martes, 4 de diciembre de 2012

Solidaridad para salvar la ciencia

Solidaridad para salvar la ciencia_MEDIA_2Mi hijo de 5 años llegó de la escuela el otro día con una nota de su profesora. Nos pregunta si podemos contribuir con alguna lata a una cesta gigante que subastará una oenegé involucrada en financiar proyectos de investigación. No era ninguna fecha especial. En el Reino Unido se hacen todo tipo de colectas para la ciencia a lo largo del año, y de mil maneras diferentes: en escuelas, oficinas, tiendas, por internet... Esta generosidad no es porque el país se haya librado de la crisis, que también la sufrimos, sino que es la consecuencia de un desarrollado espíritu solidario, mucho más extendido en los países anglosajones que, en general, en los mediterráneos.
 
Son tiempos difíciles para todos y la ciencia no se escapa. Como es de esperar, los gobiernos han recortado, en mayor o menor medida, los presupuestos de investigación. Tendremos que tratar de sobrevivir como podamos hasta que el panorama mejore. Pero hay diferentes maneras de hacer las cosas. ES ESPECIALMENTE preocupante que los políticos españoles, que controlan el grifo que alimenta a buena parte de los laboratorios catalanes, sean los que más alegremente aplican medidas de austeridad, aparentemente sin preocuparse demasiado de las consecuencias a largo plazo.

Podríamos dar un montón de cifras deprimentes, pero quizá la más significativa es que, en los dos últimos años, el Gobierno central ha reducido un 34% los fondos que destina a I+D. Por si había que añadir más leña al fuego, la inversión de las compañías farmacéuticas en investigación en España ha caído por primera vez en una década, una consecuencia hasta cierto punto previsible de la crisis. No podemos esperar, pues, que el dinero privado cubra, ni siquiera en parte, las graves deficiencias de la nueva financiación pública. De acuerdo con que se debe proteger al máximo la sanidad, la educación y otras áreas esenciales, pero no a costa de decapitar el futuro de la ciencia. Esto es contraproducente para todos. En un país donde hay un buen número de grupos de calidad excepcional, que posiblemente acapararán los pocos medios disponibles si se utilizan criterios puramente de excelencia para repartirlos, lo que ocurrirá es que los científicos que ahora emergen y empiezan a establecer sus grupos de investigación no podrán acceder ni a las migas del pastel. ¿Qué opción les quedará?

Hace poco recibí un tuiteo de un estudiante de ciencias que decía que se deprimía cuando veía el futuro laboral que le esperaba. Le contesté que no se desesperase, porque algún día las cosas cambiarán. Y que, mientras tanto, la opción de salir fuera sigue siendo válida. Esta es la realidad: el país está en plena travesía del desierto y no se vislumbra un final cercano. La consecuencia podría ser perder toda una generación de científicos. La fuga de cerebros de hace unas décadas será solo un ensayo comparado con la que puede venir ahora. El Gobierno no se da cuenta porque, reconozcámoslo, en España la ciencia nunca ha sido prioritaria. Queda demostrado con el hecho de que el Reino Unido tiene 82 científicos con Nobel y España solo dos (y uno de ellos hizo carrera en el extranjero). Me gustaría ser menos negativo, pero los datos no invitan a una previsión demasiado alegre.

Todos podemos contribuir con algún granito de arena a cambiar esta tendencia siguiendo el ejemplo británico. En Catalunya, por ejemplo, tenemos La Marató de TV-3, que este año recoge dinero para luchar contra el cáncer. Permítanme que aproveche las últimas líneas para hacer un publirreportaje, porque creo que es una iniciativa que merece todo nuestro apoyo, sobre todo ahora. No compensará la falta de un sistema de apoyo social constante a la investigación como el que tienen en el Reino Unido, pero su impacto es clave para construir un futuro mejor.

