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jueves, 19 de mayo de 2022

La ética de las crisis

La leyenda de la penicilina es bien conocida. Alexander Fleming ha montado su laboratorio en el sótano de un hospital inglés en 1929. Cuando regresa de vacaciones, descubre un cultivo de bacterias contaminado con un hongo y en lugar de desecharlo, lo examina detenidamente y descubre que hay un seguro círculo alrededor del invasor donde las bacterias no crecen. Deduce que el hongo secreta una sustancia que lo protege de sus enemigos, y lo llama penicilina.

Quizás no sea muy conocido que este descubrimiento ya se había hecho medio siglo antes, aunque pasó desapercibido. O que, mientras que Fleming normalmente se lleva el crédito, Howard Florey y Ernst Chain, quienes desenterraron el descubrimiento de Fleming casi una década después y reconocieron su potencial utilidad médica, merecen crédito por hacer de la penicilina el primer antibiótico ampliamente utilizado.

Volvamos a 1940. Europa está en guerra, y mueren más soldados por infecciones que por balas, como es costumbre. Alguien en el gobierno británico se fija en un artículo de Florey y Chain en la revista ‘Lancet’ en el que describen un experimento con ratones infectados con estreptococos en el que sobreviven aquellos a los que previamente se les había inyectado penicilina, mientras que sus compañeros mueren en menos de 24 horas. . A partir de ese momento, la penicilina se trata como un secreto de estado, al igual que los esfuerzos para construir una bomba atómica, porque los políticos reconocen su importancia para ganar la guerra. Todo lo que tienes que hacer ahora es averiguar cómo hacer suficiente.

No será fácil, pero con la ayuda estadounidense y una inversión espectacular de esfuerzo y dinero, solo superada por la carrera para desarrollar una vacuna contra el covid ocho décadas después, los aliados estarán produciendo más de mil millones de dosis en menos de cuatro años. Sin embargo, no hay suficiente para todos los que lo necesitan, y aquí es donde nos encontramos con la realidad. ¿Cómo priorizamos la distribución de un medicamento que salva vidas y que escasea?

La primera parte de la decisión es sencilla: el mundo requiere soldados, por lo que el antibiótico inicialmente estará disponible solo para uso militar. Miles de civiles, incluidas mujeres, niños y ancianos, que podrían haberse curado de infecciones mortales, deben dejar paso a hombres jóvenes que deben detener el avance de Hitler. Sin embargo, la penicilina suministrada por las compañías farmacéuticas estadounidenses en Europa es insuficiente. Debes adelgazar tu giro. Y es aquí donde Churchill toma una decisión inesperada: los soldados con sífilis y gonorrea, dos enfermedades venéreas incapacitantes y muy extendidas que no son mortales (al menos a corto plazo), recibirán antibióticos antes que los heridos. La lógica es innegable cuando lo piensas. Cuando un soldado herido deja el hospital, es posible que no pueda regresar al frente. En cambio, el soldado está listo para seguir siendo carne de cañón una vez que se eliminen las purgas inoportunas. Como resultado, alguien asesinado en el cumplimiento del deber en un burdel se vuelve menos importante para el país que alguien asesinado en el cumplimiento del deber defendiendo la libertad y la democracia. Es sombrío.

podría investigar cómo se distorsiona la moralidad humana en tiempos de crisis. De hecho, ya existe una disciplina llamada pandemia que estudia la ética en situaciones de pandemia. Durante las primeras oleadas de covid-19, algunos sistemas de salud abrumados tuvieron que tomar decisiones al estilo de Churchill, aunque quizás con resultados menos cínicos, sobre cómo se distribuyeron los recursos que no llegaban a todos. Tan aterrador como es, es inevitable, al menos si no hemos hecho nuestra tarea y no estamos preparados para lidiar con problemas de salud de esta naturaleza. Tal vez habremos aprendido para cuando llegue la próxima pandemia.

La decisión de pretender que la pandemia ha terminado y vuelto a la normalidad también es éticamente dudosa, y esto puede no ser obvio para nosotros. Sin embargo, con un virus que se está volviendo más contagioso (las subvariantes BA.4 y BA.5 de ómicron son extremadamente contagiosas) y aún agresivo (se están produciendo menos muertes principalmente porque estamos vacunados, no porque el virus se haya vuelto leve), hacer nada para protegernos pone en peligro a los miembros más vulnerables de la sociedad, especialmente a medida que disminuye la inmunidad (los anticuerpos no duran indefinidamente). Quizás alguien se lleve las manos a la cabeza dentro de ochenta años cuando lo estudien.

[Publicado en El Periódico, 16/05/22]

miércoles, 25 de agosto de 2021

Los retos del segundo otoño pandémico

Si habéis hecho vacaciones de proximidad este verano, seguro que habéis visto escenas que deben haberse repetido en la mayoría de pueblos de la costa catalana: terrazas y paseos llenos, abrazos y besos efusivos, y grupos numerosos socializando alegremente en la playa, con pocas mascarillas y todavía menos distancia de seguridad. Es cierto que hemos conseguido doblegar la quinta ola y que todos los indicadores no han parado de bajar desde el principio de julio, y sin duda nos hemos de felicitar por el éxito que han tenido las medidas de control que se han tomado, pero recordemos que los ingresos hospitalarios y la mortalidad van siempre unas semanas por detrás de los contagios. Todavía no sabemos qué coste tendrán los excesos que hemos estado haciendo estas semanas.

Por eso ahora sería un buen momento para comenzar a plantearnos qué nuevos retos nos esperan este otoño, antes de que, una vez más, nos pillen por sorpresa. Un diario inglés publicaba hace unos días que entre los residentes que han ido a hacer el turista a España hay el doble de positivos cuando se hacen la PCR de vuelta que entre los que han visitado Grecia, Italia o Portugal, la cual cosa quiere decir que posiblemente aquí los controles deben ser menos estrictos y el virus está circulando más que en otros países con características similares. Es con esta perspectiva que, de aquí a unas semanas, abriremos oficinas, transportes públicos y escuelas, situaciones donde el número de interacciones sociales en lugares cerrados, llenos y posiblemente mal ventilados aumentarán considerablemente. Más vale que nos preparemos bien.

Hay diversos factores que debemos valorar a la hora de decidir que medidas deberíamos tomar. El más importante es el dominio absoluto de la variante delta, que ha cambiado radicalmente las normas del juego, principalmente porque es más del doble de contagiosa de las que había el otoño pasado. Además, debemos tener en cuenta que, justo hace un año, en el país había menos de la mitad de casos registrados que ahora. Partiendo de esta base, las medidas que tomamos entonces, que recordemos que fueron insuficientes para evitar la segunda ola, debería funcionar todavía peor esta vez. Sería necesario, así, buscar alternativas urgentemente.

Pero en cambio, tenemos un punto a favor: pase lo que pase, no veremos picos de mortalidad o de ocupación de Ucis comparables a los de entonces, porque las vacunas funcionan muy bien. Lo que no hacen es evitar todos los contagios. Sí que los reducen, en parte, pero menos con la variante delta que con otras, posiblemente porque la cantidad de virus que tienen las personas vacunadas que se han infectado es similar a la de las que no han recibido la pauta completa, según un artículo reciente. Esto confirmaría que, poco o mucho, los vacunados también podemos contagiar y, por tanto, deberían hacer cuarentena como todos si han sido contacto cercano de un positivo (y todavía más si son positivos, claro). De momento, eso no está previsto.

Hay otro elemento negativo importante: se acaba de descubrir que con la delta hay también más posibilidades de contagio durante la fase inicial asintomática, cuando todavía no nos hemos dado cuenta que estamos infectados. La manera más efectiva para evitar esta propagación adicional del virus sería organizar campañas masivas y sostenidas de cribado con test de antígenos, para detectar rápidamente los que están infectando sin saberlo. Esto tampoco está previsto.

La situación, pues, es más compleja que la del primer otoño de la pandemia. También estamos mejor preparados y, en teoría, deberíamos haber aprendido de errores anteriores. Cuando menos, hemos conseguido eliminar de la ecuación los casos más graves y el alto porcentaje de inmunización reducirá también la circulación del virus. Pero eso no quiere decir que podamos bajar la guardia: un aumento de contagios siempre llevará un aumento de complicaciones, aunque los porcentajes ahora sean bajos. Además, la saturación de la atención primaria y los hospitales es un peligro real, como lo son el 10% de casos que acabarán en covid persistente, que puede ser muy incapacitante. Finalmente, no olvidemos que cuanto más circule el virus, más riesgo hay que mute, y eso aumenta las posibilidades que aparezca una variante todavía peor.

Hay motivos de sobras, pues, para tratar una posible sexta ola como las anteriores e intentar reducir al máximo el número de casos. Tenemos las armas necesarias para enfrentarnos: vacunas, cuarentenas y cribados, además de mascarillas y sentido común. Ahora falta ver si seremos capaces de aplicarlas bien. Esto depende tanto de las administraciones como de todos nosotros.

[Publicado en El Periódico, 23/08/21. Versió en català.]

miércoles, 7 de julio de 2021

Otro verano pandémico

Cómo han cambiado las cosas. En mayo celebrábamos que el covid-19 parecía controlado, al menos en Europa, y ya planificábamos cómo pasaríamos las vacaciones con cierta normalidad. Solo un mes después, volvemos a estar cabalgando una ola, que vimos con estupor cómo se formaba en el Reino Unido, un país muy bien vacunado y con los contagios prácticamente a cero, y que ahora está ya rompiendo con furia sobre nuestras costas. ¿Qué ha salido mal?

Nada: así es exactamente como funciona una pandemia. Nos tendríamos que haber acostumbrado a estos altibajos, porque han sido la tónica desde el principio de la crisis, pero nos pensábamos que, con la llegada de las vacunas, estos picos ya no se volverían a ver. Lo cierto es que, mientras el virus circule con libertad por todo el planeta, la historia no se habrá acabado. Esto no quiere decir que las vacunas no funcionen, al contrario: la nueva ola europea es muy diferente a las anteriores precisamente porque hemos conseguido proteger a la población más susceptible. A pesar de que los casos están subiendo con tanta rapidez como después de Navidad, las hospitalizaciones les siguen más lentamente, y lo que prácticamente no aumentan son las defunciones. Si el covid tiene una mortalidad de 1-3% de media (en algunos momentos ha sido diez veces superior), ahora apenas está alrededor del 0,2%. Esto es debido, principalmente, al cambio del perfil de los infectados: el virus está afectando sobre todo a quienes todavía no tienen una pauta completa de vacunación, que son los jóvenes, quienes desde el principio han tenido menos probabilidad de acabar en el hospital.

