitual que los ayuntamientos permitan ferias o charlas donde las pseudociencias campan con libertad. No es un hecho inocente. No podemos otorgar ninguna sombra de oficialidad a una actividad que puede atentar contra la salud pública. El Departamento de Salud hará bien en seguir abriendo expedientes sancionadores, y los médicos, a través de sus colegios, deben autorregularse e impedir que se utilice un título universitario para dar una pátina de respetabilidad a un engaño. Utilizar ciertas técnicas para obtener un efecto placebo puede estar justificado en algunas ocasiones, pero es muy diferente pretender curar enfermedades graves con agua y azúcar.

Y finalmente, la ley debe ser dura con quienes juegan con la salud de los demás. Es necesario que los políticos entiendan el alcance del problema y los legisladores actúen en consecuencia. Quizás así entre todos podremos evitar más muertes y daños innecesarios.

[Publicado en El Periódico, 21-10-18]

martes, 23 de octubre de 2018

Una cultura mejor que dos


A principios de mayo de 1959, un hombre calvo de 50 y tantos años entró en la Senate House de la Universidad de Cambridge con un puñado de papeles en la mano. Con su aspecto inofensivo y cara de buena persona, nadie se hubiera imaginado que estaba a punto de dinamitar los cimientos intelectuales del país. No le hizo falta un cinturón de explosivos, sino que aquel terrorista hizo tambalear el 'establishment' británico con un simple discurso, la prestigiosa Rede Lecture que le habían invitado a dar aquel año. La deflagración no fue inmediata: tuvieron que pasar tres años para que se sintiera el impacto, después de que la charla fuera publicada por la Cambridge University Press y el crítico literario FR Leavis la hubiera destrozado en un artículo, provocando así un efecto Streisand 'avant la lettre' que catapultaría al conferenciante a la fama.

El responsable de aquel revuelo fue C. P. Snow, un científico reconvertido en asesor del gobierno y novelista popular de éxito, que no esperaba en ningún momento que sus palabras tendrían este impacto. Si leemos el discurso, editado bajo el nombre 'Las dos culturas', veremos que usa un tono ligero e irónico, a pesar de que el tema de fondo es serio. Después de los ataques de Leavis y sus acólitos, Snow aprovechó para explicar con más detalle en el texto 'A second look' algunas de las ideas que solo había esbozado en la conferencia, ahora sí de manera más académica, para acabar de remachar el clavo.

¿Cuál fue el terrible pecado que cometió Snow? Sobre todo, decir que educar a los jóvenes en las materias de humanidades dejando de lado la ciencia era un disparate y, por extensión, también lo era el hecho inverso. Lo que se necesitaba era un aprendizaje que cubriese todas las bases. Esto, que ahora quizás nos parece obvio, era un anatema en la Inglaterra de posguerra, todavía dominada por un sistema de castas que cerraba el paso a las clases más bajas a la enseñanza superior. El auge de las ciencias en la segunda mitad del siglo XX estaba borrando estas fronteras, permitiendo que los más humildes entraran en la élite intelectual por la puerta trasera, y esto ponía nerviosos a los mandarines de letras que controlaban el país. Snow se atrevió a constatarlo en público y a invitar a terminar de derribar las barreras sociales y culturales que imperaban.

'Las dos culturas', junto con la correspondiente adenda, volverá a estar disponible en las librerías catalanas a partir de la próxima semana, y he tenido el honor de escribir el prólogo de la nueva edición. Es un libro que se debería leer en las escuelas y que todos los maestros deberían tener presente, porque, por desgracia, la absurda división entre ciencias y letras continúa imperante hoy en día. He hablado de ello otras veces en este espacio, pero hay que seguir insistiendo: la compartimentalización precoz de nuestro sistema educativo crea individuos incompletos, que deben enfrentarse al mundo cojos de una pata. Es cierto que el clasismo británico, que aún colea en Inglaterra, nos suena obsoleto en el sur de Europa; por eso, las quejas de Snow en este sentido tienen un interés más que nada histórico. Pero el resto del discurso todavía es válido 60 años después.

Debemos ser proactivos. Mientras que, en los años 50, el conocimiento fluía con dificultad, actualmente cualquiera puede complementar las deficiencias de su educación con material asequible. Por ejemplo, la trilogía de divulgación que Yuval Noah Harari ha publicado estos últimos años. Es esperanzador ver en la lista de 'best-sellers' libros que mezclan ciencia y humanidades con soltura. Harari, de hecho, es un historiador, pero ha entendido que necesita la ciencia para poder explicar quiénes somos y en qué mundo vivimos. En su último libro, '21 lecciones para el siglo XXI', publicado hace unos meses, va más allá y recurre también a la ciencia para predecir la evolución de la humanidad y los cambios de paradigma que se acercan.

Hay, pues, motivos para ser optimista. Hay humanistas que usan la ciencia, científicos que utilizan las humanidades y un público dispuesto a escucharlos. Necesitamos continuar ensanchando la base para que, al final, todo el mundo entienda que la cultura es una sola con muchas formas, y que el verdadero conocimiento nace de la mezcla de todas ellas. Especializarnos excesivamente es un camino de regreso a la ignorancia. Quizás algún día ya no nos sorprenderán libros como los de Harari ni necesitaremos volver a leer a C. P. Snow. De momento, recomiendo a todo el mundo la lección de 'Las dos culturas' y los 'crossovers' de Harari para convertirnos en personas más completas.

