martes, 27 de mayo de 2014

Sobre "Qué es el cáncer"

Aquí podéis leer un extenso comentario de Qué es el cáncer en el blog Historias de la Ciencia. Muchas gracias!

martes, 20 de mayo de 2014

La hora de clonar

Hace diez años, un científico coreano llamado Hwang Woo-suk se hizo famoso de la noche a la mañana. Salió en la portada de periódicos de todo el mundo y se convirtió en un héroe nacional en su país. ¿El motivo? Ser la primera persona que conseguía aplicar la transferencia nuclear somática a células humanas. Dicho así, no parece gran cosa, pero si explicamos que esta es precisamente la técnica que permitió al equipo de Ian Wilmut obtener la oveja Dolly en 1996 comprenderemos el revuelo que se generó: Hwang había dado el primer paso para clonar una persona.

La comunidad científica se apresuró a remarcar que ese no era el objetivo, ni de Hwang ni de ninguno de los investigadores que trabajaban en el tema. La transferencia nuclear permite poner el ADN de una célula adulta cualquiera dentro de un óvulo y luego estimularlo para que empiece a multiplicarse y formar un embrión, con el objetivo de extraer células madre (lo que se denomina clonación terapéutica). En otras palabras, es un sistema para conseguir células madre personalizadas que se podrían utilizar para regenerar cualquier tipo de tejido sin sufrir por la posibilidad de que el cuerpo las rechazara. Esto, y no la posibilidad de dejar crecer el embrión esperando que terminara naciendo un clon, merecía un premio Nobel.

Pero no hubo ningún premio para Hwang. En el 2007 se demostró que lo que había anunciado era falso. Había manipulado las imágenes de sus artículos, por lo que ningún otro grupo había conseguido reproducir los resultados. Hwang fue denunciado, destituido, humillado y perseguido (su rocambolesca historia a partir de entonces merece un libro entero), y el tema de la clonación terapéutica cayó en desgracia. Parte de la culpa fue también del japonés Shinya Yamanaka, que justo entonces presentaba una manera alternativa de conseguir las células madre personalizadas sin necesidad del paso previo de crear un embrión. Eran las células pluripotentes inducidas, que, esta vez sí, reportaron el Nobel a su creador en el 2012.

Ocho años después de su primera aparición, las células inducidas aún no se han podido utilizar para ninguna terapia. Hay muchos estudios en marcha (el primer ensayo clínico, para tratar una forma de ceguera, tiene lugar actualmente en Japón) y las posibilidades son inmensas, pero también hay expertos que desde el principio creen que, aunque no representan un problema ético (no se destruyen embriones al generarlas), no son ni mucho menos tan poderosas como las células embrionarias a las que se supone que imitan. Es por eso que la investigación en el campo de la clonación terapéutica no se ha detenido del todo, a pesar de que el fraude de Hwang hiciera que el tema perdiera la popularidad que tenía inicialmente.

Hace unas semanas, finalmente se conseguía lo que Hwang había falseado una década antes: Dong Ryul Lee y Young Gie Chung, en Seúl, y Dieter Egli, en Nueva York, generaban las primeras células madre personalizadas humanas usando la transferencia nuclear. Esta vez el impacto mediático ha sido mucho menor, a pesar de que el grupo del doctor Egli incluso ha ido un paso más allá: con esta técnica ha generado células productoras de insulina que, una vez trasplantadas en ratones, dicen que funcionan normalmente. El potencial para tratar la diabetes, una vez se solucionen una serie de obstáculos técnicos, es fenomenal.

Pero la transferencia somática nuclear es una técnica incómoda. Plantea una serie de problemas morales que preferiríamos no tener encima de la mesa. Para empezar, hay que obtener un número importante de óvulos de donantes, lo que no es sencillo. Si la técnica realmente se hiciera popular, ya hay quien se imagina que se acabarían instaurando granjas de mujeres pobres que venderían sus óvulos para que los países ricos pudieran usarlos. Además, siempre existe el temor de que algún irresponsable aproveche los conocimientos para continuar por otro camino y terminar generando clones de verdad. Las implicaciones éticas de tener copias genéticas de alguien corriendo por el mundo son demasiado complejas para detallar aquí, sobre todo teniendo en cuenta que hoy en día es muy fácil obtener ADN de una persona sin que se dé cuenta: basta con robarle un cabello o un poco de saliva. Así pues, podría ser relativamente sencillo clonar a alguien contra su voluntad.

Las células pluripotentes de Yamanaka deberían ahorrarnos todo esto, si acaban funcionando, pero ahora ya es demasiado tarde: hemos abierto la caja de Pandora y no podemos hacer ver que no pasa nada. Tarde o temprano tendremos que coger el toro por los cuernos y discutir cómo regulamos las técnicas de clonación para que podamos aprovechar todo su potencial terapéutico sin crear un descalabro social. Si es que eso es posible.

