martes, 31 de diciembre de 2013

Seamos solidarios todo el año

[¡Último atículo del año! Espero que tengáis un buen 2014 y que sigáis pasando por el blog para vuestra dosis de ciencia...]

Uno de los inconvenientes de ser un médico que se pasa la mayor parte de la jornada encerrado en el laboratorio es que no tengo muchas oportunidades de interaccionar con pacientes. Aunque mis sujetos de estudio sean las células, no pierdo de vista que lo que buscamos es una manera de solucionar problemas de salud y mejorar la calidad de vida de las personas. Por suerte, la labor de divulgación permite que me salte de vez en cuando esta barrera invisible y entre en contacto con quienes un día se podrían beneficiar de la investigación que hacemos. Por eso trato de encontrar tiempo para contestar las preguntas que recibo por e-mail o redes sociales, y aclarar las dudas de los enfermos de cáncer y sus familiares que se dirigen a mí.

UNO DE LOS TEMAS recurrentes en estas consultas es si hay que marcharse al extranjero para poder recibir el mejor tratamiento posible. Algunos ejemplos recientes de personajes conocidos con cáncer que se han tratado en Estados Unidos han reavivado la sensación de que el secreto para sobrevivir a esta enfermedad es tener suficiente dinero para pagarse un hospital al otro lado del Atlántico. Hay que dejar claro que en la inmensa mayoría de casos no es así. Los fármacos realmente efectivos se aprueban casi a la vez en América y en Europa.

Además, en nuestros hospitales se aplican las mismas técnicas que en cualquier otro país desarrollado, porque los protocolos a seguir se discuten y aprueban en foros internacionales a partir de estadísticas recogidas en todo el mundo. Por lo tanto, podemos estar tranquilos: en general, la sanidad pública catalana no tiene nada que envidiar a los centros privados de la costa este americana en cuanto al conocimiento y los recursos de los que dispone para luchar contra el cáncer.

Hay alguna excepción. La clave para mejorar el pronóstico de un tumor maligno es conseguir extraerlo todo. Por eso es importante descubrir el cáncer lo antes posible: si no ha tenido tiempo de esparcirse, las posibilidades de poderlo sacar de una pieza son más elevadas y, de esta manera, sube el porcentaje de supervivencia. La cirugía, pues, juega un papel importante. El problema es que a veces el tipo de tumor y su localización dificultan mucho el trabajo y hay que tener la experiencia adecuada para poder limpiar completamente el tejido de células cancerosas. Es entonces cuando puede que la persona más indicada para llevar a cabo una intervención así de delicada trabaje en un hospital de fuera el país.

Este fue el caso de Richi, un niño de Palamós que tenía un tumor en el cerebro. Se le intervino en Barcelona pero no se consiguió sacarlo entero. Entonces sus padres recogieron donativos para llevarlo al hospital Dana-Farber de Boston, donde había neurocirujanos suficientemente preparados para terminar la tarea. La semana pasada me invitaron a un espacio de televisión donde coincidí con Ricard Garcia , el padre de Richi. Nos informó de que el chico está recuperándose favorablemente de la operación, y que ahora han decidido encontrar la manera de ayudar a otros que estén en una situación similar. Lo han hecho montando una fundación que recauda fondos tanto en Estados Unidos como en Catalunya, con el objetivo de invertir los recursos generados en cada territorio en mejorar el tratamiento y la investigación sobre el cáncer infantil, un área bastante olvidada por la financiación pública por el hecho de ser una enfermedad relativamente poco frecuente.

En nuestro país, el primer objetivo que tienen es crear dos becas para entrenar a un cirujano y a un neurooncólogo en Estados Unidos y que luego puedan volver para aplicar sus conocimientos en el Hospital Sant Joan de Déu.

LOS CATALANES somos en general solidarios, pero parece que nos acordamos de la investigación solo una vez al año, cuando llega la Maratón de TV-3. Esto hace que desaprovechemos muchas oportunidades de financiar proyectos importantes que, debido a los recortes actuales de los presupuestos o porque estadísticamente tienen menos impacto, no llegan tan lejos como podrían. Los británicos y los norteamericanos, en cambio, han puesto en marcha un sistema de donativos que no se detiene nunca. Son un ejemplo que debería imitarse. Para poder llegar a este punto es necesario no solo concienciarnos como sociedad, sino también disponer de organizaciones privadas que incentiven y canalicen estos donativos.

Tenemos ya varios ejemplos, como la Fundació Josep Carreras (www.fcarreras.org), que hace años que financia el estudio de la leucemia. Esperamos que la Fundación Richi (www.richifoundation.org) siga sus pasos. Pensamos en el buen trabajo que entidades así pueden hacer y ayudémoslos para ayudarnos. Podemos contribuir mucho a la lucha contra el cáncer: depende de todos nosotros que podamos dominar estas enfermedades en los próximos años.