Pero esto no quiere decir que nos tengamos que tomar esta ola a la ligera. Si sigue el patrón británico, los ingresos subirán, pero proporcionalmente poco. Ahora, la atención primaria, que es la primera línea de defensa cuando hay casos leves, corre peligro de saturarse en breve, con el problema que representa esto para los otros pacientes, que no podrán ser atendidos correctamente. No tenemos que despreciar tampoco el batacazo físico que representa la enfermedad en algunas circunstancias, y el 10-15% de casos de covid persistente, que también se ve en jóvenes, y puede ser muy incapacitante. Además, también pueden aparecer complicaciones a largo plazo, incluso si la infección ha sido asintomática. Preocupan especialmente los problemas cardiacos, que se han descubierto hace poco en algunos atletas americanos y podrían haber tenido consecuencias graves. Así pues, a pesar de la buena noticia de la falta de incremento de mortalidad, hay que tener presente todos los otros problemas asociados que, si bien no son tan graves, tampoco se pueden obviar.

Quizá el riesgo más importante es dar alas al virus. Se ha dicho muchas veces que estamos inmersos en una carrera entre los microbios y las vacunas, y es así. Mientras no logremos la preciada inmunidad de grupo en todo el mundo, las infecciones continuarán. Y cada nuevo contagio es como echar los dados, porque cuanto más circule el virus, más posibilitados tiene de mutar y convertirse en más peligroso. Por suerte, el SARS-CoV-2 es muy estable, por eso en un año y medio ha acumulado pocos cambios importantes. Pero aun así han sido suficientes para generar variantes cada vez más contagiosas, que se han acabado convirtiendo en dominantes en todos los territorios. Lo mismo que pasó con la variante alfa (denominada en su momento británica) se repite ahora con la delta.

Esta batalla la está ganado el virus, que en su encarnación actual ha echado por tierra los esfuerzos de los últimos meses. Pero la guerra es larga. Inmunizamos a un ritmo cada vez más elevado, y se espera que pronto lleguen al mercado más vacunas que contribuirán a darnos una ventaja en la carrera. La clave es hacer entender a los países que van al frente de la campaña que no pueden relajarse hasta que el resto hayan logrado los mismos niveles. Este exceso de confianza es el que ha hecho que nos cogiera con la guardia baja un giro que era esperable.

La situación actual en Europa es mala, pero no trágica. No hace falta que nos entre el pánico, pero tendríamos que aprovechar para recordar que tenemos pandemia para rato y que, si bien las vacunas serán las que nos sacarán de este lío, hace falta que las ayudemos. Esto quiere decir, sobre todo, sensatez. Este verano nos tenemos que relajar, nos lo merecemos, pero no más de la cuenta. La palabra clave es precaución. Hemos mejorado mucho los últimos meses pero, para seguir esta tendencia, tenemos que evitar correr riesgos innecesarios. No estamos yendo atrás, pero lo que haría falta es poder continuar mejorando al mismo ritmo. Y esto depende, en gran medida, de nuestro comportamiento.

[Publicado en El Periódico, 5/7/21. Versió en català.]

viernes, 11 de junio de 2021

Confiar en la ciencia

Me ha pasado unas cuantas veces últimamente que, en las redes sociales, un desconocido me ha acusado de ser pájaro de mal agüero o, incluso, de desear que las cosas vayan mal. No soy el único científico que habla del covid-19 que sufre este tipo de comentarios cuando intenta poner sobre la mesa todos los escenarios posibles, especialmente los que las prisas tienden a arrinconar. Uno puede ser de tendencias más optimistas o más pesimistas, pero los profesionales tenemos la obligación de ser sobre todo realistas, aunque cueste. Hay que ser un poco bobo para creer que señalar los riesgos que nos pueden llevar a situaciones problemáticas quiera decir que tenemos ganas de que ocurran.

Es un tema de probabilidades que a veces cuesta de entender. Si hay un límite de velocidad es porque los estudios demuestran que un accidente por encima de esta cifra tiene un riesgo más elevado de tener consecuencias graves. Cuando decimos que es mejor no superar los 120 km/h, siempre encontraremos a alguien que nos asegurará que se ha saltado la norma mil veces y no le ha pasado nada. Pero esto no quiere decir que, cuantas más veces lo haga, más posibilidades tendrá de acabar mal. Con la pandemia es lo mismo: arrinconar la prudencia no garantiza una hecatombe, pero hace que aumenten las probabilidades. Es importante ir recordándolo, sobre todo en los momentos de más euforia.

A pesar de las críticas que recibimos de vez en cuando, estos días hemos visto un ejemplo práctico del impacto real que tenemos los divulgadores. Cuando en España se les ha dado a los vacunados con una dosis de AstraZeneca la opción de elegir una segunda dosis igual o mezclar vacunas, cerca del 90% se ha quedado con la primera alternativa, que es la que hemos defendido quienes estamos al caso, siguiendo las conclusiones de la EMA y la OMS. Al fin y al cabo, es la única combinación sobre la cual hay estudios fiables (que dicen que es segura y eficaz), el resto son conjeturas. El argumento es tan contundente que se ha aceptado mucho mejor que la recomendación oficial de elegir Pfizer, que todavía no tiene datos científicos suficientemente sólidos en los que apoyarse.

Esto demuestra que, como sociedad, hemos subido un escalón importante: hemos aprendido a buscar información. Puede parecer una cosa trivial en la era Google, pero es precisamente el acceso inmediato a montañas de datos que nos proporciona internet lo que hace que la tarea de encontrar la verdad sea más difícil que nunca. La pandemia nos ha enseñado (o confirmado) que la versión institucional no siempre es la más acertada. Y también que esto no implica forzosamente tener que ir por defecto al otro extremo y creer que todo lo que dice el gobierno es parte de una conspiración. Quien más quien menos en los últimos meses ha buscado voces que le inspiren confianza. Y no se ha quedado con la primera, ni con la más llamativa, ni con la más famosa, sino que se ha construido un grupo de referencia que quizá incluye uno que es un poco radical, otro que tiende a ser más bien conservador y un tercero que siempre busca puntos de equilibrio. Escuchándolos a todos, ha podido tomar sus propias decisiones de una manera bien informada.

Los medios también han contribuido mucho, cediendo el micrófono no solo al grupo habitual de divulgadores o al experto afiliado al sistema, sino ampliando la muestra para ofrecer un abanico de análisis independientes y justificados. Esto ha hecho que nos llegaran opiniones muy valiosas que en otras circunstancias habrían quedado enterradas. Es este esfuerzo común (científicos animándose a subir al estrado, medios abriéndoles las puertas y ciudadanos buscando y eligiendo proactivamente) lo que nos ha permitido madurar colectivamente. Esperemos que, una vez acabada la pandemia, no demos un paso atrás y mantengamos todo esto que hemos ganado.

La semana pasada, 'Buzzfeed News' accedió a 3.200 páginas de 'e-mails' de Anthony Fauci, el coordinador de la respuesta de Estados Unidos a la pandemia, que cubrían los primeros seis meses de 2020. A pesar del trabajo y la responsabilidad que tenía, Fauci sacaba ratos de donde fuera para contestar los mensajes que le enviaban todo tipo de personas preocupadas, desde famosos a ciudadanos anónimos. A un nivel más modesto, muchos científicos hemos intentado hacer una cosa parecida estos días, por ejemplo, resolviendo en Twitter o Facebook las muchas dudas que nos llegaban. Hemos procurado ayudar un poco con las herramientas que tenemos a mano, igual que otros muchos profesionales de campos diversos. Es un esfuerzo, intenso y no remunerado, que hacemos con mucho gusto. La recompensa más grande es ver que, en el otro lado, hay gente que nos escucha y confía en nosotros.


[Publicado en El Periódico, 7/6/21. Versió en català.]

jueves, 13 de mayo de 2021

Optimismo

Es el momento del optimismo, de hablar de la luz al final del túnel, de celebrar cómo suben los vacunados y bajan las víctimas, de empezar a pensar en todo lo que hemos dejado de hacer y pronto recuperaremos. Es el momento del optimismo, y esto es un peligro. Porque la pandemia no se ha acabado, ni mucho menos: todos estos progresos que estamos haciendo penden de un hilo. Miremos el ejemplo reciente de Chile, un país que, con más del 40% de la población inmunizada y creyendo que ya se habían salido, sufrió un pico intenso del cual se recuperan justo ahora. Los expertos creen que fue culpa de una relajación demasiado rápida, sobre todo relacionada con la apertura de los viajes internos durante el grueso de la temporada de verano, de diciembre a febrero.

Cuando España salió de la tercera ola, el optimismo se empezó a instalar en la población, espoleado por el incremento progresivo del ritmo de vacunación y la perspectiva de conseguir cierta normalidad en verano. Pero la situación en Chile nos demuestra que, incluso con una buena inmunidad y con la pandemia aparentemente controlada, no nos podemos confiar: tenemos que continuar vigilando y no querer correr más de la cuenta.

Así lo han hecho en el Reino Unido. Después de una gestión espantosa que los llevó a tener una de las mortalidades acumuladas más grandes del mundo, parece que por fin han encontrado la estrategia que funciona. Una combinación de vacunaciones masivas y confinamiento prolongado ha hecho que registren un número mínimo de muertes y los casos hayan bajado en picado. Y no les tembló el pulso a la hora de mantenerlo todo cerrado durante la Semana Santa porque los indicadores no eran adecuados. Actualmente, el Reino Unido tiene cinco veces menos contagios que España y el doble de vacunados, pero todavía están prohibidos los encuentros con otras burbujas en espacios cerrados, y restaurantes y pubs solo sirven en el exterior.