A PESAR DE QUE ninguno de los donativos acabará en mi laboratorio, soy parte interesada en el tema por varias razones. Como investigador, sé que los fondos que recaude La Marató serán un salvavidas que permitirá que sobrevivan una serie de proyectos interesantes en una época de especial incertidumbre para la investigación en nuestro país. Como ciudadano, me interesa la riqueza que la ciencia aportará al país y también avanzar lo más rápidamente posible en el diseño de nuevas terapias contra el cáncer. Y como escritor, estoy metido porque he contribuido al libro de La Marató, que precisamente gira en torno al concepto de solidaridad que citaba al principio. Al honor que representa participar, debo añadir el placer de ver mi texto junto al de nombres consagrados de las letras catalanas como Sebastià Alzamora,Maria Barbal o Josep Maria Fonalleras. Haga un esfuerzo. Compre el libro o el disco y mire TV-3 y envíe lo que pueda en un par de semanas. Es una de las mejores soluciones en estos momentos para ayudar a nuestra ciencia a salir del bache en el que la han metido los políticos. 
El Periódico, Opinión, 1/12/12. Versió en català.

lunes, 8 de octubre de 2012

Somos y seremos manipulables


He leído un artículo que me ha inquietado. Es un estudio de unos científicos de la Universidad de Lund, en Suecia, publicado en la revista PLoS One la semana pasada. El experimento es sencillo. Dan a una serie de voluntarios una encuesta donde se les pide su opinión sobre temas polémicos, desde la prostitución al conflicto entre Israel y Palestina. Son cuestiones sobre las que todos suelen tener una preferencia clara. Los participantes reciben el formulario sobre una mesita de madera, con las preguntas a la izquierda de la página y las posibles respuestas a la derecha. Aquí viene el truco. Sin que se den cuenta, cuando pasan página después de contestar, la banda de la hoja donde estaban las preguntas pega con la cara posterior de la tableta y deja al descubierto otro grupo de preguntas que estaban escondidas debajo y son opuestas a las originales. Por ejemplo, donde ponía «¿debería estar prohibido el aborto?», ahora dice «¿debería estar permitido el aborto?» Las respuestas quedan igual, siguen siendo las mismas. Y ahora el trozo que da miedo: cuando devuelven la hoja y los investigadores les piden que lean la pregunta y justifiquen la opción que han elegido, un 53% de los voluntarios defienden muy convencidos lo que ven escrito, es decir, justo lo contrario de lo que opinaban cuando contestaban el cuestionario.
Somos y seremos manipulables_MEDIA_2

Esto demuestra que con un simple juego de manos podemos cambiar, al menos temporalmente, las convicciones morales que se supone que una persona debe tener fuertemente interiorizadas. Asusta un poco que sea tan fácil alterarle los principios a alguien. Y también fascina ver la capacidad inagotable de los seres humanos de dejarnos manipular, tanto a título personal como cuando formamos parte de una masa. El artículo me ha hecho pensar sobre todo en la fragilidad del sistema democrático, que cuenta precisamente con la capacidad del ciudadano de decidir su destino según lo que le dictan las creencias personales. Será porque en este momento de inflexión de nuestra historia, que aún no sabemos a dónde nos llevará, cuesta hablar de algo que no esté relacionado con la política.
Para empezar, el estudio nos dice que podemos empujar a alguien a responder lo que queramos. No es ninguna novedad, cierto, pero detengámonos un momento a considerar cómo las encuestas pueden influir en el voto. Si te convencen de que un partido sacará mayoría absoluta, tal vez te dejarás llevar por la corriente y lo votarás o quizá ni te tomarás la molestia de salir de casa. Ambas cosas pueden cambiar el resultado de unas elecciones. Por lo que hemos explicado, hay muchas formas de conseguir los resultados que esperas cuando le das un cuestionario a alguien. Uno puede sospechar de este tipo de partidismos, pongamos por caso, cuando compara las previsiones para la próxima cita que los catalanes tenemos con las urnas publicadas estos días. En una encuesta un partido saca mayoría absoluta y en otra tiene nueve escaños menos. Quizá es un margen demasiado grande para obedecer a un error estadístico, sobre todo si consideramos cómo encaja cada resultado en la ideología del medio que la imprime.
No es un caso aislado: el uso de la manipulación sutil para hacernos comulgar con ruedas de molino es el pan de cada día de la política. Si hay estudios que demuestran que elegimos el líder que mejor habla o mejor planta tiene, no el más capacitado para el trabajo, no es de extrañar que después aceptemos cegados decisiones propias de un partido de derechas cuando estamos convencidos de que votamos a izquierdas. O al revés. No es culpa de los políticos, sino de nuestro cerebro, que da más relevancia a las apariencias que a los contenidos de un programa. Por eso en manos de alguien con suficientes conocimientos de márketing podemos acabar siendo víctimas propiciatorias en el altar de la democracia que tanto reverenciamos. Esto nos aleja de las nobles ideas incubadas en la Atenas del siglo VI antes de Cristo. Quizá el punto más distante lo hemos visto hace poco cuando, ante la aquiescencia de muchos, líderes supuestamente democráticos invocaban la fuerza, o incluso las leyes que deben preservar la salud del sistema, para evitar precisamente que la gente ejerza el derecho a opinar sobre su futuro. Todo ello indica que los principios originales sobre los que se construye el gobierno del pueblo son fácilmente pervertibles si uno es lo suficientemente pícaro para aplicar un poco de prestidigitación y sofisma para sacar provecho de la debilidad biológica de la voluntad humana.
Vista con ojos de científico, a la democracia se le pueden encontrar muchos puntos oscuros. El problema es que la psicología y la estadística solo nos permiten describir las pegas, no aportar soluciones. Quizá los politólogos deberían sentarse algún día a diseñar un sistema que fuera más impermeable a la tendencia innata a ser manipulados que tiene nuestra especie. Si es que esto es posible.
El Periódico, Opinión, 1/9/12. Versió en català.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Amazings cumple años