El Periódico, Opinión, 22/3/14. Versió en català.

miércoles, 23 de abril de 2014

Ciencias y letras por Sant Jordi

Hoy es Sant Jordi, la jornada preferida de los libreros de Catalunya y la culminación de varias semanas de intensas presentaciones de novedades editoriales. Como cada año, habrá para todos los gustos, desde el best-seller para el gran público a la ópera prima más experimental, pasando por traducciones de clásicos o los productos que aprovechan la popularidad mediática de sus autores. En medio de esta avalancha que reclama a gritos la atención del lector suelen pasar desapercibidas las obras con contenido científico, que siempre han sido la cenicienta del panorama literario local.

El poco interés por leer sobre ciencia en nuestro ámbito queda demostrado por el hecho de que es prácticamente imposible que este tipo de libros se infiltren en una lista de los más vendidos, a diferencia, por ejemplo, del Reino Unido, donde la divulgación es comprada con regularidad por una franja amplia de la población. Cuando vemos un título con aires científicos en un top ten, normalmente está encubriendo un producto de autoayuda o, lo que es peor, la enésima estafa sobre enzimas milagrosas o dietas-que-todo-lo-arreglan. Parece que la impresión de que ciencia y literatura no combinan está bastante extendida, y eso contribuye a perpetuar esta división artificial entre ciencias y letras que nos inculcan en las escuelas y que acaba relegando a los especialistas todo lo que huele a biología o física seria.

Permítanme, pues, que aproveche la ocasión de la fiesta que se avecina para desmontar un poco ese prejuicio y recomendar algunos títulos interesantes relacionados con el tema que nos ocupa, que de otra manera seguro que pasarían desapercibidos. Empezaré con Científics lletraferits, una colección de cuentos que he editado junto con el biólogo Jordi de Manuel, donde hemos conseguido reunir a 20 científicos y tecnólogos catalanes de renombre que a la vez son escritores (entre ellos Pere Puigdomènech, que también participa en esta sección). El objetivo era precisamente demostrar que la gente «de ciencias» podemos hacer ficción de tanta calidad como cualquier otro narrador. Los resultados van del drama a la comedia, del relato negro a la ciencia ficción, y seguro que sorprenderán a más de uno.

También ha llegado a las tiendas el último libro del biólogo Jesús Purroy, Homeopatia sense embuts. El título deja claras las intenciones del autor: analizar de manera rigurosa este fenómeno seudocientífico que tantos adeptos tiene aún hoy en día. Informarse sobre qué hacer para saber si un tratamiento es útil o no -y la homeopatía sería un buen ejemplo- es un ejercicio que nos puede ayudar a separar el grano de la paja la próxima vez que un vecino nos recomiende la última maravilla que nos va a solucionar todos los males. Estos ensayos son necesarios para aprender a ver cuándo quieren darnos gato por liebre, que por desgracia es a menudo. Por otra parte, Anna y Eduard Martorell analizan en Sans i estalvis una serie de intervenciones que, desde el punta de vista científico, pueden influir en nuestra calidad de vida. Sus consejos, mezclados con curiosidades, van desde la dieta al sexo, pasando por el deporte y la relajación.

Aposta per la salut! es la novedad de Manel Esteller, otro compañero de sección y uno de los científicos más destacados del país. Es una mezcla de ensayo, biografía y entrevista sobre cómo el autor ve la situación actual de la ciencia y el impacto que tiene en la sociedad. Una reflexión que nos debería hacer pensar un poco sobre temas que son muy relevantes hoy en día. En esta línea, yo mismo publico Jugar a ser déus con Chris Willmott, último Premio Europeo de Divulgación Científica, un libro para todos los públicos que medita sobre las implicaciones morales de los nuevos avances científicos y cómo afectarán a la humanidad en un futuro próximo. Lo hemos escrito porque los investigadores a menudo pensamos solo en entender el mundo que nos rodea y no nos detenemos a considerar que nuestros descubrimientos lo están cambiando, y este es un debate importante en el que todos debemos participar.

Termino recomendándoles un libro que tiene unos cuantos meses pero que me impactó mucho cuando lo descubrí: Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard, los escritos de un paciente terminal que lucha para entender qué es la vida con el poco tiempo que le queda. Es un texto duro pero enriquecedor que ofrece, desde un ángulo diferente, una impactante visión de la relación entre médico y enfermo. Chocante. Por motivos de espacio me he dejado muchos otros igualmente interesantes, pero espero que al menos habré conseguido presentarles algunas alternativas a las típicas compras de Sant Jordi. Este año, sean originales: regalen a los que aman rosas, libros... y un poco de ciencia.