En España, en cambio, suele mandar más el calendario. La insistencia para recuperar la vida social y económica, sobre todo cuando se acercan fiestas, es demasiado fuerte en un país muy dependiente psicológica y económicamente de la restauración y el ocio, y con menos recursos para compensar a quienes sufren más el impacto. Ningún político español se ha atrevido a limitar la Navidad, la Semana Santa o el verano, por miedo a una revuelta popular. Por eso el riesgo es ahora que, en los próximos meses, vayamos adquiriendo la esperada libertad con prisa, independientemente de la realidad epidemiológica. El primer aviso ha sido cancelar el estado de alarma porque políticamente tocaba, no porque estemos seguros de que ya no será necesario. La semana pasada, en España hubo un centenar de muertes. En el Reino Unido, que tiene 20 millones más de habitantes, solo una docena. ¿En cuál de los dos países podemos quedar con los amigos para ir a cenar en un espacio cerrado?

Quizá esto es debido a una propensión a autoengañarnos. En España, la presidenta de una comunidad autónoma ha sido aclamada (y reelegida) porque su gestión de la pandemia ha permitido que la gente pudiera disfrutar de libertades que en otros territorios se habían negado. La consecuencia, como era de esperar, es el número de contagios y muertes más elevados del país y, ahora mismo, una de las ocupaciones más altas de ucis. Que levantar restricciones cuando todavía no es prudente hacerlo se paga con vidas humanas a estas alturas es indiscutible. Y, a pesar de todo, algunos escogen no verlo.

No se puede negar que, en todo el país, la situación está mejorando, y que tendría que continuar haciéndolo. Pero también es cierto que los indicadores aún no son del todo buenos: después de tocar fondo a mediados de marzo, la curva de contagios oscila arriba y abajo sin acabar de decidirse a continuar el ritmo descendente. No se trata de ver la botella ni medio llena ni medio vacía: los datos son los que son y se tienen que interpretar de una manera fría. Y a la hora de tomar decisiones de salud pública, siempre es más aconsejable la prudencia que correr riesgos. Que el optimismo, tan necesario para resistir lo que nos queda de pandemia, no nos ciegue: llenar bares y restaurantes no puede querer decir llenar también hospitales.

Estamos en la recta final, pero es una recta larga. Un tropiezo ahora puede hacer mucho daño. El optimismo puede convencernos que esto no volverá a pasar, que ya hemos superado lo peor y que las vacunas evitarán más olas. Esperamos que sea así. Pero recordemos el caso de Chile. E insistamos una vez más con el ejemplo británico: la actividad se tiene que recuperar cuando los datos lo permitan, no cuando la presión socioeconómica lo pida, y siempre de una manera gradual y proporcionada.

[Publicado en El Periódico 10/05/21 ]

miércoles, 17 de marzo de 2021

La recta final

La recta final de la pandemia en Europa se está alargando más de lo que preveíamos. A estas alturas, se esperaba tener una buena parte de los adultos vacunados, pero estos objetivos solo los está consiguiendo el Reino Unido, después de un Brexit prematuro que les permitió negociar la distribución de vacunas al margen de la estrategia claramente fallida de la Unión Europa. España está atrapada en esta red de mala gestión y, por mucho que al final haya superado los problemas logísticos iniciales, poca cosa puede hacer ante el embudo que representa una llegada de dosis inferior a la que podría absorber el sistema.

Esto es un problema, porque la normalidad solo se empezará a recuperar cuando toda la población susceptible esté protegida. A pesar de que el covid-19 afecta a todos, la mayor parte de los casos graves y la mortalidad se ve en franjas de edad elevadas y en enfermos con otras patologías. Por lo tanto, no hay ninguna excusa para que no prioricemos estos grupos a la hora de distribuir las pocas vacunas que tenemos. Cuesta de entender que, a estas alturas, haya un número sustancial de gente joven vacunada (con, recordémoslo, poquísimas probabilidades de morir de covid-19) y, en cambio, muchas personas mayores todavía no estén protegidas.

Esta incongruencia se debe a tres decisiones erróneas. La primera, no tener los protocolos bien definidos para evitar que se tomen medidas dudosas. No se trata solo de espabilados que usan su poder (político, religioso, militar, genealógico) para saltarse la cola, sino de vacunas que van a personal administrativo de hospitales (sano y joven) que no está en primera línea, o dosis sobreras que, para que no se echen a perder, se acaban dando a los acompañantes (sanos y jóvenes) de a quienes toca por derecho propio, en lugar de hacer el esfuerzo de ir a buscar personas mayores que las necesitan más.

La segunda ha sido desoír las recomendaciones de la OMS y de la propia Agencia Europea del Medicamento y no dar desde el principio la vacuna de AstraZeneca a los mayores de 55 años. Es cierto que originalmente no había bastantes datos, pero nada hacía pensar que no tenía que funcionar bien en la gente mayor, como, efectivamente, al final se ha demostrado. Y aquí viene un error todavía mayor: ser incapaces de reconocer la equivocación con rapidez (como hicieron incluso los propios instigadores de la estrategia, los alemanes) y quedarse prácticamente solo con una opción absurda que retardaba todavía más la vacunación de la población diana.

Finalmente, la última era más difícil de anticipar. La mayoría de países optaron por dar dos dosis de vacunas con una separación de dos o tres semanas, tal como las pruebas clínicas sugerían. Pero algunos optaron por priorizar la primera dosis para llegar a más gente más rápidamente. Ahora se ha visto que esto es suficiente para dar una cobertura mejor de lo que se esperaba. Una vez más, España tarda en reaccionar y no adopta la solución más efectiva.

Estos tres grandes errores se los ha ahorrado el Reino Unido. Esto, sumado a la estrategia ganadora de reserva de dosis que decíamos, han hecho que, después de una gestión pésima, Boris Johnson ahora se pueda colgar una medalla: todos los adultos británicos estarán probablemente vacunados antes del verano y los ingresos hospitalarios y la mortalidad ya habrán caído en picado. El plan es mantener hasta entonces una serie de restricciones, que se irán aligerando poco a poco, con la idea de que, una vez se eliminen, ya no se tendrán que implementar nunca más.

¿Qué pasará en España? Los porcentajes de vacunación serán más bajos, pero la necesidad de “salvar el verano” hará que, igualmente, las restricciones se reduzcan. Abriendo fronteras, con pasaportes inmunitarios o no, e incentivando el movimiento podría ser que se esparcieran más virus, incluso variantes difíciles de controlar (como es la P.1 que ha surgido de Manaos). Probablemente no se harán cribados masivos, con lo cual el control de brotes no será tan efectivo como podría ser. Previsiblemente, los casos volverán a subir, como pasa cada vez que nos relajamos con demasiada prisa. Si esto lleva a otra ola es posible que sea bastante más baja que las que hemos visto hasta ahora, eso sí, y, sobre todo, no tendremos que sufrir por las personas que viven en residencias ni por una buena parte de los más mayores, que ya estarán vacunados. Pero habrá más ingresos y algunas muertes que se podrían haber evitado. 

Todo esto contribuirá a este alargamiento de la recta final. Tendremos que tener paciencia y prudencia hasta que la vacunación haga efecto. No echemos por tierra ahora todo el esfuerzo por querer ir demasiado deprisa.

[Publicado en El Periódico, 14/03/21. Versió en català.]

miércoles, 3 de marzo de 2021

Lecciones de una pandemia

Desde hoy en todas las librerías, mi nuevo ensayo sobre lo que hemos aprendido (o tendríamos que haber aprendido) durante la pandemia. Un libro breve que intenta estimular el debate sobre qué se ha hecho mal i qué se podría mejorar, pensando ya en las próximas crisis de salud globales que veremos en el futuro. Recomendado para todos los que quieran reflexionar sobre estos últimos meses y contribuir a prepararnos mejor para el próximo reto. 

viernes, 12 de febrero de 2021

Votar en tiempos de pandemia

El 14 de febrero los catalanes tenemos una cita con las urnas. Son unas elecciones importantes: un Govern en funciones, descabezado por la inhabilitación de su ‘president’ y debilitado por desavenencias entre los socios, no tendrá nunca suficiente fuerza para hacer bien su trabajo. Pero esta necesidad política choca con la realidad epidemiológica. Aunque Catalunya está en fase de descenso de la tercera ola de la pandemia, aún falta para que los indicadores vuelvan a un nivel razonable. La Rt no baja de 0,9 desde finales de noviembre, el riesgo de rebrote continúa por encima de los 400 (más de 100 se considera alto) y la incidencia acumulada a 14 días todavía supera los 500. En estas condiciones, ¿se debería votar?

Hay tres maneras de responder a la pregunta. Desde el punto de vista político, hay una urgencia que hay que solucionar, pero también una serie de cálculos interesados ​​que hacen que unos partidos prefieran acelerar y otros chutar el balón adelante, hacia un futuro indeterminado que nadie puede garantizar que será mejor. Desde el punto de vista científico, sería prudente esperar, pero solo un poco. Al ritmo actual, dentro de aproximadamente un mes el número de casos se habrá reducido de manera sustancial, y el riesgo de contagio debido al movimiento masivo de personas será bastante menor. Es entonces, antes de que empiece una cuarta ola que predicen muchos modelos, que sería el mejor momento para votar. Pero ya hemos visto que la discusión entre estas dos facciones es estéril, porque hay una tercera vía que se acabará imponiendo: la jurídica.

Desde el principio de la crisis, ha habido un desfase entre lo que hay que implementar para preservar la salud de la población y lo que la ley permite hacer. En los países democráticos, los derechos fundamentales son un bien que hay que proteger. Pero en situaciones de emergencia como esta, la salud no puede quedarse en segundo plano, por lo que es necesario adaptar la normativa con rapidez a la realidad del momento. Sabemos que hay mecanismos para hacerlo, por lo tanto lo que ha fallado es la visión, la voluntad y la coordinación de quienes tienen el poder para hacer estos cambios. Lo que pasa entonces es que el tribunal que tiene la última palabra sobre cómo se hacen unas elecciones debe tomar decisiones según unas leyes que ya no encajan con lo que es mejor para los ciudadanos. El aparato jurídico-legal debe ser un eslabón más en los esfuerzos para evitar en lo posible los contagios, no puede ir en contra de lo que debería ser el objetivo primordial en una pandemia: salvar vidas.