Queremos felicitar desde este blog a la gente de Amazings, Noticias de la Ciencia y la Tecnología, que llevan 15 años metidos en esto de la divulgación científica por internet. Se dice pronto. Feliz cumpleaños y que sigáis al pie del cañón por lo menos 15 más!

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Las preguntas del cáncer: agradecimientos.

La semana pasada se empezó a comentar en los periódicos, así que ya os puedo explicar por qué os pedí que me hiciérais  preguntas sobre el cáncer. El proyecto es un libro que se llamará Qué es el cáncer, y ya os iré hablando de él en el futuro. Justo acabo de entregar el manuscrito, y quería aprovechar para agradeceros que me enviarais las preguntas a través de twitter, email, blog o facebook.  Fueron más de 100, de las cuales seleccioné 50 para contestar, entre ellas las que se repetían más.

Siguiendo mi promesa, voy a poner en los Agradecimientos el nombre de todos los que contribuisteis.  Os dejo la lista para que comprobéis los datos. Si me he dejado a alguien o preferiríais no salir o salir con otro nombre, comunicádmelo cuanto antes.

Albert Majó Sabater, Alberto Morán Millán, Amadeu Leblanc, Anna Maria Villalonga, Ariadna Belver Comin, Aris, Assumpta, bea puig, Carme Dolz, Chryssula Kokossulis, Clidice, Cristina, Cristina Grau Mestre, David Gálvez Casellas, Eladi, Elfreelang, Encarna McCoy, El fem fatal, Enric H. March, Fausto43, Fernando del Álamo, Gabriel, Galgo Viejo, Helena Arumí, Javier Salvador, jo rai!, Joan Vissi, jomateixa, Jordi Font-Agustí, Jordi Garcia, Josep Brâut, Josep Manel Vidal, kalamar, M Àngels Vázquez Quintas, Manel Riera, Mar Creixell, Maria, Marta, Martina Golafre, McAbeu, Merce Rokins, Montserrat Brau, Montserrat Segura, Montserrat Vilardosa, Nuria Vilabella, Oscillator, Pilar Troncho, Rocío Carmona, Sergio Paredes, Sterxu, Tomas Romero Sanchez, Wrailito, XeXu, Xico Xabelç i Yáiza.

martes, 4 de septiembre de 2012

Una cuestión de imagen

El joven dice: «Somos lo que comemos, debemos comer bien». El viejo dice: «Somos lo que vestimos, hemos de vestir bien». Es un fragmento de una canción de Génesis de 1973, pero el problema que ilustra no ha perdido vigencia. Quizá necesitamos la sabiduría de los años para darnos cuenta de que interaccionamos socialmente a través de nuestro aspecto y que, por tanto, la imagen es parte de la identidad al igual que lo son las moléculas que nos forman. En algunas situaciones, tenemos claro que es así: Plutarco ya dejó constancia de que «la mujer del César no solo debe ser honesta, sino que también debe parecerlo». Pero sorprende que muchas veces ni siquiera procesemos la información conscientemente, un hecho que da aún más relevancia a la apariencia.