[Publicado en El Periódico, 13/10/18. Versió en català.]

lunes, 24 de septiembre de 2018

De purezas y mezclas

La humanidad ha inventado pocos conceptos tan estúpidos como el de la pureza de la raza. Sin embargo, tiene lógica que la idea se implantara en las sociedades primitivas, porque es una manera de reforzar la idea de pertenecer a una comunidad. Cuando la supervivencia dependía de la fuerza del grupo con el que convivimos, cualquier truco que ayudara a estrechar los lazos que te motivaban a defenderte de otras tribus incrementaba la esperanza de vida. Una consecuencia fue prohibir los emparejamientos fuera del clan, y de ahí nació la idea absurda que unas combinaciones genéticas son mejores que otros.

A medida que nos fuimos civilizando, esta compartimentalización dejó de ser necesaria, pero la sensación de identidad ya no nos ha abandonado nunca. Por ello, el hecho de sentirnos parte de una familia, un pueblo, un país, un continente o incluso de un equipo de fútbol aún determina las alianzas que formamos y cómo nos relacionamos con los vecinos. Y, por desgracia, en algunos casos justifica comportamientos violentos. Llevarlo al extremo y no querer mezclarse con otros grupos étnicos sabemos ahora que es un error grave, biológicamente hablando, porque si los genes de una población no se airean (mezclándose con los de individuos que no sean parientes), empiezan a aflorar un montón de enfermedades normalmente escondidas en el genoma. El ejemplo más claro es el de la realeza europea que, como hasta hace poco aún insistían en casarse entre ellos, consiguieron que todo tipo de trastornos hereditarios se les instalaran al árbol genealógico.

La pureza biológica, pues, no es deseable desde el punto de vista evolutivo. Por eso los humanos siempre hemos tendido instintivamente a ir en dirección contraria. Somos mestizos por definición. Los análisis de ADN nos han permitido deducir que nuestros antepasados ​​se habían reproducido con neandertales, una especie diferente de homínido que terminó extinguiéndose. Del mismo modo, se sabe que una tercera rama de homínidos primitivos igualmente desaparecida, los de Deníssova también han dejado huella en nuestro genoma. La teoría actual dice que decenas de miles de años atrás, los humanos, los neandertales y los deníssovans cruzaron varias veces entre ellos. Hace poco se dio a conocer el análisis genético de una adolescente muerta hace 90.000 años que tenía una madre neandertal y un padre de Deníssova, la hija de unos Romeo y Julieta que no deberían ser ni mucho menos los únicos a saltarse las convenciones sociales de la época.

El hombre moderno es todo menos genéticamente puro y hoy en día solo quedan algunos iluminados que crean que es buena idea aislar genomas. El problema que sacude todo Occidente es más grave, porque tiene que ver con la pureza cultural y esta es más difícil de desmontar. A pesar de que un continente envejecido como el nuestro necesita importar individuos jóvenes, muchos ven la llegada de inmigrantes y refugiados con recelo. El miedo no es tanto la contaminación de una línea genética como la dilución de una identidad cultural. El hecho de que los recién llegados provengan de tradiciones estructuralmente muy diferentes, algunas socialmente atrasadas varias décadas, dificulta las mezclas. Y si los movimientos migratorios se hacen a trompicones y no de una forma escalonada, facilitan la creación de guetos que impermeabilizan aún más los grupos. La solución no es sencilla, pero hay que encontrar urgentemente.

Mi generación ha crecido pensando que la humanidad siempre iría adelante. Un repaso a la historia sugería que cada vez sabemos más, vivimos mejor y somos más justos. La ciencia nos ha permitido ganar la batalla a la ignorancia y hemos dejado de confiar en la magia para guiar nuestros pasos. Pero ahora da la sensación de que estamos sobre un péndulo y que, tras alcanzar un máximo, hemos empezado un retorno que no sabemos hasta dónde nos llevará. Pensábamos que habíamos dejado atrás el populismo y el fascismo, que eran cosas que solo pasaban en países que todavía no habían hecho la última revolución intelectual. Ahora vemos que los que nos creíamos civilizados no estábamos libres de estos virus. Los últimos resultados electorales en Austria y ahora en Suecia son un toque de atención, pero ha habido otros. El uso interesado que se ha hecho de la xenofobia para promover una tendencia de voto concreta, por ejemplo en el referéndum del 'brexit' o las elecciones presidenciales americanas (con un eslogan, 'America first', sacado directamente del tiempo de las cavernas que describíamos antes ), demuestran que no nos podemos dormir, o nos encontraremos que nos comportamos más como cangrejos que como una especie inteligente.

[Publicado en El Periódico, 15/09/18]

martes, 24 de julio de 2018

La conciencia en un plato

Hace unos meses, en el debate posterior a una mesa redonda en la que participaba, discutimos sobre el impacto de la ciencia en la sociedad. En respuesta a una intervención del público, dije que la ciencia es la nueva filosofía. Esto no cayó muy bien a unos filósofos que había en la audiencia, que enseguida fruncieron el ceño. Pero, más allá de los ánimos de provocar, realmente pensaba, y aún pienso, que la afirmación es cada vez más cierta. Para empezar, la definición etimológica de filosofía, el amor al saber, se puede aplicar literalmente a cualquier ciencia moderna. Todo los que hacemos los científicos tiene como objetivo ensanchar la base del conocimiento humano, si bien muchas veces se nos pide que, aparte del puro placer de saber, intentemos encontrar también algún uso práctico a nuestros descubrimientos. Pero más allá de juegos semánticos, la filosofía, desde sus inicios, siempre ha estudiado una serie de problemas fundamentales relacionados con nuestra singularidad, desde los dudas existenciales a los misterios de cómo funciona la mente, y muchos de ellos los hemos heredado los científicos.