El Periódico, Opinión, 22/3/14. Versió en català.

martes, 25 de marzo de 2014

La atracción sexual y el futuro de la especie

A todos nos han explicado en un momento u otro que la diferencia natural de tonos de nuestra especie es debida al sol. Las etnias son progresivamente más oscuras a medida que su lugar de origen se acerca al ecuador, porque allí es donde somos más vulnerables a los dañinos rayos ultravioleta. Sin que nos protegiera de ellos la melanina que fabrican ciertas células, y que es la que determina el color de la piel, las mutaciones serían mucho más frecuentes. Como consecuencia, también lo serían los cánceres. La abundancia de melanina, nos han dicho, es una adaptación al entorno seleccionada por sus beneficios sobre la capacidad de sobrevivir.

Esto es esencialmente cierto: alguien de complexión pálida expuesto al sol tropical sin protección tiene un riesgo muy elevado de quemarse y tener problemas serios. Pero cada vez hay más información que sugiere que hemos simplificado los motivos responsables del proceso y que el hecho de que vengamos en un amplio pantone de marrones tiene unas raíces mucho más complejas. El primer dato que nos debe hacer sospechar de la versión oficial es que los Homo sapiens primigenios, que surgieron en África hace unos 200.000 años, ya eran oscuros. Así pues, estrictamente hablando, la selección natural en realidad ha hecho que con los siglos apareciera la piel blanca, no la negra, que es nuestro color original.

A menos que ser negro en, pongamos por caso, Suecia fuera un inconveniente importante, podríamos pensar que la evolución no nos habría hecho palidecer a medida que nuestros antepasados ​​emigraban hacia el norte. Según un artículo publicado recientemente, no es tan sencillo. Una parte de la culpa la seguiría teniendo el sol, pero sin nada que ver con el daño que causa al ADN y cómo esto da tumores malignos. La razón sería nuestra dependencia de la vitamina D, que mayoritariamente fabricamos en la piel gracias a los rayos ultravioleta. Se sabe que un déficit de esta vitamina tiene efectos importantes en la salud y que, cuanto más oscuros somos, más horas de sol son necesarias para conseguir generar los niveles mínimos. Por tanto, los milenios de evolución nos habrían desteñido para que pudiéramos aprovechar mejor el sol tenue de las latitudes europeas y asiáticas, donde no es tan importante la protección de la melanina.

Esta teoría también tiene agujeros. Aunque la salida de África comenzó hace unos 40.000 años, hace solo 8.000 en la península Ibérica todavía éramos mayoritariamente de piel negra, como demuestran unos estudios genéticos realizados por el equipo de Carles Lalueza-Fox, de la Universitat de Barcelona, ​​a un esqueleto hallado en La Braña. Los últimos trabajos dicen que, en Ucrania, los genes relacionados con la pigmentación aún estaban evolucionando hace 5.000 años. Es decir, nuestra pérdida de color no fue tan rápida como cabría esperar si la única explicación fuera facilitar la absorción de luz ultravioleta para generar vitamina D. Esto podría ser porque los primeros humanos eran básicamente cazadores y ya la obtenían de forma suficiente de los peces y animales que componían la mayor parte de su dieta. A partir de la revolución del Neolítico y el cambio alimentario que llevó la agricultura, el papel del sol para mantener los niveles adecuados de vitamina podría haber pasado a ser más relevante.

El hecho de que junto con el aclarado de la piel aparecieran otras características en principio sin ninguna utilidad práctica, como los ojos azules y el pelo rubio, corrobora que aún debe haber más mecanismos implicados. Los científicos lo explican por la intervención de la selección sexual, que a menudo olvidamos que también tiene un papel relevante en nuestra evolución. Esta selección es mucho más impredecible que la natural porque se basa en el hecho de que ciertas características son más atractivas para el sexo contrario. Esto facilita que los individuos que las tienen se reproduzcan más fácilmente, y así los genes responsables pasen a las siguientes generaciones, sin que necesariamente proporcionen otra ventaja.

A menudo la selección natural y la sexual han coincidido. A los hombres nos gustan los pechos grandes y las caderas generosas porque son señales de fertilidad que predicen una mejor propagación de nuestro ADN. Y a las mujeres les atraen los hombros anchos y los brazos fuertes porque anuncian más capacidad de proteger las crías. En un entorno social, estos motivos pierden relevancia, y los individuos más atractivos lo son por rasgos determinados por coyunturas sociales, a veces muy aleatorias. Por lo visto, a los trogloditas les gustaban las rubias de piel clara, y así hemos evolucionado. ¿Hacia dónde nos llevarán los gustos modernos? ¿Cómo serán los humanos de los próximos milenios? ¿Nos acabaremos pareciendo todos a Justin Bieber y a Kim Kardashian? Quizá mejor que no estemos allí para verlo.

