lunes, 2 de noviembre de 2020

¿A quién debemos escuchar?

Estos días ha resucitado una idea que se propuso al principio de la pandemia, la de buscar la inmunidad de grupo de una manera espontánea, dejando que la gente se infecte mientras se aíslan solo los vulnerables. Lo han recomendado unos científicos de renombre en la llamada 'Declaración de Great Barrington'. Esto supondría hacer lo contrario de lo que persiguen las medidas actuales, que es intentar protegernos para evitar el máximo número de contagios hasta conseguir la inmunidad gracias a la vacuna.

No hace falta saber mucho de epidemiología para entender los puntos débiles de la estrategia. Para empezar, a pesar de que la mayoría de muertes se ven en las poblaciones de riesgo, también hay víctimas entre gente sana de todas las edades. Además, todavía no conocemos las consecuencias a largo plazo del covid-19 ni qué problemas de salud conllevará. Algunos síntomas (cansancio, ahogo, pérdida de olfato...) pueden durar meses. Y en un estudio del Hospital Universitario de Fráncfort, el 78% de los pacientes que se habían recuperado presentaban alguna afectación cardiaca. Finalmente, la idea de aplicar restricciones solo a los ancianos y enfermos es difícil de implementar, porque es imposible evitar del todo que interaccionen con personas de otros grupos.

La conclusión es que esta táctica no es ni ética ni factible, porque las cifras de mortalidad y morbilidad que se alcanzarían serían demasiado elevadas. No lo digo yo, sino la gran mayoría de expertos en el tema, por eso es sorprendente que gente con buena reputación científica haya vuelto a poner la idea sobre la mesa. Empeñarse en caminos que ya se ha visto que no llevan a ninguna parte puede ser peligroso, porque aquí no estamos hablando de una simple discrepancia académica, sino de decisiones de salud pública que afectan a la supervivencia de la población. Además, erosiona la confianza que tienen los ciudadanos en los expertos, que dan la imagen de contradecirse constantemente.

En una entrevista que me hicieron hace poco, insistí en que, antes de tomar decisiones, los políticos deben hacer caso a los científicos. Uno de los tertulianos comentó entonces: "Sí, ¿pero a quiénes?". Citando precisamente la controversia con la 'Declaración de Great Barrington'. Es una duda muy válida. No todo el mundo tiene claro cómo funciona la ciencia, y es necesario que lo expliquemos mejor. El conocimiento avanza gracias a la discusión y el debate. Cuando no hay suficiente información para saber con certeza una respuesta, solo podemos proponer teorías, a menudo enfrentadas, y es inevitable que algunas sean más acertadas que otras. Pero a medida que vamos sabiendo más, ciertas opciones se convierten en marginales y otras en aceptadas. A los humanos nos gusta apostar por aquellos que van a contracorriente y se enfrentan al orden establecido. Son personajes que quedan muy bien en la películas pero, en el entorno científico, suelen estar equivocados. La ciencia no funciona con intuiciones, sino con datos contrastables que cualquiera con un poco de experiencia puede interpretar. Por eso, cuando son bastante claros, nos acabamos poniendo de acuerdo.

La respuesta, pues, es que los políticos y la sociedad deben elegir las recomendaciones apoyadas por la mayoría de los científicos y no dejarse deslumbrar por la mística que emanan los disidentes. O, aún peor, escoger la opción que encaja mejor con tu agenda, independientemente de su solidez científica. La 'Declaración de Great Barrington' podría ser un ejemplo, porque se han escudado políticos poco partidarios de implementar medidas restrictivas, que el resto de expertos dicen que son las únicas que funcionarán ahora. Otra es Li Meng-Yan, una científica china a la que algunos medios están haciendo un caso exagerado estos días porque es una de las pocas que todavía dice que el SARS-CoV2 fue creado en el laboratorio, cuando no hay ningún dato fiable que lo acredite. Al contrario: el virus es 96% idéntico a su antecesor inmediato, el RaTG13, que hace décadas que circula entre murciélagos.

Por eso es importante que los líderes se dejen asesorar, no por un experto, sino por un comité amplio y heterogéneo de expertos. Deben priorizar los consejos tomados por consenso y entender en qué datos se apoyan. A veces se equivocarán, pero no tanto como con la estrategia de anteponer la política a la ciencia. Actualmente, las disputas entre partidos han conseguido que la arrogancia se imponga a la cordura. No nos podemos permitir que dentro de un gobierno haya alguien poco capacitado que tome decisiones al margen de lo que dicen los expertos solo porque los apoya un político de otro color, porque el precio de esta incompetencia no se paga en votos, sino en vidas.

[Publicado en El Periódico, 26/10/20. Versió en català.]

lunes, 12 de octubre de 2020

Las causas del desastre

Pasé diez años en Nueva York y aún conservo amigos. He hablado con ellos últimamente y me dicen que Manhattan parece desierto. La pandemia ha transformado radicalmente la ciudad que nunca dormía porque se han tomado medidas drásticas para detener los contagios. Una ha sido incentivar el teletrabajo. En la isla viven un millón y medio de personas, el mismo número que entraba cada día a trabajar. Si la gente no va a las oficinas, las calles y los comercios están desiertos. A esto hay que añadir el cierre prácticamente total de bares y restaurantes durante un tiempo largo.

