miércoles, 7 de julio de 2021

Otro verano pandémico

Cómo han cambiado las cosas. En mayo celebrábamos que el covid-19 parecía controlado, al menos en Europa, y ya planificábamos cómo pasaríamos las vacaciones con cierta normalidad. Solo un mes después, volvemos a estar cabalgando una ola, que vimos con estupor cómo se formaba en el Reino Unido, un país muy bien vacunado y con los contagios prácticamente a cero, y que ahora está ya rompiendo con furia sobre nuestras costas. ¿Qué ha salido mal?

Nada: así es exactamente como funciona una pandemia. Nos tendríamos que haber acostumbrado a estos altibajos, porque han sido la tónica desde el principio de la crisis, pero nos pensábamos que, con la llegada de las vacunas, estos picos ya no se volverían a ver. Lo cierto es que, mientras el virus circule con libertad por todo el planeta, la historia no se habrá acabado. Esto no quiere decir que las vacunas no funcionen, al contrario: la nueva ola europea es muy diferente a las anteriores precisamente porque hemos conseguido proteger a la población más susceptible. A pesar de que los casos están subiendo con tanta rapidez como después de Navidad, las hospitalizaciones les siguen más lentamente, y lo que prácticamente no aumentan son las defunciones. Si el covid tiene una mortalidad de 1-3% de media (en algunos momentos ha sido diez veces superior), ahora apenas está alrededor del 0,2%. Esto es debido, principalmente, al cambio del perfil de los infectados: el virus está afectando sobre todo a quienes todavía no tienen una pauta completa de vacunación, que son los jóvenes, quienes desde el principio han tenido menos probabilidad de acabar en el hospital.

Pero esto no quiere decir que nos tengamos que tomar esta ola a la ligera. Si sigue el patrón británico, los ingresos subirán, pero proporcionalmente poco. Ahora, la atención primaria, que es la primera línea de defensa cuando hay casos leves, corre peligro de saturarse en breve, con el problema que representa esto para los otros pacientes, que no podrán ser atendidos correctamente. No tenemos que despreciar tampoco el batacazo físico que representa la enfermedad en algunas circunstancias, y el 10-15% de casos de covid persistente, que también se ve en jóvenes, y puede ser muy incapacitante. Además, también pueden aparecer complicaciones a largo plazo, incluso si la infección ha sido asintomática. Preocupan especialmente los problemas cardiacos, que se han descubierto hace poco en algunos atletas americanos y podrían haber tenido consecuencias graves. Así pues, a pesar de la buena noticia de la falta de incremento de mortalidad, hay que tener presente todos los otros problemas asociados que, si bien no son tan graves, tampoco se pueden obviar.

Quizá el riesgo más importante es dar alas al virus. Se ha dicho muchas veces que estamos inmersos en una carrera entre los microbios y las vacunas, y es así. Mientras no logremos la preciada inmunidad de grupo en todo el mundo, las infecciones continuarán. Y cada nuevo contagio es como echar los dados, porque cuanto más circule el virus, más posibilitados tiene de mutar y convertirse en más peligroso. Por suerte, el SARS-CoV-2 es muy estable, por eso en un año y medio ha acumulado pocos cambios importantes. Pero aun así han sido suficientes para generar variantes cada vez más contagiosas, que se han acabado convirtiendo en dominantes en todos los territorios. Lo mismo que pasó con la variante alfa (denominada en su momento británica) se repite ahora con la delta.

Esta batalla la está ganado el virus, que en su encarnación actual ha echado por tierra los esfuerzos de los últimos meses. Pero la guerra es larga. Inmunizamos a un ritmo cada vez más elevado, y se espera que pronto lleguen al mercado más vacunas que contribuirán a darnos una ventaja en la carrera. La clave es hacer entender a los países que van al frente de la campaña que no pueden relajarse hasta que el resto hayan logrado los mismos niveles. Este exceso de confianza es el que ha hecho que nos cogiera con la guardia baja un giro que era esperable.

