jueves, 13 de mayo de 2021

Optimismo

Es el momento del optimismo, de hablar de la luz al final del túnel, de celebrar cómo suben los vacunados y bajan las víctimas, de empezar a pensar en todo lo que hemos dejado de hacer y pronto recuperaremos. Es el momento del optimismo, y esto es un peligro. Porque la pandemia no se ha acabado, ni mucho menos: todos estos progresos que estamos haciendo penden de un hilo. Miremos el ejemplo reciente de Chile, un país que, con más del 40% de la población inmunizada y creyendo que ya se habían salido, sufrió un pico intenso del cual se recuperan justo ahora. Los expertos creen que fue culpa de una relajación demasiado rápida, sobre todo relacionada con la apertura de los viajes internos durante el grueso de la temporada de verano, de diciembre a febrero.

Cuando España salió de la tercera ola, el optimismo se empezó a instalar en la población, espoleado por el incremento progresivo del ritmo de vacunación y la perspectiva de conseguir cierta normalidad en verano. Pero la situación en Chile nos demuestra que, incluso con una buena inmunidad y con la pandemia aparentemente controlada, no nos podemos confiar: tenemos que continuar vigilando y no querer correr más de la cuenta.

Así lo han hecho en el Reino Unido. Después de una gestión espantosa que los llevó a tener una de las mortalidades acumuladas más grandes del mundo, parece que por fin han encontrado la estrategia que funciona. Una combinación de vacunaciones masivas y confinamiento prolongado ha hecho que registren un número mínimo de muertes y los casos hayan bajado en picado. Y no les tembló el pulso a la hora de mantenerlo todo cerrado durante la Semana Santa porque los indicadores no eran adecuados. Actualmente, el Reino Unido tiene cinco veces menos contagios que España y el doble de vacunados, pero todavía están prohibidos los encuentros con otras burbujas en espacios cerrados, y restaurantes y pubs solo sirven en el exterior.

En España, en cambio, suele mandar más el calendario. La insistencia para recuperar la vida social y económica, sobre todo cuando se acercan fiestas, es demasiado fuerte en un país muy dependiente psicológica y económicamente de la restauración y el ocio, y con menos recursos para compensar a quienes sufren más el impacto. Ningún político español se ha atrevido a limitar la Navidad, la Semana Santa o el verano, por miedo a una revuelta popular. Por eso el riesgo es ahora que, en los próximos meses, vayamos adquiriendo la esperada libertad con prisa, independientemente de la realidad epidemiológica. El primer aviso ha sido cancelar el estado de alarma porque políticamente tocaba, no porque estemos seguros de que ya no será necesario. La semana pasada, en España hubo un centenar de muertes. En el Reino Unido, que tiene 20 millones más de habitantes, solo una docena. ¿En cuál de los dos países podemos quedar con los amigos para ir a cenar en un espacio cerrado?

Quizá esto es debido a una propensión a autoengañarnos. En España, la presidenta de una comunidad autónoma ha sido aclamada (y reelegida) porque su gestión de la pandemia ha permitido que la gente pudiera disfrutar de libertades que en otros territorios se habían negado. La consecuencia, como era de esperar, es el número de contagios y muertes más elevados del país y, ahora mismo, una de las ocupaciones más altas de ucis. Que levantar restricciones cuando todavía no es prudente hacerlo se paga con vidas humanas a estas alturas es indiscutible. Y, a pesar de todo, algunos escogen no verlo.

No se puede negar que, en todo el país, la situación está mejorando, y que tendría que continuar haciéndolo. Pero también es cierto que los indicadores aún no son del todo buenos: después de tocar fondo a mediados de marzo, la curva de contagios oscila arriba y abajo sin acabar de decidirse a continuar el ritmo descendente. No se trata de ver la botella ni medio llena ni medio vacía: los datos son los que son y se tienen que interpretar de una manera fría. Y a la hora de tomar decisiones de salud pública, siempre es más aconsejable la prudencia que correr riesgos. Que el optimismo, tan necesario para resistir lo que nos queda de pandemia, no nos ciegue: llenar bares y restaurantes no puede querer decir llenar también hospitales.

Estamos en la recta final, pero es una recta larga. Un tropiezo ahora puede hacer mucho daño. El optimismo puede convencernos que esto no volverá a pasar, que ya hemos superado lo peor y que las vacunas evitarán más olas. Esperamos que sea así. Pero recordemos el caso de Chile. E insistamos una vez más con el ejemplo británico: la actividad se tiene que recuperar cuando los datos lo permitan, no cuando la presión socioeconómica lo pida, y siempre de una manera gradual y proporcionada.

[Publicado en El Periódico 10/05/21 ]

lunes, 12 de abril de 2021

¿Qué hemos de hacer con la vacuna de AstraZeneca?