El golpe económico para Nueva York será fuerte, pero las restricciones funcionan: a pesar de haber tenido un primer pico de casos similar al de Madrid, en la segunda ola las diferencias son abismales. Por eso el 'Financial Times' escogía las dos ciudades hace unos días para comparar una buena y una mala gestión. Y la OMS se preguntaba la semana pasada qué hace que España tenga unas de las peores estadísticas (el sexto país del mundo en mortalidad per cápita, el séptimo en aumentos diarios de muertos y el octavo en casos totales). Se nota que no siguen la política local.

La pantomima de estos días entre el Gobierno de la Comunidad de Madrid y el del Estado podría servir como resumen de la tragedia. En países como el Reino Unido, las alarmas se disparan cuando un área supera los 100 casos acumulados cada 100.000 habitantes en 15 días, y se empiezan a aplicar restricciones progresivas. En España se ha dejado que zonas del país supera los 1.000 casos mientras todavía discutían qué hacer (la media del país ahora es de 315, 176 en Catalunya, comparada con los 130 del Reino Unido, los 44 de Italia o los 35 de Alemania).

La respuesta a la pregunta de la OMS es sencilla: en España las cosas se hacen tarde y mal. A pesar de que la primera ola nos enseñó que cuanto antes se aplican restricciones y más severas son, menos tendrán que durar, los políticos españoles parece que no han tomado nota. Continúan dudando y dejando pasar los días cuando tienen que tomar decisiones difíciles. Un segundo motivo es que algunos gobernantes no han entendido todavía las prioridades. Hay ejemplos (Suecia, Estados Unidos...) que demuestran que intentar proteger la actividad comercial en lugar de priorizar la salud no funciona: al final la economía también se acaba resintiendo.

La tercera causa del desbarajuste es la incapacidad de dejar de lado la política cuando hay temas más importantes. No se trata de elegir entre derecha o izquierda, o entre el Gobierno central o el autonómico: la realidad epidemiológica debe pasar por encima de las otras consideraciones. Desde el punto de vista de las salud, lo que hay que hacer está claro y no debe depender de negociaciones. Por eso antes de ayer 55 sociedades científicas nacionales pedían que las decisiones "se tomen por motivos científicos, desligados completamente del continuo enfrentamiento político". Si España quiere dejar de salir en el 'top 10' de países más afectados necesita dirigentes que aprendan de los errores, escuchen a los asesores y actúen con rapidez.

[Publicdo en El Periódico, 6/12/20. Versió en català.]


BONUS TRACKS:
He hablado de este tema también en algunos reportajes recientes:

Huffington post
La vanguardia
RTVE
AP News
Voz populi
Libertad digital


viernes, 2 de octubre de 2020

Más peligroso que cualquier virus

Uno de los problemas de la gestión de esta pandemia ha sido cómo la política se ha enfrentado a la ciencia, en lugar de apoyarse en ella. La primera ola no hubiera sido tan intensa si los líderes hubieran estados debidamente preparados para hacer frente a una crisis de estas características. Me refiero sobre todo a tener unos conocimientos mínimos sobre cómo funcionan las enfermedades infecciosas. Es cierto que en algunos países donde los dirigentes sabían lo suficiente como para entender la magnitud de la tragedia se organizaron bien y con rapidez, empezando por buscar los asesores adecuados (¡y escuchándolos!). Pero la mayoría daban palos de ciego, desde Xi Jinping, practicando aquella vieja tradición china de esconder datos, a Donald Trump restándole importancia a la crisis sanitaria más importante del siglo, dos estrategias negacionistas para hacer ver que todo va de maravilla cuando tú mandas. Que la realidad no te estropee una foto de postal. Ahora, en plena segunda ola, estamos viendo la repetición de la jugada, con demasiados dirigentes mirando hacia otro lado cuando los científicos intentan avisar de los peligros inminentes.

Seamos justos: desde el principio los políticos han tenido que buscar el equilibrio entre hacer lo que recomendaban los expertos y proteger la economía, dos cosas que a veces no parecían compatibles. No es nada fácil, y no me gustaría tener que tomar este tipo de decisiones. Pero, claro, yo no me he presentado a unas elecciones para ser dirigente. Si ves que la situación te supera, lo más honesto y sensato sería admitirlo. Al final, lo que ha pasado es que, en contra de los consejos de quien realmente entiende, a menudo han elegido una solución que después se ha confirmado que era tan incorrecta como se anticipaba. Quizás al principio se podía justificar, pero a medida que avanzaba la pandemia, deberían haber aprendido de sus errores y tratar de evitarlos.