Por desgracia, el sistema obliga a que las elecciones se hagan el 14-F, aunque epidemiológicamente hablando no tenga mucha lógica. Esto se debería haber previsto, y haber dirigido desde el principio las energías al plan B: conseguir que la jornada electoral sea lo más segura posible. Se ha perdido un tiempo precioso con el tema de la fecha, y las posibilidades de realizar acciones complejas se han ido reduciendo. Además, los gestores tienen un trabajo muy complicado, atrapados entre lo que les piden los científicos y lo que les permiten las leyes. Por todo ello, algunas de las opciones más obvias desde la óptica sanitaria (un confinamiento previo de un par de semanas para acelerar la descarga, urnas móviles, más de un día de votación, incentivar y facilitar más el voto por correo, turnos más cortos en las mesas, tandas de votaciones, aún más colegios electorales y en espacios más amplios y ventilados ...) no son factibles.

Entonces, ¿es prudente ir a votar el 14-F? Partiendo de que el riesgo cero solo existe si te quedas en casa, parece que se está haciendo todo lo posible para limitar los problemas el día de las elecciones. Pero hay dos agujeros negros que no se han resuelto todavía. Uno es asegurar que en las mesas no hay personas vulnerables (o que conviven con una). Serán los que estarán más expuestos, por eso deberían ser jóvenes y sanos, para minimizar complicaciones. Pero el reto clave es el de los positivos. Alguien que tiene el covid-19 y, por tanto, puede contagiar, no debe salir a la calle bajo ningún concepto. El peligro que esto representa para la salud de todos los ciudadanos no es aceptable, porque no hay ningún conjunto de medidas suficientemente efectivas para garantizar que no propagarán la enfermedad.

Es esencial respetar el derecho a voto de todos, pero no al precio de jugar con la vida de los demás. Las prioridades deben estar claras. Por eso es importante no caer en el derrotismo o el conformismo y buscar alternativas. Si no, el peligro es que la gente tenga miedo de salir a hacer oír su voz, y eso sí sería una perversión intolerable del proceso democrático.

[Publicado en El Periódico, 9/2/21. Versió en català.]

lunes, 30 de noviembre de 2020

¿Podemos fiar-nos de las vacunes de la Covid-19?

De acuerdo con las previsiones que se han hecho desde el verano, parece que tendremos una vacuna contra la covid-19 aprobada antes de terminar el año o, como mucho, a principios del siguiente. Más de una, de hecho, porque hay 12 completando ensayos clínicos de fase 3, y algunas a punto de terminarlos, como las de Moderna, Pfizer, Johnson & Johnson y AstraZeneca. No faltarán opciones. ¿Pero debemos fiarnos de estas vacunas?

Debido a la urgencia y la necesidad de buenas noticias, desde el principio de la pandemia se ha roto una de las normas de oro de la ciencia: primero se han emitido las notas de prensa y luego se han publicado los datos de los estudios. Normalmente se hace al revés para evitar conflictos de interés (quien anuncia los éxitos no puede ser quien saldrá más beneficiado, económicamente o de otras maneras), y para asegurarnos de que un grupo de expertos imparciales tiene tiempo de escrutar los resultados. Esto nos obliga a tomarnos las noticias de estos días con precaución: hasta que no tengamos acceso a toda la información, más vale ser prudentes.

Es por ello que la eminente viróloga Margarita del Val expresaba hace unos días en una entrevista sus dudas sobre los anuncios recientes de efectividades del 94,5% y 95% de las vacunas de Moderna y Pfizer, respectivamente. Tiene razón en cuanto a que lo que interesa sobre todo es saber si protegen a la gente más vulnerable y si reducen los casos graves y las muertes, y de todo esto todavía no han dicho nada. La alegría, pues, es un poco prematura, aunque tenemos motivos para ser optimistas.

Pero todo esto se solucionará antes de que las agencias reguladoras permitan que se den masivamente a la población. Se ha corrido mucho en la producción de las vacunas, es cierto, pero solo en las fases que lo permitían. Haber inyectado tantos millones en la búsqueda ha acortado mucho la etapa pre-clínica, y la burocracia, que la hay en todo el proceso, también se ha reducido a la mínima expresión. Ahora bien, los ensayos de eficacia y seguridad se están haciendo igual que siempre. O mejor, incluso. Comparémoslo por ejemplo con la primera vacuna del ébola, que se aprobó el año pasado después de darla a solo 3.000 voluntarios. Naturalmente, la necesidad en ese caso era otra y justificaba las prisas. La clave de una vacuna contra el covid-19 no es quizá tanto que sea muy efectiva (con un 60-70% también nos arreglaríamos) sino, sobre todo, que no tenga efectos secundarios graves, por poco frecuentes que sean, porque se habrá de dar a millones de personas. Por ello se han reclutado miles de voluntarios (cerca de 50.000 para cada una en la fase 3), para que se puedan detectar incluso los problemas más raros. Tal como indicaba también Margarita del Val, debería ser suficiente para estar tranquilos.

Esto significa que, una vez se hayan publicado todos los detalles de los estudios y los expertos los hayan revisado con lupa, las vacunas que lleguen al público serán seguras (y, además, funcionarán suficientemente bien). Es importante repetirlo, porque últimamente está creciendo una peligrosa ola de desconfianza en todo el mundo: algunas encuestas dan cifras sorprendentemente altas de gente que no querrá vacunarse. Lo he oído decir también a profesionales que, en principio, deberían entender lo que significa que un fármaco pase todas las pruebas pero se están dejando llevar por las supersticiones. Esto da mucho miedo, porque hasta que al menos tres cuartas partes de la población mundial tenga anticuerpos, no podremos empezar a respirar tranquilos. Si la campaña de vacunación topa con estas reticencias, la crisis se puede alargar indefinidamente.

No ha ayudado nada que Rusia y China hayan dado el visto bueno a seis vacunas que aún están en fase 3. En teoría ya se están administrando a grupos concretos de población, aunque no nos ha llegado ningún dato. Se entiende que estos casos levanten suspicacias, sobre todo por las motivaciones políticas que hay detrás, pero hay que diferenciar lo que está pasando en el resto del mundo. Recordemos que Donald Trump presionó para conseguir un golpe de efecto similar antes de las elecciones, pero los organismos reguladores de Estados Unidos rehusaron saltarse ningún paso. Esto demuestra que el proceso de aprobación funciona bien.

En cuanto se empiece a distribuir de forma generalizada una vacuna (primero la recibirán el personal sanitario y las poblaciones de riesgo), podéis contar con que me veréis al frente de la cola para recibir una dosis. Por responsabilidad social, sí, pero también por motivos puramente egoístas: me muero de ganas de volver a hacer vida normal. Y eso, seamos realistas, solo nos lo permitirán las vacunas.

[Publicado en El Periódico, 23/11/20. Versió en català.]

lunes, 23 de noviembre de 2020

Todavía queda mucho partido

Nos hallamos en un punto complicado de la pandemia. Por un lado, llevamos demasiados meses en una situación trágica, con restricciones importantes al ritmo de vida habitual y con mucha gente sufriendo una reducción significativa de sus ingresos. El desgaste que esto produce es evidente. Por el otro, no paramos de tener buenas noticias sobre las vacunas. En los últimas días, tres de las candidatas más avanzadas (la de Moderna, la de Pfizer y la Sputnik rusa) han anunciado que los resultados parciales de los últimos tests de eficacia y seguridad son positivos, con coberturas de más de 90% en los voluntarios de todas las edades a quienes se las han inyectado. No es extraño que los comunicados de prensa se hayan recibido con la alegría reservada para los regalos de Reyes.

Pero parece que no nos damos cuenta de que entre el drama y la esperanza ha quedado atrapada la realidad. Haría falta que no perdiéramos perspectiva de cómo están las cosas en estos momentos: vivimos todavía en plena segunda ola, intentando poner parches a un barco que hace agua por todas partes, y a muchos meses de distancia del final de la pandemia. En Europa y América sufrimos las consecuencias de una gestión nefasta del primer pico, que pudimos controlar brevemente pero que no llegamos a aplanar del todo, como sí que consiguieron unos cuántos países orientales. Las brasas de aquel fuego se reavivaron rápidamente cuando quisimos volver a la normalidad demasiado rápido, y por eso hemos perdido todo lo que habíamos ganado y ha habido que volver a implementar restricciones.

Corremos el riesgo de que ahora pase exactamente lo mismo. Las ganas de intentar disfrutar de la Navidad se asemejan demasiado al intento fallido de salvar la temporada de verano. Incluso la desescalada por fases tiene un diseño similar. Todo hace pensar que volveremos a pulsar el acelerador y que lo que marcará el ritmo de relajación no será la evidencia epidemiológica sino el calendario. La consecuencia esperable de estas prisas sería una tercera ola a principios de año, y otra vez negocios cerrados para mirar de frenar la curva de contagios. Este es el problema de crear expectativas poco realistas (“sacrifiquémonos ahora para poder tener una Navidad decente”): que no llegamos nunca a acabar del todo con el problema.

El panorama para los próximos meses no es bueno. Si no cambiamos de actitud, no saldremos nunca del ciclo rebrote-restricciones-relajación-rebrote, y esto lo tenemos que tener muy claro, porque el esfuerzo tanto de los ciudadanos como de los gobiernos es clave para conseguir que la cifra de muertos hasta que logremos la inmunidad de grupo sea lo más baja posible. Preparémonos, pues, para un invierno difícil. Y una primavera que no será mucho mejor. Y un verano en el cual seguramente veremos una parte de la población mundial vacunada pero que tampoco será normal. Si nos hacemos a la idea, quizás evitaremos por un lado decepcionarnos cuando las expectativas no se cumplan y por el otro desentendernos antes de tiempo de las obligaciones que tenemos como miembros de una sociedad que atraviesa la crisis sanitaria más importante de las últimas décadas. Todavía queda mucho partido. Lo ganaremos, pero no podemos desfallecer.