El Periódico, Opinión, 5/10/13. Versió en català.

martes, 3 de diciembre de 2013

La conciencia en un plato de cultivo

Quizá uno de los avances más sorprendentes de la biomedicina de este siglo ha sido conseguir fabricar tejidos humanos en el laboratorio. Es el primer paso de lo que se ha denominado medicina regenerativa: producir las piezas de recambio que necesitaría un cuerpo enfermo para funcionar de nuevo. Gracias a la habilidad de las células madre de poderse convertir en cualquiera de los tipos de célula que hay en un organismo hemos podido generar fragmentos de hígado, de pulmón e incluso partes de un ojo, que se han comportado como sus homólogos una vez se han introducido en animales o, incluso, en los primeros voluntarios humanos. Sin ir más lejos, el grupo del doctor Juan Carlos Izpisúa, del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona, anunciaba recientemente en la revista Nature Cell Biology que había creado por primera vez un tejido de riñón funcional usando células madre de embriones de ratones.

Todo esto nos está llevando hacia los trasplantes a la carta, que un día podrían solucionar problemas tan comunes como la diabetes o la insuficiencia renal. De momento solo se han probado versiones más sencillas, como por ejemplo los estudios que el doctor Paolo Macchiarini hace con tráqueas. Su técnica, desarrollada en el 2008 en el Hospital Clínic de Barcelona, empieza tomando una tráquea de un donante, que se limpia de células. La estructura resultante se llena con células madre del paciente, que terminan formando el tejido necesario para que la tráquea funcione sin rechazo una vez sustituya a la que está estropeada.

Pero las cosas se están complicando rápidamente. El grupo del doctor Juergen Knoblich publicaba hace poco un artículo en la revista Nature donde explicaba que, con la ayuda de una mezcla especial de sustancias químicas, había creado en un plato de cultivo lo que, a efectos prácticos, se podrían considerar minicerebros. En su laboratorio pusieron un puñado de células madre en una sustancia gelatinosa parecida a la que existe entre los tejidos en el cuerpo humano. Después le añadieron las condiciones adecuadas de temperatura, oxígeno y nutrientes y dejaron que las células se reprodujeran a su ritmo. Al cabo de unos días habían comenzado a formar espontáneamente unas pequeñas estructuras de tres o cuatro milímetros de diámetro que recordaban mucho el cerebro de un feto de nueve semanas. Efectivamente, cuando las miraron en el microscopio vieron que, aunque no se parecían del todo a ninguna construcción cerebral real, se organizaban en áreas neuronales diferentes que interaccionaban entre ellas, tal como lo haría un órgano vivo.

El cerebro es una parte de nuestro cuerpo que tiene una relevancia especial, precisamente porque lo que nos separa de los otros seres vivos es tener un córtex más desarrollado que nos permite una serie de funciones superiores únicas. La más relevante es posiblemente la habilidad de darnos cuenta de que existimos, que desde el principio nos ha llenado de incertidumbre necesaria para empujarnos a inventar almas, paraísos o reencarnaciones que justifiquen nuestra presencia en este planeta. Ahora, gracias a una sencilla combinación de células madre y productos químicos podemos formar partes de un cerebro en un plato de cultivo. ¿Quiere decir esto que un día seremos capaces de construir unidades artificiales conscientes de estar vivas? Las consecuencias éticas serían enormes. Ya fueron muy polémicos los trabajos de Craig Venter, que años atrás confeccionó un ser vivo prácticamente de cero, solo acoplando sus piezas básicas en el laboratorio. En aquel caso se trataba de una simple bacteria. ¿Qué pasaría si en el futuro pudiéramos crear vida con unas capacidades cerebrales más parecidas a las nuestras? ¿Será posible obtener un cerebro artificial a partir de un puñado de células, con todas las complejidades físicas y mentales que esto implica?

Hay que subrayar que la importancia de los trabajos del doctor Knoblich, de momento, radica sobre todo en haber proporcionado a la comunidad científica una manera de estudiar el cerebro humano que puede ser más precisa que las que se usan actualmente. Ningún animal tiene un cerebro tan complejo como el nuestro, y por eso es difícil extrapolar resultados. Además, experimentar con otros primates, los parientes más cercanos, genera casi tantos problemas morales como hacerlo con humanos. Disponer de fragmentos de cerebro para manipular en el laboratorio nos puede ayudar a entender mejor cómo se desarrollan, se relacionan y funcionan las neuronas y, a la vez, nos proporciona un modelo para estudiar su respuesta a tratamientos que podrían mejorar enfermedades cada vez más frecuentes, como el párkinson o el alzhéimer. Esto, por sí solo, ya es un avance considerable. Pero lo que nos espera a la vuelta de la esquina puede ser realmente rompedor.