Esta falta de cordura nos está llevando a situaciones inauditas. Quizá la más trágica es la lucha que está manteniendo Donald Trump con el Centers for Disease Control and Prevention, el CDC, el órgano gubernamental que debe organizar la respuesta a una pandemia en Estados Unidos. En el CDC están los mejores expertos del país en salud pública, y cuenta con más de 15.000 trabajadores y un presupuesto de unos 12.000 millones de dólares anuales. Están preparados mejor que nadie para hacer frente a este tipo de crisis.

Pero en julio, Trump le quitó la gestión de los datos de la pandemia al CDC y la transfirió al Gobierno federal, en un esfuerzo por controlar unas cifras que demostraban continuamente el fracaso de sus medidas. Desde entonces, miembros de la Administración Trump han interferido constantemente en las decisiones del CDC y les han llevado la contraria siempre que les ha convenido. Poco a poco, la moral de sus trabajadores  se ha ido deteriorando, mientras veían cómo las razones políticas se imponían a la lógica científica. La gota final fue la "desaparición" de la web del CDC, menos de 24 horas después de publicar que el SARS-CoV-2 se transmite por vía aérea, un hecho que la mayoría de científicos ahora apoya. Pero esto choca frontalmente con la opinión de Trump de que las mascarillas no son necesarias, un error que había provocado unos días antes a un enfrentamiento público entre e el presidente y el director del CDC. Trump no perdona a los que le lleven la contraria.

El resultado de este sabotaje es que los norteamericanos han perdido la confianza en el CDC, cuando en estos momentos debería ser el lugar de referencia para obtener información fidedigna. Una encuesta a 1.300 personas decía que el 51% se fía más de Trump que del CDC en temas relacionados con el covid-19. Cuesta entender que los humanos podamos ser tan estúpidos y creer a alguien que claramente es un ignorante, en lugar de a los profesionales que más saben de temas de salud. Al fin y al cabo, nos jugamos la vida. Pero las cosas van así, y deberíamos anticiparnos a estas reacciones para evitar males mayores.

Esto es lo que ha intentado hacer la revista 'Scientific American', que en sus 175 años de historia no se había pronunciado sobre unas elecciones. Ahora ha sentido la necesidad de pedir el voto para Joe Biden, porque dicen que tener un presidente que no entiende en absoluto de ciencia es un suicidio. Que los científicos se lancen de esta manera a la arena política no se había visto nunca, pero la situación es bastante dramática para justificarlo. Dar poder a la ignorancia es más peligroso que cualquier virus. Si al menos lo aprendiéramos de esta pandemia, ya lo podríamos considerar una gran victoria.

[Publicado en El Periódico 28/9/20. Versió en català.]

martes, 22 de septiembre de 2020

¿Madrid? El problema lo tenemos todos

Madrid tiene un problema. La curva de contagios de covid-19 ha llegado a un punto peligroso que, pese a no ser comparable a los peores momentos de la primera ola, demuestra que la pandemia se ha vuelto a descontrolarse. Pero el mejor indicador del impacto real del virus no es el número de diagnósticos, que depende de cuantos tests se hacen, sino la saturación del sistema sanitario, que es el preludio al aumento de mortalidad. Ayer tenían un 20% de camas ocupadas por enfermos de covid-19 (40% en las uci), una situación que se acerca al colapso.

Un artículo publicado en 'The Lancet' esta semana situaba España, después de medir una serie de indicadores, entre los países que peor se han enfrentado a la crisis, junto a Brasil, Estados Unidos y Colombia. La razón es que, desde el principio, se ha ido un par de pasos por detrás, en lugar de ir dos por delante. Esto tal vez se podía justificar en marzo, cuando las incógnitas eran numerosas, pero no ahora que se puede prever hacia dónde van las cosas porque hay suficientes voces expertas anticipando correctamente la evolución de la pandemia. Es obvio que hay una falta de liderazgo competente.

Parte del problema es que la política se ha inmiscuido demasiado en la gestión. Cuando Catalunya y Aragón fueron las primeras en sufrir rebrotes después del confinamiento, la reacción fácil fue atribuirlo a la inoperancia de los gobiernos locales. Pero este no era el origen del problema: la desescalada rápida y prematura, sumada al ansia de recuperar una normalidad imposible, hacían los rebrotes inevitables. Lo que se necesitaba entonces era que el resto de comunidades se hubiesen preparado para hacer frente en mejores condiciones el reto que les estaba a punto de caer encima. Ahora vemos las consecuencias de no haber hecho los deberes.

Y siguen sin aprender la lección. El anuncio de Díaz Ayuso de restringir solo la movilidad en ciertas áreas de la comunidad de Madrid y no reunirse con Pedro Sánchez hasta el lunes demuestra lo poco que entienden todavía algunos políticos como funciona el covid-19. Hemos visto que lo que hay es actuar rápido y con contundencia. Al igual que ocurrió en la primera ola, ya están tardando a sellar la capital. El confinamiento y la limitación de la actividad social deben ser siempre la última opción, por el fuerte impacto social y económico que tienen, pero hay que ser lo suficientemente valiente para reconocer cuando hay que aplicarlos para evitar males mayores.