La situación actual en Europa es mala, pero no trágica. No hace falta que nos entre el pánico, pero tendríamos que aprovechar para recordar que tenemos pandemia para rato y que, si bien las vacunas serán las que nos sacarán de este lío, hace falta que las ayudemos. Esto quiere decir, sobre todo, sensatez. Este verano nos tenemos que relajar, nos lo merecemos, pero no más de la cuenta. La palabra clave es precaución. Hemos mejorado mucho los últimos meses pero, para seguir esta tendencia, tenemos que evitar correr riesgos innecesarios. No estamos yendo atrás, pero lo que haría falta es poder continuar mejorando al mismo ritmo. Y esto depende, en gran medida, de nuestro comportamiento.

[Publicado en El Periódico, 5/7/21. Versió en català.]

viernes, 11 de junio de 2021

Confiar en la ciencia

Me ha pasado unas cuantas veces últimamente que, en las redes sociales, un desconocido me ha acusado de ser pájaro de mal agüero o, incluso, de desear que las cosas vayan mal. No soy el único científico que habla del covid-19 que sufre este tipo de comentarios cuando intenta poner sobre la mesa todos los escenarios posibles, especialmente los que las prisas tienden a arrinconar. Uno puede ser de tendencias más optimistas o más pesimistas, pero los profesionales tenemos la obligación de ser sobre todo realistas, aunque cueste. Hay que ser un poco bobo para creer que señalar los riesgos que nos pueden llevar a situaciones problemáticas quiera decir que tenemos ganas de que ocurran.

Es un tema de probabilidades que a veces cuesta de entender. Si hay un límite de velocidad es porque los estudios demuestran que un accidente por encima de esta cifra tiene un riesgo más elevado de tener consecuencias graves. Cuando decimos que es mejor no superar los 120 km/h, siempre encontraremos a alguien que nos asegurará que se ha saltado la norma mil veces y no le ha pasado nada. Pero esto no quiere decir que, cuantas más veces lo haga, más posibilidades tendrá de acabar mal. Con la pandemia es lo mismo: arrinconar la prudencia no garantiza una hecatombe, pero hace que aumenten las probabilidades. Es importante ir recordándolo, sobre todo en los momentos de más euforia.

A pesar de las críticas que recibimos de vez en cuando, estos días hemos visto un ejemplo práctico del impacto real que tenemos los divulgadores. Cuando en España se les ha dado a los vacunados con una dosis de AstraZeneca la opción de elegir una segunda dosis igual o mezclar vacunas, cerca del 90% se ha quedado con la primera alternativa, que es la que hemos defendido quienes estamos al caso, siguiendo las conclusiones de la EMA y la OMS. Al fin y al cabo, es la única combinación sobre la cual hay estudios fiables (que dicen que es segura y eficaz), el resto son conjeturas. El argumento es tan contundente que se ha aceptado mucho mejor que la recomendación oficial de elegir Pfizer, que todavía no tiene datos científicos suficientemente sólidos en los que apoyarse.

Esto demuestra que, como sociedad, hemos subido un escalón importante: hemos aprendido a buscar información. Puede parecer una cosa trivial en la era Google, pero es precisamente el acceso inmediato a montañas de datos que nos proporciona internet lo que hace que la tarea de encontrar la verdad sea más difícil que nunca. La pandemia nos ha enseñado (o confirmado) que la versión institucional no siempre es la más acertada. Y también que esto no implica forzosamente tener que ir por defecto al otro extremo y creer que todo lo que dice el gobierno es parte de una conspiración. Quien más quien menos en los últimos meses ha buscado voces que le inspiren confianza. Y no se ha quedado con la primera, ni con la más llamativa, ni con la más famosa, sino que se ha construido un grupo de referencia que quizá incluye uno que es un poco radical, otro que tiende a ser más bien conservador y un tercero que siempre busca puntos de equilibrio. Escuchándolos a todos, ha podido tomar sus propias decisiones de una manera bien informada.

Los medios también han contribuido mucho, cediendo el micrófono no solo al grupo habitual de divulgadores o al experto afiliado al sistema, sino ampliando la muestra para ofrecer un abanico de análisis independientes y justificados. Esto ha hecho que nos llegaran opiniones muy valiosas que en otras circunstancias habrían quedado enterradas. Es este esfuerzo común (científicos animándose a subir al estrado, medios abriéndoles las puertas y ciudadanos buscando y eligiendo proactivamente) lo que nos ha permitido madurar colectivamente. Esperemos que, una vez acabada la pandemia, no demos un paso atrás y mantengamos todo esto que hemos ganado.