El Periódico, Opinión, 5/10/13. Versió en català.

martes, 5 de noviembre de 2013

La importancia de dormir

He aquí un misterio biológico que lleva siglos acompañándonos: ¿por qué dormimos? La Evolución no hace las cosas a la ligera. Si los animales superiores tenemos la necesidad de desconectar un número importante de horas al día, tiene que haber una buena razón. Y debe ser muy poderosa, porque durante casi un tercio de nuestra existencia nos convertimos en víctimas vulnerables que pueden sucumbir a depredadores y competidores. No tiene mucha lógica, sobre todo si pensamos que la selección natural solo favorece las características que nos hacen reproductivamente más eficientes. Esta, claramente no es una de ellas. La única explicación posible es que los beneficios deben superar con creces los riesgos para nuestra supervivencia que puede generar esta indefensión recurrente a la que nos sometemos cada noche. Dormir, por tanto, debe tener una función primordial en nuestra existencia. ¿Pero cuál?

Aunque se ha dicho que podría tener relaciones con el sistema inmunitario o el metabolismo, hace tiempo que se sospecha que la principal implicación debe estar relacionada con el cerebro. Se han publicado muchos estudios que relacionan el rato que pasamos descansando con funciones cerebrales complejas como la memoria. No es solo un dicho de la sabiduría popular: está comprobado científicamente que el sueño ayuda a fijar los recuerdos, por ejemplo, y es por tanto una buena manera de asegurarnos que retenemos lo que hemos aprendido durante el día. Pero esto no es suficiente. Seguro que la Evolución nos hubiera preferido desmemoriados y que a cambio invirtiéramos el tiempo ahorrado en cosas útiles, como por ejemplo fabricar más descendientes.

Un artículo publicado hace unos días en la revista Science nos propone una posible solución: dormir sirve para lavar el cerebro. Literalmente. Los investigadores responsables del trabajo, de la Universidad de Rochester, en Nueva York, han visto que durante el sueño eliminamos todos los productos secundarios tóxicos que se acumulan durante la utilización normal de las neuronas. Han llegado a esta conclusión partiendo de unos datos que ellos mismos habían descubierto el verano pasado: la existencia de una red microscópica de tubos que recorría el cerebro de una punta a otra y transportaba líquido cefalorraquídeo (el que llena las cavidades del cerebro) cargado de residuos. Hasta entonces no se había visto nada parecido, aunque es una función de mantenimiento equivalente a la que hace el sistema linfático en el resto de órganos del cuerpo. El problema es que para que este sistema de recogida de suciedad cerebral funcione es precisa mucha energía, lo que hizo pensar a los científicos que impediría que estuviera en marcha a la vez que las funciones cerebrales conscientes. Intrigados, decidieron estudiar qué ocurría durante el sueño.

De esta manera obtuvieron estos nuevos resultados, usando ratones que dormían con la cabeza dentro de un microscopio, lo que permitía seguir los flujos dentro de sus cráneos de un líquido con una tinción especial que les había sido inyectado antes. De noche, este marcador se eliminaba rápidamente del cerebro, mientras que cuando estaban despiertos el proceso de drenaje prácticamente se detenía. En la fase de limpieza, el cerebro de los ratones era capaz de expulsar incluso dosis extra de la proteína ß-amiloide, la que sabemos que cuando se acumula puede formar las placas que dan lugar a la enfermedad de Alzheimer. Y aquí viene un dato interesante: las demencias normalmente se asocian a problemas en los patrones del sueño. ¿Podría ser que eso provocase una acumulación de residuos que participaran en el establecimiento de estas enfermedades? ¿Si no dormimos bien, tenemos más riesgo de sufrir algún trastorno cerebral? Y al revés: ¿dormir nos protege de ciertas patologías? ¿Nos entra sueño automáticamente cuando se acumulan más residuos en el cerebro, por ejemplo al final de la jornada?

Hace unos años leí en una revista científica importante un artículo que hablaba de un experimento hecho con ratones a los que se les impidió dormir durante una serie de días. Contra todo pronóstico, los animales se volvían más atentos y espabilados. Es el único estudio que he visto que va en contra del dogma (y la lógica) que da al sueño un papel imprescindible en el funcionamiento del cerebro de los vertebrados. Me pareció una teoría tan fantástica que incluso la hice servir de base para una novela, que ha acabado nominada este año en un premio de ciencia ficción. Los trabajos que hemos comentado hoy, como la mayoría, apuntan hacia otro lado. De hecho, son un paso adelante muy importante en nuestra comprensión biológica y molecular de este hecho tan intrigante que es el sueño, aunque posiblemente no sean la única explicación. Aunque dejan muchos interrogantes en el aire. El próximo que me gustaría que contestaran los neurobiólogos es: ¿por qué demonios soñamos?