Madrid tiene un problema. Pero Catalunya también. Y el resto del país, y todo el mundo, porque este virus no se está quieto. La ignorancia, arrogancia e incompetencia de algunos líderes es un peligro no solo para el territorio que gobiernan sino para la salud global. En lugar de caer en la complacencia de celebrar la inutilidad de los rivales políticos, se debe anticipar el próximo movimiento. No tenemos muchas herramientas para contener el virus mientras no llega la vacuna y, hasta cierto punto, jugamos la partida con desventaja. Pero lo que no podemos hacer es ponerle las cosas más fáciles cometiendo errores que ya deberían haber sido superados, porque el precio se paga en vidas humanas.

[Publicado en El Periódico, 19/09/20. Versió en català.]

[BONUS: Una entrevista sobre el tema en un artículo de El Confidencial]

martes, 15 de septiembre de 2020

Hagamos todas las pruebas y sin prisas

Tenemos claro que la pandemia de covid-19 no se acabará hasta que una parte suficientemente grande de la población haya recibido una vacuna que genere anticuerpos protectores. Por eso hay tanto interés en cualquier información relacionada con las vacunas más avanzadas. El anuncio de un caso con complicaciones graves en las últimas pruebas que quedan por superar a la de AstraZeneca, desarrollada en Oxford, ha hecho saltar las alarmas. ¿Qué significa esto exactamente?

La consecuencia inmediata es que el proceso se retrasará hasta que se haya estudiado bien el caso. Aún no sabemos si el problema lo ha causado la vacuna y, de ser así, si es excepcional o se debe esperar con cierta frecuencia. No nos podemos permitir efectos secundarios importantes, ni que sean rarísimos, porque la vacuna se debería dar a miles de millones de personas. La cantidad final de afectados podría ser muy elevada.

¿Es el fin de la esperanza de tener una solución en los próximos meses? No necesariamente. Debería ser el fin de las prisas. La presión a la que están sometidos los científicos es comprensible pero peligrosa. Puede hacer que se vean empujados a saltarse algunas pruebas clínicas, lo que podría ser desastroso. Esto es lo que ya han anunciado que les ha pasado a Rusia y China: han aprobado tres vacunas (la Spunitk V los primeros y de CanSino y Sinovac los segundos) sin haber superado la fase 3. Los ciudadanos podrían estar recibiéndolas sin las garantías mínimas. Sin embargo, no nos consta que todavía nadie haya vacunado, pero conociendo la transparencia habitual de estos países, no debería extrañarnos nada.

El parón temporal de los tests de la vacuna de Oxford tiene dos cosas positivas. Primera, nos demuestra que la fase 3 es necesaria. Normalmente, los efectos adversos que solo aparecen ocasionalmente no se detectan en las primeras dos fases de los estudios, porque el fármaco se da a poca gente. Solo cuando el número de voluntarios se amplía a miles podremos saber si existen estos síntomas raros. Segunda, nos dice que los protocolos funcionan: si hay un posible problema, se detecta. Una conclusión importante a estos puntos es que, cuando una vacuna supere esta fase final, se podrá administrar con tranquilidad.

Continuamos, pues, pendientes de los datos de los diversos estudios clínicos en marcha, pero con paciencia. Las vacunas estarán listas cuando lo tengan que estar. Puede que alguna se quede por el camino, pero hay suficientes alternativas (nueve actualmente en fase 3, y cinco más en fase 2) como para confiar en que al menos una llegará al final de la carrera con éxito. Si esto pasará en noviembre, o en enero, o en abril no lo puede predecir nadie.

Por eso no tiene sentido anunciar ahora cuándo se podrán administrar las primeras dosis. Esta información no la sabemos. Poner fecha de entrega a la vacuna solo confunde y hace que te sientas estafado si las cosas no funcionan, que es uno de los resultado posibles. Tenemos que aprender a convivir con la incertidumbre, por incómodo que sea, exigir que se hagan las pruebas sin prisas y no caer en triunfalismos antes de tiempo.

[Publicado en El Periódico, 10/09/20. Versió en català.]

viernes, 4 de septiembre de 2020

¿Qué pasará cuando abran las escuelas?

 A estas alturas, deberíamos ser todos conscientes de que estamos ante uno de los retos más importantes desde el inicio de la pandemia: la llegada del otoño. Algunos previeron que este iba a ser un verano tranquilo, de una cierta vuelta a la normalidad después de la intensidad del primer pico, pero ya avisamos de que, si nos relajábamos, acabaríamos precisamente donde estamos ahora: comenzando una segunda ola justo cuando se acerca la bajada de las temperaturas (que facilitará los contagios), el final de las vacaciones (que saturará los transportes públicos) y el regreso a las escuelas. Encaramos los meses más duros en peores condiciones de lo que sería deseable.