[Publicado en El Periódico, 18/11/20. Versió en català.]

jueves, 12 de noviembre de 2020

¿Han sido suficientes estas restricciones?

La situación de la pandemia de Covid-19 en Europa no es buena. Mientras que la segunda ola en muchos lugares de Asia está siendo testimonial, aquí estamos en fase de subida y con peligro de que se descontrole de nuevo. Es por ello que todos los países del continente han empezado a aplicar diversas medidas de contención, más o menos drásticas en función sobre todo de lo que creen que puede proteger mejor la economía. La idea es hacer los recortes mínimos que sean suficientes para parar el golpe y evitar lo que todo el mundo teme, el confinamiento estricto, que ya sabemos que funciona bien pero tiene un coste muy alto.

Aún es pronto para saber si lo conseguiremos. El Estado Español, de nuevo, ha actuado tarde y con poca contundencia. Tiene el dudoso honor de ser uno de los que vio antes el inicio del segundo pico, a mitad del verano, y el que peores datos ha tenido los últimos meses, entre ellas ser el primer país europeo en superar el millón de casos. Por eso, las medidas anunciadas hace unas semanas por el Gobierno fueron celebradas por muchos, porque era urgente actuar, pero a la vez criticadas por temor a que no fueran suficientes, sobre todo comparadas con las que se aplicaban a lugares como el Reino Unido o Alemania, que partían de cifras menos graves. Además, las restricciones han variado dependiendo de cada comunidad autónoma.

Esta estrategia en principio puede ser buena, porque permite que cada territorio adapte las normas a su realidad, pero tiene el peligro de depender de la capacidad de gestión de los gobiernos locales, que ya hemos visto a lo largo de la pandemia que a veces presenta limitaciones serias. Está prevista una evaluación del efecto que han tenido las medidas y se revisen si hace falta. ¿Han ido tan bien como se esperaba?

Algo que hemos aprendido desde febrero es que cualquier norma que limite los contactos sociales consigue frenar la curva de contagios, aunque sea poco. Efectivamente, todos los indicadores han mejorado estos días. La Rt media en el Estado está ligeramente por debajo de 1, lo que quiere decir que la pandemia entraría en fase de bajada, después del pico de 1,24 del 21 de octubre. Pero la incidencia de casos acumulados por 100.000 habitantes de la última semana (IA7) sigue alta en muchas comunidades, como Catalunya y Aragón, que superan los 300. Por otra parte, en Galicia y Valencia la IA7 ya ha bajado de 100, lo que se considera el límite a partir del cual la situación es controlable. Globalmente, el total de casos diarios también disminuye ligeramente, desde el pico de más de 16.000 que se vio a principios de la semana pasada.

Estas cifras son positivas y parecería que quieren decir que la situación mejora, pero deben interpretarse con precaución. Por un lado, dependen de la cantidad de pruebas: si se hacen menos, la disminución que se ve es artificial. Navarra ha realizado hasta ahora 700 por cada mil habitantes, entre PCR y test rápidos, la que más, mientras que Catalunya no llega a 350. Por otra parte, debemos esperar para confirmar si se mantiene el descenso antes de aligerar las limitaciones impuestas. El indicador más claro del éxito de las restricciones es la saturación de los hospitales, especialmente las UCI, y la mortalidad, pero los efectos en estos datos aún tardarán semanas en verse.

¿Qué se debería hacer a partir de ahora? La situación mejora, pero queda mucho trabajo. Lo más importante es no confiarse. Debemos continuar unas semanas con estas tendencias a la baja para asegurarnos de que la pandemia vuelve a una fase menos peligrosa. No podemos repetir el error del verano: querer recuperar la vida normal rápidamente después de las restricciones. Debemos entender que, durante los próximos meses, tendremos que continuar limitando nuestra actividad todo lo que sea posible. Sin que una parte amplia de la población haya recibido la vacuna no puede haber la "nueva normalidad" que todo el mundo quiere, por tanto el mensaje no puede ser que tenemos que hacer un esfuerzo ahora para podernos relajar después, de cara a las fiestas. Esto es precisamente lo que ocurrió en verano, y ya hemos visto cómo terminó de mal. Debemos dejar de pensar que esta Navidad será como siempre, porque con esta actitud lo que nos espera es un rebrote importante en enero.

Por mucho que los casos sigan disminuyendo estas próximas semanas, no podemos pretender recuperar inmediatamente la tranquilidad, sino que tanto el Gobierno como los ciudadanos tenemos que ser prudentes. Es cierto que la pandemia nos está pidiendo sacrificios importantes, a algunos más que a otros, pero recordemos que son temporales y los hacemos para salvar vidas mientras no llega la inmunidad de grupo.

[Publicado en El Periódico, 9/10/20]

lunes, 2 de noviembre de 2020

¿A quién debemos escuchar?

Estos días ha resucitado una idea que se propuso al principio de la pandemia, la de buscar la inmunidad de grupo de una manera espontánea, dejando que la gente se infecte mientras se aíslan solo los vulnerables. Lo han recomendado unos científicos de renombre en la llamada 'Declaración de Great Barrington'. Esto supondría hacer lo contrario de lo que persiguen las medidas actuales, que es intentar protegernos para evitar el máximo número de contagios hasta conseguir la inmunidad gracias a la vacuna.

No hace falta saber mucho de epidemiología para entender los puntos débiles de la estrategia. Para empezar, a pesar de que la mayoría de muertes se ven en las poblaciones de riesgo, también hay víctimas entre gente sana de todas las edades. Además, todavía no conocemos las consecuencias a largo plazo del covid-19 ni qué problemas de salud conllevará. Algunos síntomas (cansancio, ahogo, pérdida de olfato...) pueden durar meses. Y en un estudio del Hospital Universitario de Fráncfort, el 78% de los pacientes que se habían recuperado presentaban alguna afectación cardiaca. Finalmente, la idea de aplicar restricciones solo a los ancianos y enfermos es difícil de implementar, porque es imposible evitar del todo que interaccionen con personas de otros grupos.

La conclusión es que esta táctica no es ni ética ni factible, porque las cifras de mortalidad y morbilidad que se alcanzarían serían demasiado elevadas. No lo digo yo, sino la gran mayoría de expertos en el tema, por eso es sorprendente que gente con buena reputación científica haya vuelto a poner la idea sobre la mesa. Empeñarse en caminos que ya se ha visto que no llevan a ninguna parte puede ser peligroso, porque aquí no estamos hablando de una simple discrepancia académica, sino de decisiones de salud pública que afectan a la supervivencia de la población. Además, erosiona la confianza que tienen los ciudadanos en los expertos, que dan la imagen de contradecirse constantemente.

En una entrevista que me hicieron hace poco, insistí en que, antes de tomar decisiones, los políticos deben hacer caso a los científicos. Uno de los tertulianos comentó entonces: "Sí, ¿pero a quiénes?". Citando precisamente la controversia con la 'Declaración de Great Barrington'. Es una duda muy válida. No todo el mundo tiene claro cómo funciona la ciencia, y es necesario que lo expliquemos mejor. El conocimiento avanza gracias a la discusión y el debate. Cuando no hay suficiente información para saber con certeza una respuesta, solo podemos proponer teorías, a menudo enfrentadas, y es inevitable que algunas sean más acertadas que otras. Pero a medida que vamos sabiendo más, ciertas opciones se convierten en marginales y otras en aceptadas. A los humanos nos gusta apostar por aquellos que van a contracorriente y se enfrentan al orden establecido. Son personajes que quedan muy bien en la películas pero, en el entorno científico, suelen estar equivocados. La ciencia no funciona con intuiciones, sino con datos contrastables que cualquiera con un poco de experiencia puede interpretar. Por eso, cuando son bastante claros, nos acabamos poniendo de acuerdo.

La respuesta, pues, es que los políticos y la sociedad deben elegir las recomendaciones apoyadas por la mayoría de los científicos y no dejarse deslumbrar por la mística que emanan los disidentes. O, aún peor, escoger la opción que encaja mejor con tu agenda, independientemente de su solidez científica. La 'Declaración de Great Barrington' podría ser un ejemplo, porque se han escudado políticos poco partidarios de implementar medidas restrictivas, que el resto de expertos dicen que son las únicas que funcionarán ahora. Otra es Li Meng-Yan, una científica china a la que algunos medios están haciendo un caso exagerado estos días porque es una de las pocas que todavía dice que el SARS-CoV2 fue creado en el laboratorio, cuando no hay ningún dato fiable que lo acredite. Al contrario: el virus es 96% idéntico a su antecesor inmediato, el RaTG13, que hace décadas que circula entre murciélagos.

Por eso es importante que los líderes se dejen asesorar, no por un experto, sino por un comité amplio y heterogéneo de expertos. Deben priorizar los consejos tomados por consenso y entender en qué datos se apoyan. A veces se equivocarán, pero no tanto como con la estrategia de anteponer la política a la ciencia. Actualmente, las disputas entre partidos han conseguido que la arrogancia se imponga a la cordura. No nos podemos permitir que dentro de un gobierno haya alguien poco capacitado que tome decisiones al margen de lo que dicen los expertos solo porque los apoya un político de otro color, porque el precio de esta incompetencia no se paga en votos, sino en vidas.

[Publicado en El Periódico, 26/10/20. Versió en català.]

lunes, 12 de octubre de 2020

Las causas del desastre

Pasé diez años en Nueva York y aún conservo amigos. He hablado con ellos últimamente y me dicen que Manhattan parece desierto. La pandemia ha transformado radicalmente la ciudad que nunca dormía porque se han tomado medidas drásticas para detener los contagios. Una ha sido incentivar el teletrabajo. En la isla viven un millón y medio de personas, el mismo número que entraba cada día a trabajar. Si la gente no va a las oficinas, las calles y los comercios están desiertos. A esto hay que añadir el cierre prácticamente total de bares y restaurantes durante un tiempo largo.

El golpe económico para Nueva York será fuerte, pero las restricciones funcionan: a pesar de haber tenido un primer pico de casos similar al de Madrid, en la segunda ola las diferencias son abismales. Por eso el 'Financial Times' escogía las dos ciudades hace unos días para comparar una buena y una mala gestión. Y la OMS se preguntaba la semana pasada qué hace que España tenga unas de las peores estadísticas (el sexto país del mundo en mortalidad per cápita, el séptimo en aumentos diarios de muertos y el octavo en casos totales). Se nota que no siguen la política local.