El baile de dudas alrededor de la vacuna de AstraZeneca de estos últimos meses ha culminado esta semana con el anuncio de que la Agencia Europea del Medicamento (EMA) cambiaba sus recomendaciones y admitía que había una “posible relación” entre la vacuna y el aumento de un tipo raro de coágulos en las personas inmunizadas. Concretamente, en Europa se habían visto 62 trombosis de seno venoso cerebral y 24 de la vena esplénica en 25 millones de vacunados (la gran mayoría en mujeres de menos de 60 años), de los cuales 18 habían muerto. Son enfermedades que espontáneamente aparecen con una frecuencia muy baja y, a pesar de que la proporción continúa siendo pequeña en vacunados, la coincidencia temporal despierta sospechas.

¿Qué hay que hacer a partir de ahora? La misma EMA ha concluido que se tiene que continuar usando la vacuna de AstraZeneca porque los posibles riesgos son bajos comparados con el efecto protector que tiene. La agencia reguladora del Reino Unido ha anunciado que la seguiría dando y que la restringiría solo a los menores de 30 años cuando les llegue el turno. El motivo por el cual el Reino Unido ha visto menos casos de trombosis hasta ahora puede ser que, a diferencia de buena parte de Europa, ha usado esta vacuna sobre todo para los mayores de 65 años, que tendrían menos peligro de desarrollarlo. 

Pero todavía quedan muchas incógnitas por resolver. Por ejemplo, las trombosis no se han observado con las vacunas de Pfizer y Moderna, que son de ARN. Esto hace pensar que la tecnología del vector viral de AstraZeneca podría desencadenar una respuesta inmune que destruyera las plaquetas (una de las características de estas trombosis). Pero si es así, tendría que pasar una cosa parecida con las vacunas que usan el mismo sistema, como la Sputnik rusa, la CanSino china o la nueva de Janssen, algunas de las cuales ya se han administrado masivamente. En cambio, todavía no se ha asociado ninguna de estas vacunas a un aumento de trombosis.

Pero asumamos por un momento que la vacuna de AstraZeneca está de verdad relacionada con estas complicaciones, que sin duda es una posibilidad. Lo que tendríamos que hacer entonces es valorarlo con la perspectiva que hace falta dentro del contexto de la campaña de vacunación. Si estos 25 millones de personas no hubieran recibido la vacuna de AstraZeneca, seguramente tendrían que haber esperado meses a que les tocara otra dosis, durante los cuales una parte hubiera cogido el covid-19. Simplificando mucho todas las variables implicadas, podemos calcular por encima qué efecto tendría esto. Si consideramos que cada semana se contagia una de entre 880 personas (para usar datos recientes de Catalunya, aunque esta es una cifra que varía según el tiempo y el lugar), esto querría decir que los no vacunados se podrían haber infectado a un ritmo de más de 28.000 por semana que pasaran desprotegidos. Si asumimos una letalidad del 2% (más o menos la media en España desde el principio de la pandemia), el número de víctimas potenciales por cada día que pasan sin vacunarse será muy elevado. A pesar de ser un cálculo imperfecto, sale una cifra mucho más alta que todas las víctimas mortales de las trombosis. 

Todo esto indica que, si aceptamos como cierta la peor de las posibilidades, que la vacuna realmente cause una trombosis grave en una de cada casi 300.000 personas, el impacto sanitario de no usarla para proteger a la población que tiene más riesgo de sufrir las complicaciones serias del covid-19, los mayores de 65 años, sería más elevado. Desde el punto de vista de la salud pública, pues, es obvio que los beneficios de utilizar esta vacuna superan de mucho las consecuencias de las posibles complicaciones.

A nivel individual, se puede sacar una conclusión parecida. Hay otros fármacos que tomamos regularmente que aumentan las trombosis, como los anticonceptivos orales, que pueden llegar a doblar el riesgo. Todavía más: los vuelos de larga duración lo triplican, y no por eso hemos dejado de tomar estas pastillas o de coger aviones. Incluso salir a la calle en una gran ciudad puede comportar un peligro superior de sufrir accidentes, y no nos quedamos encerrados en casa.

Una manera de evitar problemas seria no darla en mujeres menores de 60 años, pero no tiene sentido que el resto de la población tenga que esperar. Además, ahora podemos estar alerta y reconocer los síntomas de las trombosis, lo que nos permite tratarlas rápidamente y reducir la mortalidad. En un momento en que vamos cortos de vacunas, cosa que hace que la campaña avance más lentamente de lo que se esperaba, no nos podemos permitir rechazar ninguna que se haya demostrado que funciona y que es segura para la gran mayoría.

[Publicado en El Periódico, 9/4/21. Versió en català.]

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miércoles, 17 de marzo de 2021

La recta final

La recta final de la pandemia en Europa se está alargando más de lo que preveíamos. A estas alturas, se esperaba tener una buena parte de los adultos vacunados, pero estos objetivos solo los está consiguiendo el Reino Unido, después de un Brexit prematuro que les permitió negociar la distribución de vacunas al margen de la estrategia claramente fallida de la Unión Europa. España está atrapada en esta red de mala gestión y, por mucho que al final haya superado los problemas logísticos iniciales, poca cosa puede hacer ante el embudo que representa una llegada de dosis inferior a la que podría absorber el sistema.