El Periódico, Opinión, 22/3/14. Versió en català.

martes, 25 de febrero de 2014

El reto de la manipulación genética

Los humanos hemos modificado genéticamente seres vivos incluso milenios antes de saber qué era un gen. Por ejemplo, desde que apareció la agricultura hemos estado seleccionando de una manera muy rudimentaria las características que más nos interesaban de las plantas. Pasa lo mismo con los animales domésticos: han sufrido siglos de cruces planificados para potenciar los rasgos que más se avienen a nuestras necesidades. A partir de la segunda mitad del siglo XX, la ciencia permitió acelerar este proceso. Entender que los organismos están definidos por su ADN fue el primer paso para manipular en el laboratorio. Esto nos ha permitido añadir (y quitar) genes específicos de vegetales o animales, lo que globalmente llamamos transgénicos.

Dejando de lado el impacto que puedan tener en la cadena alimentaria, estas alteraciones genéticas son una herramienta imprescindible en los laboratorios de todo el mundo. Gracias a ellas descubrimos cómo funcionan los genes y encontramos tratamientos para enfermedades. Los científicos trabajamos habitualmente con estos transgénicos, desde moscas a gusanos pasando por peces y, quizá lo más habitual, ratones. Actualmente podemos jugar con el ADN de una manera muy precisa, hasta el punto de que sabemos apagar o encender genes en momentos concretos y así conseguir animales inmunes al cáncer o con una esperanza de vida mucho más elevada de lo normal, por citar dos ejemplos.

Viendo estos resultados prometedores, podríamos preguntar por qué no lo aplicamos directamente a los humanos: en principio, modificando nuestros genes podríamos hacernos resistentes a enfermar, mejorarnos en general y quizá avanzar un poco hacia la inmortalidad. Hay dos razones que nos lo impiden. La primera es que es ilegal. Todos los países tienen leyes que condenan la manipulación de embriones porque, con los conocimientos que tenemos, las consecuencias serían imprevisibles y los resultados podrían vulnerar los derechos humanos más básicos. Pero este es un motivo formal: que esté prohibido no significa que en un momento dado alguien no decida saltarse las normas y probarlo. La segunda razón es que es imposible: por motivos que no están del todo claros, no se ha logrado utilizar con éxito estos procedimientos en ningún tipo de primate, lo que descarta también los humanos.

Una de las noticias científicas del año pasado fue el descubrimiento de un nuevo sistema para editar genomas llamado CRISPR-Cas, que permite cortar y pegar secuencias de una manera más rápida y efectiva. Es un hallazgo extremadamente útil para quienes preparan transgénicos para la investigación. Un artículo publicado en la revista Cell a principios de febrero sugiere, además, otra posibilidad. Usando el CRISPR-Cas, unos investigadores de la Universidad de Nankín, en China, han conseguido crear los primeros macacos manipulados genéticamente. Esto podría servir para estudiar fenómenos biológicos en un modelo evolutivamente más cercano, aunque ya hace tiempo que los experimentos en monos se han reducido mucho. Ahora ya solo se hacen en casos excepcionales y cuando no hay otra alternativa válida. Por tanto, las aplicaciones reales del descubrimiento seguramente serán pocas.

Pero si miramos un poco más allá entenderemos que esta noticia significa que hemos superado la última barrera técnica de la manipulación genética: ya funciona en primates. ¿Llegará el momento en que pensemos en intentarlo también en humanos? Por ahora no hay que preocuparse, porque el sistema no es muy efectivo: se necesitaron 180 embriones para conseguir 83 que pudieran ser implantados en úteros, de los que solo 10 embarazos progresaron y, al final, nació un solo mono transgénico. Unos números así hacen que no sea éticamente factible trasladarlo a nuestra especie. De momento.

Los protocolos sin duda mejorarán y, a lo largo de las próximas décadas, probablemente nos encontraremos en un punto en el que lo único que nos impedirá modificarnos será la voluntad de hacerlo. ¿Qué pasará entonces? ¿Seguiremos defendiendo una prohibición universal por los posibles malos usos, a pesar de los beneficios que se podrían derivar? Quizá nosotros no, pero nuestros hijos, o como mucho nuestros nietos, deberán implicarse en el debate, porque este puede ser el cambio más importante de la humanidad en todos sus milenios de historia. ¿Estaremos alguna vez a la altura para poder usar este regalo de la forma adecuada? ¿Qué futuro espera a la humanidad una vez hayamos aprendido todos los secretos de la genética? ¿Nuestra destrucción o el paso a un nuevo estado evolutivo? Confieamos en que, de la misma manera que hemos evitado que el descubrimiento de la energía nuclear nos borre del planeta, seremos lo suficientemente inteligentes para superar también este reto.

El Periódico, Opinión, 22/2/14. Versió en català.

viernes, 14 de febrero de 2014

Las sorpresas del tratamiento del cancer (2)

Por si queréis conocer más detalles del artículo que mencionaba en el último post, los amigos de NCYT Amazings han hecho un resumen en castellano del comunciado de prensa, que podéis leer aquí.