La pantomima de estos días entre el Gobierno de la Comunidad de Madrid y el del Estado podría servir como resumen de la tragedia. En países como el Reino Unido, las alarmas se disparan cuando un área supera los 100 casos acumulados cada 100.000 habitantes en 15 días, y se empiezan a aplicar restricciones progresivas. En España se ha dejado que zonas del país supera los 1.000 casos mientras todavía discutían qué hacer (la media del país ahora es de 315, 176 en Catalunya, comparada con los 130 del Reino Unido, los 44 de Italia o los 35 de Alemania).

La respuesta a la pregunta de la OMS es sencilla: en España las cosas se hacen tarde y mal. A pesar de que la primera ola nos enseñó que cuanto antes se aplican restricciones y más severas son, menos tendrán que durar, los políticos españoles parece que no han tomado nota. Continúan dudando y dejando pasar los días cuando tienen que tomar decisiones difíciles. Un segundo motivo es que algunos gobernantes no han entendido todavía las prioridades. Hay ejemplos (Suecia, Estados Unidos...) que demuestran que intentar proteger la actividad comercial en lugar de priorizar la salud no funciona: al final la economía también se acaba resintiendo.

La tercera causa del desbarajuste es la incapacidad de dejar de lado la política cuando hay temas más importantes. No se trata de elegir entre derecha o izquierda, o entre el Gobierno central o el autonómico: la realidad epidemiológica debe pasar por encima de las otras consideraciones. Desde el punto de vista de las salud, lo que hay que hacer está claro y no debe depender de negociaciones. Por eso antes de ayer 55 sociedades científicas nacionales pedían que las decisiones "se tomen por motivos científicos, desligados completamente del continuo enfrentamiento político". Si España quiere dejar de salir en el 'top 10' de países más afectados necesita dirigentes que aprendan de los errores, escuchen a los asesores y actúen con rapidez.

[Publicdo en El Periódico, 6/12/20. Versió en català.]


BONUS TRACKS:
He hablado de este tema también en algunos reportajes recientes:

Huffington post
La vanguardia
RTVE
AP News
Voz populi
Libertad digital


viernes, 2 de octubre de 2020

Más peligroso que cualquier virus

Uno de los problemas de la gestión de esta pandemia ha sido cómo la política se ha enfrentado a la ciencia, en lugar de apoyarse en ella. La primera ola no hubiera sido tan intensa si los líderes hubieran estados debidamente preparados para hacer frente a una crisis de estas características. Me refiero sobre todo a tener unos conocimientos mínimos sobre cómo funcionan las enfermedades infecciosas. Es cierto que en algunos países donde los dirigentes sabían lo suficiente como para entender la magnitud de la tragedia se organizaron bien y con rapidez, empezando por buscar los asesores adecuados (¡y escuchándolos!). Pero la mayoría daban palos de ciego, desde Xi Jinping, practicando aquella vieja tradición china de esconder datos, a Donald Trump restándole importancia a la crisis sanitaria más importante del siglo, dos estrategias negacionistas para hacer ver que todo va de maravilla cuando tú mandas. Que la realidad no te estropee una foto de postal. Ahora, en plena segunda ola, estamos viendo la repetición de la jugada, con demasiados dirigentes mirando hacia otro lado cuando los científicos intentan avisar de los peligros inminentes.

Seamos justos: desde el principio los políticos han tenido que buscar el equilibrio entre hacer lo que recomendaban los expertos y proteger la economía, dos cosas que a veces no parecían compatibles. No es nada fácil, y no me gustaría tener que tomar este tipo de decisiones. Pero, claro, yo no me he presentado a unas elecciones para ser dirigente. Si ves que la situación te supera, lo más honesto y sensato sería admitirlo. Al final, lo que ha pasado es que, en contra de los consejos de quien realmente entiende, a menudo han elegido una solución que después se ha confirmado que era tan incorrecta como se anticipaba. Quizás al principio se podía justificar, pero a medida que avanzaba la pandemia, deberían haber aprendido de sus errores y tratar de evitarlos.

Esta falta de cordura nos está llevando a situaciones inauditas. Quizá la más trágica es la lucha que está manteniendo Donald Trump con el Centers for Disease Control and Prevention, el CDC, el órgano gubernamental que debe organizar la respuesta a una pandemia en Estados Unidos. En el CDC están los mejores expertos del país en salud pública, y cuenta con más de 15.000 trabajadores y un presupuesto de unos 12.000 millones de dólares anuales. Están preparados mejor que nadie para hacer frente a este tipo de crisis.

Pero en julio, Trump le quitó la gestión de los datos de la pandemia al CDC y la transfirió al Gobierno federal, en un esfuerzo por controlar unas cifras que demostraban continuamente el fracaso de sus medidas. Desde entonces, miembros de la Administración Trump han interferido constantemente en las decisiones del CDC y les han llevado la contraria siempre que les ha convenido. Poco a poco, la moral de sus trabajadores  se ha ido deteriorando, mientras veían cómo las razones políticas se imponían a la lógica científica. La gota final fue la "desaparición" de la web del CDC, menos de 24 horas después de publicar que el SARS-CoV-2 se transmite por vía aérea, un hecho que la mayoría de científicos ahora apoya. Pero esto choca frontalmente con la opinión de Trump de que las mascarillas no son necesarias, un error que había provocado unos días antes a un enfrentamiento público entre e el presidente y el director del CDC. Trump no perdona a los que le lleven la contraria.

El resultado de este sabotaje es que los norteamericanos han perdido la confianza en el CDC, cuando en estos momentos debería ser el lugar de referencia para obtener información fidedigna. Una encuesta a 1.300 personas decía que el 51% se fía más de Trump que del CDC en temas relacionados con el covid-19. Cuesta entender que los humanos podamos ser tan estúpidos y creer a alguien que claramente es un ignorante, en lugar de a los profesionales que más saben de temas de salud. Al fin y al cabo, nos jugamos la vida. Pero las cosas van así, y deberíamos anticiparnos a estas reacciones para evitar males mayores.

Esto es lo que ha intentado hacer la revista 'Scientific American', que en sus 175 años de historia no se había pronunciado sobre unas elecciones. Ahora ha sentido la necesidad de pedir el voto para Joe Biden, porque dicen que tener un presidente que no entiende en absoluto de ciencia es un suicidio. Que los científicos se lancen de esta manera a la arena política no se había visto nunca, pero la situación es bastante dramática para justificarlo. Dar poder a la ignorancia es más peligroso que cualquier virus. Si al menos lo aprendiéramos de esta pandemia, ya lo podríamos considerar una gran victoria.

[Publicado en El Periódico 28/9/20. Versió en català.]

martes, 22 de septiembre de 2020

¿Madrid? El problema lo tenemos todos

Madrid tiene un problema. La curva de contagios de covid-19 ha llegado a un punto peligroso que, pese a no ser comparable a los peores momentos de la primera ola, demuestra que la pandemia se ha vuelto a descontrolarse. Pero el mejor indicador del impacto real del virus no es el número de diagnósticos, que depende de cuantos tests se hacen, sino la saturación del sistema sanitario, que es el preludio al aumento de mortalidad. Ayer tenían un 20% de camas ocupadas por enfermos de covid-19 (40% en las uci), una situación que se acerca al colapso.

Un artículo publicado en 'The Lancet' esta semana situaba España, después de medir una serie de indicadores, entre los países que peor se han enfrentado a la crisis, junto a Brasil, Estados Unidos y Colombia. La razón es que, desde el principio, se ha ido un par de pasos por detrás, en lugar de ir dos por delante. Esto tal vez se podía justificar en marzo, cuando las incógnitas eran numerosas, pero no ahora que se puede prever hacia dónde van las cosas porque hay suficientes voces expertas anticipando correctamente la evolución de la pandemia. Es obvio que hay una falta de liderazgo competente.

Parte del problema es que la política se ha inmiscuido demasiado en la gestión. Cuando Catalunya y Aragón fueron las primeras en sufrir rebrotes después del confinamiento, la reacción fácil fue atribuirlo a la inoperancia de los gobiernos locales. Pero este no era el origen del problema: la desescalada rápida y prematura, sumada al ansia de recuperar una normalidad imposible, hacían los rebrotes inevitables. Lo que se necesitaba entonces era que el resto de comunidades se hubiesen preparado para hacer frente en mejores condiciones el reto que les estaba a punto de caer encima. Ahora vemos las consecuencias de no haber hecho los deberes.

Y siguen sin aprender la lección. El anuncio de Díaz Ayuso de restringir solo la movilidad en ciertas áreas de la comunidad de Madrid y no reunirse con Pedro Sánchez hasta el lunes demuestra lo poco que entienden todavía algunos políticos como funciona el covid-19. Hemos visto que lo que hay es actuar rápido y con contundencia. Al igual que ocurrió en la primera ola, ya están tardando a sellar la capital. El confinamiento y la limitación de la actividad social deben ser siempre la última opción, por el fuerte impacto social y económico que tienen, pero hay que ser lo suficientemente valiente para reconocer cuando hay que aplicarlos para evitar males mayores.

Madrid tiene un problema. Pero Catalunya también. Y el resto del país, y todo el mundo, porque este virus no se está quieto. La ignorancia, arrogancia e incompetencia de algunos líderes es un peligro no solo para el territorio que gobiernan sino para la salud global. En lugar de caer en la complacencia de celebrar la inutilidad de los rivales políticos, se debe anticipar el próximo movimiento. No tenemos muchas herramientas para contener el virus mientras no llega la vacuna y, hasta cierto punto, jugamos la partida con desventaja. Pero lo que no podemos hacer es ponerle las cosas más fáciles cometiendo errores que ya deberían haber sido superados, porque el precio se paga en vidas humanas.

[Publicado en El Periódico, 19/09/20. Versió en català.]