Pensaba en esto tras leer un estudio publicado el mes pasado, que aseguraba que las camareras que van de rojo reciben un 26% más de propinas por parte de los clientes masculinos que las que visten otros colores. Es más que una anécdota. Ya estaba demostrado que los hombres dejamos más dinero si nos sirve una chica vestida provocativamente o bien maquillada, somos así de simples. Pero eso es otra historia: en principio el rojo no debería acentuar los estímulos sexuales. Hace tres años, otro trabajo revelaba que los deportistas con equipamiento rojo ganan un 10% más de veces, independientemente de la competición. La explicación era que se trata de un color que se asocia con agresividad y dominancia, y eso puede intimidar a los contrarios. Quizá también es lo que nos hace ser más generosos con las camareras.
Si una elección cromática tan simple puede afectar a cómo nos tratan nuestros congéneres, debemos deducir que el conjunto de nuestro aspecto envía muchas más señales de las que controlamos. Visto así, la moda no es un concepto tan absurdo ni frívolo. Aparte de definir un periodo de tiempo determinado como lo pueden hacer las manifestaciones culturales, nos proporciona una serie de elementos importantes para relacionarnos con el entorno. Yendo a los extremos, un esclavo de la moda está haciendo una declaración de principios y el que argumenta que todo esto le importa un bledo está radiando un mensaje igual de claro. Lo decían los canadienses Rush, en los años 70, cuando hablaban del libre albedrío: «Si eliges no decidir, también has tomado una decisión». Nadie se escapa de la tiranía de la imagen.
No es que la sociedad moderna esté especialmente obsesionada con este tema. Como especie lo hemos estado siempre, siguiendo el ejemplo de los animales que usan sus atributos para definir el estatus o atraer a la pareja. Por ejemplo, aunque se asume que los hombres tenemos los testículos expuestos porque la temperatura exterior es más favorable a la producción de los espermatozoides, de vez en cuando reaparece la teoría de que en algún momento podrían haber funcionado también como las plumas de los pavos reales, es decir, para impresionar a las hembras con una muestra de masculinidad. Está claro que si esto hubiera sido tan importante no habríamos inventado nunca los pantalones, pero sí es verdad que lo que definimos como atracción física no es más que la forma sutil de la evolución de señalarnos qué individuos tienen más garantías de ser buenos padres o madres para nuestros hijos.
Creemos que nos hemos desprendido de estos condicionamientos primitivos, pero en algunos aspectos no estamos tan avanzados como creemos. Nos maquillamos, nos ornamentamos, vamos al gimnasio para poder lucir músculo en la playa, anunciamos nuestro poder adquisitivo con todo tipo de complementos, llevamos camisetas con eslóganes, nos tatuamos, nos hacemos piercings, nos teñimos el pelo de colores absurdos, buscamos la manera de estar más feos, vamos al cirujano para estar más guapos, nos ponemos cualquier cosa, tardamos horas en elegir la ropa, nos acicalamos diez veces al día, no nos duchamos en una semana... Todo ello son formas que tenemos de encajar en el grupo social en el que queremos establecer los lazos afectivos y elegir nuestro lugar en la sociedad. Siempre buscamos ser aceptados y admirados por nuestros iguales, y somos juzgados constantemente, de forma voluntaria o automática, por la imagen que proyectamos.
El problema viene con el flujo global de información. Antes solo tenías que competir con los de la tribu o el pueblo. Ahora nos debemos comparar con los mejores del mundo en cada apartado, que son los que vemos en los medios presumiendo de sus atributos y marcando los estándares a seguir. No es una lucha justa, y no es de extrañar que más de uno caiga intentando ir más allá de sus posibilidades. ¿Cómo lo solucionamos? Siendo un poco menos animales. Y a la vez admitiendo que tampoco podemos dejar de serlo del todo. Quizá a partir de ahora, cuando vayamos a dejar propina deberíamos fijarnos en cómo va vestida la camarera, más que nada para entender que la decisión que estamos tomando puede que no sea tan libre como creemos.
El Periódico, Opinión, 1/9/12. Versió en català.

jueves, 23 de agosto de 2012

¡Ayudadme! Hacedme preguntas sobre el cáncer


Estoy trabajando en un proyecto relacionado con el cáncer y una de las cosas que tenía pensado incluir era un listado de las preguntas más frecuentes sobre el tema.

¿Me ayudáis? Enviadme cualquier pregunta relacionada con el cáncer (tan general o específica como queráis) y la añadiré a la lista.

Podéis dejarlas en los comentarios del blog, del facebook, por twitter, email, etc.