Los filósofos clásicos intentaban contestar estos preguntas con teorías que, en muchos casos, estaban apoyadas solo en intuiciones. Eran hipótesis imposibles de validar, por eso tenían tanta relevancia como cualquier aseveración religiosa. Precisamente los escolásticos estuvieron más de seis siglos rigiendo el pensamiento occidental queriendo usar la religión para descodificar el universo. La irrupción del método científico, popularizado por Aristóteles pero solo implementado seriamente a partir del siglo XIX (o tal vez a partir de Popper), deslegitimó las disquisiciones sin fundamentos sólidos, emitidas desde disciplinas variadas, y estableció las normas para hacer avanzar el conocimiento que hemos seguido desde entonces. Y es así como intentamos resolver los mismos problemas que ya atormentaban a los sabios griegos hace más de 2.500 años, pero ahora, por primera vez, tenemos la oportunidad de llegar hasta el final.

Una prueba que apoya la teoría de que la ciencia ha fagocitado parte de la filosofía es la investigación sobre la conciencia. Los filósofos fallaron a la hora de explicar por qué los humanos somos los únicos seres vivos que sabemos que existimos, y ahora la neurobiología ha tomado el relevo. Lo primero que ha hecho es intentar localizar la conciencia para que, una vez hemos conseguido disipar la niebla que el misticismo y la religión han aportado a la historia del pensamiento humano, hemos entendido que todo lo relacionado con el hombre tiene una base biológica. Trabajos como los de Christof Koch y Francis Crick (que, después de resolver la estructura del ADN buscó un reto científico aún más fenomenal) nos han permitido comenzar a construir un mapa neuronal de la conciencia. Así, sabemos que las experiencias conscientes se originan en el córtex posterior del cerebro y las áreas parietal occipital y temporal son probablemente el núcleo central. Pero, a pesar de todo, aún nos quedan muchas dudas, que tardaremos años en resolver.

Si conseguimos algún día describir la arquitectura neuronal que nos hace conscientes, y esto no parece del todo imposible, el siguiente paso sería reproducirla. Pero puede que esto lo consigamos incluso antes de entenderla. Hace décadas que los laboratorios mantenemos vivas células humanas en platos de plástico, fácil de hacer mientras tengan los nutrientes y las condiciones ambientales adecuadas. Más recientemente se ha intentado hacer crecer tejidos enteros, conjuntos de células de diferentes tipos actuando coordinadamente, que es más cercano a lo que vemos en los seres vivos. Son modelos de trabajos muy útiles para estudiar enfermedades y tratamientos. El paso siguiente es construir órganos tridimensionales en el laboratorio.

Como esto será difícil, especialmente en el caso de los más grandes como el hígado, el riñón o el cerebro, de momento se ha optado por los llamados 'orgánulos', que vendrían a ser una versión en miniatura. Aunque no son tan complejas, los pequeños orgánulos son capaces de realizar algunas de las funciones del órgano que intentan imitar. Y sí, ya se ha intentado crear minicerebros en el laboratorio, sobre todo para estudiar cómo se conectan las neuronas entre ellas.

¿Cuánto queda para que, un buen día, un grupo de neuronas en un plato se den cuenta de que están vivas? Quizá mucho todavía, pero seguro que pasará antes en orgánulos que no en ordenadores, aunque en la ficción siempre son estos los que se acaban rebelando. ¿Estaremos alguna vez preparados como sociedad para crear entidades conscientes? Puede que empezamos a hablar antes de que sea demasiado tarde.

[Publicado en El Periódico, 14/7/18]

martes, 26 de junio de 2018

Medidas de inteligencia i predicciones de éxito

En la Universidad de Stanford, en los años 60, el psicólogo Walter Mischel llevó a cabo el famoso 'test del marshmallow' , que medía la capacidad de entender el concepto de gratificación aplazada, o ser capaz de resistir la tentación para obtener un beneficio mayor a medio plazo. Cogió niños de entre 4 y 6 años y les ofreció una golosina (normalmente una nube de azúcar). Si aguantaban 15 minutos sin comérsela, se les retribuía doblando la dosis. La mayoría de sujetos eran capaces de esperar para poder recibir dos marshmallows, aunque les costaba controlarse. Esto demuestra que los humanos, desde muy pronto, entendemos que una recompensa inmediata no es siempre la mejor opción y podemos optar por ignorarla, algo que va en contra de los instintos animales más básicos.