Otras fuentes:
Miradas
Notysweb
Cancervida
Galenored

martes, 28 de enero de 2014

Las sorpresas del tratamiento del cáncer

En torno a la Semana Santa del año pasado, en uno de los hospitales de la ciudad donde trabajo ingresó un paciente con un tipo de leucemia poco habitual. No era la primera vez que los médicos lo veían: a lo largo de los últimos años, lo habían tratado en varias ocasiones. En todas ellas, la quimioterapia había funcionado y el hombre había podido volver a casa sin rastro de células malignas en la sangre. Esta vez, sin embargo, los fármacos clásicos no lograban controlar el rebrote y su salud empeoraba rápidamente. Como no le quedaban opciones, el pronóstico era malo. Un hematólogo con el que colaboro me propuso que le ayudara a buscar una solución. Hacía poco que se había descubierto que este tipo de leucemia tiene una alteración en un gen que, curiosamente, también se ve en el melanoma, un cáncer de la piel. Esto había permitido probar en un par de enfermos un tratamiento más dirigido, que parecía que había funcionado. El hematólogo confiaba en que este principio también se pudiera aplicar a su paciente.

DICHO Y HECHO. Fuimos a sacarle sangre y la analizamos. Efectivamente, aparecía el cambio genético esperado. Rápidamente, se solicitó permiso a las autoridades y empezamos a darle esas pastillas, que por ahora solo han sido aprobadas para tratar melanomas. Las células cancerosas comenzaron a desaparecer y, poco después, el paciente se había recuperado, sorprendente si consideramos su estado solo unos días antes. Para alguien que trabaja en el laboratorio fue muy especial ver cómo los resultados de nuestra investigación se podían trasladar inmediatamente al hospital. La semana pasada publicamos en el New England Journal of Medicine un artículo que explicaba los detalles y presentaba análisis nuevos de la respuesta de las células malignas al fármaco. Tuvo un cierto eco en los medios ingleses al ser uno de los primeros de este tipo hecho en nuestra área.

Esto es un ejemplo de lo que llamamos tratamientos personalizados, el futuro (casi el presente) de la medicina: estudiar genéticamente a un paciente para poder elegir los compuestos que tienen más posibilidades de serle útiles y con menos efectos secundarios. En el caso que nos ocupa, tuvimos suerte porque ya existía uno específico en el mercado que se usaba para una cosa diferente, pero esto no suele suceder. Para que estas nuevas terapias realmente funcionen es necesario construir una biblioteca de compuestos lo más amplia posible donde podamos buscar la combinación adecuada para cada individuo y cada situación.

Hay más obstáculos. Uno de los hallazgos de nuestro estudio es que el fármaco no ha actuado de la manera que se suponía. Ha funcionado, sí, pero no a través del mecanismo esperado. Gracias a este paciente, pues, hemos descubierto que el compuesto hace cosas desconocidas. Es un poco frustrante que a pesar de todos los estudios previos, que son muchos, aún no seamos capaces de predecir del todo qué pasará cuando damos una pastilla a una persona. El cuerpo humano funciona como una máquina perfectamente conjuntada que no podemos reproducir en el laboratorio, y por eso a menudo hay sorpresas. En este caso era buena, pero no siempre es así. Hace poco se ha publicado que un tratamiento efectivo para detener el glioma, un cáncer del cerebro, puede él mismo inducir mutaciones que en algunos casos llevarán a una recaída. Es otro ejemplo de una sustancia a la que se le descubre un efecto inesperado cuando se empieza a administrarla. De hecho, las recaídas, por un motivo u otro, son el talón de Aquiles de muchos fármacos de la nueva generación.

ES OBVIO QUE necesitamos seguir investigando. A pesar de que, globalmente, la supervivencia al cáncer no para de aumentar, aunque no entendemos del todo el efecto de los medicamentos, especialmente a largo plazo. Es importante descubrir cómo aparecen las temibles resistencias y qué alternativas tenemos. El ejemplo que he explicado hoy demuestra que la medicina básica (la de laboratorio ) y la clínica pueden trabajar juntas para conseguir recortar considerablemente el tiempo que pasa entre un descubrimiento y el momento en el que los enfermos se benefician de él, que hasta hace poco era de décadas. De la misma manera que nosotros podemos ayudar a los pacientes, ellos nos proporcionan el material necesario para poder encontrar estas respuestas que nos preocupan. Al final, todos salimos ganando.

El tratamiento del cáncer ha avanzado muchísimo en los últimos 20 años y tiene unos efectos positivos innegables, pero el trabajo no está ni mucho menos acabada. Necesitamos más tiempo, también dinero y, sobre todo, paciencia, que es lo que más cuesta pedir a quienes necesitan soluciones inmediatas. Pero es indudable que acabaremos encontrando la manera de controlar permanentemente todos los cánceres. Y lo veremos en un futuro próximo.