[BONUS: Una entrevista sobre el tema en un artículo de El Confidencial]

martes, 15 de septiembre de 2020

Hagamos todas las pruebas y sin prisas

Tenemos claro que la pandemia de covid-19 no se acabará hasta que una parte suficientemente grande de la población haya recibido una vacuna que genere anticuerpos protectores. Por eso hay tanto interés en cualquier información relacionada con las vacunas más avanzadas. El anuncio de un caso con complicaciones graves en las últimas pruebas que quedan por superar a la de AstraZeneca, desarrollada en Oxford, ha hecho saltar las alarmas. ¿Qué significa esto exactamente?

La consecuencia inmediata es que el proceso se retrasará hasta que se haya estudiado bien el caso. Aún no sabemos si el problema lo ha causado la vacuna y, de ser así, si es excepcional o se debe esperar con cierta frecuencia. No nos podemos permitir efectos secundarios importantes, ni que sean rarísimos, porque la vacuna se debería dar a miles de millones de personas. La cantidad final de afectados podría ser muy elevada.

¿Es el fin de la esperanza de tener una solución en los próximos meses? No necesariamente. Debería ser el fin de las prisas. La presión a la que están sometidos los científicos es comprensible pero peligrosa. Puede hacer que se vean empujados a saltarse algunas pruebas clínicas, lo que podría ser desastroso. Esto es lo que ya han anunciado que les ha pasado a Rusia y China: han aprobado tres vacunas (la Spunitk V los primeros y de CanSino y Sinovac los segundos) sin haber superado la fase 3. Los ciudadanos podrían estar recibiéndolas sin las garantías mínimas. Sin embargo, no nos consta que todavía nadie haya vacunado, pero conociendo la transparencia habitual de estos países, no debería extrañarnos nada.

El parón temporal de los tests de la vacuna de Oxford tiene dos cosas positivas. Primera, nos demuestra que la fase 3 es necesaria. Normalmente, los efectos adversos que solo aparecen ocasionalmente no se detectan en las primeras dos fases de los estudios, porque el fármaco se da a poca gente. Solo cuando el número de voluntarios se amplía a miles podremos saber si existen estos síntomas raros. Segunda, nos dice que los protocolos funcionan: si hay un posible problema, se detecta. Una conclusión importante a estos puntos es que, cuando una vacuna supere esta fase final, se podrá administrar con tranquilidad.

Continuamos, pues, pendientes de los datos de los diversos estudios clínicos en marcha, pero con paciencia. Las vacunas estarán listas cuando lo tengan que estar. Puede que alguna se quede por el camino, pero hay suficientes alternativas (nueve actualmente en fase 3, y cinco más en fase 2) como para confiar en que al menos una llegará al final de la carrera con éxito. Si esto pasará en noviembre, o en enero, o en abril no lo puede predecir nadie.

Por eso no tiene sentido anunciar ahora cuándo se podrán administrar las primeras dosis. Esta información no la sabemos. Poner fecha de entrega a la vacuna solo confunde y hace que te sientas estafado si las cosas no funcionan, que es uno de los resultado posibles. Tenemos que aprender a convivir con la incertidumbre, por incómodo que sea, exigir que se hagan las pruebas sin prisas y no caer en triunfalismos antes de tiempo.

[Publicado en El Periódico, 10/09/20. Versió en català.]

viernes, 4 de septiembre de 2020

¿Qué pasará cuando abran las escuelas?

 A estas alturas, deberíamos ser todos conscientes de que estamos ante uno de los retos más importantes desde el inicio de la pandemia: la llegada del otoño. Algunos previeron que este iba a ser un verano tranquilo, de una cierta vuelta a la normalidad después de la intensidad del primer pico, pero ya avisamos de que, si nos relajábamos, acabaríamos precisamente donde estamos ahora: comenzando una segunda ola justo cuando se acerca la bajada de las temperaturas (que facilitará los contagios), el final de las vacaciones (que saturará los transportes públicos) y el regreso a las escuelas. Encaramos los meses más duros en peores condiciones de lo que sería deseable.

Continuamos demostrando una falta de previsión fenomenal. Si hicimos la desescalada sin tener a punto ninguna de las herramientas de control de rebrotes (tests masivos, rastreos y capacidad de limitar movimientos), ahora abriremos las clases con solo cuatro medidas tomadas a toda prisa. Otros países lo están haciendo mucho mejor. En primavera, cuando aún no conocíamos el comportamiento del virus, estas carencias quizá se podían justificar, pero ahora cuesta entender que las administraciones no hayan hecho los deberes y que tampoco hayan aprovechado el verano para planificar con calma el curso. Nos enfrentamos a un problema sustancial y las soluciones, que existen, no son fáciles de organizar.

Uno de los escollos es la confusión sobre el SARS-CoV-2 y los niños. Es cierto que suelen ser asintomáticos, pero se contagian con una frecuencia similar a la de los adultos, según confirman los estudios serológicos y las PCR actuales. Además, pueden tener una carga viral (el número de virus en el cuerpo) igual o superior. Así pues, los niños no son resistentes a la infección, solo reaccionan de una manera más suave. Lo que no sabemos, porque todavía no hay datos, es si son igual de contagiosos. Considerando que pueden expulsar una cantidad similar de virus, podríamos pensar que sí. Tampoco sabemos si las escuelas son un foco importante de infecciones. Durante buena parte de la pandemia han estado cerradas y donde han abierto ha habido algunos rebrotes, pero no conocemos cómo han influido en el resto de la población.

En medio de esta incertidumbre, el miércoles pasado se anunciaron las conclusiones de un estudio que la plataforma Kids Corona del Hospital Sant Joan de Déu ha hecho con cerca de 2.000 niños durante cinco semanas de colonias en 22 'casals' de Barcelona. Es un análisis exhaustivo necesario, por lo que decíamos de la falta de datos, que ha revelado que en estos entornos hay poca transmisión. Se enarbolaron estos resultados para pedir tranquilidad, pero el estudio no demuestra que la tasa de contagio entre los niños sea más baja que en la de la población en general, como interpretan algunos, porque no está diseñado para medir esto. Solo dice que, en grupos pequeños, en espacios abiertos y con medidas adecuadas (mascarilla, lavado frecuente de manos y 'burbujas'), los contagios son mínimos. Son buenas noticias, pero, citando la nota de prensa, los resultados no son directamente extrapolables a otras condiciones. O sea, no nos explican qué pasará en las escuelas, donde todos estos factores serán diferentes. Hay que tener presente, además, que las cantidades de virus que circulan ahora son bastante más elevadas que las que había en junio y julio, cuando se hizo el análisis, lo que aumentará el riesgo.

Seguimos, pues, ante un montón de incógnitas. Nada nos permite asegurar que las aulas serán lugares protegidos de la propagación del virus, ni podemos garantizar que las escuelas no actuarán como nodos importantes de transmisión comunitaria. Hay muchas posibilidades de que no sea así, es cierto, pero los errores pasados nos dicen que no podemos confiar en la suerte. La única opción que nos queda ahora es prepararnos para lo peor tan bien como podamos (y esperar que no haga falta): ratios bajas, distancia, sesiones en el exterior mientras sea posible... Aunque tengamos poco tiempo y poco presupuesto para implementar las medidas necesarias, tenemos que hacer todos los esfuerzos.

Por último, quiero tranquilizar los padres que están sufriendo por sus hijos: sabemos que a la gran mayoría de ellos el virus no les hará nada. Quienes peligramos somos los adultos, que podemos contraer la enfermedad si nos la pasan cuando lleguen a casa. Nosotros sí somos susceptibles a la forma severa del covid-19. Ahora bien, no perdamos la perspectiva: corremos muchos más riesgos yendo a cenar o tomar unas copas con los amigos en espacios cerrados, sin mascarilla ni guardando distancias (situaciones que vemos muy a menudo estos días), que dando un beso a los chicos cuando vuelvan de la escuela. Seamos prudentes y, sobre todo, seamos razonables.

[Publicado en El Periódico 31/08/20. Versió en català.]

martes, 18 de agosto de 2020

Unas medidas y un consenso necesarios

 El anuncio de una nueva lista de actuaciones preparadas por el Ministerio de Sanidad para hacer frente al covid-19 es positivo. Hay tres factores en estos momentos que aumentan el riesgo de contagio: la falta de distancia social, no llevar mascarilla y las aglomeraciones en lugares cerrados. Son circunstancias que se dan frecuentemente en entornos de ocio nocturno. Además, los estudios confirman que buena parte de los rebrotes se ven entre los jóvenes, consumidores mayoritarios de esta forma de entretenimiento. El cierre provisional de algunos locales y las limitaciones en otros, en un momento clave para el control de la curva, tiene sentido.

Desde el principio, el Gobierno ha tenido que navegar entre proteger la salud o la economía. Parece que no se pueden hacer las dos cosas a la vez, y tal vez no se puede al 100%, pero se han de buscar alternativas. En todo caso, la salud siempre debe tener prioridad cuando estamos hablando de la supervivencia de la población (recordemos que llevamos cerca de un millón de muertes en el mundo, y todavía no estamos en la fase de bajada). Por eso, las medidas que se acaban de aprobar son adecuadas, basándonos en lo que sabemos de la transmisión del virus (incluso la prohibición de fumar si no hay suficiente espacio).

Ahora bien, no se debe ignorar el impacto económico que tienen. Poner en riesgo la salud de la población para no hacer daño a la economía no es una opción viable, pero abandonar a los que dependen de estos negocios a su suerte tampoco lo es. A la vez que se anuncian planes sanitarios deben preverse rescates para garantizar que las familias que se verán afectadas puedan llegar a fin de mes. Otros países europeos ya lo han hecho, deberíamos tomar ejemplo.

Las nuevas regulaciones servirán de poco, sin embargo, si no nos implicamos todos. El contagio en círculos familiares y de amigos es uno de los otros grandes problemas, pero esto se ha hecho hincapié en optar por encuentros de grupos pequeños y estables. Hay que seguir esta medida rigurosamente. Y, mientras tanto, el Gobierno debe continuar aumentando los cribados y los rastreos, uno de los puntos débiles en las últimas semanas y que ahora son más importantes que nunca.