Más interesantes aún fueron estudios posteriores, hechos por el mismo Mischel y otros científicos en los 90, en los que relacionaban la capacidad de aguantar un tiempo determinado sin comerse la golosina con el éxito social que tendría la persona. Los niños que podían esperar más tiempo el premio gordo se convertían en adolescentes con menos problemas de comportamiento y más capacidad de conseguir sus objetivos. Esto tiene una implicación interesante: sería una manera indirecta de medir el impacto de las capacidades intelectuales infantiles con la posición adulta en la escala socioeconómica. Teniendo en cuenta la dificultad de cuantificar estos factores (una crítica habitual es que los tests de inteligencia solo miden lo bueno que eres resolviendo tests de inteligencia, no cómo te irá en la vida), la prueba del marshmallow sería una herramienta bastante única. Pero un artículo publicado hace unas semanas por científicos de la Univerdidad de Nueva York ha rebajado estas correlaciones, tras intentar ampliar los estudios de Mischel y ver que la relación entre la fuerza de voluntad de los niños y su futuro no era tan fuerte como se pensaba. Otros elementos relacionados con la inteligencia, aparte del autocontrol, también jugarían un papel clave en el triunfo.

Una manera diferente de estudiarlo podría ser mirar la organización neuronal de los críos. Un estudio reciente dice que las personas más inteligentes tienen unos circuitos cerebrales mejor organizados, lo que les permite procesar la información de una manera más eficiente y usando menos recursos. Es decir, las imágenes muestran que sus cerebros tienen menos densidad de conexiones entre neuronas y trabajan menos, al contrario de lo que podría parecer lógico. Si se confirma, podríamos usar técnicas para medir la arborización dendrítica a la sustancia gris, que sería una aproximación más precisa y objetiva al elusivo cociente intelectual. Con estos datos, y una vez controlado el impacto del entorno, quizá podríamos comprobar si una mayor capacidad mental de los niños tiene un vínculo directo con el éxito futuro, como sugerían las conclusiones de Mischel.

Los estudios del impacto de la inteligencia son apasionantes pero complejos, y habrá que tener mucho cuidado para asegurarnos de que son correctos y evitar que se malinterpreten. Ya ha pasado otras veces. Sin ir más lejos, hace poco vi en Twitter que alguien citaba un fragmento de unas declaraciones mías para justificar que "los negros eran menos listos". Lo que había dicho, que naturalmente no tenía nada que ver, es que hay poca investigación en el campo de las diferencias intelectuales y las razas, pero no por el intento de ocultar ningún dato políticamente incorrecto, sino por la dificultad para definir ambos conceptos. Si ya cuesta medir la inteligencia aislada de factores socioeconómicos, todavía es más complicado hablar de razas, un término anticuado que se basa principalmente en el color de la piel, y que tiene poco sentido ahora que sabemos que los grupos étnicos, definidos por similitudes genéticas más que de apariencia, son numerosos y de márgenes muy difuminados.

Es por eso que trabajos como los de Mischel son polémicos y muchos científicos prefieren no profundizar: hay demasiados parámetros que pueden distorsionar las conclusiones y demasiada gente esperando cualquier brizna de información que les permita aferrarse a algún ideal retrógrado. Pero aun así, sería importante averiguar, a ámbito global, ¿qué porcentaje de nuestro destino está determinado por las cartas que nos dan los genes y cuál por el entorno. Sobre los primeros tenemos poco que decir, pero podemos incidir mucho sobre las condiciones que permiten nutrir intelectualmente a un niño para asegurarle un futuro mejor.

[Publicado en El Periódico, 16/06/18]

martes, 19 de junio de 2018

Y un regalo post-aniversario...


...de Gonzalo Torné al suplemento Culturas del diario ABC.
Muchas gracias!

martes, 12 de junio de 2018

Somos información

La información es poder. No hace falta explicar demasiado, eso todo el mundo lo tiene claro. Pero quizás no todos nos damos cuenta de que la biología también es información. Del mismo modo que cualquier ordenador tiene su 'software', el 'hardware' biológico depende de una serie de instrucciones almacenadas en un sustrato físico, susceptibles de ser leídas cuando sea necesario. Hablo, naturalmente, del genoma.

Gracias a los grandes avances en las máquinas que leen ADN, actualmente estamos generando incontables terabits de datos biológicos a precios asequibles, y los guardamos en bancos, muchos de ellos de acceso público, que pueden o no estar anonimizados. Los científicos los usamos constantemente, y eso nos permite ir más rápido en nuestras investigaciones, por ejemplo a la hora de diseñar nuevos tratamientos para una enfermedad como el cáncer. Hace unas semanas vimos un uso sorprendente. La policía de Estados Unidos atrapó un sospechoso de ser el Golden State Killer, el asesino que había aterrorizado California durante los años 70 y 80, gracias a un banco que contenía información genética no de él sino de un familiar cercano. Aunque seamos cuidadosos con nuestros datos, los parientes pueden revelar involuntariamente quiénes somos, dónde hemos estado o qué hemos hecho. Son malas noticias para los criminales.

Ahora, no cuesta mucho imaginar que esta tecnología en manos de un estado autoritario que persiga y encarcele a los disidentes o quiera limitar la libertad de expresión podría tener unos usos terribles. Solo hay que recordar el ominoso programa de "ciudadanía por puntos" que está implementando China a golpes de videovigilancia y reconocimiento facial. Si encima pudieran añadir una dimensión genética a todo este control, las posibilidades de escapar del absolutismo de un gobierno que se cree con el derecho de dictar qué deben pensar sus ciudadanos serían mínimas.