El Periódico, Opinión, 5/10/13. Versió en català.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Microbios: de la infección a la obesidad

Hace unos meses hablaba en estas páginas de la obesidad y destacaba el hecho de que engordamos principalmente porque ingerimos más calorías de las que nuestro organismo necesita. Citaba también razones genéticas, culturales, psicológicas e incluso evolutivas que pueden contribuir de manera decisiva a desequilibrar la balanza. Inesperadamente, acaba de aparecer otra: los microbios. Unos resultados publicados recientemente en la revista Science apuntan hacia estos minúsculos compañeros de viaje como mediadores de una parte de los problemas de peso de la sociedad moderna.

Antes de entrar en materia debemos tener presente que las bacterias que causan infecciones son solo un 1%. La inmensa mayoría no representan un problema de salud, al contrario: con muchas de ellas mantenemos una sana relación de simbiosis, hasta el punto de que nos protegen de sus parientes malos o nos ayudan a digerir ciertos alimentos (la piel y el tubo digestivo son precisamente los dos órganos que más bacterias buenas contienen). Se sabe que por cada célula nuestra en el cuerpo hallamos cuatro suyas. Es decir, los humanos somos pequeños ecosistemas móviles habitados por millones y millones de microbios. No es extraño, pues, que participen en procesos tan importantes como el balance energético.

Los experimentos que mencionaba al principio, realizados por un grupo de biólogos de la Universidad de Washington, en Misuri, son de diseño simple pero de consecuencias importantes. Los investigadores comenzaron tomando muestras de las bacterias que viven en los intestinos de cuatro parejas de gemelos idénticos y en las que uno estaba obeso y el otro no. Esto demuestra, para empezar, que la genética no lo es todo: el hecho de que estos hermanos tuvieran exactamente el mismo ADN no impedía que hubiera divergencias importantes en su índice de masa corporal. El siguiente fue dar a comer estas bacterias a ratones que habían crecido en condiciones estériles. Después de un tiempo se observó que, a pesar de seguir la misma dieta, el ratón que había sido colonizado por las bacterias del hermano grueso engordaba, mientras que el otro mantenía un peso equilibrado. Eliminadas la genética y la dieta, la culpa de las diferencias solo podía ser de los microbios que tenían en los intestinos.

A continuación los investigadores repitieron el experimento, pero esta vez poniendo los ratones en la misma jaula desde el principio (la primera vez los habían mantenido separados). Curiosamente, el resultado fue que entonces ninguno de los dos engordaba. La explicación es que de esa manera los ratones intercambiaban microbios, cosa muy normal cuando comparten espacio porque suelen comerse los excrementos de sus compañeros. Las bacterias que venían del hermano delgado predominaban sobre las otras y ayudaban a mantener el peso equilibrado. Lo más sorprendente fue que si se cambiaba el régimen normal de los ratones por uno rico en grasas las diferencias volvían a aparecer a pesar de la cohabitación.

¿Qué conclusiones podemos sacar de estos datos? Primero, que las personas obesas han adquirido una flora intestinal particular, y eso parece que ayuda a perpetuar el desequilibrio corporal. La razón podría ser que los microbios les permiten extraer mejor los nutrientes de los alimentos y eso hace que les entren más calorías. Pero es un fenómeno en principio reversible, al menos en ratones: introducir las bacterias delgadas en los intestinos podría neutralizar estos efectos y quizá reducir la tendencia exagerada a engordar que tienen algunos individuos. Antes de cantar victoria debemos recordar que la dieta sigue teniendo la última palabra, ya que los experimentos nos demuestran que cambiar de bacterias no serviría de nada si no lo acompañáramos de una alimentación saludable. Pero por lo menos parece que la microbiología nos podría echar una mano en el proceso de adelgazar. Es posible que tratamientos de este tipo no tarden mucho en ofrecerse al público, incluso antes de que se hayan hecho las pruebas clínicas adecuadas, como suele ocurrir cuando el impacto social y económico de un tema es tan elevado.

La obesidad es un problema muy serio de los países desarrollados, y tiene un efecto mayúsculo en la salud pública. La historia y el sentido común nos dicen que cambiar los hábitos alimentarios de una población es más complejo (y menos satisfactorio) que encontrar una píldora que haga el trabajo sucio. Por eso estudios como el que hemos comentado pueden representar avances importantes si se saben aprovechar bien. Hay muchos científicos atacando el problema desde diferentes ángulos y seguro que encontrarán más de una solución. De momento, y hasta que no vengan las bacterias al rescate, la mejor estrategia sigue siendo comer de la forma más equilibrada posible y hacer ejercicio.