¡MUCHÍSIMAS GRACIAS!

jueves, 9 de agosto de 2012

Tan cerca, tan lejos

[En pleno descanso estival del artículo de Opinión de El Periódico, aprovecho para comentar la llegada del Curiosity a Marte...]

Si en los años 70 hubiéramos preguntado a un niño cómo se imaginaba el siglo XXI, la mayoría habrían incluido en su visión de futuro al menos una base en Marte. Muchos seguro que veían incluso ciudades enteras y la posibilidad de pasar las vacaciones haciendo castillos de arena roja. Es lógico: los que hemos crecido con Star wars como referente cultural y con la llegada del hombre a la Luna como un hito reciente siempre hemos dado por descontado que conquistaríamos el espacio y que, además, no tardaríamos mucho. El primer paso de esta expansión, después del ensayo lunar, debía ser por fuerza nuestro vecino Marte, mucho más asequible que el inhóspito Venus y todos los demás planetas lejanos del sistema.

Marte siempre ha fascinado a los humanos, quizá por ser tan cercano y a la vez tan desconocido. Nuestros bisabuelos podían especular sobre sus habitantes y sufrir por una invasión tan realista como la que H.G. Wells describía en La guerra de los mundos. Después fuimos aprendiendo más cosas y nos dimos cuenta de que, por suerte o por desgracia, estaba vacío. Así se borraba la última oportunidad de tener compañía inteligente en este rincón de la galaxia y pasábamos a imaginar el planeta rojo como un segundo hogar que esperaba pacientemente a sus colonos. Este es mi Marte: el de Las crónicas marcianas de Ray Bradbury o la trilogía de K.S. Robinson. Una tierra de oportunidades.

La llegada del Curiosity al cráter Gale es un avance científico importante, sin duda, pero también la constatación de cuan improbable es que la generación X llegue a ver nunca una huella humana sobre el óxido de hierro que da el color rojizo al planeta. La NASA nos lo había anunciado como prioridad durante décadas, pero en el 2010 el presidente Obama ya avisaba de que deberían pasar al menos 20 años para que un hombre orbitase alrededor de Marte (y quién sabe cuánto hasta que pudiera aterrizar). Tal y como están las cosas, eso suena demasiado optimista. Todavía hay que resolver problemas importantes, como la adaptación física y psicológica a un entorno aislado y con gravedad y luz diferentes de las nuestras, la exposición a los rayos cósmicos o cómo planificar el viaje de vuelta. Y luego, cómo sobrevivir periodos largos en un terreno prácticamente baldío. Quizá gracias a la información que compilará el Curiosity nuestros hijos tendrán más suerte y verán el sueño convertido en realidad.

Hemos enviado sondas a otros planetas, más de una docena de ellas a Marte, pero esta es la más avanzada de todas. De momento deberemos conformarnos con esto. La crisis nos obliga a replantearnos las prioridades, y es evidente que podemos hacer cosas más útiles con el presupuesto que tenemos que no viajar por el espacio. Pero no deja de ser una decepción que en el 2012 sea un robot y no un astronauta quien nos comunique vía Twitter que ha aterrizado sano y salvo en la superficie de Marte.

[Publicado en El Periódico, 7 de Agosto de 2012 (Versió en català).]

martes, 3 de julio de 2012

Opciones

El otro día leía en internet el avance de un artículo sobre dos políticos homosexuales que debía publicarse en un dominical y donde los entrevistados explicarían «cómo se vive su opción sexual con un cargo público». Sorprendido, tuve que recurrir al diccionario para asegurarme de que la palabraopción no había cambiado de significado. Desconocemos aún muchas cosas sobre la homosexualidad masculina (más aún sobre la femenina), pero en las últimas décadas ya hemos descartado que sea un castigo, una enfermedad o algo que uno pueda escoger (que es precisamente lo que implica hablar de opciones). Estos avances parece que todavía no han llegado a integrarse de una forma fluida en nuestro vocabulario, quizá porque siguen predominando en la sociedad unas percepciones ancestrales arraigadas en la ignorancia, a veces bienintencionada, como imagino que es este caso, y a veces quizá no tanto. Esto seguramente se solucionaría si identificáramos de una vez los factores biológicos que determinan por qué sexo nos sentimos atraídos. Pero aún estamos muy lejos de conseguirlo.

