lunes, 2 de abril de 2018

Internet y el fin de la humanidad

Quienes maduraron durante la Guerra Fría y sus herederos hemos crecido muy conscientes de que los humanos tenemos la capacidad de dinamitar el planeta, y temiendo que algún día este poder se nos escaparía de las manos. Un ejemplo que demuestra hasta qué punto interiorizamos este miedo es que la espada de Damocles del holocausto nuclear ha estado muy presente en la ficción desde la segunda mitad del siglo XX. Pero tengo la impresión de que si algún día conseguimos autodestruirnos no será con un gran estallido radiactivo, sino de una manera más insidiosa, posiblemente gracias a haber descubierto esta fantástica herramienta para amplificar nuestra imbecilidad que es internet.

El problema de internet surge de su gran virtud: democratizar la información. Por el solo hecho de acelerar y lubricar el flujo de datos, internet actúa como un cristal de aumento. Esto da relevancia a asuntos que antes eran triviales. Un ejemplo: los jóvenes de la generación X compartíamos cintas de casete donde grabábamos nuestras canciones favoritas. Obviamente era ilegal pero, como que el impacto sobre los que vivían de la música era mínimo, teníamos la conciencia tranquila. Cuando le inyectamos los esteroides de los algoritmos de compresión y una red de distribución global, el pequeño delito dejó de ser inocente y contribuyó a llevar toda una industria al límite de la extinción.

Un principio similar puede explicar el brote de oscurantismo que sufrimos. Si la estupidez en pequeñas dosis puede ser incluso simpática, cuando cabalga a lomos de internet se convierte en el quinto jinete del Apocalipsis. Y parece que no podamos hacer nada. Estos días ha tenido bastante eco un estudio publicado en Science que analiza 126.000 noticias que han circulado por twitter. Demuestra que las falsas se propagan más y más rápido que las reales. Esto implica que nuestro cerebro tiene una tendencia incontrolable hacia los rumores y las patrañas. Es posible que parte de su atractivo sea que pintan el mundo como nos gustaría que fuera, y no como es. Nos presentan una fantasía que termina tapando la realidad cuando un número suficientemente grande de personas lo acepta.

Es el mismo ingrediente que alimenta las pseudociencias. Es más fácil creer que se te pasarán todos los males bebiendo agua de mar que admitir que la medicina aún no tiene los conocimientos para entender y solucionar cada una de las enfermedades que nos afectan. Es muy humano dejarse engañar para hacerse más leve la existencia, pero alimentada por internet, esta debilidad nos lleva a un túnel del tiempo que nos puede devolver a la Edad Media. Y así vivimos incongruencias como el rebrote de enfermedades casi olvidadas, gracias a la popularidad en las redes de un movimiento tan absurdo como el antivacunas.

No solo la inteligencia corre peligro de morir sepultada por toneladas de ignorancia, sino que también están amenazados otros pilares de la sociedad moderna. Hemos visto cómo se puede pervertir el sistema democrático simplemente plantando las consignas adecuadas. La manipulación al por menor, como siempre se ha hecho, tiene un recorrido limitado, pero practicada al por mayor permite incidir en el futuro de un país, como podría haber hecho Rusia.

Aparte de todo esto, internet ha creado una nueva ágora con un poder que aún no hemos calibrado del todo. Cabría preguntarse si el pueblo debería estar autorizado a decidir quién es culpable, elegir qué castigo se merece y aplicarlo antes de dar derecho a réplica, como ocurre a menudo en las redes. Esto se parece sospechosamente a una versión 2.0 de las lapidaciones, lo que va en contra de lo que hemos luchado para conseguir en los últimos 300 años. La presunción de inocencia y la separación de poderes han contribuido mucho al desarrollo de la justicia tal como la entendemos ahora y es imperativo que los sigamos respetando.

Esto no quiere decir que tengamos que cerrar internet, al contrario. Sus efectos beneficiosos son incontables y es difícil imaginar que podamos construir un mundo equitativo sin la red. Solo hay que ser muy conscientes de lo que tenemos en las manos. Si esto fuera una tragedia griega, diría que internet fue un regalo que nos hicieron los dioses para comprobar si los humanos éramos suficientemente maduros. Como dar una pistola cargada a un niño. Ahora tenemos que demostrar que no lo usaremos para dispararnos un tiro en el pie. 