El Periódico, Opinión, 5/10/13. Versió en català.

lunes, 9 de septiembre de 2013

La velocidad del progreso

La investigación biomédica está dando tantas sorpresas últimamente que a veces nos cuesta asimilar todas las implicaciones que acompañan a los nuevos descubrimientos. Pongamos por caso la hamburguesa que hace pocas semanas unos científicos holandeses anunciaban que habían fabricado en su laboratorio. Mientras nos fijábamos en anécdotas como el gusto poco sabroso que decían que tenía o el elevado coste del proyecto, nos pasaba por alto que el experimento era la demostración de que, a partir de células madre, podemos generar con bastante fidelidad un tejido complejo como es el músculo. Podría ser muy útil en medicina regenerativa, por ejemplo para reparar corazones que han sufrido un infarto o rehacer extremidades dañadas en un accidente.
Aunque pueda parecer fantástico, no queda tanto para ver aplicaciones clínicas rutinarias de este tipo de técnicas. Y en un campo diferente, la carne artificial seguramente no terminará con el hambre en el mundo como repetían muchos medios, sobre todo porque hay formas más prácticas de hacerlo, pero sí podría hacer llegar proteínas de calidad a una población mundial en constante crecimiento utilizando una forma alternativa, mucho más sostenible que la ganadería, que tiene una huella ecológica considerablemente alta. Esto todavía queda lejos, pero ya hemos dado los primeros pasos en esta dirección y no parece que a largo plazo tenga que ser un objetivo inalcanzable.
La simplicidad de la idea básica que mueve estas líneas de investigación, el hecho de producir en un plato de cultivo tantas células como nos hagan falta del tipo que queramos, nos está llevando hacia direcciones inesperadas. Pocos hubieran imaginado hace 20 años que estaríamos discutiendo seriamente posibilidades más propias del terreno especulativo de la ciencia ficción. Estamos empezando a dejar de lado los problemas asociados con conseguir las preciadas células madre a cambio de destruir embriones, el principal caballo de batalla e impedimento moral hasta ahora, porque seguramente podremos evitarlo gracias a alternativas como las células inducidas que dieron el Nobel a Shinya Yamanaka el año pasado. Con esta nueva libertad, si llevamos la teoría a sus últimas consecuencias entraremos en un campo tan apasionante como éticamente espinoso.
Imaginemos que tomamos una célula de la piel de una persona y, usando las técnicas de Yamanaka u otras variantes que se han propuesto después, hacemos que se convierta en algo parecido una célula madre. Si sabemos la receta química adecuada, conseguiremos después que nos dé un puñado de células de hígado, de pulmón o de lo que sea. Todo esto ya es posible hoy en día. ¿Podríamos generar también otras más peculiares, como por ejemplo espermatozoides u óvulos, las células germinales que usamos para reproducirnos? Es un poco más complicado, pero desde finales del año pasado parece que no imposible. Los doctores Hayashi y Saitou, de la Universidad de Kioto, en Japón, lograron hacerlo en ratones: usando una célula de la piel produjeron óvulos que, una vez fecundados e implantados en una hembra, generaron animales normales. Es fácil ver que si algún día pudiéramos aplicar este procedimiento en los humanos satisfaríamos las necesidades de muchas mujeres con problemas de fertilidad.
Pero vayamos un poco más allá. Nadie nos dice que, siguiendo los mismos principios, no pudiéramos intentar superar las limitaciones biológicas de nuestros cuerpos y crear espermatozoides a partir de una célula de una mujer, u óvulos utilizando la de un hombre. Esto significaría que dos personas del mismo sexo podrían tener un hijo que fuera la combinación genética de los dos, lo que las técnicas de fecundación asistida no nos permitirán nunca. Es una posibilidad de momento teórica que pronto dejará de serlo. Ahora piensen en las úlceras que este posible paso adelante en la normalización de las relaciones homosexuales provocará en Rusia, Uganda y los otros setenta y tantos países donde todavía existen leyes que criminalizan a gais, lesbianas y transexuales.
Parecía que sería algo que en el siglo XXI deberíamos superar, pero lo cierto es que la ciencia aún avanza más rápido que la sociedad, como ocurría en la edad media. De acuerdo que hemos evolucionado mucho desde entonces, pero acabamos de decir que vivimos en un planeta donde es frecuente legislar en contra de una variante biológica tan incontrolable como el color de los ojos o la altura. Mientras intentamos solucionar esta incongruencia, los laboratorios de todo el mundo ya están a años luz de distancia. ¿Qué tipo de conflictos creará un decalaje como este? ¿Seremos suficientemente maduros para aceptar un progreso que se opone frontalmente a las convicciones más atávicas? Realmente nos esperan unas décadas muy interesantes. 

El Periódico, Opinión, 7/09/13. Versió en català.

martes, 16 de julio de 2013

¿Qué hacemos con la universidad?