La semana pasada, 'Buzzfeed News' accedió a 3.200 páginas de 'e-mails' de Anthony Fauci, el coordinador de la respuesta de Estados Unidos a la pandemia, que cubrían los primeros seis meses de 2020. A pesar del trabajo y la responsabilidad que tenía, Fauci sacaba ratos de donde fuera para contestar los mensajes que le enviaban todo tipo de personas preocupadas, desde famosos a ciudadanos anónimos. A un nivel más modesto, muchos científicos hemos intentado hacer una cosa parecida estos días, por ejemplo, resolviendo en Twitter o Facebook las muchas dudas que nos llegaban. Hemos procurado ayudar un poco con las herramientas que tenemos a mano, igual que otros muchos profesionales de campos diversos. Es un esfuerzo, intenso y no remunerado, que hacemos con mucho gusto. La recompensa más grande es ver que, en el otro lado, hay gente que nos escucha y confía en nosotros.


[Publicado en El Periódico, 7/6/21. Versió en català.]

domingo, 6 de junio de 2021

13

 




jueves, 13 de mayo de 2021

Optimismo

Es el momento del optimismo, de hablar de la luz al final del túnel, de celebrar cómo suben los vacunados y bajan las víctimas, de empezar a pensar en todo lo que hemos dejado de hacer y pronto recuperaremos. Es el momento del optimismo, y esto es un peligro. Porque la pandemia no se ha acabado, ni mucho menos: todos estos progresos que estamos haciendo penden de un hilo. Miremos el ejemplo reciente de Chile, un país que, con más del 40% de la población inmunizada y creyendo que ya se habían salido, sufrió un pico intenso del cual se recuperan justo ahora. Los expertos creen que fue culpa de una relajación demasiado rápida, sobre todo relacionada con la apertura de los viajes internos durante el grueso de la temporada de verano, de diciembre a febrero.

Cuando España salió de la tercera ola, el optimismo se empezó a instalar en la población, espoleado por el incremento progresivo del ritmo de vacunación y la perspectiva de conseguir cierta normalidad en verano. Pero la situación en Chile nos demuestra que, incluso con una buena inmunidad y con la pandemia aparentemente controlada, no nos podemos confiar: tenemos que continuar vigilando y no querer correr más de la cuenta.

Así lo han hecho en el Reino Unido. Después de una gestión espantosa que los llevó a tener una de las mortalidades acumuladas más grandes del mundo, parece que por fin han encontrado la estrategia que funciona. Una combinación de vacunaciones masivas y confinamiento prolongado ha hecho que registren un número mínimo de muertes y los casos hayan bajado en picado. Y no les tembló el pulso a la hora de mantenerlo todo cerrado durante la Semana Santa porque los indicadores no eran adecuados. Actualmente, el Reino Unido tiene cinco veces menos contagios que España y el doble de vacunados, pero todavía están prohibidos los encuentros con otras burbujas en espacios cerrados, y restaurantes y pubs solo sirven en el exterior.

En España, en cambio, suele mandar más el calendario. La insistencia para recuperar la vida social y económica, sobre todo cuando se acercan fiestas, es demasiado fuerte en un país muy dependiente psicológica y económicamente de la restauración y el ocio, y con menos recursos para compensar a quienes sufren más el impacto. Ningún político español se ha atrevido a limitar la Navidad, la Semana Santa o el verano, por miedo a una revuelta popular. Por eso el riesgo es ahora que, en los próximos meses, vayamos adquiriendo la esperada libertad con prisa, independientemente de la realidad epidemiológica. El primer aviso ha sido cancelar el estado de alarma porque políticamente tocaba, no porque estemos seguros de que ya no será necesario. La semana pasada, en España hubo un centenar de muertes. En el Reino Unido, que tiene 20 millones más de habitantes, solo una docena. ¿En cuál de los dos países podemos quedar con los amigos para ir a cenar en un espacio cerrado?