Esto es un problema, porque la normalidad solo se empezará a recuperar cuando toda la población susceptible esté protegida. A pesar de que el covid-19 afecta a todos, la mayor parte de los casos graves y la mortalidad se ve en franjas de edad elevadas y en enfermos con otras patologías. Por lo tanto, no hay ninguna excusa para que no prioricemos estos grupos a la hora de distribuir las pocas vacunas que tenemos. Cuesta de entender que, a estas alturas, haya un número sustancial de gente joven vacunada (con, recordémoslo, poquísimas probabilidades de morir de covid-19) y, en cambio, muchas personas mayores todavía no estén protegidas.

Esta incongruencia se debe a tres decisiones erróneas. La primera, no tener los protocolos bien definidos para evitar que se tomen medidas dudosas. No se trata solo de espabilados que usan su poder (político, religioso, militar, genealógico) para saltarse la cola, sino de vacunas que van a personal administrativo de hospitales (sano y joven) que no está en primera línea, o dosis sobreras que, para que no se echen a perder, se acaban dando a los acompañantes (sanos y jóvenes) de a quienes toca por derecho propio, en lugar de hacer el esfuerzo de ir a buscar personas mayores que las necesitan más.

La segunda ha sido desoír las recomendaciones de la OMS y de la propia Agencia Europea del Medicamento y no dar desde el principio la vacuna de AstraZeneca a los mayores de 55 años. Es cierto que originalmente no había bastantes datos, pero nada hacía pensar que no tenía que funcionar bien en la gente mayor, como, efectivamente, al final se ha demostrado. Y aquí viene un error todavía mayor: ser incapaces de reconocer la equivocación con rapidez (como hicieron incluso los propios instigadores de la estrategia, los alemanes) y quedarse prácticamente solo con una opción absurda que retardaba todavía más la vacunación de la población diana.

Finalmente, la última era más difícil de anticipar. La mayoría de países optaron por dar dos dosis de vacunas con una separación de dos o tres semanas, tal como las pruebas clínicas sugerían. Pero algunos optaron por priorizar la primera dosis para llegar a más gente más rápidamente. Ahora se ha visto que esto es suficiente para dar una cobertura mejor de lo que se esperaba. Una vez más, España tarda en reaccionar y no adopta la solución más efectiva.

Estos tres grandes errores se los ha ahorrado el Reino Unido. Esto, sumado a la estrategia ganadora de reserva de dosis que decíamos, han hecho que, después de una gestión pésima, Boris Johnson ahora se pueda colgar una medalla: todos los adultos británicos estarán probablemente vacunados antes del verano y los ingresos hospitalarios y la mortalidad ya habrán caído en picado. El plan es mantener hasta entonces una serie de restricciones, que se irán aligerando poco a poco, con la idea de que, una vez se eliminen, ya no se tendrán que implementar nunca más.

¿Qué pasará en España? Los porcentajes de vacunación serán más bajos, pero la necesidad de “salvar el verano” hará que, igualmente, las restricciones se reduzcan. Abriendo fronteras, con pasaportes inmunitarios o no, e incentivando el movimiento podría ser que se esparcieran más virus, incluso variantes difíciles de controlar (como es la P.1 que ha surgido de Manaos). Probablemente no se harán cribados masivos, con lo cual el control de brotes no será tan efectivo como podría ser. Previsiblemente, los casos volverán a subir, como pasa cada vez que nos relajamos con demasiada prisa. Si esto lleva a otra ola es posible que sea bastante más baja que las que hemos visto hasta ahora, eso sí, y, sobre todo, no tendremos que sufrir por las personas que viven en residencias ni por una buena parte de los más mayores, que ya estarán vacunados. Pero habrá más ingresos y algunas muertes que se podrían haber evitado. 

Todo esto contribuirá a este alargamiento de la recta final. Tendremos que tener paciencia y prudencia hasta que la vacunación haga efecto. No echemos por tierra ahora todo el esfuerzo por querer ir demasiado deprisa.

[Publicado en El Periódico, 14/03/21. Versió en català.]

miércoles, 3 de marzo de 2021

Lecciones de una pandemia

Desde hoy en todas las librerías, mi nuevo ensayo sobre lo que hemos aprendido (o tendríamos que haber aprendido) durante la pandemia. Un libro breve que intenta estimular el debate sobre qué se ha hecho mal i qué se podría mejorar, pensando ya en las próximas crisis de salud globales que veremos en el futuro. Recomendado para todos los que quieran reflexionar sobre estos últimos meses y contribuir a prepararnos mejor para el próximo reto. 

viernes, 12 de febrero de 2021

Votar en tiempos de pandemia

El 14 de febrero los catalanes tenemos una cita con las urnas. Son unas elecciones importantes: un Govern en funciones, descabezado por la inhabilitación de su ‘president’ y debilitado por desavenencias entre los socios, no tendrá nunca suficiente fuerza para hacer bien su trabajo. Pero esta necesidad política choca con la realidad epidemiológica. Aunque Catalunya está en fase de descenso de la tercera ola de la pandemia, aún falta para que los indicadores vuelvan a un nivel razonable. La Rt no baja de 0,9 desde finales de noviembre, el riesgo de rebrote continúa por encima de los 400 (más de 100 se considera alto) y la incidencia acumulada a 14 días todavía supera los 500. En estas condiciones, ¿se debería votar?