Vivimos tiempos difíciles, de recortes inevitables y decisiones que a nadie le gusta tener que tomar. En este contexto, la educación superior es una víctima propiciatoria que, por desgracia, no se puede acoger al estatus de esencial que tienen áreas como la sanidad o la enseñanza básica (y que, a pesar de todo, tampoco las convierte en intocables). Si consideramos que las matrículas no cubren ni el 10% del coste real de un título, la triste realidad es que las universidades públicas acaban generando un gasto que un Estado empobrecido hoy en día no se puede permitir. Esto nos está llevando a un cambio de paradigma en toda Europa que puede tener consecuencias imprevisibles.

EN UN MUNDO ideal donde los presupuestos fueran inagotables, nadie discutiría que el acceso a la universidad fuera universal y gratuito. Pero esto es prácticamente imposible en la situación actual. Una salida fácil es disminuir las ayudas y dejar la universidad para quien se la pueda pagar. Esto nos acercaría al modelo de Estados Unidos, donde las posibilidades económicas determinan el acceso a las mejores instituciones. Pero el peligro de reconvertir las universidades en empresas, que es lo que acaba pasando cuando se reduce progresivamente la implicación estatal, es que los alumnos se transformen en consumidores. En Inglaterra, donde las universidades son concertadas, la reducción de la financiación pública se ha compensado permitiendo que las matrículas subieran de forma considerable. Y en algunos lugares ya se están encontrando con que los «clientes» ahora exigen un rendimiento proporcional a su inversión. Los títulos corren el peligro de dejar de ser testigos de un nivel avanzado de conocimiento para convertirse en unos servicios que se adquieren a cambio de una cuota, sin querer dedicar demasiado esfuerzo.

La política de puertas abiertas que nos lleva a presuponer que todo el mundo tiene el derecho a intentar graduarse, independientemente de sus habilidades, es sin duda más justa. Pero también tiene inconvenientes: la masificación acaba comportando una devaluación de las acreditaciones y un coste inmenso que el Estado no recuperará, un problema ejemplificado por los miles de licenciados que no harán ningún trabajo relacionado con lo que han estudiado. Quizá sería más productivo concentrar pocos medios y convertir la tarea del estudiante en una profesión como cualquier otra: que la practicaran los más diestros y que, idealmente, fuera remunerada, para que así se llevara a cabo sin tener que sufrir por cómo se alimenta o se logra cobijo.

Es por ello que el ministro Wert se equivoca intentando ahorrar con el dinero que se destina a las becas. Parece más lógico hacer lo contrario. En Inglaterra, por ejemplo, las universidades han aumentado considerablemente el número de las ayudas que dan. Esto, combinado con un sistema razonable de préstamos, ha hecho que la subida de matrículas no haya significado una bajada importante en el número de inscripciones.

Y es que la mejor manera de sacar un país de la miseria intelectual es asegurarse de que los recursos disponibles alcanzan a los que tienen más posibilidades de aprovecharlos. Elevar las matrículas puede ser un mal menor, siempre y cuando las becas se incrementen a la vez para asegurarnos de que las personas capacitadas no se ven privadas de desarrollar su potencial por una razón tan absurda como la económica. Estos son los cerebros que hay que proteger y financiar, no marginar.

Si no damos prioridad a la excelencia, las universidades corren el riesgo de convertirse en empresas dispensadoras de títulos para las élites económicas, un sistema que perpetuaría los abismos entre clases sociales, o bien en aparcamientos masivos para jóvenes que alargan el momento inevitable de entrar en un mercado laboral incierto a cambio de drenar los fondos del Estado. Para que los títulos universitarios recuperen su valor deben volver a ser certificados que indiquen que se han superado satisfactoriamente unos retos intelectuales, no que tus padres tienen suficiente dinero para pagar las facturas. Deben de ser una prueba de motivación, no de que no tenías nada mejor que hacer con tu vida durante aquellos tres o cuatro años.

LAS UNIVERSIDADES son una pieza clave del tejido social de un país y se deben cuidar. Son incubadoras de talento y uno de los principales generadores de conocimientos. Muchos nodos de investigación se organizan a su alrededor, y aportan buena parte de los contenidos científicos que tanto los estudiantes como la población general necesitan. Nos tienen que ayudar a seleccionar las mentes más capacitadas para llevar a cabo unas tareas esenciales para que una sociedad avance. Es una elección que debe hacerse con cuidado y sin malgastar recursos si queremos que un país pueda llegar tan lejos como le sea posible.

El Periódico, Opinión, 20/04/13. Versió en català.

martes, 18 de junio de 2013

La comuniación biológica

Los humanos no habríamos llegado tan lejos si no hubiéramos desarrollado una manera extremadamente efectiva de comunicarnos. Es sorprendente que hayamos creado una herramienta tan compleja como el lenguaje, pero quizá todavía es más espectacular que esto nos haya definido a nosotros y a nuestro mundo. Supongo que esta fascinación por el impacto que tienen las palabras en el desarrollo del ser humano me viene de haber descubierto a Wittgenstein y la filosofía del lenguaje durante la adolescencia, gracias al entusiasmo de uno de mis profesores. En este sentido, son muy interesantes las discusiones en torno a si el lenguaje es un concepto innato o cómo determina nuestra manera de pensar. Todavía nos quedan muchas dudas por resolver, pero lo que sí está claro es que los humanos somos los seres vivos que interactuamos de la manera más refinada y, quizá en parte debido a esto, los únicos capaces de entender realmente el entorno que nos rodea.