Quizá esto es debido a una propensión a autoengañarnos. En España, la presidenta de una comunidad autónoma ha sido aclamada (y reelegida) porque su gestión de la pandemia ha permitido que la gente pudiera disfrutar de libertades que en otros territorios se habían negado. La consecuencia, como era de esperar, es el número de contagios y muertes más elevados del país y, ahora mismo, una de las ocupaciones más altas de ucis. Que levantar restricciones cuando todavía no es prudente hacerlo se paga con vidas humanas a estas alturas es indiscutible. Y, a pesar de todo, algunos escogen no verlo.

No se puede negar que, en todo el país, la situación está mejorando, y que tendría que continuar haciéndolo. Pero también es cierto que los indicadores aún no son del todo buenos: después de tocar fondo a mediados de marzo, la curva de contagios oscila arriba y abajo sin acabar de decidirse a continuar el ritmo descendente. No se trata de ver la botella ni medio llena ni medio vacía: los datos son los que son y se tienen que interpretar de una manera fría. Y a la hora de tomar decisiones de salud pública, siempre es más aconsejable la prudencia que correr riesgos. Que el optimismo, tan necesario para resistir lo que nos queda de pandemia, no nos ciegue: llenar bares y restaurantes no puede querer decir llenar también hospitales.

Estamos en la recta final, pero es una recta larga. Un tropiezo ahora puede hacer mucho daño. El optimismo puede convencernos que esto no volverá a pasar, que ya hemos superado lo peor y que las vacunas evitarán más olas. Esperamos que sea así. Pero recordemos el caso de Chile. E insistamos una vez más con el ejemplo británico: la actividad se tiene que recuperar cuando los datos lo permitan, no cuando la presión socioeconómica lo pida, y siempre de una manera gradual y proporcionada.

[Publicado en El Periódico 10/05/21 ]

lunes, 12 de abril de 2021

¿Qué hemos de hacer con la vacuna de AstraZeneca?

El baile de dudas alrededor de la vacuna de AstraZeneca de estos últimos meses ha culminado esta semana con el anuncio de que la Agencia Europea del Medicamento (EMA) cambiaba sus recomendaciones y admitía que había una “posible relación” entre la vacuna y el aumento de un tipo raro de coágulos en las personas inmunizadas. Concretamente, en Europa se habían visto 62 trombosis de seno venoso cerebral y 24 de la vena esplénica en 25 millones de vacunados (la gran mayoría en mujeres de menos de 60 años), de los cuales 18 habían muerto. Son enfermedades que espontáneamente aparecen con una frecuencia muy baja y, a pesar de que la proporción continúa siendo pequeña en vacunados, la coincidencia temporal despierta sospechas.

¿Qué hay que hacer a partir de ahora? La misma EMA ha concluido que se tiene que continuar usando la vacuna de AstraZeneca porque los posibles riesgos son bajos comparados con el efecto protector que tiene. La agencia reguladora del Reino Unido ha anunciado que la seguiría dando y que la restringiría solo a los menores de 30 años cuando les llegue el turno. El motivo por el cual el Reino Unido ha visto menos casos de trombosis hasta ahora puede ser que, a diferencia de buena parte de Europa, ha usado esta vacuna sobre todo para los mayores de 65 años, que tendrían menos peligro de desarrollarlo. 

Pero todavía quedan muchas incógnitas por resolver. Por ejemplo, las trombosis no se han observado con las vacunas de Pfizer y Moderna, que son de ARN. Esto hace pensar que la tecnología del vector viral de AstraZeneca podría desencadenar una respuesta inmune que destruyera las plaquetas (una de las características de estas trombosis). Pero si es así, tendría que pasar una cosa parecida con las vacunas que usan el mismo sistema, como la Sputnik rusa, la CanSino china o la nueva de Janssen, algunas de las cuales ya se han administrado masivamente. En cambio, todavía no se ha asociado ninguna de estas vacunas a un aumento de trombosis.