Pero las cosas se pueden complicar aún más. Hasta los años 70 del siglo pasado, el 'software' biológico estaba guardado en el que se veía como una memoria ROM, la que se puede leer pero no cambiar. La llegada de las tecnologías de ADN recombinante revolucionaron esta idea y, a partir de entonces, hemos ido perfeccionando las herramientas que nos permiten modificar y reescribir la información genética. La culminación ha sido el descubrimiento del método llamado CRISPR / CAS9, que permite una edición barata y muy efectiva del genoma de prácticamente cualquier ser vivo, incluso los humanos.

Inspirados por estos fabulosos instrumentos, un grupo de científicos propuso recientemente "escribir" todo un genoma humano partiendo de cero. No estamos hablando de cortar y pegar trozos de texto, sino de coger la pluma y redactar una novela entera sobre unas hojas en blanco. Algo parecido se había conseguido ya con una bacteria, que se llamó el primer organismo sintético aunque esto no es del todo exacto, lo que marcaba el camino a seguir. Pero el genoma humano es mucho más complejo. Tanto, que unos meses después de anunciar el proyecto, admitieron que era demasiado ambicioso y abandonaron el objetivo. De momento.

Dentro de unos años los problemas técnicos se habrán superado, y podremos construir un genoma pieza a pieza, el primer paso para crear un humano sintético: si transfiriéramos esta información a un óvulo y lo estimuláramos adecuadamente, podría generar un embrión y así acabaría naciendo un niño que habría sido totalmente diseñado en el laboratorio. Dicho de otro modo, aprovechando el 'hardware' que nos da la naturaleza (un óvulo, un útero), podríamos escribir nuevas piezas de 'software' (un genoma) para reinterpretar la vida. Si sumamos esto a lo que comentábamos sobre los bancos de datos, nada nos impediría reproducir una secuencia antigua. Es decir, si la gente continúa compartiendo públicamente la secuencia de su ADN, alguien podría encontrarse algún día por la calle un clon suyo (o de su padre, o de su abuelo), generado en un laboratorio en cualquier rincón del mundo con acceso a internet.

La información, como la ciencia y la tecnología, no tiene credo ni color. No es buena ni mala. Su impacto depende del uso que le damos. Limitar el acceso se ha demostrado que no es efectivo (en la era de la globalización rampante, los datos siempre encuentran la manera de filtrarse), por eso hay que centrarse en regular cómo se utiliza. El hecho de que sepamos que los seres vivos también somos información plantea una serie de alternativas con implicaciones éticas y sociales muy profundas. Las distopías que hemos leído y visto en el cine están cada vez más próximas y depende de nosotros evitar que se impongan al posible mundo feliz que podríamos modelar con la ayuda de la ciencia.

[Publicado en El Periódico, 18/5/18]

viernes, 8 de junio de 2018

Derrotar al cáncer con el 'Big Data'

Estamos en la era del Big Data, de los datos masivos. La actividad humana genera una cantidad de información ingente, hasta el punto de que no podemos procesarla de manera normal: hacen falta nuevos softwares y hardwares (y técnicos especializados que los sepan usar) para sacar los entresijos. Hoy en día los ordenadores, los teléfonos, los coches e incluso los microondas están recogiendo constantemente datos. A menudo no sabemos qué haremos con todo eso, pero lo almacenamos por si acaso algún día podemos sacarle provecho.

La biomedicina también está viviendo la fiebre del Big Data, y el área más evidente es la de la genética. Al fin y al cabo, la genética trabaja precisamente con información, la que tenemos inscrita en el ADN. El lugar de este planeta donde se guardan más bits no es en los servidores de Google, sino en el genoma de los seres vivos, y ahora tenemos las herramientas para leerlos y estudiarlos (y también manipularlos, pero este es otro tema). Desde principio de siglo, hemos secuenciado todo cuanto nos caía en las manos, y esto nos ha permitido dar pasos de gigante, cuyos frutos ya se empiezan a ver. 

Pero cuando en el 2005 empezó a circular la idea de leer el genoma del cáncer, se alzaron voces críticas. El cáncer es una enfermedad de los genes: son las mutaciones en el ADN las que provocan los cambios que hacen que una célula se vuelva maligna. Tiene sentido, pues, querer saber cuáles son exactamente estos cambios, porque serán los que intentaremos tratar después con fármacos específicos. El problema es que cada tipo de cáncer acumula fácilmente centenares de estas variaciones malignas, que se asemejarán poco a las de los otros tipos. Pretender catalogar todas estas mutaciones era una tarea titánica, y algunos se opusieron diciendo que no era la mejor manera de invertir tanto dinero, y que nos perderíamos en un mar de información ininteligible.

El proyecto, denominado The Cancer Genome Atlas o TCGA, salió adelante y actualmente ya se han analizado 33 cánceres, cada uno usando entre decenas y centenares de muestras de pacientes diferentes. Hace unas semanas se publicó en la revista Cell una colección de artículos que se zambulle en las toneladas de datos generados en los primeros 13 años de investigación y prueba de encontrar conexiones (los anglosajones usan un verbo muy gráfico para esto: to mine, extraer material valioso de una mina).

Las conclusiones son apasionantes para quienes trabajamos en este campo, pero aún tardaremos años en entender qué quieren decir exactamente y, sobre todo, en encontrar la manera de incorporarlas en los tratamientos. A pesar de que el Big Data puede asustar (por ejemplo, si pensamos en el montón de datos que Facebook guarda de sus usuarios), es una herramienta poderosa para los científicos y podría ser el principio del fin del cáncer. Veremos si sabemos sacarle todo el jugo.