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Desde el punto de vista evolutivo, la homosexualidad no tiene lógica. La selección natural, obsesionada en elegir todo lo que nos permite reproducirnos más y mejor, hace milenios que debería haberla eliminado. En cambio, siempre ha sido un hecho frecuente. Esto podría indicar que no tiene un origen genético sino ambiental, y, ciertamente, estudios realizados en gemelos idénticos apuntan hacia aquí. Pero otros han detectado patrones de heredabilidad, como una mayor frecuencia de una variante del ADN de la región q28 del cromosoma X. ¿Cómo puede ser que se haya transmitido de padres e hijos si históricamente los homosexuales no solían pasar sus genes a la siguiente generación? Lo explicaría, por ejemplo, que lo mismo que define la homosexualidad en los machos aumentase la fertilidad en las hembras. Efectivamente, se ha visto que los gais pertenecen a familias en las que las mujeres suelen tener más hijos.

Por otra parte, se cree que los niveles de hormonas que llegan al feto durante el embarazo definen cómo se modela el cerebro y, por lo tanto, nuestra identidad sexual. No se conoce del todo qué los determina. Podrían ser los genes de la madre o incluso el orden de nacimiento. Lo más probable es que la homosexualidad se explique por una combinación de factores y que haya orígenes diferentes. Lo único seguro es que la orientación sexual de los hombres queda fijada en etapas muy iniciales de la vida, no por el entorno social, y que ya no se puede cambiar. Es, pues, la consecuencia de una serie compleja de reacciones biológicas fuera de nuestro control.

Esta respuesta aún tiene demasiado agujeros. Nos haría falta invertir mucho más tiempo y dinero para poder llegar al fondo de la cuestión. Esto es poco probable que suceda, al ritmo que vamos: la cantidad de investigación realizada sobre este tema en los últimos años es escasa. ¿Los motivos? Algunos dicen que no hace ninguna falta, que es más útil invertir recursos en estudiar enfermedades o problemas que haya que solucionar. En países conservadores como Estados Unidos, además, hay una resistencia religiosa muy activa que suele complicar la vida a los científicos que piden dinero al Estado para este tipo de trabajos. Sin embargo, hay quien piensa que sería un paso más para entender cómo somos y normalizar una situación que aún hoy se marginaliza en todo el mundo. Se podría discutir la prioridad de los temas que hay que investigar en el laboratorio en las próximas décadas, pero siguiendo este argumento parecería lógico añadir en algún lugar de la lista el de la homosexualidad.

¿Qué pasaría si finalmente consiguiéramos catalogar sus causas? Entre otras cosas, probablemente podríamos definir marcadores que nos permitirían calcular la posibilidad de tener un hijo gay. Pensemos en las consecuencias. ¿Cuántas parejas decidirían abortar si les saliera el test positivo? En lugar de convertir la homosexualidad en un hecho tan explicable como tener los ojos azules, correríamos el riesgo de etiquetarla otra vez como un defecto, ahora fácilmente evitable. ¿Seríamos capaces de borrar la homosexualidad del planeta si tuviéramos esa opción? Recordemos que no hace mucho un político de la extrema derecha húngara usó unos tests de ADN, en principio pensados ​​para predecir el riesgo de enfermar, para «demostrar» la pureza de su raza, un concepto que científicamente no es posible ni tiene ningún sentido. Pervirtiendo una prueba biológica válida, este individuo logró hacer llegar el mensaje a sus fieles y, si lo dejasen, la usaría para justificar la discriminación y quién sabe si incluso el genocidio.

Debemos ir con cuidado. Es triste que las ganas de hacer avanzar el conocimiento y resolver enigmas biológicos den armas a los intolerantes, pero por desgracia es también inevitable. Quizá para ganarse el derecho a escoger, lo primero que debe hacer una especie es madurar.

El Periódico, Opinión, 30/6/12. Versió en català.

miércoles, 6 de junio de 2012

Cuarto Aniversario


¡Muchas gracias a todos los que léeis este blog desde que empezó hoy hace 4 años!

martes, 5 de junio de 2012

Educación y salud

La educación de nuestros hijos es muy importante, eso lo tenemos todos claro. O quizá no, porque últimamente hemos oído los argumentos de ciertos políticos que están convencidos de que imponer algunos recortes a la escolarización básica puede ser beneficioso para la recuperación económica de un país, sin que vean efectos secundarios a largo plazo. Un estudio publicado el mes pasado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, hecho por dos científicos de la Universidad de Estocolmo, nos demuestra que las repercusiones de jugar con la enseñanza pueden ser más importantes de lo que parece, no solo desde el punto de vista intelectual y social, cosa previsible, sino también a nivel sanitario, como ahora veremos.