Hay tres maneras de responder a la pregunta. Desde el punto de vista político, hay una urgencia que hay que solucionar, pero también una serie de cálculos interesados ​​que hacen que unos partidos prefieran acelerar y otros chutar el balón adelante, hacia un futuro indeterminado que nadie puede garantizar que será mejor. Desde el punto de vista científico, sería prudente esperar, pero solo un poco. Al ritmo actual, dentro de aproximadamente un mes el número de casos se habrá reducido de manera sustancial, y el riesgo de contagio debido al movimiento masivo de personas será bastante menor. Es entonces, antes de que empiece una cuarta ola que predicen muchos modelos, que sería el mejor momento para votar. Pero ya hemos visto que la discusión entre estas dos facciones es estéril, porque hay una tercera vía que se acabará imponiendo: la jurídica.

Desde el principio de la crisis, ha habido un desfase entre lo que hay que implementar para preservar la salud de la población y lo que la ley permite hacer. En los países democráticos, los derechos fundamentales son un bien que hay que proteger. Pero en situaciones de emergencia como esta, la salud no puede quedarse en segundo plano, por lo que es necesario adaptar la normativa con rapidez a la realidad del momento. Sabemos que hay mecanismos para hacerlo, por lo tanto lo que ha fallado es la visión, la voluntad y la coordinación de quienes tienen el poder para hacer estos cambios. Lo que pasa entonces es que el tribunal que tiene la última palabra sobre cómo se hacen unas elecciones debe tomar decisiones según unas leyes que ya no encajan con lo que es mejor para los ciudadanos. El aparato jurídico-legal debe ser un eslabón más en los esfuerzos para evitar en lo posible los contagios, no puede ir en contra de lo que debería ser el objetivo primordial en una pandemia: salvar vidas.

Por desgracia, el sistema obliga a que las elecciones se hagan el 14-F, aunque epidemiológicamente hablando no tenga mucha lógica. Esto se debería haber previsto, y haber dirigido desde el principio las energías al plan B: conseguir que la jornada electoral sea lo más segura posible. Se ha perdido un tiempo precioso con el tema de la fecha, y las posibilidades de realizar acciones complejas se han ido reduciendo. Además, los gestores tienen un trabajo muy complicado, atrapados entre lo que les piden los científicos y lo que les permiten las leyes. Por todo ello, algunas de las opciones más obvias desde la óptica sanitaria (un confinamiento previo de un par de semanas para acelerar la descarga, urnas móviles, más de un día de votación, incentivar y facilitar más el voto por correo, turnos más cortos en las mesas, tandas de votaciones, aún más colegios electorales y en espacios más amplios y ventilados ...) no son factibles.

Entonces, ¿es prudente ir a votar el 14-F? Partiendo de que el riesgo cero solo existe si te quedas en casa, parece que se está haciendo todo lo posible para limitar los problemas el día de las elecciones. Pero hay dos agujeros negros que no se han resuelto todavía. Uno es asegurar que en las mesas no hay personas vulnerables (o que conviven con una). Serán los que estarán más expuestos, por eso deberían ser jóvenes y sanos, para minimizar complicaciones. Pero el reto clave es el de los positivos. Alguien que tiene el covid-19 y, por tanto, puede contagiar, no debe salir a la calle bajo ningún concepto. El peligro que esto representa para la salud de todos los ciudadanos no es aceptable, porque no hay ningún conjunto de medidas suficientemente efectivas para garantizar que no propagarán la enfermedad.

Es esencial respetar el derecho a voto de todos, pero no al precio de jugar con la vida de los demás. Las prioridades deben estar claras. Por eso es importante no caer en el derrotismo o el conformismo y buscar alternativas. Si no, el peligro es que la gente tenga miedo de salir a hacer oír su voz, y eso sí sería una perversión intolerable del proceso democrático.

[Publicado en El Periódico, 9/2/21. Versió en català.]

lunes, 25 de enero de 2021

Fatiga pandémica

Una vez más, las predicciones se cumplen: empezamos el año enfilados en una tercera ola pandémica de dimensiones considerables. La han alimentado sobre todo la reticencia de los políticos a imponer restricciones durante las fiestas, a pesar de la insistencia de los científicos, y la incapacidad de cierta gente de actuar con suficiente sensatez. Es justo repartir las culpas equitativamente.

La situación actual asusta. En el Reino Unido acumulamos récords de contagios y cifras de muertes diarias por encima las de la primera ola. Las razones del descontrol no son claras. Boris Johnson lo atribuye a la nueva variante del virus, que se ha convertido en prevalente con rapidez y parece ser más infecciosa, pero hay un componente de mala gestión que no se puede obviar. Todavía no sabemos cuál de las dos cosas, mutación o incompetencia, ha tenido más peso en el desastre.

Las olas anteriores nos han enseñado que no podemos quedarnos mirando a los vecinos sin hacer nada, porque Europa es demasiado pequeña y el virus demasiado rápido. Ya estamos viendo que la tendencia al alza se está extendiendo por el continente. Los científicos normalmente pedimos prepararnos para la peor de las posibilidades (en este caso, un tsunami como el británico) pero los dirigentes prefieren esperarse por si acaso hay suerte y se pueden ahorrar medidas que tienen un alto coste político. Lo que pasa es que esta estrategia reactiva (proponer soluciones cuando hay un problema) tiene un precio más elevado en vidas que la vía proactiva (anticipar el problema y poner medidas para minimizarlo).