Pero asumamos por un momento que la vacuna de AstraZeneca está de verdad relacionada con estas complicaciones, que sin duda es una posibilidad. Lo que tendríamos que hacer entonces es valorarlo con la perspectiva que hace falta dentro del contexto de la campaña de vacunación. Si estos 25 millones de personas no hubieran recibido la vacuna de AstraZeneca, seguramente tendrían que haber esperado meses a que les tocara otra dosis, durante los cuales una parte hubiera cogido el covid-19. Simplificando mucho todas las variables implicadas, podemos calcular por encima qué efecto tendría esto. Si consideramos que cada semana se contagia una de entre 880 personas (para usar datos recientes de Catalunya, aunque esta es una cifra que varía según el tiempo y el lugar), esto querría decir que los no vacunados se podrían haber infectado a un ritmo de más de 28.000 por semana que pasaran desprotegidos. Si asumimos una letalidad del 2% (más o menos la media en España desde el principio de la pandemia), el número de víctimas potenciales por cada día que pasan sin vacunarse será muy elevado. A pesar de ser un cálculo imperfecto, sale una cifra mucho más alta que todas las víctimas mortales de las trombosis. 

Todo esto indica que, si aceptamos como cierta la peor de las posibilidades, que la vacuna realmente cause una trombosis grave en una de cada casi 300.000 personas, el impacto sanitario de no usarla para proteger a la población que tiene más riesgo de sufrir las complicaciones serias del covid-19, los mayores de 65 años, sería más elevado. Desde el punto de vista de la salud pública, pues, es obvio que los beneficios de utilizar esta vacuna superan de mucho las consecuencias de las posibles complicaciones.

A nivel individual, se puede sacar una conclusión parecida. Hay otros fármacos que tomamos regularmente que aumentan las trombosis, como los anticonceptivos orales, que pueden llegar a doblar el riesgo. Todavía más: los vuelos de larga duración lo triplican, y no por eso hemos dejado de tomar estas pastillas o de coger aviones. Incluso salir a la calle en una gran ciudad puede comportar un peligro superior de sufrir accidentes, y no nos quedamos encerrados en casa.

Una manera de evitar problemas seria no darla en mujeres menores de 60 años, pero no tiene sentido que el resto de la población tenga que esperar. Además, ahora podemos estar alerta y reconocer los síntomas de las trombosis, lo que nos permite tratarlas rápidamente y reducir la mortalidad. En un momento en que vamos cortos de vacunas, cosa que hace que la campaña avance más lentamente de lo que se esperaba, no nos podemos permitir rechazar ninguna que se haya demostrado que funciona y que es segura para la gran mayoría.

[Publicado en El Periódico, 9/4/21. Versió en català.]

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miércoles, 17 de marzo de 2021

La recta final

La recta final de la pandemia en Europa se está alargando más de lo que preveíamos. A estas alturas, se esperaba tener una buena parte de los adultos vacunados, pero estos objetivos solo los está consiguiendo el Reino Unido, después de un Brexit prematuro que les permitió negociar la distribución de vacunas al margen de la estrategia claramente fallida de la Unión Europa. España está atrapada en esta red de mala gestión y, por mucho que al final haya superado los problemas logísticos iniciales, poca cosa puede hacer ante el embudo que representa una llegada de dosis inferior a la que podría absorber el sistema.

Esto es un problema, porque la normalidad solo se empezará a recuperar cuando toda la población susceptible esté protegida. A pesar de que el covid-19 afecta a todos, la mayor parte de los casos graves y la mortalidad se ve en franjas de edad elevadas y en enfermos con otras patologías. Por lo tanto, no hay ninguna excusa para que no prioricemos estos grupos a la hora de distribuir las pocas vacunas que tenemos. Cuesta de entender que, a estas alturas, haya un número sustancial de gente joven vacunada (con, recordémoslo, poquísimas probabilidades de morir de covid-19) y, en cambio, muchas personas mayores todavía no estén protegidas.

Esta incongruencia se debe a tres decisiones erróneas. La primera, no tener los protocolos bien definidos para evitar que se tomen medidas dudosas. No se trata solo de espabilados que usan su poder (político, religioso, militar, genealógico) para saltarse la cola, sino de vacunas que van a personal administrativo de hospitales (sano y joven) que no está en primera línea, o dosis sobreras que, para que no se echen a perder, se acaban dando a los acompañantes (sanos y jóvenes) de a quienes toca por derecho propio, en lugar de hacer el esfuerzo de ir a buscar personas mayores que las necesitan más.