Educación y salud_MEDIA_1Antes tenemos que retroceder unos cuantos años. Estamos en Suecia, justo después de la segunda guerra mundial, y el Gobierno, como tantos otros contemporáneos, decide que es hora de reformar el sistema educativo vigente. La situación recuerda en cierto modo a la actual: Europa está en crisis y busca maneras de rehacer una economía maltrecha. En este contexto, los suecos entienden que es clave asegurar el futuro del país (lo que quizá hoy en día no parece una verdad tan obvia). Una opción inteligente es fijarse en los americanos, a quienes parece que les van bien las cosas. En Estados Unidos, los principios incluyen una escuela pública única, sin distinciones basadas en la capacidad intelectual de los alumnos, y una etapa más larga de escolarización obligatoria. Los británicos ya han decidido prolongar ellos también la enseñanza básica hasta los 15 años (antes de la guerra el límite eran los 14), pero los suecos no saben qué hacer. Al final, siguiendo un razonamiento tremendamente científico pero a la vez un poco irresponsable, optan por poner en marcha el estudio sociológico más grande de la historia. Dividen a sus niños en dos grupos de manera aleatoria: uno seguirá el modelo actual de ocho años de enseñanza obligatoria, con diferencias diseñadas expresamente para los más dotados, y el segundo recibirá una enseñanza igual para todos durante un total de nueve años. La idea es ver si un año más de escuela tiene un efecto importante sobre el nivel cultural medio del alumnado y si el nuevo sistema hará que los estudiantes buenos se vean lastrados por el resto de la clase si no se les da un trato especial. En el experimento participaron de manera forzada 1,2 millones de chicos y chicas y duró de 1949 a 1962, el año en que el Gobierno se dio cuenta de que los resultados eran mucho mejores con el modelo nuevo y decidieron homogeneizar los sistemas.

Cinco décadas después, los científicos que mencionábamos al principio han tomado los resultados de este gran experimento y los han comparado por primera vez con los datos disponibles del censo y de las defunciones en Suecia. La conclusión que han sacado es que entre la educación y la mortalidad existe una relación causa-efecto: el grupo que siguió con el modelo antiguo tiene un riesgo más elevado de morir entre los 40 y 70 años de edad que el otro, sobre todo por culpa del cáncer, enfermedades cardiovasculares e incluso a consecuencia de un accidente. Esto confirma la correlación ya sabida entre el nivel de alfabetización de un país y su salud, sobre todo en ciertas franjas de edad: cuanto mejor sea nuestra educación, más capaces seremos de entender cuáles son los peligros sanitarios obvios, qué podemos hacer para prevenirlos y qué quieren decir los consejos que nos dan los médicos cuando nos visitan, lo que nos permite aumentar notablemente tanto la calidad como la esperanza de vida. El artículo de los científicos suecos demuestra además que las decisiones en temas de enseñanza reverberan más allá de un posible impacto cultural. Hay que ir, pues, con mucho cuidado cuando se hacen cambios de este tipo, y pensar bien en las posibles consecuencias, incluso con respecto a la salud.

Los datos obtenidos por el Gobierno sueco durante aquellos 13 años son realmente únicos. No se había hecho nunca un estudio de esta magnitud sobre la importancia de la educación en el futuro de un país, que incluso ahora está aportando conclusiones nuevas. Y seguramente nunca se volverá a repetir. Por suerte, porque hoy en día a nadie se le escapa la crueldad implícita en el diseño del experimento, que condenaba un número importante de niños a sufrir una más que posible deficiencia educativa en nombre del rigor científico.
Ningún resultado, por importante que sea, justifica poner en peligro el futuro de un grupo de ciudadanos, sea pequeño o tan grande como este. La ética que actualmente regula cualquier trabajo experimental nos impediría ir tan lejos. Está claro que nuestros políticos no tienen estos problemas morales. Quizá tardaremos décadas en ver los efectos que tendrá sobre la generación que sube en estos tiempos de incertidumbre el pequeño paso atrás en materia de educación que ahora nos proponen hacer, pero algo me dice que no serán muy positivos.

El Periódico, Opinión, 2/1/12. Versió en català.