Por desgracia no podemos esperar que las vacunas nos salven de este pico, porque sus efectos tardarán meses en verse. El inicio de la campaña de vacunación ha sido más lento de lo que se esperaba, incluso en los países que se han organizado bien. Cogeremos velocidad a medida que limemos las imperfecciones del plan y se añadan más vacunas a las que ya han sido aprobadas pero, a pesar de todo, los anuncios triunfales de tener la mayor parte de la población protegida en verano ahora se ven demasiado optimistas.

Parece, pues, que 2021 será otro año difícil, cuando menos la primera mitad. Es cierto que hemos aprendido mucho en estos meses. Sabemos cómo tratar a los enfermos graves, cómo rastrear el virus y como predecir la evolución con más exactitud. Pero la situación se complica porque todos sufrimos lo que denominamos fatiga pandémica. Los ciudadanos estamos hartos de hacer sacrificios que no sirven de nada, porque cuando nos relajamos volvemos al punto de partida. Los sanitarios están física y mentalmente exhaustos de estar permanentemente de guardia. Los políticos están hartos de estar en el ojo del huracán, teniendo que tomar decisiones imposibles y recibiendo palos por todas bandas cuando no consiguen nadar y guardar la ropa. Y los científicos nos estamos cansando de anticipar los problemas y que nos ignoren o se rían de nosotros.

Cuando, a principios de diciembre, unos cuantos empezamos a sugerir que repensáramos la Navidad para evitar una situación como la que tenemos ahora, nos tildaron de exagerados y nos echaron la caballería por encima en redes y tertulias. Ha vuelto a pasar ahora con la propuesta de retrasar unos días la vuelta a la escuela para parar el golpe de los posibles contagios por las fiestas. Las tradiciones y los niños son temas que provocan reacciones viscerales, es comprensible. No lo es tanto el escarnio público y las descalificaciones personales de profesionales de la salud o la comunicación que parece que no entiendan como funciona la ciencia: debatir de una forma ponderada ideas que se han erigido sobre datos sólidos es necesario para poder avanzar cuando hay dudas, normalmente encontrando soluciones de consenso. Pero todavía desgasta más ver como quienes gobiernan ni tan siquiera quieren plantearse alternativas a la vía oficial. Alguien se ha quejado de la confusión que crea que los debates científicos se hagan en las redes o en los medios, pero es la única alternativa que queda cuando no se pueden hacer en los despachos de los ministerios.

La incertidumbre es el motor de la ciencia y el progreso. Cuando tenemos suficientes datos para entender una realidad, el camino a seguir está claro. Si no, lo que hace falta es escuchar todas las voces que proponen teorías razonables y, juntos, encontrar la salida más plausible para poder avanzar. Así tenemos menos posibilidades de equivocarnos que ahogando las voces que no encajan con las expectativas que nos hemos hecho. Los científicos lo tenemos claro, pero si no conseguimos que todo el mundo lo entienda, nos esperan unos meses complicados: para salir de la pandemia hemos de trabajar juntos y no dejar que el interés político y los personalismos nos distraigan.

[Publicado en El Periódico, 18/1/21. Versió en català.]

viernes, 25 de diciembre de 2020

Feliz Navidad, pese a todo

Se está terminando el año más extraño del siglo, pero aún nos queda un obstáculo en esta carrera accidentada: dos semanas de celebraciones que no sabemos cómo encarar. Faltan solo un par de días para los primeros encuentros de alto riesgo, así que toca ir decidiendo qué opción elegiremos, si la más prudente, que implica sacrificar las tradiciones de la temporada, o la del tirar los dados y ver qué cifra de contagios nos sale. Ahora más que nunca, la evolución de la pandemia depende de nuestro comportamiento.

El mensaje de las autoridades estas últimas semanas ha sido confuso, porque han intentado nadar y guardar la ropa más que nunca. Por un lado, han continuado con la idea de incentivar al máximo la actividad económica, la necesidad que ya impulsó el final prematuro de las últimas restricciones, y por el otro, han ido sugiriendo, cada vez menos tímidamente, que los planes sean conservadores. No es de extrañar que la gente dude. Lo que ahora necesitamos es una comunicación clara: estamos en plena pandemia, hay mucho virus circulando y no es el mejor momento para que se encierre durante horas en un espacio pequeño y poco ventilado un grupo de familiares que muy probablemente ni respetarán las distancias de seguridad ni llevarán mascarilla. Lo más sensato sería que las celebraciones se hicieran solo con la gente con la que convives o que se buscaran maneras seguras de ver a las personas queridas.