La segunda ha sido desoír las recomendaciones de la OMS y de la propia Agencia Europea del Medicamento y no dar desde el principio la vacuna de AstraZeneca a los mayores de 55 años. Es cierto que originalmente no había bastantes datos, pero nada hacía pensar que no tenía que funcionar bien en la gente mayor, como, efectivamente, al final se ha demostrado. Y aquí viene un error todavía mayor: ser incapaces de reconocer la equivocación con rapidez (como hicieron incluso los propios instigadores de la estrategia, los alemanes) y quedarse prácticamente solo con una opción absurda que retardaba todavía más la vacunación de la población diana.

Finalmente, la última era más difícil de anticipar. La mayoría de países optaron por dar dos dosis de vacunas con una separación de dos o tres semanas, tal como las pruebas clínicas sugerían. Pero algunos optaron por priorizar la primera dosis para llegar a más gente más rápidamente. Ahora se ha visto que esto es suficiente para dar una cobertura mejor de lo que se esperaba. Una vez más, España tarda en reaccionar y no adopta la solución más efectiva.

Estos tres grandes errores se los ha ahorrado el Reino Unido. Esto, sumado a la estrategia ganadora de reserva de dosis que decíamos, han hecho que, después de una gestión pésima, Boris Johnson ahora se pueda colgar una medalla: todos los adultos británicos estarán probablemente vacunados antes del verano y los ingresos hospitalarios y la mortalidad ya habrán caído en picado. El plan es mantener hasta entonces una serie de restricciones, que se irán aligerando poco a poco, con la idea de que, una vez se eliminen, ya no se tendrán que implementar nunca más.

¿Qué pasará en España? Los porcentajes de vacunación serán más bajos, pero la necesidad de “salvar el verano” hará que, igualmente, las restricciones se reduzcan. Abriendo fronteras, con pasaportes inmunitarios o no, e incentivando el movimiento podría ser que se esparcieran más virus, incluso variantes difíciles de controlar (como es la P.1 que ha surgido de Manaos). Probablemente no se harán cribados masivos, con lo cual el control de brotes no será tan efectivo como podría ser. Previsiblemente, los casos volverán a subir, como pasa cada vez que nos relajamos con demasiada prisa. Si esto lleva a otra ola es posible que sea bastante más baja que las que hemos visto hasta ahora, eso sí, y, sobre todo, no tendremos que sufrir por las personas que viven en residencias ni por una buena parte de los más mayores, que ya estarán vacunados. Pero habrá más ingresos y algunas muertes que se podrían haber evitado. 

Todo esto contribuirá a este alargamiento de la recta final. Tendremos que tener paciencia y prudencia hasta que la vacunación haga efecto. No echemos por tierra ahora todo el esfuerzo por querer ir demasiado deprisa.

[Publicado en El Periódico, 14/03/21. Versió en català.]

miércoles, 3 de marzo de 2021

Lecciones de una pandemia

Desde hoy en todas las librerías, mi nuevo ensayo sobre lo que hemos aprendido (o tendríamos que haber aprendido) durante la pandemia. Un libro breve que intenta estimular el debate sobre qué se ha hecho mal i qué se podría mejorar, pensando ya en las próximas crisis de salud globales que veremos en el futuro. Recomendado para todos los que quieran reflexionar sobre estos últimos meses y contribuir a prepararnos mejor para el próximo reto. 

viernes, 12 de febrero de 2021

Votar en tiempos de pandemia

El 14 de febrero los catalanes tenemos una cita con las urnas. Son unas elecciones importantes: un Govern en funciones, descabezado por la inhabilitación de su ‘president’ y debilitado por desavenencias entre los socios, no tendrá nunca suficiente fuerza para hacer bien su trabajo. Pero esta necesidad política choca con la realidad epidemiológica. Aunque Catalunya está en fase de descenso de la tercera ola de la pandemia, aún falta para que los indicadores vuelvan a un nivel razonable. La Rt no baja de 0,9 desde finales de noviembre, el riesgo de rebrote continúa por encima de los 400 (más de 100 se considera alto) y la incidencia acumulada a 14 días todavía supera los 500. En estas condiciones, ¿se debería votar?