Aprovechando que hablamos de cáncer, dejadme que, como cada año cuando acerca Sant Jordi, os recomiende unos cuantos libros, esta vez relacionados con el tema del artículo. Enterrados en la avalancha de novedades que invaden las tiendas estos días (nuestro Big Data literario), si miráis bien podréis encontrar unos cuantos ejemplos de divulgación hecha con rigor, que pueden ser tan interesantes como una novela. Empiezo con uno propio: 100 preguntes sobre el càncer, el libro que he escrito con el biólogo y divulgador Daniel Closa. Es una compilación de fichas breves que intentan responder de manera directa a las dudas que todo el mundo tiene cuando oye hablar de esta enfermedad, con especial énfasis en cómo se puede evitar y tratar.

Sigue un patrón similar el último libro de Manel Esteller, uno de los científicos con quienes comparto esta sección, titulado Hablemos de cáncer. Es un resumen muy claro de las diversas facetas de la enfermedad, desde el complejo entramado molecular que tiene detrás hasta la nueva generación de tratamientos. Finalmente, Cáncer. Cómo afrontar los tres días esenciales, de la psicóloga clínica Tània Estapé, se ocupa a fondo de una parte muy importante de la enfermedad, y que en los libros anteriores solo hay espacio para tratar por encima: el impacto psicológico en el enfermo y en su entorno. Lo hace centrándose en tres momentos clave: el del diagnóstico y los del principio y el final del tratamiento.

Vigilad, sin embargo, si vais a buscar este tipo de libros a grandes superficies donde venden de todo. Es habitual encontrarlos mezclados entre los típicos panfletos sobre dietas mágicas, manuales de medicina "natural" y cursillos para equilibrar chacras. Son justamente el tipo de engaños que los que hacemos divulgación nos esforzamos en desenmascarar... cosa que demuestra que todavía nos queda mucho trabajo por hacer.

[Publicado en El Periódico, 21/4/18]

miércoles, 6 de junio de 2018

10 años!


Celebramos hoy la primera década del blog, diez años desde la publicación de mi primer libro de divulgación. ¡Y esperemos que pueda continuar publicando durante otra década más!

lunes, 2 de abril de 2018

Internet y el fin de la humanidad

Quienes maduraron durante la Guerra Fría y sus herederos hemos crecido muy conscientes de que los humanos tenemos la capacidad de dinamitar el planeta, y temiendo que algún día este poder se nos escaparía de las manos. Un ejemplo que demuestra hasta qué punto interiorizamos este miedo es que la espada de Damocles del holocausto nuclear ha estado muy presente en la ficción desde la segunda mitad del siglo XX. Pero tengo la impresión de que si algún día conseguimos autodestruirnos no será con un gran estallido radiactivo, sino de una manera más insidiosa, posiblemente gracias a haber descubierto esta fantástica herramienta para amplificar nuestra imbecilidad que es internet.

El problema de internet surge de su gran virtud: democratizar la información. Por el solo hecho de acelerar y lubricar el flujo de datos, internet actúa como un cristal de aumento. Esto da relevancia a asuntos que antes eran triviales. Un ejemplo: los jóvenes de la generación X compartíamos cintas de casete donde grabábamos nuestras canciones favoritas. Obviamente era ilegal pero, como que el impacto sobre los que vivían de la música era mínimo, teníamos la conciencia tranquila. Cuando le inyectamos los esteroides de los algoritmos de compresión y una red de distribución global, el pequeño delito dejó de ser inocente y contribuyó a llevar toda una industria al límite de la extinción.

Un principio similar puede explicar el brote de oscurantismo que sufrimos. Si la estupidez en pequeñas dosis puede ser incluso simpática, cuando cabalga a lomos de internet se convierte en el quinto jinete del Apocalipsis. Y parece que no podamos hacer nada. Estos días ha tenido bastante eco un estudio publicado en Science que analiza 126.000 noticias que han circulado por twitter. Demuestra que las falsas se propagan más y más rápido que las reales. Esto implica que nuestro cerebro tiene una tendencia incontrolable hacia los rumores y las patrañas. Es posible que parte de su atractivo sea que pintan el mundo como nos gustaría que fuera, y no como es. Nos presentan una fantasía que termina tapando la realidad cuando un número suficientemente grande de personas lo acepta.

Es el mismo ingrediente que alimenta las pseudociencias. Es más fácil creer que se te pasarán todos los males bebiendo agua de mar que admitir que la medicina aún no tiene los conocimientos para entender y solucionar cada una de las enfermedades que nos afectan. Es muy humano dejarse engañar para hacerse más leve la existencia, pero alimentada por internet, esta debilidad nos lleva a un túnel del tiempo que nos puede devolver a la Edad Media. Y así vivimos incongruencias como el rebrote de enfermedades casi olvidadas, gracias a la popularidad en las redes de un movimiento tan absurdo como el antivacunas.

No solo la inteligencia corre peligro de morir sepultada por toneladas de ignorancia, sino que también están amenazados otros pilares de la sociedad moderna. Hemos visto cómo se puede pervertir el sistema democrático simplemente plantando las consignas adecuadas. La manipulación al por menor, como siempre se ha hecho, tiene un recorrido limitado, pero practicada al por mayor permite incidir en el futuro de un país, como podría haber hecho Rusia.