Ningún líder tiene suficiente capital político para arriesgarse a ser considerado el Grinch que se cargó la Navidad, por eso no se atreven a seguir el ejemplo de Angela Merkel, que hace unos días imploraba a los alemanes que se porten tan bien como les sea posible para evitar que la tercera ola, que se espera inevitablemente a principios de año, pero que puede empezar en cualquier momento, se convierta en un tsunami. Al menos Boris Johnson ha podido hacer caso a quienes le pedían más restricciones sin quedar mal, porque en el Reino Unido ha aparecido una variante del virus que parece más infecciosa. Es pronto para saber si puede ser un problema, pero no es mala idea ser prudente mientras esperamos unas semanas a tener más datos. Aunque Europa no responde de manera unitaria a estos retos: algunos países son más severos y otros, como España, continúan con una política de mínimos.

Si miramos cualquier mapa de estadísticas del covid-19 nos daremos cuenta de que buena parte de Europa tiene unas de las peores cifras del planeta. No hay forma más clara de entender que aquí hemos fallado estrepitosamente, tanto en cuanto a la gestión política de la pandemia como en la responsabilidad social de los ciudadanos. La forma en que estamos encarando la campaña de Navidad hace pensar que no hemos aprendido mucho este último año y que continuaremos tropezando con la misma piedra hasta que las vacunas nos rescaten del drama.

Por suerte en este campo se han cumplido las predicciones y acabaremos en 2021 con más de una vacuna aprobada para el uso general. De hecho, ya hay cinco (tres chinas y dos rusas) que hace tiempo que se están administrando, a pesar de no haber completado todas las pruebas clínicas. Las han recibido ya cientos de miles de personas, pero no tenemos ninguna información. De momento es poco probable que nos lleguen, porque aquí se distribuirán solo vacunas que hayan demostrado ser seguras y eficaces. Las de Pfizer / BioNTech y Moderna (hechas con ARN) habrán sido las primeras de la lista en conseguir este sello de calidad en Europa y América, pero las seguirán de cerca las de Johnson & Johnson y Oxford / AstraZeneca (que utilizan un segundo virus inofensivo que actúa como vector).

Es esencial que, ahora que encaramos una recta final que se vislumbra larga, nos esforzamos en promover la única arma que puede detener la pandemia. Es cierto que las vacunas se han hecho muy rápido, pero ha sido por una combinación de suerte (se encontró una proteína que hiciera de diana inmediatamente, el virus es muy estable ...), una inversión descomunal de recursos y una optimización del proceso. Los ensayos clínicos se han hecho con el mismo rigor de siempre y las vacunas que pasan el filtro de las entidades evaluadoras son tan buenas como cualesquiera de las anteriores. Seamos conscientes y hagamos un último esfuerzo: protejamos vidas siendo prudentes y confiemos en las soluciones que nos ofrece la ciencia. Y, a pesar de las dificultades, tratemos de pasar una buena Navidad.

[Publicado en El Periódico, 22/12/20]

lunes, 30 de noviembre de 2020

¿Podemos fiar-nos de las vacunes de la Covid-19?

De acuerdo con las previsiones que se han hecho desde el verano, parece que tendremos una vacuna contra la covid-19 aprobada antes de terminar el año o, como mucho, a principios del siguiente. Más de una, de hecho, porque hay 12 completando ensayos clínicos de fase 3, y algunas a punto de terminarlos, como las de Moderna, Pfizer, Johnson & Johnson y AstraZeneca. No faltarán opciones. ¿Pero debemos fiarnos de estas vacunas?

Debido a la urgencia y la necesidad de buenas noticias, desde el principio de la pandemia se ha roto una de las normas de oro de la ciencia: primero se han emitido las notas de prensa y luego se han publicado los datos de los estudios. Normalmente se hace al revés para evitar conflictos de interés (quien anuncia los éxitos no puede ser quien saldrá más beneficiado, económicamente o de otras maneras), y para asegurarnos de que un grupo de expertos imparciales tiene tiempo de escrutar los resultados. Esto nos obliga a tomarnos las noticias de estos días con precaución: hasta que no tengamos acceso a toda la información, más vale ser prudentes.

Es por ello que la eminente viróloga Margarita del Val expresaba hace unos días en una entrevista sus dudas sobre los anuncios recientes de efectividades del 94,5% y 95% de las vacunas de Moderna y Pfizer, respectivamente. Tiene razón en cuanto a que lo que interesa sobre todo es saber si protegen a la gente más vulnerable y si reducen los casos graves y las muertes, y de todo esto todavía no han dicho nada. La alegría, pues, es un poco prematura, aunque tenemos motivos para ser optimistas.

Pero todo esto se solucionará antes de que las agencias reguladoras permitan que se den masivamente a la población. Se ha corrido mucho en la producción de las vacunas, es cierto, pero solo en las fases que lo permitían. Haber inyectado tantos millones en la búsqueda ha acortado mucho la etapa pre-clínica, y la burocracia, que la hay en todo el proceso, también se ha reducido a la mínima expresión. Ahora bien, los ensayos de eficacia y seguridad se están haciendo igual que siempre. O mejor, incluso. Comparémoslo por ejemplo con la primera vacuna del ébola, que se aprobó el año pasado después de darla a solo 3.000 voluntarios. Naturalmente, la necesidad en ese caso era otra y justificaba las prisas. La clave de una vacuna contra el covid-19 no es quizá tanto que sea muy efectiva (con un 60-70% también nos arreglaríamos) sino, sobre todo, que no tenga efectos secundarios graves, por poco frecuentes que sean, porque se habrá de dar a millones de personas. Por ello se han reclutado miles de voluntarios (cerca de 50.000 para cada una en la fase 3), para que se puedan detectar incluso los problemas más raros. Tal como indicaba también Margarita del Val, debería ser suficiente para estar tranquilos.