Pero las palabras no lo son todo. Los mensajes entre los seres vivos de este planeta toman formas muy diferentes y son esenciales para mantener el equilibrio biológico de los ecosistemas. Incluso las plantas los necesitan: hace tiempo que se sabe que utilizan sustancias químicas para favorecer el crecimiento de sus vecinas, defenderse de las plagas e incluso para atraer a los insectos que las polinizarán. Hace poco se publicaba un artículo en BMC Ecology que proponía que, además, puede que también usen unas minúsculas ondas de sonido para hablar entre ellas, y que eso las ayude a crecer. Es una de las primeras pruebas serias de la existencia de una comunicación de base acústica en el reino vegetal, más allá de los estudios sobre si la música clásica hace florecer los geranios.

También es curioso descubrir que nosotros podemos transmitir información muy compleja sin utilizar el lenguaje. Un estudio reciente de la revista Current Biology demostraba que existe un sofisticado sistema de intercambio no verbal entre una mujer y la criatura que lleva en brazos. Es un fenómeno que de momento se ha observado tanto en humanos como en ratones: cuando la madre pasea a su hijo que llora o está agitado, automáticamente se pone en marcha una respuesta bioquímica que incluye una ralentización del latido cardiaco del niño, seguido de una relajación general y, a la larga, la disminución del llanto. Este proceso necesita movimiento, porque solo coger o balancear a la criatura no es suficiente para desencadenarlo. El efecto calmante del paseo es un hecho que muchos padres han experimentado en primera persona, no es una novedad, pero esta es la primera vez que se estudian las consecuencias físicas con tanto detalle. Incluso han conseguido deducir que el responsable de estos cambios es, en gran parte, una activación del sistema parasimpático y que el cerebelo juega un papel importante

¿Por qué nuestros cuerpos son capaces de interpretar intuitivamente unos estímulos motores que les llegan de fuera y contestar con una enrevesada cadena de reacciones a nivel fisiológico? Parece que la selección natural podría haber empujado a desarrollar esta sinergia protectora, que funcionaría en los dos sentidos: por un lado, la madre tendría una forma rápida de tranquilizar a los hijos, y por el otro, el hecho de que estos se calmasen favorecería que pudieran ser trasladados más fácilmente cuando hubiera necesidad (sin atraer la atención de los depredadores, por ejemplo). Que sea un fenómeno común en especies tan separadas evolutivamente como los ratones y los humanos nos indica que, efectivamente, debe haber tenido un impacto importante en la supervivencia. Pero si pensamos un poco, también demuestra que un mecanismo biológico de defensa puede ser un comunicador mucho más poderoso que las palabras. ¿Se les ocurre una manera más bonita de definir conceptos tan intangibles como paternidad, seguridad, confianza o vínculo?

En la famosa séptima proposición del Tractatus, Wittgenstein dice que «lo que
no se puede hablar, más vale callar», lo que, por extensión, implica que el lenguaje de la voz refleja, define y limita el universo en que vivimos. Él mismo renegó de algunas de sus teorías iniciales cuando más tarde escribió las Investigaciones filosóficas, y quizá viendo que poco a poco vamos descubriendo que la comunicación entre individuos puede seguir caminos puramente biológicos, independiente de la rigidez que nos imponen las palabras, acabaría reconociendo las limitaciones del lenguaje para representar la complejidad de todas las interacciones entre los seres vivos y el entorno. Quizá incluso propondría que hay conceptos que, a pesar de ser propios de nuestro mundo, son prácticamente imposibles de transmitir solo con palabras.
El Periódico, Opinión, 20/04/13. Versió en català.

martes, 11 de junio de 2013

Desenamscarando el cáncer


El número 77 de la revista Mètode, publicada por la Universitat de Valencia, contiene una monografía dedicada al cáncer. Entre los artículos encontraréis uno mío, Desenmascarar el cáncer, que intenta explicar qué es el cáncer y qué estamos haciendo para pararlo (como un resumen de mi último libro en un par de páginas, vaya)

Podéis leer el artículo gratis aquí (en castellano), aquí (en catalán) i aquí (en inglés).

jueves, 6 de junio de 2013

Ya son cinco años



Hoy el blog celebra su primer lustro. 243 entradas, casi 60.000 páginas vistas y tres libros después, continúo haciendo divulgación. Y esto va para largo...