Un hecho especialmente positivo (y hasta cierto punto sorprendente) de este nuevo acuerdo es que se ha llegado a él por unanimidad. La gestión de una pandemia debería ser unitaria, a ser posible a nivel planetario o al menos en territorios lo más amplios posible. Esto aún no lo hemos conseguido (ni siquiera tenemos unas directrices básicas a nivel europeo), pero al menos esta vez ha habido sintonía a nivel estatal. Es mejor eso que lo que vimos al principio de la crisis (el Gobierno imponiéndose a las autonomías) o al principio de la desescalada (cada autonomía por su cuenta, sin apoyo central ni acceso a las herramientas necesarias). La coordinación es esencial, pero solo funciona si se hace consensuada con los territorios, que son los que conocen mejor los problemas y deberán aplicar las medidas. Hay unidad, pero también flexibilidad para que los planes se puedan adaptar a cada realidad. Se acercan días críticos, pero parece que nos enfrentamos con la actitud adecuada.

[Publicado en El Periódico, 15/08/20. Versió en català.]

martes, 4 de agosto de 2020

Los retos de la vacunación

Cada etapa de esta pandemia tiene sus retos. Antes de que llegara, había que haber diseñado un plan de respuesta universal y haber financiado mejor la investigación básica sobre una familia de virus que llevaba años en la lista de enemigos potencialmente peligrosos. Cuando comenzó, la clave era detectar rápido los brotes y aislar las zonas más afectadas para evitar que los casos se extendieran. Después del confinamiento, había que estar preparado para que, cuando aparecieran los inevitables rebrotes, se identificaran los nuevos positivos con celeridad y se les pudieran rastrear a fondo los contactos. Hasta ahora, los resultados de las tres primeras rondas han sido pobres en muchos países, contando el nuestro: ha fallado estrepitosamente en cada uno de los aspectos que los expertos avisaban que había que tener a punto. Quizá algún día, cuando todo esto haya pasado, alguien hará un análisis imparcial y nos revelará por qué no se pudo hacer mejor, para poder aprender así los errores.

Pero quejarse es poco útil. Quizá mejor prepararse para el siguiente reto, esto aún no ha terminado, para que no digan (de nuevo) que nos tomó por sorpresa. A estas alturas, deberíamos tener claro que el problema se acabará cuando tengamos una vacuna (o más de una) que nos permita conseguir la inmunidad de grupo sin tener que pagar el precio del 1% de mortalidad que veríamos si dejáramos que la gente se fuera infectando por su cuenta. Así pues, la cuarta fase de la pandemia será vacunar a una gran parte de la población mundial. Los desafíos, entonces, serán al menos dos.

El primero, conseguir que todo el mundo se quiera vacunar. Podemos ridiculizar todo lo que queramos a quienes se tragan historias fantasiosas sobre billonarios intentando controlar el planeta a través de inyecciones, el complot de las farmacéuticas para colocarnos fármacos que no hacen ninguna falta y la conspiración de los Illuminati para vendernos un virus que ni siquiera existe, pero si todos estos ciudadanos mal informados (que no son pocos) rechazan la vacuna cuando llegue, el problema no solo será suyo, sino de todos: es necesario que el porcentaje de inmunizaciones llegue a unos mínimos para que no haya más olas de covid-19.

Ya que seguramente no los podremos obligar, empecemos a trabajar el tema de la comunicación. Debemos explicar muy bien por qué la vacuna es la única solución que tenemos actualmente y que, aunque se esté yendo más rápido de lo normal a la hora de realizar los ensayos clínicos, las posibilidades de efectos secundarios graves serán prácticamente nulos una vez las pruebas básicas de seguridad se hayan superado. Miles de personas han recibido ya una de las cuatro que están más avanzadas, y de momento no ha habido ninguna reacción inesperada, como ocurre con la mayoría de las vacunas. Y sí, unas cuantas multinacionales se enriquecerán, pero Bill Gates no conseguirá teledirigirnos las mentes por mucho que se lo proponga.

El segundo reto tiene que ver con el sistema capitalista que impone la dictadura del mercado incluso en temas de salud. ¿Por qué se esfuerzan tantos países en ser los primeros en obtener una vacuna? El orgullo nacional es una razón, pero hay otra más pragmática: las dosis iniciales que se fabriquen serán para ellos. El Reino Unido ha reservado 90 millones unidades de la vacuna de AstraZeneca. Los estadounidenses se están asegurando los lotes iniciales que produzca Moderna. El Gobierno chino no creo que empiece a distribuir la de Cansino hasta que tenga a su población cubierta. Y los alemanes seguramente controlarán los estocs de la de Pfizer. Otros países ya están negociando para quedarse con las migajas que dejen los que tienen la prioridad garantizada. Es un sistema injusto, sin duda, pero ahora no conseguiremos cambiar las reglas del juego.

¿Qué hacen nuestros dirigentes para garantizar que no seremos los últimos de la cola? Puede que estén moviendo hilos discretamente entre bastidores y no sepamos nada, aunque, de momento, no ha habido ningún anuncio sobre el tema. La directora de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios sí que dijo hace unos días que el país participaría en pruebas clínicas y que tenía apalabrada la fase de envasado de la vacuna de Moderna. Esperamos que, a cambio, le haya arrancado a Donald Trump unas cuantas cajas de las primeras remesas. También dijo que deseaba que hubiera un acceso a las vacunas "justo y solidario". Ojalá su optimismo sea premonitorio pero, por si acaso, vayamos pensando en un plan B. Aún nos quedan unos cuantos meses para prepararnos para el próximo examen. Aprovechémoslos bien.

[Publicado en El Periódico, 28/07/20. Versió en català.]

viernes, 31 de julio de 2020

Tengamos un buen verano

La pandemia no ha terminado. Nos cuesta entenderlo, porque el número de casos en buena parte de Europa se ha reducido a unos mínimos tolerables. Pero la semana pasada llegamos al récord de casos diarios desde el inicio, sobre todo porque América está viendo ahora el pico que nosotros sufrimos hace unos meses (y la India va detrás). Además, ellos tienen un problema importante: la incompetencia de algunos de sus líderes parece que no tiene límites. La gestión de la crisis en Europa fue desastrosa al principio, pero al menos, cuando se entendió que la única manera de parar los contagios era evitar el contacto, la curva se allanó rápidamente, excepto en los lugares donde decidieron ir por libre y optar por un confinamiento 'light' (en el Reino Unido, por ejemplo, todavía no nos hemos quitado de encima del todo la primera ola).

Así, pues, hemos de ser conscientes de que aún nos queda mucha pandemia por delante, porque, mientras el virus continúe campando libremente por algún rincón del globo, el peligro de rebrotes no habrá terminado. A estas alturas parece claro que no se irá solito: es bastante contagioso y está bastante extendido por el mundo  para continuar siendo pandémico hasta que hagamos algo. Este 'algo' es la vacuna, que todo parece indicar que podría estar a punto incluso antes de las estimaciones más optimistas (se está hablando ahora de este otoño).

La que está más avanzada, la que desarrolla el grupo de Oxford, ha entrado en el último nivel de pruebas clínicas (la fase 3), y la farmacéutica que hay detrás tiene tanta confianza que ya ha comenzado a fabricar las primeras dosis por si todos los resultados salen positivos. Es una apuesta que les puede salir cara si aparece algún obstáculo de última hora, que no es imposible, pero que nos puede ahorrar unos meses preciosos si todo va bien. La parte de producción y administración de la vacuna será más larga que la del desarrollo científico, y lo más probable es que no consigamos la preciada inmunidad de grupo (al menos el 50%-60% de la población cubierta) hasta bien entrado el 2021, si tenemos suerte.

También es muy posible que más vacunas crucen la línea de meta (ahora mismo hay otra en fase 3, nueve en fase 2, nueve en fase 1 y más de 125 en estudios preliminares), y quizá a lo largo del año que viene irán llegando al mercado. Unas serán mejores que otras (más fáciles de producir, más efectivas ...), y la combinación de todas ellas es seguramente lo que nos permitirá inmunizar a más de medio planeta y condenar así al SARS-CoV-2 a la irrelevancia.

Este resultado final es prácticamente seguro, si tenemos en cuenta que el coronavirus muta muy poco y, por lo tanto, la protección que confieran las vacunas debería durar una buena temporada. Sería muy raro que ninguna de las más de 150 vacunas en juego funcionara, creo que podemos ser optimistas. Pero, si os fijáis, esta previsión implica más de un año de "nueva normalidad". Esto quiere decir que tendremos que continuar teniendo cuidado.

Comienza un verano que no será como los otros, más vale que lo tengamos presente. Como no lo será el resto del 2020 y al menos buena parte del 2021. Tal y como anunciábamos cuando comenzó la desescalada, en esta fase lo que debemos esperar son rebrotes que, si no se controlan lo suficientemente rápido, pueden requerir nuevas restricciones e, incluso, nuevos confinamientos en zonas concretas. Lo hemos visto ya en Asia, que sigue yendo por delante, y está empezando a pasar en Europa, pese a que las altas temperaturas de estos meses dificulten en parte la propagación del virus. El objetivo es evitar que estos rebrotes se descontrolen y acaben formando la segunda ola de la pandemia, tal como está ocurriendo en lugares como Irán. Nada nos garantiza que esta posible ola espere hasta el otoño, como pronostican algunos, sobre todo si nos relajamos demasiado durante las vacaciones. La capacidad de los gobiernos de hacer tests masivamente y de actuar con rapidez es lo que marcará la diferencia. Pero más aún lo hará la sensatez de los ciudadanos. El país que mejor entienda lo que nos estamos jugando ahora es el que sufrirá menos.

Sabemos que actualmente se han diagnosticado en todo el mundo más de nueve millones de casos de covid-19 (basándonos en estudios serológicos, lo que seguramente significa más de 90 millones de infectados reales), con una mortalidad declarada cercana al medio millón (que, según algunos cálculos, en realidad se aproximaría más al millón). No es una enfermedad trivial: más vale que nos la tomemos tan serio como podamos y nos esforcemos en reducir al máximo los contagios hasta que llegue la vacuna. Recordémoslo si queremos tener un buen verano.

[Publicado en El Periódico, 29/6/20. Versió en català.]