Esto significa que, una vez se hayan publicado todos los detalles de los estudios y los expertos los hayan revisado con lupa, las vacunas que lleguen al público serán seguras (y, además, funcionarán suficientemente bien). Es importante repetirlo, porque últimamente está creciendo una peligrosa ola de desconfianza en todo el mundo: algunas encuestas dan cifras sorprendentemente altas de gente que no querrá vacunarse. Lo he oído decir también a profesionales que, en principio, deberían entender lo que significa que un fármaco pase todas las pruebas pero se están dejando llevar por las supersticiones. Esto da mucho miedo, porque hasta que al menos tres cuartas partes de la población mundial tenga anticuerpos, no podremos empezar a respirar tranquilos. Si la campaña de vacunación topa con estas reticencias, la crisis se puede alargar indefinidamente.

No ha ayudado nada que Rusia y China hayan dado el visto bueno a seis vacunas que aún están en fase 3. En teoría ya se están administrando a grupos concretos de población, aunque no nos ha llegado ningún dato. Se entiende que estos casos levanten suspicacias, sobre todo por las motivaciones políticas que hay detrás, pero hay que diferenciar lo que está pasando en el resto del mundo. Recordemos que Donald Trump presionó para conseguir un golpe de efecto similar antes de las elecciones, pero los organismos reguladores de Estados Unidos rehusaron saltarse ningún paso. Esto demuestra que el proceso de aprobación funciona bien.

En cuanto se empiece a distribuir de forma generalizada una vacuna (primero la recibirán el personal sanitario y las poblaciones de riesgo), podéis contar con que me veréis al frente de la cola para recibir una dosis. Por responsabilidad social, sí, pero también por motivos puramente egoístas: me muero de ganas de volver a hacer vida normal. Y eso, seamos realistas, solo nos lo permitirán las vacunas.

[Publicado en El Periódico, 23/11/20. Versió en català.]

lunes, 23 de noviembre de 2020

Todavía queda mucho partido

Nos hallamos en un punto complicado de la pandemia. Por un lado, llevamos demasiados meses en una situación trágica, con restricciones importantes al ritmo de vida habitual y con mucha gente sufriendo una reducción significativa de sus ingresos. El desgaste que esto produce es evidente. Por el otro, no paramos de tener buenas noticias sobre las vacunas. En los últimas días, tres de las candidatas más avanzadas (la de Moderna, la de Pfizer y la Sputnik rusa) han anunciado que los resultados parciales de los últimos tests de eficacia y seguridad son positivos, con coberturas de más de 90% en los voluntarios de todas las edades a quienes se las han inyectado. No es extraño que los comunicados de prensa se hayan recibido con la alegría reservada para los regalos de Reyes.

Pero parece que no nos damos cuenta de que entre el drama y la esperanza ha quedado atrapada la realidad. Haría falta que no perdiéramos perspectiva de cómo están las cosas en estos momentos: vivimos todavía en plena segunda ola, intentando poner parches a un barco que hace agua por todas partes, y a muchos meses de distancia del final de la pandemia. En Europa y América sufrimos las consecuencias de una gestión nefasta del primer pico, que pudimos controlar brevemente pero que no llegamos a aplanar del todo, como sí que consiguieron unos cuántos países orientales. Las brasas de aquel fuego se reavivaron rápidamente cuando quisimos volver a la normalidad demasiado rápido, y por eso hemos perdido todo lo que habíamos ganado y ha habido que volver a implementar restricciones.

Corremos el riesgo de que ahora pase exactamente lo mismo. Las ganas de intentar disfrutar de la Navidad se asemejan demasiado al intento fallido de salvar la temporada de verano. Incluso la desescalada por fases tiene un diseño similar. Todo hace pensar que volveremos a pulsar el acelerador y que lo que marcará el ritmo de relajación no será la evidencia epidemiológica sino el calendario. La consecuencia esperable de estas prisas sería una tercera ola a principios de año, y otra vez negocios cerrados para mirar de frenar la curva de contagios. Este es el problema de crear expectativas poco realistas (“sacrifiquémonos ahora para poder tener una Navidad decente”): que no llegamos nunca a acabar del todo con el problema.

El panorama para los próximos meses no es bueno. Si no cambiamos de actitud, no saldremos nunca del ciclo rebrote-restricciones-relajación-rebrote, y esto lo tenemos que tener muy claro, porque el esfuerzo tanto de los ciudadanos como de los gobiernos es clave para conseguir que la cifra de muertos hasta que logremos la inmunidad de grupo sea lo más baja posible. Preparémonos, pues, para un invierno difícil. Y una primavera que no será mucho mejor. Y un verano en el cual seguramente veremos una parte de la población mundial vacunada pero que tampoco será normal. Si nos hacemos a la idea, quizás evitaremos por un lado decepcionarnos cuando las expectativas no se cumplan y por el otro desentendernos antes de tiempo de las obligaciones que tenemos como miembros de una sociedad que atraviesa la crisis sanitaria más importante de las últimas décadas. Todavía queda mucho partido. Lo ganaremos, pero no podemos desfallecer.