Continuamos demostrando una falta de previsión fenomenal. Si hicimos la desescalada sin tener a punto ninguna de las herramientas de control de rebrotes (tests masivos, rastreos y capacidad de limitar movimientos), ahora abriremos las clases con solo cuatro medidas tomadas a toda prisa. Otros países lo están haciendo mucho mejor. En primavera, cuando aún no conocíamos el comportamiento del virus, estas carencias quizá se podían justificar, pero ahora cuesta entender que las administraciones no hayan hecho los deberes y que tampoco hayan aprovechado el verano para planificar con calma el curso. Nos enfrentamos a un problema sustancial y las soluciones, que existen, no son fáciles de organizar.

Uno de los escollos es la confusión sobre el SARS-CoV-2 y los niños. Es cierto que suelen ser asintomáticos, pero se contagian con una frecuencia similar a la de los adultos, según confirman los estudios serológicos y las PCR actuales. Además, pueden tener una carga viral (el número de virus en el cuerpo) igual o superior. Así pues, los niños no son resistentes a la infección, solo reaccionan de una manera más suave. Lo que no sabemos, porque todavía no hay datos, es si son igual de contagiosos. Considerando que pueden expulsar una cantidad similar de virus, podríamos pensar que sí. Tampoco sabemos si las escuelas son un foco importante de infecciones. Durante buena parte de la pandemia han estado cerradas y donde han abierto ha habido algunos rebrotes, pero no conocemos cómo han influido en el resto de la población.

En medio de esta incertidumbre, el miércoles pasado se anunciaron las conclusiones de un estudio que la plataforma Kids Corona del Hospital Sant Joan de Déu ha hecho con cerca de 2.000 niños durante cinco semanas de colonias en 22 'casals' de Barcelona. Es un análisis exhaustivo necesario, por lo que decíamos de la falta de datos, que ha revelado que en estos entornos hay poca transmisión. Se enarbolaron estos resultados para pedir tranquilidad, pero el estudio no demuestra que la tasa de contagio entre los niños sea más baja que en la de la población en general, como interpretan algunos, porque no está diseñado para medir esto. Solo dice que, en grupos pequeños, en espacios abiertos y con medidas adecuadas (mascarilla, lavado frecuente de manos y 'burbujas'), los contagios son mínimos. Son buenas noticias, pero, citando la nota de prensa, los resultados no son directamente extrapolables a otras condiciones. O sea, no nos explican qué pasará en las escuelas, donde todos estos factores serán diferentes. Hay que tener presente, además, que las cantidades de virus que circulan ahora son bastante más elevadas que las que había en junio y julio, cuando se hizo el análisis, lo que aumentará el riesgo.

Seguimos, pues, ante un montón de incógnitas. Nada nos permite asegurar que las aulas serán lugares protegidos de la propagación del virus, ni podemos garantizar que las escuelas no actuarán como nodos importantes de transmisión comunitaria. Hay muchas posibilidades de que no sea así, es cierto, pero los errores pasados nos dicen que no podemos confiar en la suerte. La única opción que nos queda ahora es prepararnos para lo peor tan bien como podamos (y esperar que no haga falta): ratios bajas, distancia, sesiones en el exterior mientras sea posible... Aunque tengamos poco tiempo y poco presupuesto para implementar las medidas necesarias, tenemos que hacer todos los esfuerzos.

Por último, quiero tranquilizar los padres que están sufriendo por sus hijos: sabemos que a la gran mayoría de ellos el virus no les hará nada. Quienes peligramos somos los adultos, que podemos contraer la enfermedad si nos la pasan cuando lleguen a casa. Nosotros sí somos susceptibles a la forma severa del covid-19. Ahora bien, no perdamos la perspectiva: corremos muchos más riesgos yendo a cenar o tomar unas copas con los amigos en espacios cerrados, sin mascarilla ni guardando distancias (situaciones que vemos muy a menudo estos días), que dando un beso a los chicos cuando vuelvan de la escuela. Seamos prudentes y, sobre todo, seamos razonables.

[Publicado en El Periódico 31/08/20. Versió en català.]

martes, 18 de agosto de 2020

Unas medidas y un consenso necesarios

 El anuncio de una nueva lista de actuaciones preparadas por el Ministerio de Sanidad para hacer frente al covid-19 es positivo. Hay tres factores en estos momentos que aumentan el riesgo de contagio: la falta de distancia social, no llevar mascarilla y las aglomeraciones en lugares cerrados. Son circunstancias que se dan frecuentemente en entornos de ocio nocturno. Además, los estudios confirman que buena parte de los rebrotes se ven entre los jóvenes, consumidores mayoritarios de esta forma de entretenimiento. El cierre provisional de algunos locales y las limitaciones en otros, en un momento clave para el control de la curva, tiene sentido.