[Publicado en El Periódico, 24/03/18]

lunes, 5 de marzo de 2018

El hombre del siglo XXII

Como todos los seres vivos, los humanos estamos sujetos a las normas de la evolución, enunciadas por Charles Darwin pronto hará 160 años. Lo que nos diferencia de los otros habitantes del planeta es que hemos encontrado la manera de engañar a la selección natural. Ya no nos tenemos que someter a la tiranía de la supervivencia de los más fuertes y hemos aprendido a vencer las enfermedades, para prolongar así la esperanza de vida hasta conseguir que la vejez sea un hecho habitual y no una excepción. Tampoco tenemos que temer a los depredadores que tendrían que mantener nuestra población dentro de unos límites tolerables para el ecosistema.

Pero, además, hemos desarrollado las herramientas para pasar a un nivel superior: somos capaces de perfeccionar la humanidad, individuo a individuo, sin tener que esperar los millones de años que tarda la evolución en hacer su trabajo. Tenemos en las manos la posibilidad de mejorarnos utilizando los adelantos científicos, de introducir cambios físicos e intelectuales que nos den poderes que la naturaleza no había previsto.

Mientras que a algunos les asusta esta perspectiva, otros creen que estamos obligados a hacer lo que haga falta para extender al máximo la cantidad y la calidad de vida de los humanos. Esto es lo que propone el transhumanismo, una corriente intelectual que empezó a principios del siglo XX, cuando todo esto todavía era ciencia ficción, y que tomó cuerpo hacia los años 50. Pero no ha sido hasta la llegada de los últimos descubrimientos biomédicos cuando el movimiento realmente ha estallado, y la posibilidad de crear poshumanos, individuos perfeccionados artificialmente que podrían llegar a considerarse una especie diferenciada del Homosapiens, ha empezado a ser valorada como una opción real.

La oficina barcelonesa del Club de Roma, dirigida por Jaume Lanaspa, está organizando desde hace unos meses unas mesas redondas, coordinadas por el filósofo Francesc Torralba, para discutir precisamente el impacto del transhumanismo en la sociedad. Tuve la suerte de poder participar en una de ellas hace unas semanas, junto a Luis Serrano, director del Centre de Regulació Genòmica, y con la contribución de expertos en ámbitos muy diversos. Hay que felicitar los responsables del ciclo por poner este tema al alcance de todos. La ciencia avanza muy rápido y, si no nos espabilamos, la sociedad no tendrá tiempo de asimilar todos los cambios fenomenales que están a punto de irrumpir en nuestras vidas.

La participación en este debate de un público muy informado es esencial, porque si una cosa quedó clara en aquella sesión es que será difícil ponernos de acuerdo. Decidir cómo será el hombre del siglo XXII, porque al fin y al cabo esto es lo que estamos discutiendo, es una tarea que apela a nuestras raíces culturales más profundas, cosa que hace prever que no podremos establecer nunca una normativa universal. Así, puede ser que aquí prohibamos ciertas manipulaciones peligrosas (por ejemplo, cambiar los genes de alguien antes de nacer, una línea roja que mucha gente comparte) pero que se pueda coger un avión y llevarlas a cabo en algún lugar donde su ética les permita leyes más relajadas.  

Esto no quiere decir que tengamos que cerrar la puerta a las innovaciones por miedo a que se pueda hacer un mal uso, al contrario. Ya he defendido otras veces que toda medicina es, en el fondo, una forma de transhumanismo. Así hemos creado la primera versión de los poshumanos, los que habitamos el planeta actualmente, que, gracias a la ciencia, tenemos muy poco a ver con nuestros antepasados cavernícolas, tanto a nivel físico como intelectual. Ahora falta considerar con calma hasta dónde queremos que llegue el posthumano 2.0. Algunas corrientes del transhumanismo presentan alternativas radicales que quizás se tendrían que modular.

El immortalismo, por ejemplo, propone perseguir la vida eterna, una cosa que, hoy por hoy, es imposible, pero que si alguna vez lo deja de ser podría desestabilizar definitivamente el planeta. Sin ir tan lejos, un transhumanismo libertario, que deje en manos del usuario todas las decisiones, tiene el riesgo evidente de crear una humanidad de “dos velocidades”, donde las posibilidades económicas puedan determinar a qué especie perteneces.

Habrá que discutir bien todas las opciones. Iniciativas como la del Club de Roma tendrían que ser cada vez más frecuentes, hasta que llegue el momento en que todo el mundo esté bastante informado sobre el tema como para participar en la inevitable toma de decisiones que se acerca. Y es necesario que surjan más desde la sociedad civil que desde el mundo científico, porque a pesar de que nosotros proporcionamos las herramientas, acordar cómo las usamos es responsabilidad de todos.