[Publicado en El Periódico, 18/11/20. Versió en català.]

jueves, 12 de noviembre de 2020

¿Han sido suficientes estas restricciones?

La situación de la pandemia de Covid-19 en Europa no es buena. Mientras que la segunda ola en muchos lugares de Asia está siendo testimonial, aquí estamos en fase de subida y con peligro de que se descontrole de nuevo. Es por ello que todos los países del continente han empezado a aplicar diversas medidas de contención, más o menos drásticas en función sobre todo de lo que creen que puede proteger mejor la economía. La idea es hacer los recortes mínimos que sean suficientes para parar el golpe y evitar lo que todo el mundo teme, el confinamiento estricto, que ya sabemos que funciona bien pero tiene un coste muy alto.

Aún es pronto para saber si lo conseguiremos. El Estado Español, de nuevo, ha actuado tarde y con poca contundencia. Tiene el dudoso honor de ser uno de los que vio antes el inicio del segundo pico, a mitad del verano, y el que peores datos ha tenido los últimos meses, entre ellas ser el primer país europeo en superar el millón de casos. Por eso, las medidas anunciadas hace unas semanas por el Gobierno fueron celebradas por muchos, porque era urgente actuar, pero a la vez criticadas por temor a que no fueran suficientes, sobre todo comparadas con las que se aplicaban a lugares como el Reino Unido o Alemania, que partían de cifras menos graves. Además, las restricciones han variado dependiendo de cada comunidad autónoma.

Esta estrategia en principio puede ser buena, porque permite que cada territorio adapte las normas a su realidad, pero tiene el peligro de depender de la capacidad de gestión de los gobiernos locales, que ya hemos visto a lo largo de la pandemia que a veces presenta limitaciones serias. Está prevista una evaluación del efecto que han tenido las medidas y se revisen si hace falta. ¿Han ido tan bien como se esperaba?

Algo que hemos aprendido desde febrero es que cualquier norma que limite los contactos sociales consigue frenar la curva de contagios, aunque sea poco. Efectivamente, todos los indicadores han mejorado estos días. La Rt media en el Estado está ligeramente por debajo de 1, lo que quiere decir que la pandemia entraría en fase de bajada, después del pico de 1,24 del 21 de octubre. Pero la incidencia de casos acumulados por 100.000 habitantes de la última semana (IA7) sigue alta en muchas comunidades, como Catalunya y Aragón, que superan los 300. Por otra parte, en Galicia y Valencia la IA7 ya ha bajado de 100, lo que se considera el límite a partir del cual la situación es controlable. Globalmente, el total de casos diarios también disminuye ligeramente, desde el pico de más de 16.000 que se vio a principios de la semana pasada.

Estas cifras son positivas y parecería que quieren decir que la situación mejora, pero deben interpretarse con precaución. Por un lado, dependen de la cantidad de pruebas: si se hacen menos, la disminución que se ve es artificial. Navarra ha realizado hasta ahora 700 por cada mil habitantes, entre PCR y test rápidos, la que más, mientras que Catalunya no llega a 350. Por otra parte, debemos esperar para confirmar si se mantiene el descenso antes de aligerar las limitaciones impuestas. El indicador más claro del éxito de las restricciones es la saturación de los hospitales, especialmente las UCI, y la mortalidad, pero los efectos en estos datos aún tardarán semanas en verse.

¿Qué se debería hacer a partir de ahora? La situación mejora, pero queda mucho trabajo. Lo más importante es no confiarse. Debemos continuar unas semanas con estas tendencias a la baja para asegurarnos de que la pandemia vuelve a una fase menos peligrosa. No podemos repetir el error del verano: querer recuperar la vida normal rápidamente después de las restricciones. Debemos entender que, durante los próximos meses, tendremos que continuar limitando nuestra actividad todo lo que sea posible. Sin que una parte amplia de la población haya recibido la vacuna no puede haber la "nueva normalidad" que todo el mundo quiere, por tanto el mensaje no puede ser que tenemos que hacer un esfuerzo ahora para podernos relajar después, de cara a las fiestas. Esto es precisamente lo que ocurrió en verano, y ya hemos visto cómo terminó de mal. Debemos dejar de pensar que esta Navidad será como siempre, porque con esta actitud lo que nos espera es un rebrote importante en enero.

Por mucho que los casos sigan disminuyendo estas próximas semanas, no podemos pretender recuperar inmediatamente la tranquilidad, sino que tanto el Gobierno como los ciudadanos tenemos que ser prudentes. Es cierto que la pandemia nos está pidiendo sacrificios importantes, a algunos más que a otros, pero recordemos que son temporales y los hacemos para salvar vidas mientras no llega la inmunidad de grupo.

[Publicado en El Periódico, 9/10/20]