Aparte de todo esto, internet ha creado una nueva ágora con un poder que aún no hemos calibrado del todo. Cabría preguntarse si el pueblo debería estar autorizado a decidir quién es culpable, elegir qué castigo se merece y aplicarlo antes de dar derecho a réplica, como ocurre a menudo en las redes. Esto se parece sospechosamente a una versión 2.0 de las lapidaciones, lo que va en contra de lo que hemos luchado para conseguir en los últimos 300 años. La presunción de inocencia y la separación de poderes han contribuido mucho al desarrollo de la justicia tal como la entendemos ahora y es imperativo que los sigamos respetando.

Esto no quiere decir que tengamos que cerrar internet, al contrario. Sus efectos beneficiosos son incontables y es difícil imaginar que podamos construir un mundo equitativo sin la red. Solo hay que ser muy conscientes de lo que tenemos en las manos. Si esto fuera una tragedia griega, diría que internet fue un regalo que nos hicieron los dioses para comprobar si los humanos éramos suficientemente maduros. Como dar una pistola cargada a un niño. Ahora tenemos que demostrar que no lo usaremos para dispararnos un tiro en el pie. 

[Publicado en El Periódico, 24/03/18]

lunes, 5 de marzo de 2018

El hombre del siglo XXII

Como todos los seres vivos, los humanos estamos sujetos a las normas de la evolución, enunciadas por Charles Darwin pronto hará 160 años. Lo que nos diferencia de los otros habitantes del planeta es que hemos encontrado la manera de engañar a la selección natural. Ya no nos tenemos que someter a la tiranía de la supervivencia de los más fuertes y hemos aprendido a vencer las enfermedades, para prolongar así la esperanza de vida hasta conseguir que la vejez sea un hecho habitual y no una excepción. Tampoco tenemos que temer a los depredadores que tendrían que mantener nuestra población dentro de unos límites tolerables para el ecosistema.

Pero, además, hemos desarrollado las herramientas para pasar a un nivel superior: somos capaces de perfeccionar la humanidad, individuo a individuo, sin tener que esperar los millones de años que tarda la evolución en hacer su trabajo. Tenemos en las manos la posibilidad de mejorarnos utilizando los adelantos científicos, de introducir cambios físicos e intelectuales que nos den poderes que la naturaleza no había previsto.

Mientras que a algunos les asusta esta perspectiva, otros creen que estamos obligados a hacer lo que haga falta para extender al máximo la cantidad y la calidad de vida de los humanos. Esto es lo que propone el transhumanismo, una corriente intelectual que empezó a principios del siglo XX, cuando todo esto todavía era ciencia ficción, y que tomó cuerpo hacia los años 50. Pero no ha sido hasta la llegada de los últimos descubrimientos biomédicos cuando el movimiento realmente ha estallado, y la posibilidad de crear poshumanos, individuos perfeccionados artificialmente que podrían llegar a considerarse una especie diferenciada del Homosapiens, ha empezado a ser valorada como una opción real.

La oficina barcelonesa del Club de Roma, dirigida por Jaume Lanaspa, está organizando desde hace unos meses unas mesas redondas, coordinadas por el filósofo Francesc Torralba, para discutir precisamente el impacto del transhumanismo en la sociedad. Tuve la suerte de poder participar en una de ellas hace unas semanas, junto a Luis Serrano, director del Centre de Regulació Genòmica, y con la contribución de expertos en ámbitos muy diversos. Hay que felicitar los responsables del ciclo por poner este tema al alcance de todos. La ciencia avanza muy rápido y, si no nos espabilamos, la sociedad no tendrá tiempo de asimilar todos los cambios fenomenales que están a punto de irrumpir en nuestras vidas.

La participación en este debate de un público muy informado es esencial, porque si una cosa quedó clara en aquella sesión es que será difícil ponernos de acuerdo. Decidir cómo será el hombre del siglo XXII, porque al fin y al cabo esto es lo que estamos discutiendo, es una tarea que apela a nuestras raíces culturales más profundas, cosa que hace prever que no podremos establecer nunca una normativa universal. Así, puede ser que aquí prohibamos ciertas manipulaciones peligrosas (por ejemplo, cambiar los genes de alguien antes de nacer, una línea roja que mucha gente comparte) pero que se pueda coger un avión y llevarlas a cabo en algún lugar donde su ética les permita leyes más relajadas.  

Esto no quiere decir que tengamos que cerrar la puerta a las innovaciones por miedo a que se pueda hacer un mal uso, al contrario. Ya he defendido otras veces que toda medicina es, en el fondo, una forma de transhumanismo. Así hemos creado la primera versión de los poshumanos, los que habitamos el planeta actualmente, que, gracias a la ciencia, tenemos muy poco a ver con nuestros antepasados cavernícolas, tanto a nivel físico como intelectual. Ahora falta considerar con calma hasta dónde queremos que llegue el posthumano 2.0. Algunas corrientes del transhumanismo presentan alternativas radicales que quizás se tendrían que modular.