El Periódico, Opinión, 25/1/14. Versió en català.

martes, 31 de diciembre de 2013

Seamos solidarios todo el año

[¡Último atículo del año! Espero que tengáis un buen 2014 y que sigáis pasando por el blog para vuestra dosis de ciencia...]

Uno de los inconvenientes de ser un médico que se pasa la mayor parte de la jornada encerrado en el laboratorio es que no tengo muchas oportunidades de interaccionar con pacientes. Aunque mis sujetos de estudio sean las células, no pierdo de vista que lo que buscamos es una manera de solucionar problemas de salud y mejorar la calidad de vida de las personas. Por suerte, la labor de divulgación permite que me salte de vez en cuando esta barrera invisible y entre en contacto con quienes un día se podrían beneficiar de la investigación que hacemos. Por eso trato de encontrar tiempo para contestar las preguntas que recibo por e-mail o redes sociales, y aclarar las dudas de los enfermos de cáncer y sus familiares que se dirigen a mí.

UNO DE LOS TEMAS recurrentes en estas consultas es si hay que marcharse al extranjero para poder recibir el mejor tratamiento posible. Algunos ejemplos recientes de personajes conocidos con cáncer que se han tratado en Estados Unidos han reavivado la sensación de que el secreto para sobrevivir a esta enfermedad es tener suficiente dinero para pagarse un hospital al otro lado del Atlántico. Hay que dejar claro que en la inmensa mayoría de casos no es así. Los fármacos realmente efectivos se aprueban casi a la vez en América y en Europa.

Además, en nuestros hospitales se aplican las mismas técnicas que en cualquier otro país desarrollado, porque los protocolos a seguir se discuten y aprueban en foros internacionales a partir de estadísticas recogidas en todo el mundo. Por lo tanto, podemos estar tranquilos: en general, la sanidad pública catalana no tiene nada que envidiar a los centros privados de la costa este americana en cuanto al conocimiento y los recursos de los que dispone para luchar contra el cáncer.

Hay alguna excepción. La clave para mejorar el pronóstico de un tumor maligno es conseguir extraerlo todo. Por eso es importante descubrir el cáncer lo antes posible: si no ha tenido tiempo de esparcirse, las posibilidades de poderlo sacar de una pieza son más elevadas y, de esta manera, sube el porcentaje de supervivencia. La cirugía, pues, juega un papel importante. El problema es que a veces el tipo de tumor y su localización dificultan mucho el trabajo y hay que tener la experiencia adecuada para poder limpiar completamente el tejido de células cancerosas. Es entonces cuando puede que la persona más indicada para llevar a cabo una intervención así de delicada trabaje en un hospital de fuera el país.

Este fue el caso de Richi, un niño de Palamós que tenía un tumor en el cerebro. Se le intervino en Barcelona pero no se consiguió sacarlo entero. Entonces sus padres recogieron donativos para llevarlo al hospital Dana-Farber de Boston, donde había neurocirujanos suficientemente preparados para terminar la tarea. La semana pasada me invitaron a un espacio de televisión donde coincidí con Ricard Garcia , el padre de Richi. Nos informó de que el chico está recuperándose favorablemente de la operación, y que ahora han decidido encontrar la manera de ayudar a otros que estén en una situación similar. Lo han hecho montando una fundación que recauda fondos tanto en Estados Unidos como en Catalunya, con el objetivo de invertir los recursos generados en cada territorio en mejorar el tratamiento y la investigación sobre el cáncer infantil, un área bastante olvidada por la financiación pública por el hecho de ser una enfermedad relativamente poco frecuente.

En nuestro país, el primer objetivo que tienen es crear dos becas para entrenar a un cirujano y a un neurooncólogo en Estados Unidos y que luego puedan volver para aplicar sus conocimientos en el Hospital Sant Joan de Déu.

LOS CATALANES somos en general solidarios, pero parece que nos acordamos de la investigación solo una vez al año, cuando llega la Maratón de TV-3. Esto hace que desaprovechemos muchas oportunidades de financiar proyectos importantes que, debido a los recortes actuales de los presupuestos o porque estadísticamente tienen menos impacto, no llegan tan lejos como podrían. Los británicos y los norteamericanos, en cambio, han puesto en marcha un sistema de donativos que no se detiene nunca. Son un ejemplo que debería imitarse. Para poder llegar a este punto es necesario no solo concienciarnos como sociedad, sino también disponer de organizaciones privadas que incentiven y canalicen estos donativos.

Tenemos ya varios ejemplos, como la Fundació Josep Carreras (www.fcarreras.org), que hace años que financia el estudio de la leucemia. Esperamos que la Fundación Richi (www.richifoundation.org) siga sus pasos. Pensamos en el buen trabajo que entidades así pueden hacer y ayudémoslos para ayudarnos. Podemos contribuir mucho a la lucha contra el cáncer: depende de todos nosotros que podamos dominar estas enfermedades en los próximos años.