[Publicado en El Periódico el 23/02/18. Versió en català.]

martes, 30 de enero de 2018

Protejamos a los niños

Acabamos de pasar las fiestas de Navidad, que es una época especialmente bonita del calendario. No solo porque es una excusa para reencontrarse con la familia y ser generosos unos con otros, si no porque son los días en los que todo gira en torno a los niños. A pesar de que las criaturas ya son normalmente el centro de atención, durante la Navidad su ilusión toma un protagonismo especial. La alimentamos con leyendas de troncos mágicos, reyes viajeros o señores barbudos que reparten regalos para contagiarnos de su inocencia, y con este tipo de ritual purificador empezamos el año con la fe renovada en la Humanidad.

Los niños son un tesoro frágil. Son nuestro futuro, pero mientras desarrollan las herramientas para sobrevivir los peligros del presente, son vulnerables. Por eso todos los animales hemos construido estrategias para protegerlos. Los humanos incluso tenemos leyes para evitar que sean explotados laboralmente y garantizar su educación. Quizá el avance más efectivo han sido los calendarios de vacunación y los antibióticos, que lograron reducir espectacularmente la mortalidad infantil, uno de los grandes problemas que ha tenido nuestra especie desde los inicios.

Pero no se trata solo de evitar que sufran daños físicos o de prepararlos para el mundo de los adultos. La mente de los chicos es una esponja capaz de absorber todo lo que le pones delante y modificarse en consecuencia. Esta gran capacidad plástica es la que nos hace especiales y nos permite llegar cada vez más lejos pero, a la vez, nos hace susceptibles a una serie de factores que se escapan de nuestro control. Eludir los impactos que, a largo plazo, dificultarán que una persona lleve una vida adulta satisfactoria e integrada en la sociedad no es una tarea sencilla.

Sabemos que el estrés elevado durante la infancia tiene un impacto duradero. Por ejemplo, la pobreza severa o las situaciones de guerra suelen derivar en una serie de trastornos de comportamiento cuando los niños crecen: los que han sobrevivido a estos traumas tienen un riesgo más elevado de caer en el abuso de drogas, conductas delictivas o embarazos adolescentes. En un estudio aparecido recientemente en la revista 'PNAS', unos investigadores han estudiado los cerebros de adultos que han pasado infancias difíciles y han visto diferencias en las zonas del cerebro que se activan cuando participan en tests psicológicos.

Así han descubierto que existe una correlación entre un mayor nivel de estrés infantil y los comportamientos de riesgo. Los afectados también tardan más en tomar decisiones que, al final, son peores que las del grupo que han tenido infancias felices (como apostar mucho en pruebas donde tienen pocas posibilidades de ganar). Esto se correlaciona con una menor activación de áreas claves del cerebro. Estas personas no cambian el comportamiento poco reflexivo aunque experimenten pérdidas repetidamente, lo que indica una cronificación del problema. El daño puede ser irreparable y el coste social de no haberlos protegido lo suficiente durante los primeros años, inmenso.

También sabemos que el cerebro infantil se puede modelar incluso antes de nacer. Un artículo de la revista 'Current Biology' de diciembre demostraba que los niveles que tiene un ratón embarazado de una proteína llamada TNFα afecta el comportamiento de sus hijos una vez parece: cuanto más altos, más miedo y ansiedad tienen las crías en su vida adulta . Se sabe que la cantidad de TNFα que se fabrica depende del entorno (el estrés hace que aumente), por lo tanto esto demuestra que las experiencias de la madre durante el embarazo se pueden transferir a la siguiente generación en forma de cambios estructurales del cerebro, que determinarán algunos rasgos esenciales de la personalidad de los individuos.

Todo esto nos debería poner en alerta. A pesar del paréntesis falsamente idílico de la Navidad, no podemos ignorar que, en estos momentos, hay millones de niños en el mundo sufriendo condiciones extremas. En algunas áreas, el problema es endémico y hemos aprendido a ignorarlo. En otras, nuevas guerras crean nuevas víctimas y se añaden a la lista más países con el futuro desmenuzado. Estos niños ocupan durante un tiempo las portadas de los periódicos y nuestras protestas, pero la mayoría de veces las soluciones no llegan a tiempo.

El mundo en que vivimos tiene muchos problemas que requerirían un esfuerzo comunitario intenso y bien coordinado, pero uno de los que sería más urgente de arreglar es el de las infancias destruidas, porque sus consecuencias reverberan durante décadas, impresas en las circunvalaciones de unos cerebros que eran especialmente sensibles cuando los abandonamos a su suerte.

[Publicado en El Periódico, 20-01-18. Versió en català]