Desde el principio, el Gobierno ha tenido que navegar entre proteger la salud o la economía. Parece que no se pueden hacer las dos cosas a la vez, y tal vez no se puede al 100%, pero se han de buscar alternativas. En todo caso, la salud siempre debe tener prioridad cuando estamos hablando de la supervivencia de la población (recordemos que llevamos cerca de un millón de muertes en el mundo, y todavía no estamos en la fase de bajada). Por eso, las medidas que se acaban de aprobar son adecuadas, basándonos en lo que sabemos de la transmisión del virus (incluso la prohibición de fumar si no hay suficiente espacio).

Ahora bien, no se debe ignorar el impacto económico que tienen. Poner en riesgo la salud de la población para no hacer daño a la economía no es una opción viable, pero abandonar a los que dependen de estos negocios a su suerte tampoco lo es. A la vez que se anuncian planes sanitarios deben preverse rescates para garantizar que las familias que se verán afectadas puedan llegar a fin de mes. Otros países europeos ya lo han hecho, deberíamos tomar ejemplo.

Las nuevas regulaciones servirán de poco, sin embargo, si no nos implicamos todos. El contagio en círculos familiares y de amigos es uno de los otros grandes problemas, pero esto se ha hecho hincapié en optar por encuentros de grupos pequeños y estables. Hay que seguir esta medida rigurosamente. Y, mientras tanto, el Gobierno debe continuar aumentando los cribados y los rastreos, uno de los puntos débiles en las últimas semanas y que ahora son más importantes que nunca.

Un hecho especialmente positivo (y hasta cierto punto sorprendente) de este nuevo acuerdo es que se ha llegado a él por unanimidad. La gestión de una pandemia debería ser unitaria, a ser posible a nivel planetario o al menos en territorios lo más amplios posible. Esto aún no lo hemos conseguido (ni siquiera tenemos unas directrices básicas a nivel europeo), pero al menos esta vez ha habido sintonía a nivel estatal. Es mejor eso que lo que vimos al principio de la crisis (el Gobierno imponiéndose a las autonomías) o al principio de la desescalada (cada autonomía por su cuenta, sin apoyo central ni acceso a las herramientas necesarias). La coordinación es esencial, pero solo funciona si se hace consensuada con los territorios, que son los que conocen mejor los problemas y deberán aplicar las medidas. Hay unidad, pero también flexibilidad para que los planes se puedan adaptar a cada realidad. Se acercan días críticos, pero parece que nos enfrentamos con la actitud adecuada.

[Publicado en El Periódico, 15/08/20. Versió en català.]

martes, 4 de agosto de 2020

Los retos de la vacunación

Cada etapa de esta pandemia tiene sus retos. Antes de que llegara, había que haber diseñado un plan de respuesta universal y haber financiado mejor la investigación básica sobre una familia de virus que llevaba años en la lista de enemigos potencialmente peligrosos. Cuando comenzó, la clave era detectar rápido los brotes y aislar las zonas más afectadas para evitar que los casos se extendieran. Después del confinamiento, había que estar preparado para que, cuando aparecieran los inevitables rebrotes, se identificaran los nuevos positivos con celeridad y se les pudieran rastrear a fondo los contactos. Hasta ahora, los resultados de las tres primeras rondas han sido pobres en muchos países, contando el nuestro: ha fallado estrepitosamente en cada uno de los aspectos que los expertos avisaban que había que tener a punto. Quizá algún día, cuando todo esto haya pasado, alguien hará un análisis imparcial y nos revelará por qué no se pudo hacer mejor, para poder aprender así los errores.

Pero quejarse es poco útil. Quizá mejor prepararse para el siguiente reto, esto aún no ha terminado, para que no digan (de nuevo) que nos tomó por sorpresa. A estas alturas, deberíamos tener claro que el problema se acabará cuando tengamos una vacuna (o más de una) que nos permita conseguir la inmunidad de grupo sin tener que pagar el precio del 1% de mortalidad que veríamos si dejáramos que la gente se fuera infectando por su cuenta. Así pues, la cuarta fase de la pandemia será vacunar a una gran parte de la población mundial. Los desafíos, entonces, serán al menos dos.

El primero, conseguir que todo el mundo se quiera vacunar. Podemos ridiculizar todo lo que queramos a quienes se tragan historias fantasiosas sobre billonarios intentando controlar el planeta a través de inyecciones, el complot de las farmacéuticas para colocarnos fármacos que no hacen ninguna falta y la conspiración de los Illuminati para vendernos un virus que ni siquiera existe, pero si todos estos ciudadanos mal informados (que no son pocos) rechazan la vacuna cuando llegue, el problema no solo será suyo, sino de todos: es necesario que el porcentaje de inmunizaciones llegue a unos mínimos para que no haya más olas de covid-19.

Ya que seguramente no los podremos obligar, empecemos a trabajar el tema de la comunicación. Debemos explicar muy bien por qué la vacuna es la única solución que tenemos actualmente y que, aunque se esté yendo más rápido de lo normal a la hora de realizar los ensayos clínicos, las posibilidades de efectos secundarios graves serán prácticamente nulos una vez las pruebas básicas de seguridad se hayan superado. Miles de personas han recibido ya una de las cuatro que están más avanzadas, y de momento no ha habido ninguna reacción inesperada, como ocurre con la mayoría de las vacunas. Y sí, unas cuantas multinacionales se enriquecerán, pero Bill Gates no conseguirá teledirigirnos las mentes por mucho que se lo proponga.