El Periódico, Opinión, 5/10/13. Versió en català.

martes, 3 de diciembre de 2013

La conciencia en un plato de cultivo

Quizá uno de los avances más sorprendentes de la biomedicina de este siglo ha sido conseguir fabricar tejidos humanos en el laboratorio. Es el primer paso de lo que se ha denominado medicina regenerativa: producir las piezas de recambio que necesitaría un cuerpo enfermo para funcionar de nuevo. Gracias a la habilidad de las células madre de poderse convertir en cualquiera de los tipos de célula que hay en un organismo hemos podido generar fragmentos de hígado, de pulmón e incluso partes de un ojo, que se han comportado como sus homólogos una vez se han introducido en animales o, incluso, en los primeros voluntarios humanos. Sin ir más lejos, el grupo del doctor Juan Carlos Izpisúa, del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona, anunciaba recientemente en la revista Nature Cell Biology que había creado por primera vez un tejido de riñón funcional usando células madre de embriones de ratones.

Todo esto nos está llevando hacia los trasplantes a la carta, que un día podrían solucionar problemas tan comunes como la diabetes o la insuficiencia renal. De momento solo se han probado versiones más sencillas, como por ejemplo los estudios que el doctor Paolo Macchiarini hace con tráqueas. Su técnica, desarrollada en el 2008 en el Hospital Clínic de Barcelona, empieza tomando una tráquea de un donante, que se limpia de células. La estructura resultante se llena con células madre del paciente, que terminan formando el tejido necesario para que la tráquea funcione sin rechazo una vez sustituya a la que está estropeada.

Pero las cosas se están complicando rápidamente. El grupo del doctor Juergen Knoblich publicaba hace poco un artículo en la revista Nature donde explicaba que, con la ayuda de una mezcla especial de sustancias químicas, había creado en un plato de cultivo lo que, a efectos prácticos, se podrían considerar minicerebros. En su laboratorio pusieron un puñado de células madre en una sustancia gelatinosa parecida a la que existe entre los tejidos en el cuerpo humano. Después le añadieron las condiciones adecuadas de temperatura, oxígeno y nutrientes y dejaron que las células se reprodujeran a su ritmo. Al cabo de unos días habían comenzado a formar espontáneamente unas pequeñas estructuras de tres o cuatro milímetros de diámetro que recordaban mucho el cerebro de un feto de nueve semanas. Efectivamente, cuando las miraron en el microscopio vieron que, aunque no se parecían del todo a ninguna construcción cerebral real, se organizaban en áreas neuronales diferentes que interaccionaban entre ellas, tal como lo haría un órgano vivo.

El cerebro es una parte de nuestro cuerpo que tiene una relevancia especial, precisamente porque lo que nos separa de los otros seres vivos es tener un córtex más desarrollado que nos permite una serie de funciones superiores únicas. La más relevante es posiblemente la habilidad de darnos cuenta de que existimos, que desde el principio nos ha llenado de incertidumbre necesaria para empujarnos a inventar almas, paraísos o reencarnaciones que justifiquen nuestra presencia en este planeta. Ahora, gracias a una sencilla combinación de células madre y productos químicos podemos formar partes de un cerebro en un plato de cultivo. ¿Quiere decir esto que un día seremos capaces de construir unidades artificiales conscientes de estar vivas? Las consecuencias éticas serían enormes. Ya fueron muy polémicos los trabajos de Craig Venter, que años atrás confeccionó un ser vivo prácticamente de cero, solo acoplando sus piezas básicas en el laboratorio. En aquel caso se trataba de una simple bacteria. ¿Qué pasaría si en el futuro pudiéramos crear vida con unas capacidades cerebrales más parecidas a las nuestras? ¿Será posible obtener un cerebro artificial a partir de un puñado de células, con todas las complejidades físicas y mentales que esto implica?

Hay que subrayar que la importancia de los trabajos del doctor Knoblich, de momento, radica sobre todo en haber proporcionado a la comunidad científica una manera de estudiar el cerebro humano que puede ser más precisa que las que se usan actualmente. Ningún animal tiene un cerebro tan complejo como el nuestro, y por eso es difícil extrapolar resultados. Además, experimentar con otros primates, los parientes más cercanos, genera casi tantos problemas morales como hacerlo con humanos. Disponer de fragmentos de cerebro para manipular en el laboratorio nos puede ayudar a entender mejor cómo se desarrollan, se relacionan y funcionan las neuronas y, a la vez, nos proporciona un modelo para estudiar su respuesta a tratamientos que podrían mejorar enfermedades cada vez más frecuentes, como el párkinson o el alzhéimer. Esto, por sí solo, ya es un avance considerable. Pero lo que nos espera a la vuelta de la esquina puede ser realmente rompedor.