El immortalismo, por ejemplo, propone perseguir la vida eterna, una cosa que, hoy por hoy, es imposible, pero que si alguna vez lo deja de ser podría desestabilizar definitivamente el planeta. Sin ir tan lejos, un transhumanismo libertario, que deje en manos del usuario todas las decisiones, tiene el riesgo evidente de crear una humanidad de “dos velocidades”, donde las posibilidades económicas puedan determinar a qué especie perteneces.

Habrá que discutir bien todas las opciones. Iniciativas como la del Club de Roma tendrían que ser cada vez más frecuentes, hasta que llegue el momento en que todo el mundo esté bastante informado sobre el tema como para participar en la inevitable toma de decisiones que se acerca. Y es necesario que surjan más desde la sociedad civil que desde el mundo científico, porque a pesar de que nosotros proporcionamos las herramientas, acordar cómo las usamos es responsabilidad de todos.

[Publicado en El Periódico el 23/02/18. Versió en català.]

martes, 30 de enero de 2018

Protejamos a los niños

Acabamos de pasar las fiestas de Navidad, que es una época especialmente bonita del calendario. No solo porque es una excusa para reencontrarse con la familia y ser generosos unos con otros, si no porque son los días en los que todo gira en torno a los niños. A pesar de que las criaturas ya son normalmente el centro de atención, durante la Navidad su ilusión toma un protagonismo especial. La alimentamos con leyendas de troncos mágicos, reyes viajeros o señores barbudos que reparten regalos para contagiarnos de su inocencia, y con este tipo de ritual purificador empezamos el año con la fe renovada en la Humanidad.

Los niños son un tesoro frágil. Son nuestro futuro, pero mientras desarrollan las herramientas para sobrevivir los peligros del presente, son vulnerables. Por eso todos los animales hemos construido estrategias para protegerlos. Los humanos incluso tenemos leyes para evitar que sean explotados laboralmente y garantizar su educación. Quizá el avance más efectivo han sido los calendarios de vacunación y los antibióticos, que lograron reducir espectacularmente la mortalidad infantil, uno de los grandes problemas que ha tenido nuestra especie desde los inicios.

Pero no se trata solo de evitar que sufran daños físicos o de prepararlos para el mundo de los adultos. La mente de los chicos es una esponja capaz de absorber todo lo que le pones delante y modificarse en consecuencia. Esta gran capacidad plástica es la que nos hace especiales y nos permite llegar cada vez más lejos pero, a la vez, nos hace susceptibles a una serie de factores que se escapan de nuestro control. Eludir los impactos que, a largo plazo, dificultarán que una persona lleve una vida adulta satisfactoria e integrada en la sociedad no es una tarea sencilla.

Sabemos que el estrés elevado durante la infancia tiene un impacto duradero. Por ejemplo, la pobreza severa o las situaciones de guerra suelen derivar en una serie de trastornos de comportamiento cuando los niños crecen: los que han sobrevivido a estos traumas tienen un riesgo más elevado de caer en el abuso de drogas, conductas delictivas o embarazos adolescentes. En un estudio aparecido recientemente en la revista 'PNAS', unos investigadores han estudiado los cerebros de adultos que han pasado infancias difíciles y han visto diferencias en las zonas del cerebro que se activan cuando participan en tests psicológicos.

Así han descubierto que existe una correlación entre un mayor nivel de estrés infantil y los comportamientos de riesgo. Los afectados también tardan más en tomar decisiones que, al final, son peores que las del grupo que han tenido infancias felices (como apostar mucho en pruebas donde tienen pocas posibilidades de ganar). Esto se correlaciona con una menor activación de áreas claves del cerebro. Estas personas no cambian el comportamiento poco reflexivo aunque experimenten pérdidas repetidamente, lo que indica una cronificación del problema. El daño puede ser irreparable y el coste social de no haberlos protegido lo suficiente durante los primeros años, inmenso.

También sabemos que el cerebro infantil se puede modelar incluso antes de nacer. Un artículo de la revista 'Current Biology' de diciembre demostraba que los niveles que tiene un ratón embarazado de una proteína llamada TNFα afecta el comportamiento de sus hijos una vez parece: cuanto más altos, más miedo y ansiedad tienen las crías en su vida adulta . Se sabe que la cantidad de TNFα que se fabrica depende del entorno (el estrés hace que aumente), por lo tanto esto demuestra que las experiencias de la madre durante el embarazo se pueden transferir a la siguiente generación en forma de cambios estructurales del cerebro, que determinarán algunos rasgos esenciales de la personalidad de los individuos.

Todo esto nos debería poner en alerta. A pesar del paréntesis falsamente idílico de la Navidad, no podemos ignorar que, en estos momentos, hay millones de niños en el mundo sufriendo condiciones extremas. En algunas áreas, el problema es endémico y hemos aprendido a ignorarlo. En otras, nuevas guerras crean nuevas víctimas y se añaden a la lista más países con el futuro desmenuzado. Estos niños ocupan durante un tiempo las portadas de los periódicos y nuestras protestas, pero la mayoría de veces las soluciones no llegan a tiempo.

El mundo en que vivimos tiene muchos problemas que requerirían un esfuerzo comunitario intenso y bien coordinado, pero uno de los que sería más urgente de arreglar es el de las infancias destruidas, porque sus consecuencias reverberan durante décadas, impresas en las circunvalaciones de unos cerebros que eran especialmente sensibles cuando los abandonamos a su suerte.

[Publicado en El Periódico, 20-01-18. Versió en català]