Hay tres maneras de responder a la pregunta. Desde el punto de vista político, hay una urgencia que hay que solucionar, pero también una serie de cálculos interesados ​​que hacen que unos partidos prefieran acelerar y otros chutar el balón adelante, hacia un futuro indeterminado que nadie puede garantizar que será mejor. Desde el punto de vista científico, sería prudente esperar, pero solo un poco. Al ritmo actual, dentro de aproximadamente un mes el número de casos se habrá reducido de manera sustancial, y el riesgo de contagio debido al movimiento masivo de personas será bastante menor. Es entonces, antes de que empiece una cuarta ola que predicen muchos modelos, que sería el mejor momento para votar. Pero ya hemos visto que la discusión entre estas dos facciones es estéril, porque hay una tercera vía que se acabará imponiendo: la jurídica.

Desde el principio de la crisis, ha habido un desfase entre lo que hay que implementar para preservar la salud de la población y lo que la ley permite hacer. En los países democráticos, los derechos fundamentales son un bien que hay que proteger. Pero en situaciones de emergencia como esta, la salud no puede quedarse en segundo plano, por lo que es necesario adaptar la normativa con rapidez a la realidad del momento. Sabemos que hay mecanismos para hacerlo, por lo tanto lo que ha fallado es la visión, la voluntad y la coordinación de quienes tienen el poder para hacer estos cambios. Lo que pasa entonces es que el tribunal que tiene la última palabra sobre cómo se hacen unas elecciones debe tomar decisiones según unas leyes que ya no encajan con lo que es mejor para los ciudadanos. El aparato jurídico-legal debe ser un eslabón más en los esfuerzos para evitar en lo posible los contagios, no puede ir en contra de lo que debería ser el objetivo primordial en una pandemia: salvar vidas.

Por desgracia, el sistema obliga a que las elecciones se hagan el 14-F, aunque epidemiológicamente hablando no tenga mucha lógica. Esto se debería haber previsto, y haber dirigido desde el principio las energías al plan B: conseguir que la jornada electoral sea lo más segura posible. Se ha perdido un tiempo precioso con el tema de la fecha, y las posibilidades de realizar acciones complejas se han ido reduciendo. Además, los gestores tienen un trabajo muy complicado, atrapados entre lo que les piden los científicos y lo que les permiten las leyes. Por todo ello, algunas de las opciones más obvias desde la óptica sanitaria (un confinamiento previo de un par de semanas para acelerar la descarga, urnas móviles, más de un día de votación, incentivar y facilitar más el voto por correo, turnos más cortos en las mesas, tandas de votaciones, aún más colegios electorales y en espacios más amplios y ventilados ...) no son factibles.

Entonces, ¿es prudente ir a votar el 14-F? Partiendo de que el riesgo cero solo existe si te quedas en casa, parece que se está haciendo todo lo posible para limitar los problemas el día de las elecciones. Pero hay dos agujeros negros que no se han resuelto todavía. Uno es asegurar que en las mesas no hay personas vulnerables (o que conviven con una). Serán los que estarán más expuestos, por eso deberían ser jóvenes y sanos, para minimizar complicaciones. Pero el reto clave es el de los positivos. Alguien que tiene el covid-19 y, por tanto, puede contagiar, no debe salir a la calle bajo ningún concepto. El peligro que esto representa para la salud de todos los ciudadanos no es aceptable, porque no hay ningún conjunto de medidas suficientemente efectivas para garantizar que no propagarán la enfermedad.

Es esencial respetar el derecho a voto de todos, pero no al precio de jugar con la vida de los demás. Las prioridades deben estar claras. Por eso es importante no caer en el derrotismo o el conformismo y buscar alternativas. Si no, el peligro es que la gente tenga miedo de salir a hacer oír su voz, y eso sí sería una perversión intolerable del proceso democrático.

[Publicado en El Periódico, 9/2/21. Versió en català.]

lunes, 25 de enero de 2021

Fatiga pandémica

Una vez más, las predicciones se cumplen: empezamos el año enfilados en una tercera ola pandémica de dimensiones considerables. La han alimentado sobre todo la reticencia de los políticos a imponer restricciones durante las fiestas, a pesar de la insistencia de los científicos, y la incapacidad de cierta gente de actuar con suficiente sensatez. Es justo repartir las culpas equitativamente.