El Periódico, Opinión, 5/10/13. Versió en català.

martes, 5 de noviembre de 2013

La importancia de dormir

He aquí un misterio biológico que lleva siglos acompañándonos: ¿por qué dormimos? La Evolución no hace las cosas a la ligera. Si los animales superiores tenemos la necesidad de desconectar un número importante de horas al día, tiene que haber una buena razón. Y debe ser muy poderosa, porque durante casi un tercio de nuestra existencia nos convertimos en víctimas vulnerables que pueden sucumbir a depredadores y competidores. No tiene mucha lógica, sobre todo si pensamos que la selección natural solo favorece las características que nos hacen reproductivamente más eficientes. Esta, claramente no es una de ellas. La única explicación posible es que los beneficios deben superar con creces los riesgos para nuestra supervivencia que puede generar esta indefensión recurrente a la que nos sometemos cada noche. Dormir, por tanto, debe tener una función primordial en nuestra existencia. ¿Pero cuál?

Aunque se ha dicho que podría tener relaciones con el sistema inmunitario o el metabolismo, hace tiempo que se sospecha que la principal implicación debe estar relacionada con el cerebro. Se han publicado muchos estudios que relacionan el rato que pasamos descansando con funciones cerebrales complejas como la memoria. No es solo un dicho de la sabiduría popular: está comprobado científicamente que el sueño ayuda a fijar los recuerdos, por ejemplo, y es por tanto una buena manera de asegurarnos que retenemos lo que hemos aprendido durante el día. Pero esto no es suficiente. Seguro que la Evolución nos hubiera preferido desmemoriados y que a cambio invirtiéramos el tiempo ahorrado en cosas útiles, como por ejemplo fabricar más descendientes.

Un artículo publicado hace unos días en la revista Science nos propone una posible solución: dormir sirve para lavar el cerebro. Literalmente. Los investigadores responsables del trabajo, de la Universidad de Rochester, en Nueva York, han visto que durante el sueño eliminamos todos los productos secundarios tóxicos que se acumulan durante la utilización normal de las neuronas. Han llegado a esta conclusión partiendo de unos datos que ellos mismos habían descubierto el verano pasado: la existencia de una red microscópica de tubos que recorría el cerebro de una punta a otra y transportaba líquido cefalorraquídeo (el que llena las cavidades del cerebro) cargado de residuos. Hasta entonces no se había visto nada parecido, aunque es una función de mantenimiento equivalente a la que hace el sistema linfático en el resto de órganos del cuerpo. El problema es que para que este sistema de recogida de suciedad cerebral funcione es precisa mucha energía, lo que hizo pensar a los científicos que impediría que estuviera en marcha a la vez que las funciones cerebrales conscientes. Intrigados, decidieron estudiar qué ocurría durante el sueño.

De esta manera obtuvieron estos nuevos resultados, usando ratones que dormían con la cabeza dentro de un microscopio, lo que permitía seguir los flujos dentro de sus cráneos de un líquido con una tinción especial que les había sido inyectado antes. De noche, este marcador se eliminaba rápidamente del cerebro, mientras que cuando estaban despiertos el proceso de drenaje prácticamente se detenía. En la fase de limpieza, el cerebro de los ratones era capaz de expulsar incluso dosis extra de la proteína ß-amiloide, la que sabemos que cuando se acumula puede formar las placas que dan lugar a la enfermedad de Alzheimer. Y aquí viene un dato interesante: las demencias normalmente se asocian a problemas en los patrones del sueño. ¿Podría ser que eso provocase una acumulación de residuos que participaran en el establecimiento de estas enfermedades? ¿Si no dormimos bien, tenemos más riesgo de sufrir algún trastorno cerebral? Y al revés: ¿dormir nos protege de ciertas patologías? ¿Nos entra sueño automáticamente cuando se acumulan más residuos en el cerebro, por ejemplo al final de la jornada?

Hace unos años leí en una revista científica importante un artículo que hablaba de un experimento hecho con ratones a los que se les impidió dormir durante una serie de días. Contra todo pronóstico, los animales se volvían más atentos y espabilados. Es el único estudio que he visto que va en contra del dogma (y la lógica) que da al sueño un papel imprescindible en el funcionamiento del cerebro de los vertebrados. Me pareció una teoría tan fantástica que incluso la hice servir de base para una novela, que ha acabado nominada este año en un premio de ciencia ficción. Los trabajos que hemos comentado hoy, como la mayoría, apuntan hacia otro lado. De hecho, son un paso adelante muy importante en nuestra comprensión biológica y molecular de este hecho tan intrigante que es el sueño, aunque posiblemente no sean la única explicación. Aunque dejan muchos interrogantes en el aire. El próximo que me gustaría que contestaran los neurobiólogos es: ¿por qué demonios soñamos?

El Periódico, Opinión, 5/10/13. Versió en català.