El segundo reto tiene que ver con el sistema capitalista que impone la dictadura del mercado incluso en temas de salud. ¿Por qué se esfuerzan tantos países en ser los primeros en obtener una vacuna? El orgullo nacional es una razón, pero hay otra más pragmática: las dosis iniciales que se fabriquen serán para ellos. El Reino Unido ha reservado 90 millones unidades de la vacuna de AstraZeneca. Los estadounidenses se están asegurando los lotes iniciales que produzca Moderna. El Gobierno chino no creo que empiece a distribuir la de Cansino hasta que tenga a su población cubierta. Y los alemanes seguramente controlarán los estocs de la de Pfizer. Otros países ya están negociando para quedarse con las migajas que dejen los que tienen la prioridad garantizada. Es un sistema injusto, sin duda, pero ahora no conseguiremos cambiar las reglas del juego.

¿Qué hacen nuestros dirigentes para garantizar que no seremos los últimos de la cola? Puede que estén moviendo hilos discretamente entre bastidores y no sepamos nada, aunque, de momento, no ha habido ningún anuncio sobre el tema. La directora de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios sí que dijo hace unos días que el país participaría en pruebas clínicas y que tenía apalabrada la fase de envasado de la vacuna de Moderna. Esperamos que, a cambio, le haya arrancado a Donald Trump unas cuantas cajas de las primeras remesas. También dijo que deseaba que hubiera un acceso a las vacunas "justo y solidario". Ojalá su optimismo sea premonitorio pero, por si acaso, vayamos pensando en un plan B. Aún nos quedan unos cuantos meses para prepararnos para el próximo examen. Aprovechémoslos bien.

[Publicado en El Periódico, 28/07/20. Versió en català.]

viernes, 31 de julio de 2020

Tengamos un buen verano

La pandemia no ha terminado. Nos cuesta entenderlo, porque el número de casos en buena parte de Europa se ha reducido a unos mínimos tolerables. Pero la semana pasada llegamos al récord de casos diarios desde el inicio, sobre todo porque América está viendo ahora el pico que nosotros sufrimos hace unos meses (y la India va detrás). Además, ellos tienen un problema importante: la incompetencia de algunos de sus líderes parece que no tiene límites. La gestión de la crisis en Europa fue desastrosa al principio, pero al menos, cuando se entendió que la única manera de parar los contagios era evitar el contacto, la curva se allanó rápidamente, excepto en los lugares donde decidieron ir por libre y optar por un confinamiento 'light' (en el Reino Unido, por ejemplo, todavía no nos hemos quitado de encima del todo la primera ola).

Así, pues, hemos de ser conscientes de que aún nos queda mucha pandemia por delante, porque, mientras el virus continúe campando libremente por algún rincón del globo, el peligro de rebrotes no habrá terminado. A estas alturas parece claro que no se irá solito: es bastante contagioso y está bastante extendido por el mundo  para continuar siendo pandémico hasta que hagamos algo. Este 'algo' es la vacuna, que todo parece indicar que podría estar a punto incluso antes de las estimaciones más optimistas (se está hablando ahora de este otoño).

La que está más avanzada, la que desarrolla el grupo de Oxford, ha entrado en el último nivel de pruebas clínicas (la fase 3), y la farmacéutica que hay detrás tiene tanta confianza que ya ha comenzado a fabricar las primeras dosis por si todos los resultados salen positivos. Es una apuesta que les puede salir cara si aparece algún obstáculo de última hora, que no es imposible, pero que nos puede ahorrar unos meses preciosos si todo va bien. La parte de producción y administración de la vacuna será más larga que la del desarrollo científico, y lo más probable es que no consigamos la preciada inmunidad de grupo (al menos el 50%-60% de la población cubierta) hasta bien entrado el 2021, si tenemos suerte.

También es muy posible que más vacunas crucen la línea de meta (ahora mismo hay otra en fase 3, nueve en fase 2, nueve en fase 1 y más de 125 en estudios preliminares), y quizá a lo largo del año que viene irán llegando al mercado. Unas serán mejores que otras (más fáciles de producir, más efectivas ...), y la combinación de todas ellas es seguramente lo que nos permitirá inmunizar a más de medio planeta y condenar así al SARS-CoV-2 a la irrelevancia.

Este resultado final es prácticamente seguro, si tenemos en cuenta que el coronavirus muta muy poco y, por lo tanto, la protección que confieran las vacunas debería durar una buena temporada. Sería muy raro que ninguna de las más de 150 vacunas en juego funcionara, creo que podemos ser optimistas. Pero, si os fijáis, esta previsión implica más de un año de "nueva normalidad". Esto quiere decir que tendremos que continuar teniendo cuidado.