¡Gracias a todos los que tenéis la paciencia de leer y comentar mis posts! Espero continuar viéndoos por aquí.

martes, 21 de mayo de 2013

La decisión de Angelina

Esta semana se ha hablado mucho del artículo que Angelina Jolie escribió en el New York Times, donde anunciaba que se había hecho extirpar los dos senos para prevenir un posible cáncer y que en breve haría lo mismo con los ovarios. El texto original contaba claramente las razones, pero ciertos comentarios en internet y en las webs de los periódicos que han reproducido la noticia hacen pensar que no se ha entendido del todo la decisión, que algunos han visto como un acto de confianza absurda en los médicos o como la última excentricidad de un personaje con un historial polémico. No es nada de eso. Vale la pena aclarar la importancia de su gesto y de haberlo hecho público.

«Si mi mamá ha padecido un cáncer, ¿tengo mayores posibilidades de tener también uno?» Es una de las preguntas que más me han repetido estos días que presentaba mi último libro de divulgación, que precisamente trata de esta enfermedad.

La respuesta es clara: a pesar de que hay un grado de predisposición familiar escrito en el ADN, la mayoría de los casos están influidos por factores controlables, como el tabaco, el sol, la obesidad o la falta de ejercicio. Solo un 10% de los cánceres tienen un claro origen hereditario, por ejemplo los que aparecen porque uno de nuestros progenitores nos ha pasado una alteración en uno de los genes encargados de protegernos cuando las células no se comportan de forma adecuada.

Este es el caso de Jolie, que ha recibido de su madre la versión estropeada de un gen llamado BRCA1. Esto hace que la posibilidad que tiene de desarrollar un tumor maligno en el pecho sea altísima: mientras que normalmente rondaría el 12%, en las personas con este problema genético puede subir hasta el 90%. O sea, que en algunos casos es casi una certeza.

Hay que tener presente que este tipo de cáncer de mama representa solo un 5% del total, por lo tanto la mayoría de mujeres no deben sufrir. Las pocas que hayan heredado el gen defectuoso tienen dos opciones. Una es controlarse con mucho cuidado y, en cuanto se detecte un cáncer, atacarlo con todos los métodos disponibles, que hoy en día son muy efectivos. Pero, claro, haciendo esta vigilancia se sufre la constante presión de la incertidumbre y los efectos secundarios de los posibles tratamientos.

La alternativa es la prevención radical: eliminar los órganos que pueden causar problemas antes de que lo hagan. Aunque esta segunda parece más lógica, no es una elección fácil, sobre todo por el impacto emocional, físico y estético que tiene una operación de este tipo en una mujer aún joven. Por eso la decisión de Jolie, aunque no tenga que ser necesariamente la más adecuada para todas las que se encuentran en su situación, ha sido valiente y seguro que ha alentado a muchas que están pasando o han pasado por este trance.

Además, su artículo ha ayudado a dar a conocer una enfermedad hereditaria rara y peligrosa que, si se descubre a tiempo se puede controlar y prevenir con eficacia. Hay que aplaudirla también por este hecho.

Así pues, la Jolie no está incitando a las mujeres a extirparse los pechos porque sí, como entendían algunos. Ni siquiera a correr a mirarse el estado de su BRCA1. Esto es recomendable solo para las que tienen un historial de cáncer de mama en parientes cercanos, sobre todo si se acumulan en una de las ramas de la familia. En caso de duda, lo mejor es hablar con el médico o consultar una unidad de consejo genético. En algunos lugares esto puede ser un inconveniente, porque el test para detectar si el BRCA1 está estropeado lo tienen patentado Myriad genéticos y la Universidad de Utah, que no permiten que nadie más lo venda y lo cobran al precio que les conviene. Y, sin embargo, la técnica que se utiliza es tan simple que se puede desarrollar a cabo en cualquier laboratorio que tenga unas herramientas básicas de biología molecular.

El pasado sábado, Pere Puigdomènech escribía un interesante artículo en estas mismas páginas sobre la polémica de las patentes biológicas. Es cierto que parece absurdo reclamar la propiedad de un ser vivo o, como en este caso, de la lectura de una variante de un gen. Pero por otra parte, es justo que el descubrimiento que hace un científico esté igual de protegido que la máquina que diseña un ingeniero o la novela que publica un escritor, si no estaríamos desincentivando la búsqueda.

El problema aparece cuando ponemos en peligro la supervivencia de una persona porque se limita el acceso a una prueba que le puede salvar la vida. La patente de Myriad está constantemente en los tribunales por esta razón, y mientras que en Europa tenemos claro que el derecho a la salud está por encima de la propiedad intelectual e intentamos, de hecho, no hacer caso, en Estados Unidos la batalla legal todavía dura. Tal vez el artículo de Jolie también ayudará algo al respecto.

El Periódico, Opinión, 20/04/13. Versió en català.