La situación actual asusta. En el Reino Unido acumulamos récords de contagios y cifras de muertes diarias por encima las de la primera ola. Las razones del descontrol no son claras. Boris Johnson lo atribuye a la nueva variante del virus, que se ha convertido en prevalente con rapidez y parece ser más infecciosa, pero hay un componente de mala gestión que no se puede obviar. Todavía no sabemos cuál de las dos cosas, mutación o incompetencia, ha tenido más peso en el desastre.

Las olas anteriores nos han enseñado que no podemos quedarnos mirando a los vecinos sin hacer nada, porque Europa es demasiado pequeña y el virus demasiado rápido. Ya estamos viendo que la tendencia al alza se está extendiendo por el continente. Los científicos normalmente pedimos prepararnos para la peor de las posibilidades (en este caso, un tsunami como el británico) pero los dirigentes prefieren esperarse por si acaso hay suerte y se pueden ahorrar medidas que tienen un alto coste político. Lo que pasa es que esta estrategia reactiva (proponer soluciones cuando hay un problema) tiene un precio más elevado en vidas que la vía proactiva (anticipar el problema y poner medidas para minimizarlo).

Por desgracia no podemos esperar que las vacunas nos salven de este pico, porque sus efectos tardarán meses en verse. El inicio de la campaña de vacunación ha sido más lento de lo que se esperaba, incluso en los países que se han organizado bien. Cogeremos velocidad a medida que limemos las imperfecciones del plan y se añadan más vacunas a las que ya han sido aprobadas pero, a pesar de todo, los anuncios triunfales de tener la mayor parte de la población protegida en verano ahora se ven demasiado optimistas.

Parece, pues, que 2021 será otro año difícil, cuando menos la primera mitad. Es cierto que hemos aprendido mucho en estos meses. Sabemos cómo tratar a los enfermos graves, cómo rastrear el virus y como predecir la evolución con más exactitud. Pero la situación se complica porque todos sufrimos lo que denominamos fatiga pandémica. Los ciudadanos estamos hartos de hacer sacrificios que no sirven de nada, porque cuando nos relajamos volvemos al punto de partida. Los sanitarios están física y mentalmente exhaustos de estar permanentemente de guardia. Los políticos están hartos de estar en el ojo del huracán, teniendo que tomar decisiones imposibles y recibiendo palos por todas bandas cuando no consiguen nadar y guardar la ropa. Y los científicos nos estamos cansando de anticipar los problemas y que nos ignoren o se rían de nosotros.

Cuando, a principios de diciembre, unos cuantos empezamos a sugerir que repensáramos la Navidad para evitar una situación como la que tenemos ahora, nos tildaron de exagerados y nos echaron la caballería por encima en redes y tertulias. Ha vuelto a pasar ahora con la propuesta de retrasar unos días la vuelta a la escuela para parar el golpe de los posibles contagios por las fiestas. Las tradiciones y los niños son temas que provocan reacciones viscerales, es comprensible. No lo es tanto el escarnio público y las descalificaciones personales de profesionales de la salud o la comunicación que parece que no entiendan como funciona la ciencia: debatir de una forma ponderada ideas que se han erigido sobre datos sólidos es necesario para poder avanzar cuando hay dudas, normalmente encontrando soluciones de consenso. Pero todavía desgasta más ver como quienes gobiernan ni tan siquiera quieren plantearse alternativas a la vía oficial. Alguien se ha quejado de la confusión que crea que los debates científicos se hagan en las redes o en los medios, pero es la única alternativa que queda cuando no se pueden hacer en los despachos de los ministerios.

La incertidumbre es el motor de la ciencia y el progreso. Cuando tenemos suficientes datos para entender una realidad, el camino a seguir está claro. Si no, lo que hace falta es escuchar todas las voces que proponen teorías razonables y, juntos, encontrar la salida más plausible para poder avanzar. Así tenemos menos posibilidades de equivocarnos que ahogando las voces que no encajan con las expectativas que nos hemos hecho. Los científicos lo tenemos claro, pero si no conseguimos que todo el mundo lo entienda, nos esperan unos meses complicados: para salir de la pandemia hemos de trabajar juntos y no dejar que el interés político y los personalismos nos distraigan.

[Publicado en El Periódico, 18/1/21. Versió en català.]