Comienza un verano que no será como los otros, más vale que lo tengamos presente. Como no lo será el resto del 2020 y al menos buena parte del 2021. Tal y como anunciábamos cuando comenzó la desescalada, en esta fase lo que debemos esperar son rebrotes que, si no se controlan lo suficientemente rápido, pueden requerir nuevas restricciones e, incluso, nuevos confinamientos en zonas concretas. Lo hemos visto ya en Asia, que sigue yendo por delante, y está empezando a pasar en Europa, pese a que las altas temperaturas de estos meses dificulten en parte la propagación del virus. El objetivo es evitar que estos rebrotes se descontrolen y acaben formando la segunda ola de la pandemia, tal como está ocurriendo en lugares como Irán. Nada nos garantiza que esta posible ola espere hasta el otoño, como pronostican algunos, sobre todo si nos relajamos demasiado durante las vacaciones. La capacidad de los gobiernos de hacer tests masivamente y de actuar con rapidez es lo que marcará la diferencia. Pero más aún lo hará la sensatez de los ciudadanos. El país que mejor entienda lo que nos estamos jugando ahora es el que sufrirá menos.

Sabemos que actualmente se han diagnosticado en todo el mundo más de nueve millones de casos de covid-19 (basándonos en estudios serológicos, lo que seguramente significa más de 90 millones de infectados reales), con una mortalidad declarada cercana al medio millón (que, según algunos cálculos, en realidad se aproximaría más al millón). No es una enfermedad trivial: más vale que nos la tomemos tan serio como podamos y nos esforcemos en reducir al máximo los contagios hasta que llegue la vacuna. Recordémoslo si queremos tener un buen verano.

[Publicado en El Periódico, 29/6/20. Versió en català.]

jueves, 16 de julio de 2020

¿Hay que preocuparse por los nuevos rebrotes?

En un congreso, hace unas semanas, me fijé en un modelo matemático que predecía que, si el confinamiento se hubiera mantenido en España al menos hasta mediados de julio, los casos de covid-19 habrían llegado prácticamente a cero. Entonces, con el país 'limpio', se habría podido volver a hacer vida normal (al menos mientras las fronteras estuvieran cerradas). El Gobierno optó por no hacer caso a esta y otras previsiones, y arriesgarse a empezar la desescalada antes de hora, priorizando las razones económicas por encima de la epidemiología. Esta es la raíz del problema que tenemos ahora: los rebrotes. La situación no es inesperada. Es, por tanto, inexcusable que no nos hayamos preparado adecuadamente para hacerle frente.

No podemos restar importancia a lo que está pasando solo porque, de momento, haya menos casos graves y muertes: ya llegarán si seguimos así. La curva de contagios está de subida y ya hemos visto que se puede descontrolar fácilmente. Cuando hay una cierta cantidad de casos, es difícil frenarla porque este virus es muy infeccioso.

El brote en Lleida es el primero importante y nos debe servir como aviso de lo que puede venir a continuación. La precaria situación de los temporeros aceleró la escalada, pero un factor de riesgo importante sigue siendo la densidad de población. Era de esperar que Barcelona fuera la siguiente ciudad en entrar en la zona roja. En este caso, tratar a L’Hospitalet como una entidad separada es absurdo. El virus no se detendrá antes de cruzar una calle. Toda el área metropolitana, el territorio más populoso de Catalunya, se debería mirar conjuntamente.

Los brotes activos en esta zona aún son pocos, y eso es bueno. Esto quiere decir que estamos a tiempo de evitar que se compliquen. Pero no lo conseguiremos esperando, sino interviniendo activamente. Después de la experiencia de los primeros meses, sabemos que solo hay tres cosas que puede detener la propagación del virus: diagnósticos rápidos (muchos PCR), seguimiento de contactos de los positivos (un rastreo efectivo) y confinamiento. Lo que ha pasado a Lleida demuestra que estas medidas no estaban a punto. Quizá se hacen más tests que antes, pero la capacidad de rastreo es deficiente y no podemos aislar zonas con eficacia sin meternos en una maraña legal.

Si no disponíamos de estas herramientas, ¿por qué desconfinamos el país? Es hasta cierto punto comprensible aceptar ciertos riesgos para facilitar la recuperación económica, pero lo que no podemos es poner el coche a 200 kilómetros por hora sin comprobar que los frenos funcionan. En la primera curva nos despeñaremos. Y sabíamos que este viaje está lleno de curvas.

Aún hay tiempo de subsanar las carencias, pero el margen es cada vez más pequeño. Los gobiernos tienen la responsabilidad de estar a punto para hacer frente a las crisis (sobre todo si son tan previsibles como esta), pero no son los únicos culpables de los fracasos. Recordemos que todos debemos contribuir evitando ahora más que nunca las situaciones de riesgo personales y laborales. Si no, los rebrotes aumentarán y se acabarán convirtiendo en una segunda ola, tal como hemos visto en Estados Unidos y otros países. Seamos conscientes.

[Publicado en El Periódico, 14/7/20]